Auspiciantes:

La Guinea Coro Falcón Venezuela

                  

 
 

LA GUINEA

 

BARRIO AFROCARIBEÑO DE CORO

 

 

 

 

 

JOSE MILLET/ MANUEL RUIZ VILA

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Colaboradores científicos:

 

Eduardo Concepción/ Orlando Moreno/ Enzio Provenzano/ Oscar Lázaro/ Luis Cazorla

 

 

 

 

 

 

Centro de Investigaciones Socioculturales

Instituto de Cultura del Estado Falcón (INCUDEF)

Coro, 2006.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Título: La Guinea, Barrio Afrocaribeño de Coro.

Autores; de Cuba: José Millet y Manuel Ruiz Vila; de Venezuela: Eduardo Concepción, Enzio Provenzano, Oscar Lázaro, Luis Cazorla y Orlando Moreno.

Correo electrónico: milletjb2004@yahoo.com

 

Instituto de Cultura del Estado Falcón.

Diseño de cubierta: Mary Blanca Kamel

Diagramación y montaje: Elmer Miguel Ayllón.

Ilustración: Henry Curiel.

Fotos del barrio: Eduardo Concepción y Orlando Moreno.

Foto de contracubierta: Henry Curiel.

Levantamiento de textos: José Millet.

 

 

PUBLICACIÓN DEL GOBIERNO BOLIVARIANO DEL ESTADO FALCÓN.

 

 

Printed in Venezuela.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A Joel James In Memoriam

 

 

Patriarca del Caribe

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INDICE

 

 

Nota del Lic. Jesús Montilla, Gobernador del Estado Falcón………….p.

La Guinea, Barrio Afrocaribeño de Coro………………………………p.

Proyecto de investigación sociocultural Cubano-Venezolano………… p.

Anexos………………………………………………………………….p.

Fichas de los autores……………………………………………………p.

Fuentes escritas y orales compulsadas………………………………….p.

Colofón

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Proyecto de investigación sociocultural cubano-venezolano.

 

Influencia de las pequeñas comunidades en la formación de identidades territoriales o locales, nacionales e internacionales en diversas manifestaciones de la cultura  tradicional popular: el caso de La Guinea, en la ciudad de Coro, y de Macuquita, en la sierra del Estado Falcón, Venezuela.

José Millet y Manuel Ruiz Vila*

I.       Antecedentes      

     A fin de darle continuidad a los acuerdos y convenios de intercambio académico establecidos por la Casa del Caribe, desde hace más de tres lustros, con varias instituciones culturales de Venezuela, ratificados el año 2005 con ocasión de nuestra visita a la patria de Bolívar, para coordinar la participación de su pueblo en la XXV edición del Festival del Caribe, que le fuese dedicada; se nos ofreció la oportunidad de visitar Coro, capital del Estado Falcón, estimado como el Balcón Natural del Caribe, y no precisamente sólo por su estratégica ubicación geográfica, sino también por fundamentadas razones históricas. De algunas reuniones sostenidas allí con investigadores, expertos, intelectuales y funcionarios oficiales, surgieron varias proposiciones; entre estas, una de las más importantes fue la de que la Casa del Caribe, donde trabajamos los autores principales del presente trabajo, se comprometió a apoyar—como lo ha hecho durante casi un cuarto de siglo con instituciones de varios países de la región, basada en su razón social de ser como Centro de Investigaciones Socioculturales con proyección internacional--- el desarrollo de estudios conjuntos de la cultura con personal calificado del Instituto de Cultura del Estado Falcón (INCUDEF) que dirige el poeta Simón Petit, guionista de cine y entusiasta organizador de la cultura.

      No ocultamos que fuimos fascinados por Coro, así como por el resto del Estado que pudimos visitar, y por la perspectiva de que esta región se nos antojaba muy semejante a Santiago de Cuba, desde diversos puntos de vista. El hecho de que Venezuela, en la voz de su Presidente el Comandante Hugo Rafael Chávez Frías, se proclamara como un país latino-caribeño, y reivindicara con ello su pertenencia a la comunidad de pueblos surgidos en el crisol del Caribe, en el que está anclado nuestro Caimán Verde; nos espoleó a lanzarnos a fondo en la proposición que se nos hiciera de iniciar un trabajo de investigación conjunta, cubano-venezolano,  sobre el tema del papel de la cultura tradicional popular en la formación, desarrollo, preservación y difusión de la identidad cultural, tomando como punto de partida dos pequeñas comunidades de Falcón. Resultaba necesario escogerlas,  y a ello se había dedicado uno de los autores, desde hacía varias semanas, antes de la llegada del segundo.

*Investigadores de la Casa del Caribe.

     Dado que Coro está rodeada por un macizo montañoso, como lo está la ciudad de Santiago de Cuba por la Sierra Maestra; decidimos seleccionar una comunidad ubicada en esas estribaciones, y otra  en la ciudad de Coro, entre las que existieran suficientes razones para establecer interrelaciones entre ellas, sin descartar que lo pudiéramos hacer más adelante, con otras semejantes, estudiadas por nosotros en la provincia de Santiago de Cuba.

En las últimas semanas, hemos desarrollado reuniones de trabajo con algunos colegas nuestros, para lograr un marco de referencias o contexto que nos permita avanzar en la elaboración de un diseño de investigación, que desarrollaremos conjuntamente con investigadores, expertos y promotores culturales de Falcón, para materializar el mencionado acuerdo. Tratando de apartarnos de la forma habitual en que, ante la Academia, suelen formalizarse estos estudios, creímos conveniente ofrecer aquí alguna información elemental inicial,  y dar algunos avances de lo que pretendemos, desde el punto de vista teórico, dirigido a un público generalmente no bien actualizado de la realidad social en la que descansará nuestro esfuerzo científico-investigativo, en el caso que nos ocupa. Procede en este punto aportar elementos de juicio de lo que, desde la Casa del Caribe, hemos hecho en relación con el estudio de las pequeñas comunidades en Cuba.

En cuanto a la experiencia institucional de la Casa, durante más de un cuarto de siglo hemos tenido el privilegio de aplicarnos al estudio de comunidades rurales y urbanas ubicadas en la porción oriental de Cuba y, de modo muy particular, en lo que es hoy la actual provincia de Santiago de Cuba. En efecto, la organización del Festival del Caribe, que hemos realizado anualmente desde 1981, nos condujo a sostener contactos sistemáticos con diversos tipos de comunidades, portadoras de expresiones artísticas de la cultura tradicional popular de origen caribeño (como las provenientes de Haití, Jamaica, Islas Caimán, de las islas anglófonas, etc.) existentes en el referido territorio, el que se fue ampliando hasta abarcar a casi todo el país o, al menos, a sus regiones más representativas desde la perspectiva de estas manifestaciones.

Dejando atrás los tiempos en que éramos estudiantes de la Universidad, y nos preocupábamos por discutir acerca de los rasgos de la identidad social del cubano,   la identidad cultural de nuestro pueblo se nos reveló como un calidoscopio que debíamos continuar explorando en toda su complejidad. Transitamos, luego, del mero catastro de esas comunidades que, en fecha tan temprana como mediados de los 70,  adjetivamos de portadoras de expresiones culturales de “origen caribeño”, a una reflexión continua y profunda acerca de los batientes de nuestra cultura y de nuestro ser nacional.

Naturalmente, persiguiendo tales fines trascendentes, no avanzábamos solos ni tampoco carecíamos de antecedentes. Tuvimos la dicha de compartir frecuentísimos viajes a la Sierra Maestra, con el sabio cubano Fernando Boytel Jambú,  máximo conocedor de los sustantivos aportes franco-haitianos a nuestra cultura nacional. En acto de justicia, el honor de haber sido incluida hace poco tiempo la Tumba Francesa santiaguera en la lista de  Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, y de estarse tramitando igual condición a las ruinas de los cafetales franceses ubicadas en la Sierra Maestra, habría que compartirlo con él. Otros entrañables especialistas cubanos, de no menor estatura, enriquecieron nuestras vidas con discusiones y encuentros periódicos en lo relacionado con la historia, la etnología, la identidad y el objeto que ahora nos ocupa: el de la cultura de una comunidad y su aporte a la formación o desarrollo de la identidad. Entre otros, debemos consignar aquí los nombres de: Isaac Barreal, Argeliers León, Pedro Deschamps Chapeaux, Manuel Moreno Fraginals, Alberto Pedro… todos ya desaparecidos, físicamente hablando.

A este último se debe el primer ensayo etnográfico dedicado  a una comunidad cubano-haitiana, de las tantas ubicadas en nuestro país, y al  complejo cultural del gagá, que desde entonces, espera por un estudio definitivo, aun cuando continuaron esa línea de indagación el camagüeyano Rafael García Grasa, “Papito”, el palmero Manuel Santana y el Dr. Jesús Guanche. Tenemos otros casos en Santiago de Cuba de gente que estudió e investigó la presencia y el aporte de los inmigrantes caribeños, para conocer sus tradiciones artísticas y hacer montajes musicales, danzarios, teatrales o con otros fines prácticos. Ocupando un sitio de primera línea, dos instituciones deben ser mencionadas cuando se trate este asunto trascendente: el Conjunto Folklórico de Oriente, fundado en nuestra ciudad en 1960, en lo que respecta a la indagación en comunidades rurales de origen haitiano, y el Cabildo Teatral Santiago, fundado en 1975 también aquí, Santiago de Cuba, en lo relativo a barrios con tradición carnavalesca de nuestra ciudad.

Quedaron desde entonces esbozadas dos líneas de trabajo por las que transitaríamos muchos compañeros, tanto artistas como promotores de la cultura y, más recientemente, investigadores profesionales: debía insistirse en la necesidad del estudio de las tradiciones culturales del pueblo cubano arraigadas tanto en el campo como en la ciudad, a nivel del territorio, la localidad, la comunidad y la región, donde tal vez se nació o se vive pero de las cuales no había una conciencia cabal en cuanto a peculiaridades y alcances para la comprensión de la formación del cubano y sus rasgos característicos. Esta indagación debía afincarse en el conocimiento de la historia en la que saltaba a la vista la vinculación, que luego fue pertenencia, a una cultura común que luego estuvimos mejor preparados para calificarla y definirla como caribeña.

En cuanto a la configuración del eje temático al cual debíamos ajustar nuestros estudios, dos objetos terminaron por acaparar nuestra atención: el de las tradiciones festivas, en el que destacaba el carnaval santiaguero, y el de las religiones afro caribeñas y el espiritismo. Así, desde 1982 nos hemos dedicado al estudio de las agrupaciones folklóricas de la ciudad de Santiago de Cuba, lo cual implicó realizar un prolongado e intenso trabajo de investigación de campo, que nos conduciría, para dicha nuestra, a descubrir la magia fascinante de la gente de un barrio, que tal vez sea en Cuba el que conserve las raíces de África con un grado mayor de fortaleza y, a un mismo tiempo, las expresiones de cultura tradicional popular más profundamente arraigadas en su conciencia. Se trata del barrio santiaguero de Los Hoyos, espejo para cualquier investigador del planeta, de lo sucedido a la Humanidad en este centro de fuerza telúrica que es el Caribe, en lo que se refiere a procesos donde la historia y la transculturación han marchado siempre de la mano, para producir aquí el milagro de la aparición de el hombre nuevo que se traduce, en términos del filósofo italiano Antonio Gramsci que compartimos,  “en nuevas relaciones sociales”.

A partir de la década de los ochenta y durante casi diez años, estudiamos allí cómo el núcleo de una agrupación carnavalesca, la Conga de Los Hoyos “El Kokoyé”, se las había ingeniado para, venciendo la lucha de las generaciones y las condiciones  sociales hostiles que a todas luces debían producir el desgaste de  la tradición, conservar un acervo de valores, ingeniosidades, prácticas cotidianas, hábitos y habilidades asumido y considerado por todos como patrimonio espiritual exclusivo del barrio. Justamente en ese dominio, coto particular o heredad apreciada como característica de ese núcleo y de esa comunidad, descubrimos que se hallaban los elementos esenciales de la identidad del hoyero y, cosa asaz significativa, descansando encima de este sólido basamento del santiaguero como expresión de fresca y lozana cubanía.  Para nosotros la convivencia cotidiana y prolongada con los líderes y cabezas del núcleo directivo y muchos otros miembros de la Comparsa Conga de Los Hoyos, nos demostró que estábamos, pues, frente a ese conglomerado humano que se denomina comunidad y cuyos rasgos característicos definiremos más adelante. Y así lo reflejamos en nuestro libro intitulado Barrio, comparsa y carnaval santiaguero, publicado hasta el presente sólo en República Dominicana y que obtuvo en 1998 el Premio Nacional, compartido, en Investigación Socio-cultural del Ministerio de Cultura de Cuba.

