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  • María Laura Calvete
    junio 18, 2011

Molière: los recursos de la risa y las tres unidades

LAS REGLAS DE LAS TRES UNIDADES: de acción, de tiempo y de lugar

              En 1635, se creo en Francia la Academia de Lengua Francesa con el fin de reglamentar el uso de la lengua francesa, redactar su primer diccionario y fomentar los estudios literarios. Sus eruditos jugaron a menudo el papel de censores de las obras literarias, dictando criterios de lo que  consideraban calidad y buen gusto que no siempre eran aceptados por los artistas.

            El teatro se vio particularmente afectado por la acción normativa de los académicos y por lo que se llamó “el sistema de las tres unidades”, base y clave de la dramaturgia clásica. El origen de este sistema está en la Poética de Aristóteles, por lo que sus seguidores del siglo XVII quisieron ver en sus observaciones leyes que los dramaturgos debían acatar, aun a expensas de la espontaneidad creativa.

            Pero: ¿en qué consistían estas famosas “unidades”?

            En primer lugar, toda obra teatral debía organizar la acción en torno a una única historia principal, ya que esto facilitaba que el espectador percibiera la obra como un todo. Para apoyar esta percepción unificado, los hechos y los personajes debían llevarse a cabo en un solo lugar o en subdivisiones de un mismo espacio. Con respecto al tiempo, los académicos dieron instrucciones precisas de que la acción representada no podía exceder las veinticuatro horas, vinculando directamente, de esta manera, la unidad de tiempo a la de acción.

            Los defensores del sistema alegaban que el respeto a las unidades garantizaba la verosimilitud de la historia y, por lo tanto, la comprensión del espectador. Los dramaturgos, por su parte, querían contar sus historias sin tener que comprimirlas para que todo sucediera de un desayuno a una cena en un interior que los limitaba. A juicio de los artistas, estas imposiciones empobrecían la trama, acentuaban la inverosimilitud de la representación y disminuían el interés del espectador.

            La actividad teatral, en la Francia del siglo XVII, estaba rígidamente reglamentada, y la actuación y puesta en escena tenían un estilo falto de toda naturalidad. En un intento de adaptación, Molière escribió y representó algunas piezas trágicas sin demasiado éxito ya que, como autor y como actor, su fibra más fuerte estaba en lo cómico y él lo sabía mejor que nadie. Trató de mantenerse dentro de las convenciones establecidas por los académicos y, con el fin de aplacar sus iras y de protegerse de sus críticas, dotó a sus comedias de un sentido didáctico.

La receta de la risa: recursos cómicos

            Los filósofos  y los críticos han intentado, sin demasiado éxito, elaborar una teoría de la risa y describir los fenómenos referidos a la comicidad.

            Desde el breve “sketch” hasta la sátira más elaborada, la trama se funda en una secuencia básica muy simple: EQUILIBRIO/DESEQUILIBRIO/NUEVO EQUILIBRIO, que se descompone en una serie de obstáculos y repeticiones de situaciones. La acción cómica, a diferencia de la trágica, no acarrea graves consecuencias, ya que su desenlace siempre resulta tranquilizador para el espectador, dado que restaura la armonía o el equilibrio inicial (el famoso “happy end”, en términos cinematográficos).

            El mecanismo esencial que pone a funcionar la comedia el quid pro quo (del latín: tomar una cosa por otra) o equívoco, que consiste en confundir a un personaje con otro. Puede ser interno a la obra (el personaje X confunde a Y con Z), externo (nosotros, los espectadores, confundimos a X con Y) o mixto (al igual que el personaje, confundimos a X con Y).

            Desde siempre, autores, actores y directores has sabido sacar provecho tanto del equívoco como de otros elementos cómicos, visuales y verbales.

            Lo cómico visual se basa en las variadas formas de la gestualidad: muescas, contorsiones, gestos burlescos, apariciones y desapariciones bruscas, corridas, palizas y persecuciones de todo tipo.

            Lo cómico verbal pone en juego todas las sutilezas del lenguaje: juegos de palabras, alusiones, palabras de doble sentido e ironía.

            Son también, procedimientos cómicos muy efectivos la inversión cómica (un muy hombre pequeño y otro muy robusto, un tímido y un seductor, un hombre vestido de mujer o viceversa, etc.) y la exageración o hipérbole: cualquier acción simple _ como hablar, comer o caminar_ puede resultar cómica, si se realiza en exceso o a gran velocidad.

            Los mecanismos de la risa son simples y conocidos por todos, sin embargo, autores y actores no se cansan de afirmar que “es más fácil hacer llorar que hacer reír”. Lo difícil es saber combinarlos porque, como sabe cualquier cocinero, tener la receta no garantiza la calidad del menú.

 

(Fragmento de Puertas de Acceso, en El avaro de Molière, Ed. Cántaro)

 

 

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