Escultura

Al mismo tiempo que se desarrollan en pintura las corrientes impresionista y simbolista, el arte escultórico inicia la búsqueda de un nuevo lenguaje que esté en consonancia con los planteamientos estéticos que surgen a finales del siglo XIX. Hay algunos escultores relativamente importantes en la segunda mitad del XIX, aunque todos ellos aplastados por el genio de Rodin. Pueden destacar Constantine Meunier con obras como El Descargador del Puerto de Amberes, una obra de tipo realista social, representado al obrero típico de la época, con un bronce anguloso y oscuro. O el propio Degas que también realiza algunas esculturas, como una de sus bailarinas.

La obra escultórica de Auguste Rodin replantea los presupuestos del realismo, asume algunos de los planteamientos del impresionismo, como la valoración de fragmento (La catedral, 1908) y la importancia de la sensación luminosa. Su escultura parte de la tradición renacentista, sobre todo de Miguel Ángel, de quien hereda la tensión contenida y el vigor concentrado junto con la profundidad psicológica.

Es el primer escultor que consigue que un fragmento sea visto como una obra acabada y que lo que sólo parece un boceto adquiera naturaleza de obra completa. Todo ello lo consigue gracias a una gran facilidad para el modelado, replanteando bajo nuevos criterios la configuración del espacio escultórico mediante superficies y volúmenes que se interpretan en ángulos duros sobre los que la luz crea fuertes contrastes. Esta técnica revolucionaria la observamos en esculturas como Los burgueses de Calais (1895), su inacabada La puerta del infierno (1880-1917) y, sobre todo, en su Balzac (1897), obra en la que logra una inmejorable síntesis entre forma y sentimiento. Por ello Rodin inicia el ciclo de la escultura contemporánea al culminar todo el proceso escultórico de la tradición anterior en lo que podríamos denominar una apoteosis wagneriana (El beso).

Auguste Rodin (ArteHistoria)


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