En cuanto al estudio del rico espectro de la religiosidad tradicional del pueblo cubano, podríamos aportar muchas experiencias, tal vez aprovechables por los investigadores venezolanos, con quienes estamos compartiendo el presente trabajo, y con el público en general que leerá estas líneas. Por razones de espacio, nos vamos a limitar a mencionar dos casos: uno relacionado con el espiritismo y el otro con la cultura de origen haitiano en Cuba. En el denominado espiritismo de cordón, existe una base étnica común que lo hermana con Las Turas, verdadera y auténtica página desprendida de la historia del hombre sobre el planeta, que Venezuela tiene el privilegio de atesorar y acerca del cual, desde hace varios años, hemos manifestado que debe ser incluido en la mencionada Lista de Patrimonio intangible de la UNESCO.  Enriquecedor y realmente estimulante ha sido convivir desde nuestra niñez y, ahora, en las últimas décadas, en condición de investigador profesional, con miembros de los centros cordoneros, algunos de los cuales se comportan y viven como los cristianos primitivos: comparten sus alimentos, ofrecen un elevado sentido de la hospitalidad y se niegan a doblegarse a las relaciones de intercambio en que medie el interés material o económico. Toda su obra  o práctica religiosa está dirigida al beneficio del prójimo, cuyo bienestar corporal y sobre todo espiritual constituye para ellos la valía suprema de cualquier conducta humana en tanto que coloca a la persona en la dirección de entrega absoluta a la Providencia Divina, que es el fin más trascendente.

En muchos de estos centros o templos cordoneros, hemos respirado el mismo espíritu del falansterio de los socialistas utópicos franceses o algo parecido al hombre perteneciente al comunismo primitivo, de que nos hablan algunos textos de filosofía. Sobran los ejemplos ilustrativos, pero sólo mencionaré de pasada aquél con que compartí tantas veces, ubicado cerca de la Ciudad Pesquera de Manzanillo, donde se veneran en sus altares y en sus ritos los espíritus del Che Guevara y del Comandante Camilo Cienfuegos. Casi nos sentimos obligados a proporcionar un detalle significativo: cerca de él se encuentran las ruinas del Ingenio La Damajagua, donde su propietario, el poeta y abogado Carlos Manuel de Céspedes, a continuación de la realización de una fiesta de Tumba Francesa la noche anterior, liberó el 9 de octubre de 1868 a sus esclavos y se levantó en armas con ellos y otros patriotas, para iniciar allí el proceso de independencia de nuestro pueblo del dominio español.

 Así fue como también, para entonces, nos lanzamos a fondo al estudio de varias comunidades de origen haitiano, existentes en el campo: una ubicada en el macizo de caña de azúcar y otras en la Sierra Maestra, donde el café ha constituido un rubro básico de la economía. En cuanto a la primera, se pudo publicar en Polonia un estudio sociológico de la comunidad de Barrancas, que constituye el más acabado de cuantos se hubiesen hecho hasta entonces y nos permitió visualizar el marco socio-económico en que tenían lugar las expresiones de la cultura tradicional haitiana sumamente arraigadas, extendidas y dominantes en la población cubana, que ha compartido su vida con estos inmigrantes durante más de 6 décadas. Tras las huellas del vodú, el estudio de otras comunidades nos permitió formular un conjunto de hipótesis relacionadas con los mecanismos de intercambio cultural entre cubanos y haitianos, las cuales fueron recogidas en el libro El vodú en Cuba, publicado en República Dominicana en 1992 y que, en 1998, resultara Premio Nacional de Investigación Sociocultural otorgado por el Ministerio de Cultura de Cuba.

Dado que el presente estudio es binacional, cabría preguntarse: ¿con qué contamos por la parte venezolana? En primer lugar con personas del mundo académico profesionalmente calificadas, encabezado por historiadores, cronistas, profesores e investigadores sumamente experimentados que viven en Coro o en otras ciudades de Falcón y a quienes les resulta muy familiar el tema seleccionado. Alguno de ellos ha investigado y publicado trabajos en los que se hace referencia al marco histórico y a personajes relacionados con las comunidades seleccionadas. El prestigioso historiador Luís Dovale, director del Archivo de Historia Regional del Estado Falcón, nos ha mostrado plena y amplia disposición para cooperar con nuestro proyecto, como asimismo lo han hecho otros de no menor valía. El cronista oficial del Municipio Miranda, Arcadio González, abrió las puertas de su oficina de historia para apoyarnos, como la abrió también la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda, con la inclusión nuestra en su Cátedra Libre de Identidad Local, recién creada con tales generosos propósitos y con la que tenemos una antigua relación de trabajo académico. Debemos dejar testimonio de igual disposición manifestada por profesores universitarios dedicados en los últimos tiempos al desarrollo de los estudios regionales, como la profesora falconiana Dra. Dulce Marrufo.

Asimismo, y los colocamos en este lugar para que destaquen, el proyecto del estudio de La Guinea responde  a la inquietud de un grupo integrado por líderes de la comunidad encabezados por el Sr. Mario Aular y de profesionales que desde hace un tiempo han manifestado su voluntad de llevarlo adelante y en el que se han destacado la poetisa Celsa Acosta y en especial la historiadora Nereyda Ferrer, hasta hace poco directora del Archivo  de Historia del municipio Miranda, y con quien media un conjunto de objetivos alcanzables con cooperación y trabajo mancomunado. Resulta digno de destacar, la entusiasta acogida que ha tenido la reanudación de estos estudios, por parte de muchos valiosos compañeros y autoridades del municipio y de la localidad. Al presentar el proyecto, debo confesar honestamente que hemos quedado muy bien impresionados por la acogida que nos dieron la mayoría de los promotores que trabajan en el Instituto de Cultura de Falcón (INCUDEF) y, naturalmente, por su junta directiva. Tal fue la comprensión de su alcance y aceptación, que se decidió crear el Departamento de Participación Ciudadana, al frente del cual fue colocado Fernando Jiménez, con quien tenemos una fructífera y vieja relación de trabajo en la dirección que nos ocupa. Su jefe inmediato superior, Jorge Luís García Puerta, resulta también una personalidad con amplio dominio de la historia local y de sus personajes más prominentes, por lo que afablemente me brindó su respaldo en términos de experto y de cabeza en INCUDEF del Departamento de Promoción y Difusión de la cultura, con el cual se ha coordinado el tipo de investigación-desarrollo que queremos implementar.

Otro gesto de parte de INCUDEF muy importante lo constituyó la asignación del joven bachiller Luís Cazorla, director del  Departamento de Cultura Popular, y del promotor Enzio Provenzano, como parte de un equipo encargado de atender oficialmente este importante asunto. Con ellos iniciamos la labor de familiarización con la comunidad La Guinea, e hicimos recorridos y visitas que nos permitieron apreciar el grado de aceptación que tiene nuestra propuesta entre sus vecinos.

Por otro lado, se ha producido una acumulación importante de referencias en la dependencia falconiana del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), basada en un minucioso trabajo de recopilación de los últimos censos venezolanos de población y en la actualización de los mismos, afincada en un novedoso método de empleo de los líderes o expertos miembros de los barrios de Coro, quienes están brindando un elevado espíritu de colaboración. La información almacenada en esa base de datos, que incluye planos, resultará extremadamente útil para nuestros propósitos de indagación, búsqueda y análisis. El INE cuenta aquí con un equipo de jóvenes de alta calificación técnica, gran sentido de responsabilidad y con espíritu de cuerpo en  proyección de  su trabajo, lo que nos ha permitido intercambios ampliamente provechosos para ambas instituciones. Creemos necesario hacerles aquí un merecido reconocimiento por su abierto espíritu de colaboración y consignar sus nombres: lo encabeza el ingeniero César Ramírez; y lo integran el informático Leonel Córdova, el estadístico Raúl Smith, el agrónomo José Castro y el geógrafo Luís Avendaño.

Cuando avancemos en el presente estudio, también será importante el apoyo que aportará la valiosa documentación existente en varios archivos, como el de La Alcaldía de Miranda, el de la Universidad Francisco de Miranda y la que atesora el profesor Lic. Héctor Velasco, con su red de docentes aplicados al levantamiento de información en los municipios del Estado, también la red que ofrece la dirección de Educación al mismo nivel. Existen otras vías de obtención de información actualizada acerca del hábitat, las condiciones materiales de vida e indicadores de salud de la población de las comunidades seleccionadas, como la que pueden ofrecer la Comisión Presidencial para el rescate  y la conservación del patrimonio cultural de Coro y La Vela, cuya secretaría técnica está en manos del profesor Renny Vargas; la Dirección de Salud del Municipio Miranda, en manos del médico Dr. Edgar Silva, y la red del programa Barrio Adentro, las que ofrecen un alto rango de confiabilidad, porque todas se asientan en un riguroso y pormenorizado trabajo con las fuentes primarias.  

II.       Marco conceptual

Antes de formular el cuerpo tentativo de hipótesis que nos proponemos demostrar en el curso de nuestros estudios e investigación de campo en el Estado Falcón,  necesitamos explicitar  el contenido semántico y el alcance de los conceptos principales con que operaremos, bien sea: cultura, comunidad e identidad. El concepto de cultura en su acepción más amplia, entendido como concepción de la vida y el hombre,  coherente, unitaria y difundida nacionalmente, nos remite a la esfera de la praxis social: al modo de vida de una sociedad determinada, que se traduce en un sistema de valores éticos y morales que a su vez condicionan costumbres, hábitos, formas y medios o de subsistencia, estilos, expresiones artísticas, instrucción cultural, normas  y patrones de comportamiento a nivel del individuo y de los grupos. No ha sido hasta hace muy poco tiempo que el enfoque  de la Microsociología nos ha permitido visualizar, que estos módulos antes mencionados, tienen su base o célula originaria en un micro territorio o localidad determinada, donde se produce  un proceso de establecimiento de nexos y concatenaciones impuestos por el propio desarrollo social, a partir del cual, ellos intercambian, reciben y/o asimilan contenidos y expresiones de otros micro territorios o localidades, hasta constituirse en un elemento de carácter regional e, incluso, hasta llegar a difundirse nacional e internacionalmente.

Muchos autores afirman que la célula originaria de la sociedad es la comunidad y que la célula originaria de la comunidad es la familia. Pero, ¿qué es la comunidad? Comunidad es aquello que es común en el sentido de lo que pertenece por entero a los miembros de un grupo de personas afines, en términos de su subjetividad, de la cual hablaremos más adelante. Desde el punto de vista de la Sociología,  comunidad es una forma particular de organización social  que se logra no por voluntad del individuo, del que ella es independiente y que se caracteriza por el hecho de que sus miembros viven en común, con ayuda de recursos que pueden o no ser de su propiedad. Se trata de un grupo humano orgánico dotado de cierto margen de libertad, en el que se nace o se accede no por contrato o mecanismo jurídico, como el matrimonio, sino por compartir espontáneamente bienes comunes, sean éstos materiales o espirituales, lo cual es su sello más significativo.

Hasta cierto punto, esta visión de la comunidad remite al origen mismo de la especie humana, en el cual no había aparecido el excedente económico, y las relaciones estaban regidas por la ausencia del arte o de las técnicas dirigidas al intercambio interesado, y a la postre, al dominio de quienes no poseían esos excedentes, por los otros que adquirieron poder con su posesión.  No obstante, cuando un grupo humano  es capaz de lograr sus propios medios y recursos para la subsistencia, valiéndose de la aplicación de sus energías creadoras, hablamos de comunidad, condición de lo que ahora se denomina desarrollo endógeno, es decir, resultado de la aplicación del trabajo de un grupo que no depende, para lograrlo, de la ayuda o la asistencia del exterior.

Mas, la comunidad no necesariamente está definida o determinada por la reproducción de la vida material o por el hecho económico. Podemos hablar de una comunidad desde el punto de vista social más extendido, que incluye, por ejemplo, la esfera de lo espiritual y lo religioso, punto de vista de mayor fortaleza en muchas sociedades y circunstancias. Son rasgos distintivos suyos, entre otros, las tradiciones, los modos o peculiar manera de subsistencia, el comportamiento social, el hábitat  y, aunque no necesariamente, las creencias religiosas y la espiritualidad ya mencionados. También entran aquí, en cierta medida, determinadas relaciones de parentesco, no reductibles a las sanguíneas

La comunidad rural ilustra, como modelo de alto valor expresivo, el peso y la función del factor subjetivo en la cohesión y preservación de los rasgos comunitarios. En ella se conservan en mayor número y con mayor significado la ayuda mutua o mutualidad, la cooperación y la solidaridad entre los miembros del grupo, capaces de sacrificar intereses personales para satisfacer necesidades de otras personas. Estos rasgos pueden ser observados asimismo en los pequeños poblados o en los asentamientos semirurales, donde ellos son menos fuertes, ni tampoco empleados con la constancia y la frecuencia con que se dan en el campo. De modo que, podemos convenir,  mientras más alejada de núcleos poblacionales, en particular urbanos, más fuerte será la comunidad, del mismo modo que su capacidad de agenciarse recursos propios, la situará en un grado de mayor cohesión y solidez.

Desde este mismo punto de vista sociológico, la comunidad puede ser entendida como una forma de sociabilidad especial, dada por un origen natural, étnico, espiritual o nacional de los miembros de un determinado conglomerado. En efecto, se trata de un grupo de personas ligadas por un conjunto de creaciones, representaciones colectivas, aspiraciones, necesidades e intereses que llegan a formar una unidad social localizada en un espacio. Una de las variables de mayor importancia al considerarla es el factor subjetivo. Así, para Georges Gurvitch,  comunidad es la forma más equilibrada del Nosotros, es decir, de una colectividad difícil de descomponer en sus partes constitutivas y, en consecuencia, la más estable y equilibrada. De ahí que el ruso N. Berdiaeff la considere como la fraternidad real de las personas, en la que cada uno de sus miembros se transforma y sacrifica su individualidad en aras de ese bien superior que conscientemente ha abrazado y al que, en consecuencia, no puede permanecer ajeno.

El último de los conceptos claves manejados en la presente investigación es el de identidad, acerca del cual se ha formado un campo donde predomina la polémica. Así, para Gilberto Jiménez “la identidad supone por definición, el punto de vista subjetivo de los actores sociales acerca de su unidad y fronteras simbólicas; respecto a su relativa persistencia en el tiempo, así como en torno de su ubicación en el mundo, es decir, en el espacio social.” Desde nuestro punto de vista, identidad remite a los conceptos de cultura de una etnia, comunidad, grupo social, pueblo o nación, en que el sujeto se reconoce en relación de pertenencia con el conglomerado social suyo, en tanto se diferencia con otras culturas que delimitan sus fronteras.

La identidad es mutable, se enriquece o transforma, incluso puede llegar a perderse por un proceso de globalización y de falta de memoria histórica. Los símbolos, la tradición oral, la cultura tradicional popular, el reconocimiento de la historia y la lucha por la soberanía e independencia son componentes consustanciales de lo que llamamos identidad nacional. La identidad nacional no es un resumen ni suma de identidades locales, sino más bien una asociación de estas identidades particulares, en términos que caractericen a los sujetos individuales y colectivos que se reconocen miembros de esa nación o Estado.

Por parecernos de máxima claridad y consistencia, nos apoyamos en la siguiente formulación del ensayista cubano Joel James:

“El concepto de identidad tiene pertinencia tanto para una definición de lo nacional, de lo cultural como de lo personal. En un intento de acercamiento al concepto, pudiéramos decir que por identidad debemos entender la conciencia de lo propio, que es decir, de aquellas especificidades que nos hacen diferentes. Esto significa que la identidad se da siempre en relación a otros diferentes que eventualmente pueden ser entidades contrarias. Tal es el caso de la identidad cultural y nacional cubana que se fragua por una voluntad independentista, primero frente a España y luego frente a Estados Unidos.

 

Sin olvidar la importancia de la naturaleza insular de Cuba, en la definición de una identidad tendríamos que detenernos en toda la importancia que merecen aspectos como:

 

1. La cultura tradicional popular

 

2. La memoria histórica común

 

3. Los sistemas simbólicos referenciales con capacidad de definición

 

En países que no reúnen las condiciones geográficas e históricas cubanas, es decir, multiétnicos, fronterizos, con pluralidad de lenguas, ¿resulta pertinente esta definición de identidad.

 

Es cosa precisamente a investigar”.

 

III.      Objeto de estudio

El estudio de una o de varias comunidades circunscriptas en estos micro- territorios o localidades, nos puede permitir desentrañar las raíces de determinadas expresiones culturales que en un nivel social amplio recibimos como símbolos culturales de una región o, incluso, de un país.

La figura del tambor se presenta como una especie de reinado en las fiestas y actividades artístico-culturales, en un porcentaje significativo de los asentamientos poblacionales del Estado Falcón, al punto que estamos tentados a afirmar que  llega a constituir lo que pudiéramos denominar el complejo del tambor coriano, al que se vinculan expresiones musicales y danzarias acompañadas de diversos instrumentos musicales. Esto nos ha motivado a realizar una indagación exhaustiva del asunto, para lo cual hemos tomado una comunidad ubicada en la ciudad de Coro y otra rural, enclavada en las estribaciones montañosas que rodean esta villa, bajo la consideración de que en ambas están presentes los orígenes de estas expresiones predominantes de la cultura.

Tomando en cuenta lo que conceptualmente hemos definido antes para el concepto de cultura,  se requiere estudiar en profundidad la razón de existencia de estas comunidades, sus movimientos y estructura demográfica, el o los centros económicos o actividad de producción material que han permitido su subsistencia, sus referencias históricas en términos de su participación  en las diversas circunstancias políticas y nacionales o libertarias, las expresiones culturales mostradas en el momento de su surgimiento, las que se les fueron incorporando y las que actualmente subsisten, su influencia y repercusión en el resto del territorio a nivel del Estado o región,  y de la nación en su conjunto, el status económico y de pertenencia de la población existente en las  mismas, así como otros elementos que forman parte del modo de vida de estas micro sociedades,  como los vínculos existentes  en razón de los movimientos demográficos o de traslados culturales entre la comunidad rural y la urbana.

III a.- Objetivos

3.1    Objetivos generales

        

Nos proponemos aportar las evidencias, datos y argumentos que nos permitan comprobar los siguientes objetivos generales:

1.-  Demostrar las especificidades y similitudes en el surgimiento, comportamiento, preservación y promoción de determinadas expresiones de la cultura popular tradicional, mediante el estudio de comunidades urbanas y rurales de Venezuela y de Cuba.

2.-  Demostrar la repercusión de determinadas expresiones de la cultura popular tradicional, de las pequeñas comunidades, en contextos territoriales, regionales, nacionales e internacionales.

3.-  Basándonos en la realización de los objetivos anteriores, demostrar la importancia de la cultura tradicional en la formación de los valores de liberación social, patriotismo y de defensa de las identidades locales, nacionales y regionales, así como la necesidad de investigar, atender, preservar y estimular las pequeñas comunidades portadoras de estas manifestaciones.

4. Conceptuar el importante papel y función de las identidades locales en la formación de identidades regionales, nacionales e internacionales.

5.-  Estrechar relaciones de trabajo y experiencias entre investigadores cubanos y venezolanos.

3.2  Objetivos específicos

     Asimismo, aportaremos evidencias, datos y argumentos para poder demostrar los siguientes objetivos:

1.- Estudiar el surgimiento, desarrollo y preservación de la comunidad urbana      La Guinea, en la ciudad de Coro.

2.- Estudiar el surgimiento, desarrollo y preservación de la comunidad rural Macuquita, ubicada en la sierra coriana.

3.- Analizar los nexos y similitudes en cuanto a calidad humana, psicología social, valores morales y éticos, así como las diversas expresiones de la cultura tradicional popular, existentes en las dos comunidades mencionadas.

4.- Valorar la influencia de estas manifestaciones culturales y, en particular, del tambor coriano, en el Estado Falcón y en otras regiones de Venezuela y del Caribe.

5.- Medir y justipreciar el grado de conciencia existente en la población de Coro, en relación con el lugar y papel del tambor coriano, como elemento que simboliza la identidad de esta localidad, a nivel regional y naciónal.

6.- Establecer elementos de juicio o pautas que permitan comparar el comportamiento del fenómeno que nos ocupa, en las dos comunidades corianas seleccionadas, con el de otras comunidades de este tipo, pertenecientes a poblaciones del Caribe, en particular con el barrio de Los Hoyos, de Santiago de Cuba, y con la comunidad cubano-haitiana de Pilón de Cauto, en la Sierra Maestra.

7.- Establecer comparaciones relacionadas con el grado de conciencia del pueblo de Coro en torno a la cultura del tambor, y a la de Santiago de Cuba, en torno a las expresiones del carnaval  y de otro tipo.

8.- Apoyándonos en el alcance de los objetivos anteriores, elaborar un cuerpo teórico que nos permita medir y valorar la influencia de las manifestaciones de la cultura popular tradicional, en la formación y preservación de las identidades locales, así como el papel de  estas últimas, en la formación de la identidad de una nación o de una región, como es la del Caribe.

 

IV.- Hipótesis

1.- Las comunidades urbanas formadas por los movimientos migratorios del campo a la ciudad, mantienen en lo esencial los signos de su identidad, aun cuando se incorporen otros elementos que resulten necesarios para su adaptación al medio.

2.- Las manifestaciones de la cultura tradicional popular, constituyen componentes de nuestras identidades nacionales, y son el resultado de la trascendencia de estas manifestaciones en el origen, desarrollo y consolidación de las pequeñas comunidades.

3.- Existen similitudes importantes o significativas en las identidades caribeñas, con independencia del proceso de su formación, en razón de su componente común de raíz africana y amerindia.

V.- Métodos y técnicas

1.- Investigación bibliográfica.

 

2.- Investigación documental en archivos locales, regionales,  nacionales y de otros      

     países, como Curazao.

 

3.  Obtención de información socio-demográfica.

 

4.  Obtención de información primaria y testimonial.

 

5.- Consulta a expertos locales.

 

6.- Entrevistas y encuestas a muestras seleccionadas en las comunidades objeto de

     estudio.

 

7.- Entrevistas y encuestas a muestras seleccionadas de la población coriana (no

     pertenecientes a ninguna de las dos comunidades).

 

8.- Análisis de contenido de las entrevistas y procesamiento estadístico de las

     variables encuestadas en las mismas.

 

9.- Encuesta de opinión cerrada,  a través de medios impresos públicos, dirigida   

 a la población del Estado, en relación con determinadas manifestaciones    

 culturales.

 

VI.- Rasgos generales de las  dos comunidades venezolanas objeto de estudio

 

          1.- La región histórica donde están enclavadas

 

Desde el arranque mismo del proceso de expansión europea, desde las islas del Caribe hacia la Tierra Firme, el territorio donde se ubica el actual Estado Falcón se convertiría en el trampolín usado por los conquistadores españoles en su política de conquista y colonización de esta parte importantísima del continente americano. Cada una de las prácticas que  experimentan los invasores, hallarán en él un correlato parecido o aumentado. La historia de la configuración y evolución de la región histórica conocida hoy por región caribeña, debe ser estudiada y explicarse, al menos desde estos inicios, a partir de la relación que se estableció desde entonces entre las islas caribeñas,  Falcón y las tierras y pueblos que fueron incluidos en el mencionado proceso de implantación capitalista. Los procesos y fenómenos principales que tienen lugar desde y en el Caribe, hallan cierto correlato en el espacio humano y social que nos ocupa, incluyendo algunos rasgos y características particulares o específicos, acerca de los cuales deberemos aportar  resultados basados en el estudio de su historia y estructura socio-económica, fundamentalmente.  

Geográficamente, Falcón se ubica en una posición privilegiada que beneficia los intercambios, contactos y permanente interacción con los habitantes de las islas del Caribe que lo circundan, las  que pueden ser visualizadas, desde determinados sitios elevados, en días despejados. Esas condiciones bienhechoras de la navegación propiciaron en el pasado un alto nivel de contacto entre la población aborigen a ambos lados del Mar Caribe,  y fue aprovechada eficientemente por los africanos esclavizados de algunas de las mencionadas islas para escapar de su servidumbre,  empleando la modalidad de lo que el historiador cubano Pedro Deschamps Chapeaux denominó el “cimarronaje marítimo”.

Se hizo casi una norma el que la población de las islas circunvecinas emigrase primero a las costas de la Península de Paraguaná, y, a otros territorios costeros, para buscar desde allí asentamientos en otros sitios con mejores condiciones climáticas y ambientales, como es el caso por excelencia de la sierra coriana, donde existen micro climas que favorecen la actividad agropecuaria. La hambruna atroz desatada a principios del siglo XX, provocó un éxodo migratorio impactante desde este territorio semidesértico de dicha Península, hacia el resto del Estado, proceso en el cual muchas personas murieron, a tal punto que el imaginario colectivo recreó el fenómeno en la leyenda de las Ánimas de Guasare, sitio obligado de peregrinación nacional del venezolano que cada año visita a Falcón, fascinado por sus playas y bondades naturales excepcionales y reconocidas en todo el país y fuera de él.

Actualmente, se realiza un flujo diario y permanente, durante todo el año, de personas que navegan en ligeras embarcaciones desde Paraguaná a las islas holandesas vecinas, donde venden diversos productos y se produce un intercambio comercial muy beneficioso

.

          2.- Comunidad Macuquita

 

Esta comunidad está ubicada a unas decenas de kilómetros de la ciudad de Coro, capital del Municipio Miranda, el que comprende territorios del llano, costas con puertos de gran valor histórico  y estribaciones montañosas con hermosas vistas y paisajes provistos de humedales, que en algunos casos le proporcionan fertilidad a los suelos y propician una vegetación exuberante, que contrasta con otra de tipo xerófila y semiárida, que a ratos introduce el contraste. Hay que hablar de este Municipio como una sub-región, donde deberán ubicarse, según rigurosa perspectiva de la historia, el Puerto Real de La Vela, este último por donde desembarcó el General Francisco de Miranda, hace  exactamente dos siglos y que, en un acto de justicia universal, fue incluido junto con Coro en la Lista de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO.

Macuquita se ubica, camino de la sierra coriana, en un punto de la Ruta de la Libertad, y no en la Ruta del Esclavo, como ha sido instituida también en uno de sus programas por el antes mencionado prestigioso organismo internacional. Cierto es que no muy lejos, existen las ruinas del depósito de esclavos denominado Güide, al que los negros de la sierra le dieron el nombre de El Tinglado, que fue  un fortín al estilo de las ergástulas de los romanos, con una estructura hecha a base de piedra, cal y barro cocido. El Tinglado está situado en las que fueron las tierras del militar Juan de la Colina, quien se convertiría en amo y señor de la sierra coriana, en base a las exportaciones de cacao, café, azúcar, pieles y aguardiente blanco, y quien supo servirse excelentemente del comercio de esclavos, que tenía como punto fundamental de provisión, a la cercana isla de Curazao.

Pero, si bien este mudo testigo es evidencia del uso por parte del explotador de la fuerza de trabajo esclavo y del propio comercio esclavista, en esas mismas sendas de la serranía habrían de continuar la resistencia y las luchas iniciadas entre la población aborigen y los esclavos hacía mucho tiempo. En ese paraje donde en el pasado abundaban las haciendas, en mayo de 1795 se produjo uno de los hechos más relevantes de la historia nacional venezolana y del continente americano: bajo el mando del zambo José Leonardo Chirino, parte de las dotaciones de esclavos de la hacienda donde éste se desempeñaba como miembro de la dotación ligada a la casa del amo, y de negros y mulatos libres de otras haciendas vecinas, junto con miembros de lo que para entonces eran denominados pueblos de indios, se complotaron y alzaron en contra de las autoridades coloniales que los explotaban y expoliaban a par iguales. Este importante hito debe ser contextualizado precisamente tomando en cuenta el movimiento y traslado de ideas de liberación que generó la Revolución Francesa y, mucho más cercano, el modelo o ejemplo que circuló por todo el Caribe, para entonces, proveniente de la recién inaugurada Revolución de los negros de Haití y que tocó tierra firme en Venezuela, justamente por el territorio que aquí nos propusimos estudiar.

Precisamente, este territorio era refugio seguro de los africanos huidos de las haciendas y sitios donde eran sometidos a esta inhumana y execrable práctica esclavista. Les sirvió de amparo defensivo y luego construyeron en él los famosos palenques donde convivían con la población aborigen, con la cual  establecieron importantes mecanismos de intercambio cultural y de convivencia aún no explorados y que, en consecuencia, han sido incluidos entre los objetivos de nuestro estudio.

Al referirnos a la población de esta comunidad, estamos hablando de población aborigen, negros, mestizos, zambos y mulatos libres,  entre quienes se establecieron profundos lazos, apretados por condiciones físicas y sociales compartidas. A partir de ellos, se generó un tipo humano cuya mentalidad y formación axiológica deberá ser adecuadamente ponderada y estudiada, para explicarnos fenómenos de relevancia para la historia de nuestros pueblos --como el guiado por José Leonardo Chirino-- y comportamientos que se extienden hasta el presente, los que junto con las expresiones de su espiritualidad, y especialmente los de la cultura tradicional, constituirán fines principales de nuestra investigación.   

3.- Barrio La Guinea

Su nombre nos remite casi automáticamente a África, en tanto nos hace recordar que para los haitianos, esta palabra es el símbolo de la tierra desde donde sus antepasados fueron extraídos por la violencia y donde se conserva el reservorio del imaginario colectivo común, rectorado por los ancestros. Así lo testimonian, por ejemplo, los cantos  que se ejecutan en las ceremonias del sistema religioso creado en Haití, conocido por el vocablo vodú, y que se han mantenido con plena vigencia en esa porción de la vecina isla caribeña. Pienso que esta referencia no es casual, sino todo lo contrario: ella explica la existencia de tradiciones culturales que nos remiten a la región caribeña y, por su conducto,  aquella Patria Mítica que hace latir el corazón de sus hijos, donde quiera que se encuentren. 

Esta comunidad, objeto del presente estudio, está situada en uno de los barrios marginales de la ciudad de Coro. Negro, mulatos y mestizos integran fundamentalmente su población, que se conformó en el progresivo proceso de migración del campo a la ciudad, en este caso procedente de la sierra coriana ya mencionada. Se trata de una mayoría de gente humilde, donde abundan fundamentalmente casas de vivienda de paredes de barro y techos de torta, en la que se incluye la paja, construidas según las técnicas procedentes del territorio montañoso, y otras que surgieron en Coro, como adaptación a la topografía urbana y a otras necesidades.

Con uno de los líderes del barrio, el señor Mario Aular, hicimos un recorrido inicial para comprobar que este asentamiento se levantó siguiendo la lógica de los desplazamientos poblacionales que conformaron la mencionada  ruta de la Sierra al llano, adonde la población negra y mulata se trasladó con mayor celeridad y cantidad, luego de abolida la esclavitud, en búsqueda de fuentes de trabajo y  mejoras materiales, según patrones que  han sido estudiados por investigadores, referidos a otros países y regiones del continente. Aular encabeza una reivindicación pública para que le sea reconocida la identidad al barrio, cuyo nombre de La Guinea fue borrado hace años de los catastros oficiales, no se sabe a ciencia cierta persiguiendo qué intereses. Ese nombre, en consecuencia,  debe ser restablecido porque, entre otras razones,  aparece en documentos que se remontan a la segunda mitad del siglo XVIII.

 

 

Documentos consultados* en relación con la insurrección de Chirino, nos permiten estar  en condiciones  de demostrar fehacientemente, la sólida vinculación de esta comunidad con tales acontecimientos y con la población serrana involucrada en los mismos. Puede demostrarse a partir de ellos, que entre ambas comunidades existía un real compromiso de lucha antiesclavista y de liberación social, asentada en ese vínculo profundo de lo humano y  sus creaciones espirituales. A pesar del evidente nivel de pobreza en lo referido a las condiciones materiales de vida o existencia, se observa un esfuerzo especial por mantener en alto el orgullo de la pertenencia a una sociedad portadora de sólidos vínculos entre sus miembros, y de tradiciones culturales tan fuertes, como la del tambor coriano, verdadero complejo músico-danzario, que puede ser tomado o considerado como el símbolo de la falconía.

Resulta de mucho interés el hecho de que se conserven las estrechas relaciones de los vecinos del barrio con sus familiares, compadres y amigos de la sierra; y lo es también, el que se hayan esforzado y aplicado en recrear estas relaciones y que este acto resulte de alto valor en la  adaptación al medio específico en que se vive. Fruto de este afán enriquecedor, se han derivado el sostenimiento de tradiciones propias de la sierra, como el culto al Divino Niño Jesús,  y también el surgimiento de  otras tradiciones, como la que acabamos de mencionar referida a la música y  la danza.   

El examen de algunos indicadores demográficos de ambas comunidades, tomados de las fuentes del Capítulo Falcón del Instituto Nacional de Estadísticas, nos induce a la consideración de la existencia de un flujo migratorio que contribuye a confirmar nuestras hipótesis mencionadas antes.

 

Población por grupos de edades  Macuquita:

                                                        Total                          %

Niños (de 0 a 11)                                                              37                                29**

Adolescentes (12-17 años)                                               18                                14**

Jóvenes (18-29 años)                                                        28                                22

Adultos jóvenes (30-44)                                                   16                                13*

Adultos (45-64)                                                                 17                               13*

Adultos mayores (65 y más)                                             12                                 9

 

Total                                                                                 128                            100%

 

 

 

 

___________________________________________________________           *Nos referimos particularmente al volumen “Documentos de la insurrección de José Leonardo Chirinos” (Caracas, 1994). Reseñados por la investigadora Josefina Jordán, quien da fe de la pérdida del expediente seguido a José Leonardo en el juicio que se le siguió con motivo de tal hecho histórico.

Población por grupos de edades del Barrio La Guinea:

 

                                                                                                         Total              %

Niños (0- 11 años)                                                                             362            21**

Adolescentes (12-17 años)                                                                175            10**

Jóvenes (18-29 años)                                                                        386             23

Adultos jóvenes (30-44 años)                                                           365             22*

Adultos  (45-64 años)                                                                       246             15*

Adultos mayores (65 o más)                                                             158              9

 

Total                                                                                               1237           100%

 

Del análisis de estos datos pueden enunciarse las siguientes observaciones:

*   Nótese una diferencia porcentual mayor en La Guinea en las edades de madurez en la esfera laboral.

 

** Nótese una diferencia inversa en estas edades de niñez y adolescencia

 

 

LA GUINEA, BARRIO AFROCARIBEÑO

José Millet

 

Luego de permanecer durante cuatro meses en Cuba, en el mes de noviembre del año 2005 retomamos el trabajo de investigación que habíamos empezado en el mes de marzo anterior,  amparado en el convenio firmado entre el Instituto de Cultura del Estado Falcón (INCUDEF) y la Casa del Caribe, institución cultural que posee la categoría de Centro de Investigaciones otorgada por el Ministerio de Ciencias, Medio Ambiente y Tecnología de la República de Cuba y de probado reconocimiento mundial, de la que he sido uno de sus fundadores y uno de sus más entusiasta trabajador, durante casi un  cuarto de siglo. El Presidente de INCUDEF, el poeta Simón Petit, le dio curso a la propuesta de integrar un equipo de estudio con tres o cuatro de los promotores culturales, afortunadamente gente por lo general lectora y estudiosa, más que todo dispuesta a eliminar el absurdo concepto que hasta aquí se ha manejado y mantenido del promotor cultural, alejado del estudio y distante a años luz del trabajo científico aplicado a la cultura. Establezco aquí sus nombres a modo de reconocimiento: el bachiller Pedro Eduardo Concepción, estudiante de Comunicación Social; el Técnico Superior Universitario (TSU) en Turismo Enzio Provenzano, la Técnica Medio en trabajo social Zulay Castejón, y, a quienes se agregó el bachiller Oscar Lázaro. Tres de ellos actualmente iniciaron estudios universitarios, por lo que nuestro trabajo deberá reforzar el espíritu de estudio, formación y de superación que estamos fomentando fuertemente entre cada uno y todos los miembros de nuestro Instituto.

Hace apenas dos meses, se ha incorporado al equipo de estudio el estudiante de Turismo Orlando Moreno, joven yaracuyano que, con gran sacrificio personal, ha venido a hacer su pasantía en Coro, bajo nuestra tutoría, y que promete ser un profesional altamente preocupado por el aprendizaje constante y su aplicación a nuestra realidad social con inteligente sentido de las urgencias, que obligan a la inmediatez y  mucho más a la eficiencia. Finalmente, luego de un año de haberse elaborado, se acaba de firmar un Convenio con la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda (UNEFM) en el que se ha enfatizado el apoyo que deberemos recibir para construir y luego consolidar un Centro de Estudios Socioculturales de INCUDEF, para el cual, por ejemplo, será importante la ubicación de algunos estudiantes universitarios precisamente en condición de pasantes, quienes introducirán cambios importantes en la mentalidad y en el estilo de trabajo de los actuales empleados de INCUDEF, educados a una práctica lamentablemente divorciada del estudio y la investigación, que ahora empieza a ser modificada y que a la larga se convertirá en parte fundamental de su razón de ser.

En la presente etapa de nuestro estudio, les asigné a los miembros de mi equipo, la tarea de iniciar un levantamiento de información que nos permitiera determinar las fuentes documentales de que disponíamos en Coro, para acercarnos a nuestro objeto de estudio. Establecimos contacto con el núcleo directivo y con algunos de los trabajadores del Archivo de Historia de la Alcaldía del municipio Miranda, quienes me impresionaron positivamente por el alto nivel de responsabilidad y trato afable, más aún cuando comprobé la meritoria labor de restauración, preservación y ordenamiento de la valiosa documentación que se atesora allí. De igual manera, visitamos la Biblioteca “José David Curiel”, con excelentes fondos aún sin colocar en fichas ni en catálogos para hacerlos asequibles al público y donde permanece una hemeroteca en cajas, a la espera de un espacio donde colocarse y asimismo ponerse al servicio de la comunidad coriana. Finalmente, nos adentramos en la Fundación Biblioteca “Oscar Beaujón Graterol”, verdadero complejo donde se combinan armoniosamente las fuentes bibliográficas, hemerográficas y de documentos originales autógrafos de excepcional valor. Esta institución es un modelo de lo que debe ser hoy la biblioteca y ofrece servicios especializados, incluidas las consultas a través de Internet. Realmente Coro, y Falcón, debe enorgullecerse de contar con una institución tan profesionalmente organizada y atendida, que se ocupa, por lo demás, del rescate de la memoria colectiva a través de grabaciones magnetofónicas y en formato de video de los exponentes y cultores populares más representativos de la localidad.

 

La revisión hemerográfica hecha en la Biblioteca Oscar Beaujón realizada por Pedro Eduardo Concepción arrojó un dato de interés: en el periódico diario local La Mañana, desde el mes de diciembre del año 1955 hasta marzo del año 1987, el barrio La Guinea no aparece mencionado nunca y sólo se alude al “tambor coriano” en ocasión del tradicional día del repique - es decir, del día 30 de noviembre de cada año en que se anuncia el advenimiento de la Navidad -, sin colocar el nombre del conjunto ni de sus dueños o cultores populares. Esto nos demuestra claramente el tratamiento tan distante y poco estimulante dado a una de las expresiones más emblemáticas de la cultura local y regional.

El 20 de febrero pasado, luego de varias reuniones concebidas como mesas técnicas, se inició el programa del Instituto denominado Tomas Culturales, consistente en un contacto lo más amplio y profundo posible con cada uno de los veinticinco municipios que conforman el Estado Falcón, a fin de instalar en ellos la nueva imagen corporativa que hemos estado construyendo en INCUDEF. Se trata de un acercamiento de nuestro centro laboral a las comunidades más emblemáticas desde el punto de vista de la riqueza o el arraigo de las tradiciones culturales del pueblo, en cada sitio; las cuales deberán exponerse, en su nicho original, con la participación fundamental de los vecinos en su condición de organizadores y de los cultores populares, grupos artísticos y personalidades más representativas de cada una de ellas. Tuvimos el honor de que se aceptara que el arranque tuviese como comunidad emblemática a La Guinea, la cual en un tiempo record supo hacer valer y demostrar su capacidad organizativa anclada en el pasado, y todavía muy vivificante en eventos tan importantes, como las celebraciones de San Benito, San Antonio y del propio tambor coriano. Tenemos el firme propósito de estimular el que las propias comunidades se interrelacionen, de modo que se establezca entre ellas una fraternal relación para  reafirmar y destacar los valores más auténticos de lo que ellas son acarreadoras. Se estaría tributando así un granito de arena en el serio problema comunicacional existente en el país, que también afecta a la relación entre estos sujetos colectivos y las individuales artísticas que surgen y viven en ellas.

Como uno de los resultados más dignos de destacar en esta toma cultural, se encuentra el que los vecinos del barrio La Guinea han reavivado sus energías dirigidas a conseguir que le sea restituido el nombre originario a su comunidad; asimismo, se han avanzado conversaciones directas con el Alcalde del Municipio Miranda para que esta petición no sólo se lleve a la práctica el próximo día 10 de mayo, sino que también el barrio sea declarado patrimonio histórico y cultural del Municipio. Adicionalmente, se está discutiendo lo concerniente a la solicitud de que el barrio tenga su propia Casa de la Cultura o Museo, donde descanse parte de la documentación e información relacionada con su historia, personajes emblemáticos y su vida cultural.

Pero, a estas alturas del relato, creo conveniente retomarlo donde lo dejamos cuando informábamos cómo se inició esta investigación de una pequeña comunidad coriana. En efecto, en marzo del año 2005 iniciamos los contactos con algunas personas que ayudarían decisivamente a enrumbar nuestros pasos hacia el ámbito coriano, que para mí es espacio físico, geografía humana, historia, pertenencia, bravura, orgullo, cariño (¿otra palabra mejor fue ingeniada en nuestra lengua castellano-americana para referirse a un sentimiento o afecto hacia alguien que la que inventó el coriano con la de querendón?) y, en suma, identidad, concepto que, para los efectos de una visión del mundo anclada en una posición política definida, equivale para mí a la posesión y disfrute de una igualdad social plena y verdadera. En síntesis: mis estudios del hombre y su espiritualidad se tornaron  hacia Coro, su gente y su corianidad.

Recordemos cómo surgió el presente proyecto de estudio del caso: inicialmente, en conversaciones con la historiadora, Licenciada Nereida Ferrer, y con la poetisa Celsa Acosta, emergió a propósito el nombre de un barrio objeto de una discusión ilustrada y política a consecuencia de la reclamación de algunos de sus vecinos. La Guinea —que es el nombre del barrio en cuestión— resuena a cacería humana en tierras africanas; a puerto de embarque de mercancías, también de esa misma especie; a espacio mítico en que vamos a encontrarnos con nuestros ancestros; en suma: cadena esclavista, comercio de carne humana y también a resistencias; a amos y a esclavos… a rebeldías y redención. La ruta estaba expedita para que nos embarquemos en esta aventura siempre reconfortante que nos ofrece la historia, no tanto la ya escrita como la que está por escribirse.

Fue así como, a través de tan entrañables intelectuales amigas, establecí una relación con un señor que lideraba el reclamo de la comunidad y que se había convertido en un tenaz escudriñador de archivos y documentos indispensables para probar la existencia del nombre La Guinea, que le había sido suprimido a dicho barrio. Mediante conversaciones sostenidas desde entonces con él, fui acopiando valiosa información y conocimientos que me han permitido un acercamiento mayor a lo que luego se convirtió en  objeto de estudio. Así, pude estar al tanto de que La Guinea había sido uno de los primeros y más emblemáticos asentamientos humanos de Coro, poseedora ella, por añadidura, de una de las mayores capacidades y voluntad de organización civil a nivel de las comunidades de base que se conoce en esta localidad, signada por un sentido del tiempo y de la dinámica social a los que es difícil  adaptarse, si no se le comprende o estudia concienzudamente.

Siguiendo el curso del relato de este reclamo, me encontré en una situación parecida a la experimentada años atrás con los productores artesanales del cocuy del simbólico poblado rural de Pecaya: alguna parte de la injusticia,  ejercida por los opresores a lo largo de la historia de este rico y bello país en contra de los pobres, habría de revelarse y, sin duda, en esta nueva circunstancia de la Venezuela Bolivariana, habría de enmendarse.  Y henos aquí, tratando de reconstruir parte de una trama que ya nunca podrá serlo, ni en su totalidad ni en su completa veracidad, porque parte del material documental que podría servir para conectar la historia con la cultura fue destruido, se perdió o no se encuentra disponible. Me refiero a parte de la declaración, tomada por escrito por las autoridades españolas, a José Leonardo Chirino, cuando fue juzgado por la insurrección que lideró  el mes de mayo de 1795, que estuvo y está vinculada, raigalmente, con la historia mítica y real del barrio, aunque la mayoría de sus vecinos, no tengan  idea de la cuestión.

Cuando digo que asumo la voz de uno de los vecinos, estoy cometiendo un grave error. Es que ese vecino resume, en cierta medida, la historia y el reclamo del barrio en su conjunto. Basta que una voz, una sola voz, se alce, para reclamar o reparar una injusticia y para que esta señal adquiera la dimensión de un sujeto supraindividual, siempre que ese reclamo posea un carácter de reivindicación del colectivo. Siguiendo la trayectoria lógica del relato, tal vez consigamos las evidencias que nos permitan comprobar esta aseveración.

Ya para el año de 1979 fue creada en el barrio la Asociación de Vecinos, con una junta directiva electa en diciembre del 2004 y convertida en el soporte más fuerte para viabilizar el reclamo que acabamos de mencionar, el cual se hizo público mediante una solicitud escrita dirigida  al Alcalde del Municipio Miranda ingeniero Rafael Pineda, quien envió entonces una comisión que se reunió con varios líderes del barrio en el mes de abril del año 2004 y, en el momento en que redacto este folleto, ha reiterado su absoluta disposición de encontrarle  solución al asunto, cuyo fondo histórico, político y social cualquier persona inteligente e instruida reconoce como portador de justa razón. En el mapa de la ciudad de Coro, que hemos conseguido en la oficina de Empadronamiento de la Alcaldía de Miranda, no aparece el barrio La Guinea, sino el de Las Panelas y, adicionalmente, para acabar de complicar el fatídico inconveniente, una simple ojeada a las dos últimas guías turísticas del Estado Falcón, nos lleva a darle fundamento documental adicional al reclamo: en ellas, en  el plano de Coro, no sólo no aparece ninguna referencia al barrio más antiguo y emblemático de la ciudad, sino que se rotula una minúscula porción del espacio citadino --- comprendida, según Aular, entre las calles Zamora y Colón — como perteneciente al denominado “casco histórico” citadino, que fue por lo que la ciudad mariana y su Puerto Real de La Vela fue inscripta por la UNESCO en su lista de Patrimonio de la Humanidad..

En compañía del folklorista de INCUDEF Luís Cazorla, a fines del mes de mayo pasado, caminamos con el señor Mario Aular por las calles de Coro, a fin de obtener una apreciación lo más cercana y segura posible del disputado barrio La Guinea. Esta experiencia directa con sus vecinos, en su propio hábitat, me permitió tomar algunos apuntes en este recorrido,  que ahora paso a glosar con el ánimo de ayudar a dibujar el plano de este importante asentamiento, a grupa de caballo, perteneciente mitad a la ciudad y mitad al campo, como habremos de descubrir mediante la aplicación de algunas técnicas de la investigación antropológica y sociológica. Para Aular existen hitos de mucho interés para el conocimiento de la existencia del barrio y del proceso que condujo a que se le  suprimiera su nombre original. Se dispone de fuentes escritas que dan fe de esta declaración. A guisa de ejemplo, él refiere la existencia de un decreto, presumiblemente fechado a principios de 1900, que determina la construcción de La Alameda Linares en la antigua Plaza La Guinea. Esa alameda hoy tiene como punto importante la actual Plaza Linares ubicada en la Avenida Manaure, entre las calles Mapararí y Churuguara.

 

 

 

 

 

Límites del barrio

Los especialistas del INE de Falcón, lograron fijar los siguientes linderos de lo que aparece actualmente en el catastro de la ciudad de Coro con el nombre de Las Panelas: la calle Libertad por el Norte; la calle El Sol por el Sur; la calle Colón por el Este y La Quebrada de Coro por el Oeste.

Los vecinos de La Guinea, en su expediente de reclamación dirigido al Alcalde del Municipio Miranda, con fecha 8 de junio de 2004, establecen como límites territoriales los siguientes: por el Norte la calle Libertad, cruce calle León Farías, “buscando la calle Campo Elías” y, por el Sur,  la calle El Sol; por el Este, la calle Federación y, por el Oeste, la calle Proyecto.

 

Limites actuales de La Guinea,  según sus vecinos

Límites  de La Guinea con Curazaíto y sector San Antonio: calles El Sol con Federación.

 

Límites de La Guinea con Curazaíto: calles El Sol con Proyecto

 

 

 

Límites de La Guinea con Las Panelas: calles Proyecto con Libertad.

 

 

 

 

Límites de La Guinea con Las Panelas y el centro capitalino: calles Federación con Mapararí.

 

 

 

 

 Estos linderos tal vez podrían ser tomados como los de mayor consistencia entre todos los aportados por nuestros informantes en el presente estudio. En acto de justicia, debemos colocarlos en el plano de la ciudad para que le sea restituido su nombre al barrio:

Para el joven folclorista Luís Cazorla, de 36 años de edad, nacido y criado en La Guinea, los límites de ésta son los siguientes: la calle Brión por el Norte y la calle Nueva por el Sur; la calle Federación por el Este y la calle Providencia por el Oeste.

A continuación colocamos los planos elaborados por el equipo de especialistas en  Falcón del Instituto Nacional de Estadísticas, en base a sus estudios de campo. Algunos de nuestros testimoniantes de los barrios La Guinea y Curazaito difieren de ellos, pero resultan una fuente merecedora  de tomarse en  consideración para la discusión del tema.

En el primero, ubicamos los barrios que ellos denominan Las Panelas y Curazaito:

 

Plano del barrio Las Panelas. Fuente: Instituto Nacional de Estadísticas.

 

 

        

Existen opiniones encontradas en lo concerniente a las demarcaciones de la propia ciudad de Coro y aún más, pues, como se ha visto, respecto a las del barrio La Guinea. En las numerosas entrevistas que hemos realizado a gente del barrio, hay consenso en que La Guinea fue el primer asentamiento humano establecido que llegó luego a alcanzar categoría de barrio y   donde posteriormente fue levantado el sector o barrio Curazaito. Según el cronista local de la corianidad, y eminente Profesor coriano Tito Guerra, nadie fundó La Guinea, sino que la gente simplemente se fue asentando allí hasta convertirlo, de un suburbio de la ciudad, en un asentamiento poblacional que adquiriría proporciones más amplias, características y firmes. Por su parte, para el joven docente de percusión Gustavo Ricaurte, residente en el corazón del barrio, y yerno de uno de los percusionistas del tambor coriano más distinguidos, aunque poco o nunca reconocido, los viejos del barrio dicen que La Guinea llegaba hasta el prestigioso asentamiento aborigen Caujarao, distante a unos cinco kilómetros de Coro. Para otros de nuestros entrevistados,  La Guinea  se extendía mucho más allá de Caujarao: “hasta Curimagua”, emplazamiento ubicado en plena serranía coriana.

Como en toda investigación con pretensiones científicas, deben tomarse en cuenta diversos puntos de vista en el acercamiento al objeto de estudio; desde el que derivan numerosos problemas que deberán ser  explorados, estudiados y analizados para luego elaborar una explicación plausible. En el caso de cómo surgió, se desarrolló y ha tenido su evolución hasta el presente el barrio La Guinea, disponemos de varias versiones, que iremos exponiendo aquí tratando de ubicarlas en el sitio que mejor corresponda. Según el arquitecto Nicolás Akirov, con 31 años de vida continuos en esta ciudad, en la medida en que la ciudad de Coro fue creciendo, de los barrios originales Los Ranchos y La Guinea, fueron derivando otros como Curazaíto y luego el de Las Panelas, proceso que  provocó que la gente se fuera instalando en estos nuevos asentamientos y se refirieran a ellos como lugar de pertenencia y no a aquéllos que les comenzaron a ser ajenos o muy distantes. Esto daría como resultado  que aquellos nombres originales fuesen desapareciendo al punto de no saberse la fecha exacta en que se produjo ese cambio definitivo. Hasta mediados de los setenta, nuestro interlocutor manifiesta que La Guinea no era ya un referente de barrio para muchas personas de la localidad, mas sí los otros  sectores mencionados en este párrafo.

Es curiosa la reacción de perplejidad que sigue en algunas personas cuando se les hace la pregunta. Es el caso del señor Edy “Pachito” Vargas, de 64 años de edad y habitante del barrio vecino denominado Cabudare, quien expresa extrañeza ante el nombre La Guinea y luego se abre un poco más al diálogo cuando se le refieren algunos de sus lugares significativos, entre los cuales señala la célebre taberna El Garúa, ubicada en la calle Monzón con Colón y con 63 años de fundada, como un sitio en que él no se sabe a ciencia cierta si pertenece a La Guinea o a Curazaito. Sin embargo, su actual dueño, Luís “Wecho” Ruiz, de 48 años de edad, se siente categóricamente perteneciente al Barrio La Guinea, cuya demarcación precisa entre las calles Libertad y El Sol, por el Norte y el Sur, y las calles Providencia, por el Oeste,  y Federación, por el Este.

 

 

Bar Garúa. Calles Monzón con Colón.

 

Bar Garúa.  Dibujo hecho por  su primer dueño, Luis Salvador Ruiz,  en los años cuarenta, y con el valor intrínseco de mostrarnos La Guinea tal cual  era en esos años

 

Hay quienes afirman que el área donde está hoy instalado el Hospital General Alfredo Van Grieken era “monte y culebra”. Se trataba de un espacio al descampado, de aparentes tierras realengas que fueron siendo ocupadas paulatinamente por la gente, haciéndolo por lo demás, como se dice,  “sin ley ni concierto”. Así, para proporcionar una imagen fidedigna de aquel proceder, en una de sus porciones, la señora Elbis, madre del conocido “Chenelín”, residente de la calle Federación, ocupó un terreno donde construyó una casa.

El párrafo anterior es un ejemplo de lo que para nosotros significa dejar hablar libremente y escuchar con mucha atención, a quienes por lo general les ha sido prohibido hacerlo, personal o indirectamente, a fin de que al menos se nos cuente alguna otra historia de las que no aparecen en los libros consagrados de la historiografía, aceptada como válida hasta el presente. Ciertamente, a no dudarlo, algún asomo de un núcleo de la verdad podrá alcanzarse con este ejercicio de la democracia que también ofrece la ciencia, por lo que permitiremos en primera instancia, más adelante, la exposición de motivos de  algunas de esas voces excluidas, que expondrán sus argumentos y opiniones, como las de un vecino devenido en cronista y líder del barrio, de quien ha sido oportuno y gratificante indagar algunas de sus afirmaciones, compartidas por lo demás, en gran parte según hemos podido comprobar, por muchos de sus vecinos.

A reserva de emitir cualquier evaluación de su posición política, quedó clara para mí la posición de defensa de la  clase oprimida de que es portador el sujeto en cuestión, quien escribe una semblanza o crónica a la semana en un diario local, escritos que siempre dibujan y transparentan el rostro de los humildes y de su entorno vital. Podemos estar de acuerdo o incluso cuestionar algunos de sus juicios, pero lo más importante es que encuentren el púlpito adecuado en donde sean expuestos para  que sean conocidos y debatidos, si fuese necesario. A guisa de ejemplo, vaya su juicio del concepto señorial que dominó en un acto tan importante como es el de los fundamentos esgrimidos en la  declaratoria del valor patrimonial universal de una ciudad. Hasta muy adentrado el siglo veinte,  la ciudad de Coro fue definida a partir de un criterio señorial: estaba comprendida entre las calles “Mapararí y Bolívar”, según creí entender en una de las entrevistas itinerantes hechas al señor Mario Aular, de quien estoy hablando aquí. Se extendió “desde la calle Ampíes  hasta la calle González, entre las calles Falcón y Zamora,  donde está situada la Iglesia San Gabriel y cerca de la casa del historiador Carlos González Batista”.

Deberán echarse las bases para que la gente común cuente su historia, la propia y la de su familia, calles, pequeños asentamientos, poblados, comunidades y barrios, que nos servirán para ir construyendo la historia de cada municipio y región. Esas son las bases con que se levantará en el futuro la otra historia, la no oficial, pero la que ofrece verdades que la historia oficial ha ocultado y excluido siempre. Este enfoque es tan válido en lo concerniente a los hechos o acontecimientos a los que se les califica de  históricos, como para aquellos sucesos aparentemente desprovistos de trascendencia que conforman el devenir de la gente sencilla, carente frecuentemente de la conciencia del valor de su testimonio personal para un proyecto de importancia nacional y extranacional. Por lo que nos atañe como Instituto, asumimos el concepto de cultura en su real valía: la del estudio y la indagación permanente y profunda, especialmente en torno a aquellas manifestaciones de la espiritualidad del pueblo, también casi siempre echada por la borda en el concepto, evaluación y juicio de las historias de la cultura de las naciones. Hay que desterrar el desdén y el desprecio con que los intelectuales generalmente han tratado a la gente común, viendo las expresiones de sus artes creativas y los frutos de su prodigiosa imaginación como simples productos que, a lo sumo, se les arroja en un despreciativo baúl al que denominan folclore.

Otra será la historia de Coro que habremos de escribir fundamentándonos en las historias que cuenten las gentes de sus barrios, como éste en cuestión que ahora nos ocupa. De La Guinea poco o casi nada se sabe: menos cuál fue su origen y cómo fue levantándose, trazando caminos a la imaginación y sembrando en el espacio enclaves físicos que tenemos la fortuna de que se hayan conservado hasta el presente, oponiéndose al estigma de los entes representativos de la clase dominante, que por lo regular han excluido  los frutos de la creación del pueblo del patrimonio cultural de la nación ; sólo algunas puntadas de los testimonios de los conquistadores y colonizadores extranjeros nos podrán servir para hacernos una composición de lugar acerca del asunto. El pueblo deja asomar su rostro, en los trazos del dominador, cuando algo importante ha sucedido o está por suceder; luego es yunque encima del cual se martilla para obtener los cobres con que se engalanan de riquezas las mansiones, los coches y las damas de los jerarcas, potentados y sus lacayos.

         Las fuentes documentales de archivo y bibliográficas, señalan que el barrio fue poblado por negros africanos, descendientes de los antiguos esclavos y en muchos casos que habían adquirido su libertad o que llegaron a vender, en un período posterior de la historia, su fuerza de trabajo. Con ellos convivió gente de la más disímil condición económica y social, siempre perteneciente a la clase explotada. Fueron ellos quienes fundaron realmente la ciudad de Coro, antes de que ésta se erigiera como el centro urbano señorial que luego hemos conocido y que es el único aceptado. Pero esta verdad ha sido excluida de la historia oficial, donde no entra el rostro del oprimido sino en las ocasiones que he mencionado. Es difícil, casi imposible si no es por un acto de pura imaginación sociológica, seguir el curso de la vida social de esta gente humilde que levantó en aquellos terrenos realengos sus “ranchos” (de ahí derivó el despectivo nombre de Los Ranchos para designar el sector…), sembró y cultivó para sobrevivir en medio de la zozobra y la miseria impuestas por tan arriesgadas circunstancias.

Mario Aular afirma que “la gente de dinero”, o godogracia, de Coro fue desplazando a la población negra y mulata, originaria y paupérrima, del antiguo barrio La Guinea. Así se les daba posibilidad a personas de otros sitios para que se establecieran en la comarca circuncitadina, como aquéllas que procedían generalmente del campo y particularmente de las serranías corianas.                                                                                                                                                                           Sería importante precisar, a partir de cuándo se produce este fenómeno de inmigración forzada ejercido por la clase dominante en contra de los humildes y excluidos de siempre. Lo más probable es que se haya producido a partir de la matanza y otros hechos represivos ejecutados por las autoridades coloniales españolas, hechos que acaecieron después del levantamiento que lideró José Leonardo Chirino a fines del siglo XVIII y que, posteriormente, tuvieron un renovado capítulo a partir de la instalación del boom petrolero que  tuvo lugar y se desarrolló en el siglo XX.

 

Mario Aular, investigador y cronista del barrio La Guinea.

 

Nos parece importante visitar a pie, esta porción  de la ciudad; generalmente excluida de los planos y, aún más, de la actual cartografía oficial de la ciudad, donde parecería borrarse de la historia un hecho tan importante como es que por aquí nació el asentamiento humano del período colonial más antiguo, y a la larga también más importante desde el punto de vista histórico y de las tradiciones culturales, que dibujó su nacimiento y ulterior desarrollo que arranca desde el período colonial y se prolonga hasta el presente. Como intentaremos explicar más adelante, diversas circunstancias e intereses se concitaron para que hechos como el de la mencionada sustracción de la identidad del barrio, se produjeran en el pasado, por lo que, eliminadas aquéllas, es lógico e inapelable que las cosas vuelvan a su lugar, y acto de justicia la restitución del nombre solicitada por sus vecinos.

Desde el punto de vista de la sociología y de la recuperación de la historia, resulta de interés el señalar los sitios y edificaciones marcados como de trascendencia para la identificación de los objetos en que se concentran significados para los vecinos de una colectividad, como la de La Guinea. Adicionalmente, nos parece un excelente modo de restablecer la importancia que para  cualquier ser humano aquéllos tienen, como referentes del pasado y, asimismo, como evidencia palpable del papel de la memoria colectiva en la defensa de una identificación de los colindantes de una localidad, no importa incluso cuán pequeña pueda ser ésta. Para un interesado en seguir los rumbos de la historia de las pequeñas comunidades, y hasta para un simple turista que desee conocer o experimentar una ruta inusual, excluida de las guías turísticas en uso, la historia presente del barrio en cuestión desfila por las “menudas” historias de los excluidos de siempre. Permítasenos seguir las voces  a quienes raramente se  les ha  permitido hablar, ni siquiera de su entorno.

Nuestra caminata comenzó en la Plaza El Tenis, situada al sur de la ciudad de Coro, en el extremo de la calle Comercio que converge en la Avenida Manaure. Desde esa plaza se encamina uno rumbo a la sierra coriana y a Barquisimeto y nos señala un sitio asociado a la familia de apellido Veroes, espacio donde antiguamente estacionaban y pastoreaban los burros que bajaban de la serranía coriana

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Sector Estanque-Monteverde

 

Puede ser calculada la sorpresa y aun los laberintos por los que a menudo transitan los estudios, que a veces nos hacen salir al encuentro de realidades que no habíamos tomado en cuenta, al formular los postulados que muestra la metodología, entre los que están las hipótesis. Monteverde, en su relación con La Guinea, podría ilustrar este fenómeno. El sector conocido por Estanque antiguamente era un barrio obrero, al que luego se le dio el nombre de Monteverde. El caso de la señora Clotilde “Tiota” García, de 82 años de edad y de igual cantidad viviendo en Monteverde, nos puede servir de ejemplo elocuente de esto que estamos tratando de explicar: declaró en la entrevista no haber escuchado jamás  el nombre de La Guinea. Su madre le manifestó que Los Ranchos fue el nombre original de lo que es hoy Monteverde. Así mismo, Meya Ugarte, de 86 años y del mismo sector nos informa que eso nunca se conoció como Los Ranchos.

Las actuales entrevistas que estamos realizando ponen al rojo vivo una evidente rivalidad o tensión entre los habitantes de este sector y el de La Guinea, cuyos testimoniantes raramente lo mencionan en ellas, salvo cuando se les pregunta y se les alude explícitamente; entonces es que en la respuesta se nos manifiesta que, en efecto, hacia allí fueron llevados los tambores, pero con la aclaración de que su origen y espacio de avance  es Monteverde, donde vivieron los más grandes tamboreros. Tubalcaín Sánchez, “El Seretón”, de 48 años de edad y quien se crió y ha dedicado toda su vida al desarrollo del deporte en Monteverde, nos aporta los nombres de algunos de sus más famosos tamboreros: “Genaro “El Burro (autor del vals La Macota), Antonio “Manco Renco” y Goyo Pimentel “El Macaco”. Este músico, quien se ha ofrecido como valioso testigo, nos habló de la existencia de un tambor “monteverdero”.

Licorería de Pedro Gutiérrez

“El Tenis” es una plaza  que se nos ofrece como emblemática en nuestro recorrido. Su nombre se debe a que en estos terrenos fue construida la primera cancha de tenis de la ciudad, la que se atribuye a la familia sefardita de los Senior. En este espacio existió un parque temático dedicado a la fauna prehistórica, la que se aviene muy bien con los hallazgos paleontológicos de Taima-Taima, donde se encontraron restos de ejemplares de la familia de los mamuts siberianos.

Enfrente existió la licorería de Pedro Gutiérrez, a quien el ingeniero Ismael Medina identifica como dirigente del Partido Comunista de Venezuela; esa licorería  nos aseguran que fue la primera de Coro. Durante 14 años su inmueble permaneció en pie, pero “rapidito se tumbó”, expresión esta última con que el pueblo nos indica que poderosos intereses o la desidia mal intencionada se conjuraron para que algo de valor se destruyera sin que nadie se percatara. Es de hacer notar, que la Alcaldía del municipio Miranda, a noviembre de 2006, adelanta las diligencias correspondientes, a fin de rebautizar la plaza El Tenis, con el nombre de Plaza Los Mártires, en honor a los caídos en la lucha armada llevada a cabo en los años 60 y 70, y en la cual vecinos de Monteverde tuvieron destacada participación.

Aquí estuvo la licorería de Pedro Gutiérrez.  Calle Comercio con Manaure, a la altura de la actual plaza El Tenis, futura plaza de Los Mártires.

 

Primera escuela para mujeres

La sociedad coriana ha sido vista casi siempre por los historiadores como  de corte tradicional y, hasta cierto punto, tal afirmación podría hallar argumentos para probarse. Pero lo cierto es lo que nos enseña la historia, que muchas de sus hijas se han distinguido a la par de los hombres, en muchas esferas de la vida social; en la literatura, las artes creativas. Ha existido una lucha por los derechos de la mujer para colocarse a la par del hombre y sobran los ejemplos que la atestiguan, sólo que

 

 

 

han sido omitidos o silenciados. Tómese  el ejemplo de la heroína Josefa Camejo, llevada al Panteón Nacional en fecha reciente, habiendo sido quien encabezó uno de los movimientos por la independencia más descollantes de cuantos han tenido lugar en tierras falconianas. Habría que seguir el curso  de tales luchas para entender mejor cuánto se avanzó en logros y quiénes fueron los o las protagonistas. Así se entendería el significado que nos intentó transmitir el señor Mario Aular  cuando nos refirió que en 1904 se firmó un decreto municipal que instituyó la fundación de la primera escuela para mujeres, en un local que está en la ruta que estamos siguiendo.

 

El Chupulún

Hay espacios que nos abren avenidas insospechables para adentrarnos en episodios y circunstancias que al parecer los historiadores e investigadores tradicionales no transitan porque les obsesionan los hechos, que se colocan como piedras unas encima o al lado de las otras de modo de edificar los muros sólidos de los edificios o estructuras cómodas de las historias, que resultan así verosímiles y digeribles con mayor facilidad. Es lo que ocurrió con el sitio ubicado en la calle Monzón entre la Avenida Manaure, la calle Bolívar y sus alrededores. Antiguamente El Chupulún era el sitio de llegada de los negros y mestizos acompañados con sus tropillas de burros procedentes de la sierra coriana. En ello influía fundamentalmente las condiciones físicas de que se disponían entonces: en particular la existencia de un manto freático con abundante agua subterránea que favorecía la existencia de hierbas que ingerían  los animales de carga. Así fue como paulatinamente se convertiría  en una especie de centro de acopio de los productos que se acarreaban hasta allí con fines comerciales. A su alrededor se empezaron a mover intereses de gente que preferían comprarles las mercaderías a esos proveedores rurales antes que hacerlo a los revendedores citadinos. Con el tiempo aquel espacio de encuentro derivaría en comercio o centro comercial, donde algunos compradores adquirían los bienes al por mayor o mediante el trueque, que luego serían distribuidos en Coro o en sus alrededores.

 

Espacio donde existió El Chupulún. Calle Monzón, entre calle Comercio y  Av. Manaure y  alrededores.

 

Actuales calles Monzón con Bolívar, donde se ubicó El Chupulún.

 

 

El Buco

 

La toponimia nos ayuda en ocasiones a desentrañar el significado de territorios, parajes, lugares y acontecimientos que la gente no puede explicarse, por haberse perdido el referente o debilitada la memoria colectiva. Mario Aular afirma que  buco es una voz aborigen que se refiere a una presa o embalse en donde almacenaban las aguas acarreadas por gravedad, a través de cañerías, desde algunas fuentes hídricas ubicadas en alturas superiores al nivel del asentamiento que sirve de destino. Parece lógico que se refiera al río Coro ubicado en Caujarao y al cerro Buena Vista.

 

Comercio La Económica

 

Se discute mucho ahora en torno al sentido de pertenencia y aprecio del coriano por su ciudad. Especial objeto de discusión lo constituye el tratamiento civil que le da la gente a las casas construidas a base de barro y empleando técnicas constructivas ancladas en la artesanía y las técnicas más tradicionales. Se han constituido varios partidos en cuanto al tema de si deben conservarse dichas casas, a las que el tiempo, las condiciones climáticas y meteorológicas adversas, arremeten con fuerza, hasta el punto de debilitarlas y en muchos casos derribarlas. La desidia pone su granito: se han denunciado casos en que gente de dinero y sin escrúpulos, o simplemente que operan con clara conciencia comercial, las compran para dejarlas caer y luego levantar en el terreno que ocupaban, instalaciones horribles que alojen negocios. Y eso ha sucedido a la sombra de la ignorancia, la falta de seguimiento por parte de la gente encargada del asunto y la desidia de los comarcanos. Lo cierto es que muchas casas están en pésimas condiciones materiales, en peligro de derrumbarse y, por tanto, de perderse definitivamente, y muy pocas veces éste es tema de debate público. Salvo por la oposición que desde las páginas de diarios que les sirven de plataforma denuncian la situación para achacársela a la gestión de los gobiernos municipales y regionales.

En muchos de esos análisis y ataques abiertos se advierte, se denuncia y en ocasiones se dice parte de la verdad. Pero estoy por leer uno que denuncie con nombres y apellidos la gente que se ha prestado a tales actos de lesa corianidad, al propiciar que parte de uno de los patrimonios edificados más importantes del Caribe se haya lesionado irreparablemente. La historia, y también la memoria de las personas con ética, acude al relato para refrescarnos los actos de barbarie que alguna gente realizó en gobiernos pasados, en particular algunas autoridades gubernamentales, o políticas, que pusieron el dogal en edificaciones para sentar un precedente horrible que amparó la actitud de otros inescrupulosos. Mario Aular refiere que el alcalde Rodolfo “Popo” Barráez le entró a martillazos a la casa donde hoy funciona el comercio La Económica, frente a la calle Comercio número setenta.

 

Establecimiento comercial La Económica, hasta donde llegaba El Chupulún.

 

 

 

Escuela de Artesanía

Ligda Chirinos, de 39 años de edad, presidenta de la Fundación Regional de Artesanos del Estado Falcón, nació en la calle Proyecto, entre Sol y Porvenir, zona que ella identifica como el barrio Curazaito. Ella nos comenta que la información que le dieron apunta a que la casa situada en la calle Bolívar número cincuenta y seis, que perteneció, según Carmen de Ruiz,  al Sr. Ulises Sirit y  fue comprada por la señora Alicia Briceño, presidenta de la Agencia Venezolana de Artesanía, a fin de fomentar la misma en la región y que, por diversos motivos, la Alcaldía de Miranda y el CONAC paralizaron su construcción, hace tres años. Quedan los restos de lo que fue una casa, ahora destruida, en una de cuyas paredes colocaron un cartel donde se afirma que el CONAC apoya la construcción de una Escuela de Artesanía. En nuestro recorrido, Mario Aular mencionó a un profesor de artes plásticas de apellido Primera, de Paraguaná, como asociado a este proyecto cultural inexplicablemente inconcluso.

 

Casa destruida donde debería haberse levantado la tan necesaria Escuela del Barro.

 

Técnicas constructivas

Las construcciones civiles, en particular aquellas que sirven de habitación a los seres humanos, resultan objetos importantes para seguir el curso del asentamiento del hombre en un territorio y del desarrollo que sigue en él, atenazado por circunstancias, fenómenos y hechos que provocan reacciones en correspondencia con los mismos. En el caso de la arquitectura urbana de Coro, debemos seguir muy de cerca la tipología de las casas de habitación y su ubicación en los diversos sectores en que convencionalmente se las ha ido trazando. Este estudio minucioso, todavía a la espera de especialistas y estudiantes dispuestos a enlodarse los zapatos, debe transitar por la identificación de los materiales empleados en la construcción de las viviendas. Aquí damos también un pálido y leve asomo a uno de los aspectos que deberán asimismo tomarse en cuenta: el de las técnicas constructivas. Es lógico que si estamos rodeados del más importante conjunto de casas de viviendas hechas de barro que existe en el Caribe, deberemos hablar del cómo se preparan los materiales con que ese Patrimonio de la Humanidad fue edificado.

En cuanto a la técnica del barro embutido, se amarraba al cañizo con bejuco de hipopo  o enea (la misma con que se tejen las sillas). Mario Aular dice que esta técnica fue introducida en el barrio por los negros de la sierra coriana, lo cual nos estaría colocando una evidencia inestimable del vínculo o conexión que siempre existió entre este vasto territorio, una parte del cual---la ciudad—se urbanizó y la otra permanece afincada en los patrones habitacionales y la estructura vial y de servicios propios del campo.

En la casa de la calle Comercio número cincuenta y ocho con calle Mapararí encontramos  ejemplos donde pueden estudiarse combinaciones de algunas de esas artes constructivas tradicionales y otros donde la modernidad ha irrumpido para introducir una disrupción. Así, en una de ellas en el friso… se observa la mezcla de cagajón de ganado caballar con cal, la cual se dejaba fermentar durante tres días. Ahora es frecuente que se frise con cemento. Nos refieren que enfrente se ubicaba la ferretería “La Casa Amarilla”, de una familia judía de apellido Thompson.

En las calles Colón con Brión encontramos la casa donde funcionó el primer ambulatorio de Coro y, actualmente, funciona el ambulatorio del oeste, consultorio de la gíneco-obstetra Doctora María Coromoto Cárdenas.

En las calles Monzón con Providencia encontramos casas de barro embutido hecho con bejuco enea, también de portal muy bajo. La de la señora Matea, ya fallecida, es un ejemplo digno de destacar por haber sido edificada con cujíes de maguey (cocuy) y techos en cardón o pencas  de la cocuiza.

 

Artes tradicionales de construcción. Calle Comercio,  sector San Antonio.

 

 

Artes tradicionales  de construcción. Calle Comercio, sector San Antonio.

La Guinea - Curazaito

En la esquina de las calles Colón con Sol encontramos una casa cuyas columnas nos parecen típicas de Curazao. Mario Aular nos señala que allí comienza el barrio Curazaíto, desprendimiento del barrio La Guinea. También pudiera interpretarse la existencia (del barrio Curazaíto) como otro de los productos de las operaciones o manejos de los gobernantes y políticos de turno, para controlar el territorio y ganar mayor cantidad de votos en el proceso del período electoral, en detrimento de la identidad local.

En Curazaíto, muchas casas tienen un puntal más bajo, de modo que para entrar en algunas de ellas hay que inclinar la cabeza para evitar golpearse. Pudimos apreciar cobertizos y otras áreas techadas de algunas de estas casas que nos parecen propias para liliputienses. Así,  parecería una paradoja que en el barrio Curazaíto, donde se asentaron personas provenientes de las Islas de los Gigantes, fuesen construidas casas de habitación para enanos. Pero más recientemente, en nuestras incursiones a la sierra coriana, hemos podido apreciar la existencia de una cantidad muy significativa de casas de viviendas con tales tipologías, lo que nos induce a plantear el impacto o enorme influencia del campo sobre Coro, en lo que a patrimonio civil edificado se refiere.

 

 

Columnas donde se percibe la influencia de las Antillas  Neerlandesas en Coro.

 

Los Zagaletones de la Plaza Monzón.

En la calle Ampíes número sesenta y dos, frente a la plaza Juan de Dios Monzón, está una bella casa conocida como el Palacete del General Gabriel Laclé y que luego de éste, perteneció a una familia de Caracas, de apellidos Rivero Unde. Eran ellos de los pocos que poseían caballos de “paso fino” y a quienes el padre de Mario Aular vendía vegetales producto de su huerta. En tiempos tan cercano como los años 60, Mario Aular confiesa haberlos visto pasear por las calles de Coro, en sus vistosos caballos. Esta casa o antigua palacete,  posee una hermosa cornisa que algunos clasifican de influencia foránea, incluso se preguntan: ¿árabe o judía? Contiguamente está la casa que hoy ocupa la Posada Los Pájaros. Justamente en esa plaza y sus alrededores, se reúnen cada noviembre algunos antiguos residentes del barrio, para rememorar aquellos tiempos de la infancia cuando hacían travesuras y vagabunderías tales, que los hizo merecedores  del epíteto de “zagaletones”, cuyo significado principal combina el calificativo de zángano – quien no hace nada, vago--, pero que a su vez lo hace persiguiendo una diversión sana. Una de esas aventuras los llevó a lanzar una pelota a modo de contundente proyectil que quebró el vidrio de una de las ventanas de esa enorme casa de vivienda que hace esquina, a la que hemos hecho referencia.

 

Casa o Palacete del General Laclé.

 

El hecho, por su violencia y ser desacostumbrado, provocó cierta reacción en el vecindario y se esperaba la reprimenda o regaño de su dueño, cosa que al parecer no se produjo. Pero hubo protesta de los vecinos, quienes le hicieron llegar al periodista Gonzalo Márquez Yánez, una nota para que la comentara en su programa “Los cumpleañeros”, transmitido por Radio Coro. Pero... ¡sorpresa para el escuchado comunicador social!: en la lista que le pasaron para denunciar a los vagabundos, se consiguió el nombre de su hijo. Brotó la expresión jocosa de sus labios, con la que el ingenio criollo vence el mal momento: “Señores radioescuchas, esta es otra broma de “los cumpleañeros” del día de hoy, quienes quisieron echarle una al Comandante de la Policía, precisamente en ocasión memorable como la de hoy, cercana  al día de los inocentes”, se apresuró a comentar en el micrófono el atribulado locutor para salir airoso de tan complicado lance.

 

 

 

 

 

 

En el encuentro de los “zagaletones” del pasado año, pudimos verificar la capacidad de movilización y de organización que tiene una comunidad cuando se dispone a mantener a toda costa algún valor o experiencia colectiva que le sirva para lograr su cohesión interna, más allá de limitaciones de diversa índole, como las monetarias y materiales. Esta costumbre de reunir anualmente, siempre para una fecha fija, a los que nacieron, se criaron o vivieron durante mucho tiempo en La Guinea, llevó a quienes creen y mantienen esta costumbre a  constituirse casi en una cofradía en torno al recuerdo de los hechos antes enumerados. Desde hace varias décadas se reúnen alrededor de la mencionada plaza, donde levantan un improvisado escenario, y evocan el pasado, con manifestaciones de alegría y hermandad. La fiesta es amenizada por agrupaciones musicales e intérpretes que actúan para los invitados desde horas tempranas en la mañana hasta casi el anochecer. Existe una comisión encargada de la obtención de los recursos económicos y materiales; de cursar las invitaciones y de organizar el encuentro que transcurre con un tono familiar, divertido y lleno de paz. Cada cual hace su aporte monetario durante el año y parte de los gastos se sufragan con la venta de bebidas, convenidas previamente con las empresas licoreras.

Es  evidencia de que una actividad social puede derivar en una tradición cultural capaz de lograr el autofinanciamiento, cuando los miembros de una comunidad tienen la voluntad de preservarla.

 

Mural “Los Zagaletones de  la Plaza Monzón“

 

 

 

Plaza Monzón, corazón de la tradicional fiesta de Los Zagaletones.

 

Curazaíto

El “Chino” Solís, de 46 años de edad, es el esposo de Minerva  Lugo. Este matrimonio vive en la calle Colombia, entre las calles Colón y Providencia, en lo que ellos identifican como el Barrio Curazaíto. Cada uno de ellos dispone de un grupo artístico: el de ella se denomina Danzas Cartují, y Guanahaní, el de su pareja. “El Chino” llegó a Coro en 1982 para estudiar en el Instituto Tecnológico Alonso Gamero, de cuyas siglas, IUTAG, ha derivado el adjetivo: iutagista. Su larga permanencia en el barrio lo ha convertido en un práctico, clase que le permite evocar recuerdos y caracterizar a algunos de sus personajes y sitios representativos. Al referirse al lugar conocido como Mano Peche, aclara que se trata del local donde radica un Centro Cívico, convertido hoy en escenario donde se practican varios deportes, como el levantamiento de pesas, el béisbol, basquetbol y el kárate, y al que acuden muchos jóvenes. Algunos de mis compañeros del equipo de estudio, me aclaran que un centro cívico es capaz de albergar manifestaciones de índole heterogénea desde el punto de vista de la praxis social, como las recreativas, artísticas y culturales.

Según él, ese lugar que originalmente debió ser usado para realizar actividades relacionadas con el conocimiento y las artes, ha devenido en algo que se aparta del objetivo inicial; en su opinión, parecería que el caciquismo y la indolencia se han adueñado del sitio para impedir el acceso a la instalación de mucha gente interesada en compartir y socializarse a partir de las expresiones del arte y otras  expresiones de la cultura. Según Minerva Lugo, hay hambre de actividad en la comunidad guineana. Cuando ella hizo su festival en el pasado mes de diciembre 2005, comenzó a las cinco de la tarde y se extendió hasta pasadas las ocho de la noche y la gente quería, le solicitaba, que continuara hasta más tarde. Es contradictorio, sin embargo, que no exista ni siquiera un local para manejar algún proyecto como el de los grupos artísticos que esta pareja tiene, que no dispone ni siquiera de un galpón para ensayar.

Límites: La Guinea-Curazaíto

La señora Ana Lucía Pirona, de quien haremos una presentación formal más adelante,  protesta con inusual energía por la terrible confusión que hay entre los vecinos de La Guinea respecto a la delimitación de ese barrio, donde nació y siempre ha vivido hasta el presente. Según ella, existen tantos criterios acerca de este punto tan controversial,  que comprometen al extremo de que “una queda como mentirosa”, como consecuencia de tantas contradicciones que hay en torno al área que abarcaba el barrio. Considera que “La Guinea se extendía hasta la calle Progreso. Hasta el Callejón Farías llegaba lo que hoy se nombra, Las Panelas”.

La Guinea era un barrio con muchas familias. En algunas calles había casas con corrales de chivos. También había huertas; la de Pablo Curiel colindaba con una calle cuyo nombre no hemos podido determinar.

En el barrio había muchos cujisales; las casas eran muy cómodas, aunque escasas. Para hacer las casas de vivienda se cortaban los cujíes… las propias personas eran constructores o albañiles. Su padre fue quien construyó la casa donde Ana Lucía vive actualmente. Algunas casas tienen más de 100 años. De la calle Silva hacia allá (al este), había pozos. En un sitio de la calle Democracia, después de la calle El Sol, llamaban a una fuente de agua Pozo escondido; era muy profundo, de donde cargaban el agua en unos potecitos amarrados con alambres.

En tiempos de la Señora Ana Lucía Pirona existía Curazaíto que, según ella, era independiente de La Guinea.

El Chino Solís asegura que La Guinea “empezaba aquí, en la calle Colombia y se extendía hasta Curimagua, y que, anteriormente, Curazaíto se extendía, de Norte a Sur,  desde la calle Monzón hasta la acera norte de la Avenida El Tenis. Actualmente lo hace al este por la calle Colón,  hasta la calle El Sol por el norte y la calle El Tenis por el sur; la Quebrada de Coro con las Avenida Sucre hasta la calle El Sol por el oeste. Queda claramente establecido que, para él, La Guinea se extendía desde  la plaza San Antonio hasta donde está su domicilio. Su esposa, Minerva Lugo, nos refiere que La Guinea tiene como límite la calle Nueva.

En cambio, lo que actualmente se denomina barrio Las Panelas se extiende desde la calle Nueva, esquina a la de Federación, hasta la Quebrada;  y desde la calle Brión hasta La Quebrada. Existen varias versiones en torno al origen del nombre de este último barrio, pero una de las más  aceptadas es la que proviene del habla común de la gente: las casas que encontraron los curazoleños que llegaron a establecerse allí estaban construidas con un material de construcción denominado panela. El señor Lauro Quintero, vecino de la calle Brión entre Millar y Providencia, refirió que en el sector “las casas eran puras mediagüitas”, parecían en la forma a “una panela de caña de azúcar y la gente le puso el nombre de Las Panelas”

 

Tipo de casa panela, a la cual se refiere el Señor Lauro Quintero.

 

Cuenta Pedro Pablo Navarro, de 34 años de edad, vecino de la calle Porvenir número 45 con Proyecto, del barrio Curazaíto, que en tiempos de María Chiquitín, el barrio La Guinea estaba comprendido entre las calles Nueva, Brión, Millar y Colón pertenecientes a la parroquia San Antonio. El es de la creencia también de que esclavos y descendientes de los denominados loangos fundaron primero La Guinea y luego Curazaíto.

Los especialistas del Instituto Nacional de Estadísticas establecen los siguientes límites geográficos para el barrio Curazaíto: por el Norte la calle El Sol y  la Avenida El Tenis al Sur; la calle Colón en el Este y también la Quebrada de Coro en el Oeste. Esto según el plano de este barrio elaborado por ellos y que nos fuera permitido colocar en este trabajo.

     Plano del barrio Curazaito. Fuente: Instituto Nacional de Estadísticas.

 

 

Población: ciudad-sierra

La gente que vive en Curazaíto procede fundamentalmente de la sierra coriana .Serranos bajan cada mes de diciembre a tocarle al pesebre, dedicado al Niño Jesús y a beber cocuy en Coro. No vive casi ningún curazoleño en el barrio.

La gente de Curazaíto con familia en la sierra, y que acude a ésta para pasar el fin de año, se convocan espontáneamente a una reunión, en plena vía pública, para despedirse de la ciudad y de ellos mismos. Con este gesto reafirman el sentido de doble pertenencia a un espacio al mismo tiempo citadino y rural, en el que se nos está diciendo claramente que se trata de un solo espacio donde profundas  raíces se alimentan de una savia común, que no se apaga ni deja de fluir. Es el mismo comportamiento y significado que experimenté en la populosa ciudad de  Santiago de Compostela,  capital de la región autónoma de Galicia, España, en ocasión de las celebraciones del Día de San Juan, cuando la gente desborda las calles  —peregrina por ellas— y realiza ritos tradicionales alrededor de las hogueras que ellas mismas construyen y fomentan. Entre los vecinos de la antigua Plaza del Mercado coreano, existió una hoguera “invisible” que los hizo  congregarse para confraternizar al aire libre y despedirse, por cuanto a seguidas viajarían a la Sierra coriana adonde está el resto de su familia para estar con ella en tan memorable ocasión. El encuentro transcurrió bajo un cielo surcado por los colores fulgurantes de los fuegos artificiales

La Chapa- Macuquita

Existe la vaga presunción de que parte del mundo mítico, de la espiritualidad y de las creencias de la Sierra Coriana, yacen en ese ámbito montuno enredadas entre una exuberante fronda y el calor de los serranos, apegados firmemente a su terruño y al fuego de sus hospitalarias viviendas. Como si se tratase de un bolsón donde permanecen encapsuladas u ocultas y que, rara vez, saltan de su encierro al estilo de las emanaciones de la Caja de Pandora. Nada más lejano a la realidad: misteriosos senderos se han tejido a lo largo de la historia para penetrar en los barrios y las casas de los corianos de la ciudad. Está por dibujarse la geografía espiritual que une secretamente el monte y el llano, hasta evidenciarnos qué poca diferencia existe entre un serrano y un coriano de Coro. Se impone, pues, que vayamos mostrando poco a poco ambos, aparentes,  mundos diferentes,  para que la hoguera, con su fuego y con su luz propia, nos demuestre que estamos hablando de un solo y único ámbito. En el barrio nos contaron la leyenda del indio de La Chapa, quien fue perseguido y se metió en la cueva San Juan de Lugo; nunca apareció Se llamaba Guanare, convertido luego en nombre de unos montes pertenecientes a Macuquita. En Macuquita existió un sitio llamado Bulevarcito, cuyo significado último deberemos buscar, pero que es mencionado como algo rodeado de ocultación.

Grupos artísticos

Vamos a mencionar concisamente los nombres de las principales agrupaciones artísticas del barrio que se encuentran registradas y reciben subsidio estatal. Damos por mencionada a la de Olga Camacho, por tratarla en un sitio especial. Así, por el módulo policial, ubicado en la calle Silva, hay una persona con una asociación en forma de escuela denominada “Danzas Turpial”, de Doris Dubarí; “Tambor Experimental Son Changó”; “Asociación Civil Taller Experimental Cartují”, (cardón, tuna y cují); “Asociación Grupo Experimental Guanahaní” y la Cofradía de San Benito.

En ese espacio se realizan anualmente actividades artísticas en las que los vecinos organizados toman las calles. En las calles Colombia con Providencia realizan tres actividades anualmente: un parrandón el veinte de diciembre; el día del niño, el dieciocho de julio y el día de las madres. Cada una de estas actividades es acompañada de música, danza y teatro, con la actuación de grupos de la comunidad y ocasionalmente de otros invitados.

Antes había una vecina, Juanita, que usaba su casa para hacer actividades recreativas, iniciativa que abandonó porque su inmueble se le vino encima y “nadie le metía la mano”. Incluso estuvieron registrados como Asociación Civil.

 

 

Alumnas de Danzas Cartují,  con sus profesores Minerva Lugo y José Solís.

 

 

 

 

 

Danzas Cartují.

 

Espacios sociales

 

Club La Guinea

Los vecinos del barrio La Guinea han sabido construir espacios para desarrollar vínculos urbanos e interactuar periódicamente en el interés de la propia comunidad, por cuanto se trata de un accionar sano, desprovisto por lo demás de cualquier tipo de fines lucrativos. En la medida en que avancemos en el arqueo documental y en las entrevistas a las personas de la tercera edad, aparecerán  los nombres de esos espacios elaborados a golpe de voluntad y de paciencia para colectivizar los valores positivos de los vecinos y para que sirvan de ejemplo para los demás, en particular para los niños y adolescentes que se empinan a la vida y  especialmente para los jóvenes más proclives a descarriarse.

Uno de los espacios construidos por esos propios colindantes es un Centro que ostenta el nombre que le escamotearon al barrio: Club Social y Deportivo La Guinea,  que se ha erigido en un símbolo del factor de identidad local que remite a un pasado que se prolonga en el presente. Es una evidencia viva de que lo sembrado ayer con manos amorosas, enrostra el ataque del tiempo y la indolencia, se resiste al olvido y al desgaste… hasta demostrarnos que en ese terreno, abonado en el corazón, una plantita bien cuidada tiene su ramaje florecido como fiel testamento de la capacidad de resistencia del pueblo.

 

 

Reunión en el Club La Guinea.

 

 

Equipo de Ciclismo del Club La Guinea. Al extremo derecho Willi Marín.

 

¿Cómo fue fundado este centro? La amistad fue el comienzo. Un grupo de amigos  del barrio, en fecha que la memoria no precisa, se reunían para tertuliar e intercambiar acerca de temas como el deporte, el juego y la cultura. Tal vez eso ocurría allá por el año 67, según recuerda el actual propietario del inmueble, Francisco “Chico” Rojas,  en cuya  casa de vivienda  está enclavado el Club. Esos encuentros fueron siendo cada vez más frecuentes y el interés fue prendiendo entre los vecinos hasta atraer a muchos miembros de la comunidad. Las necesidades de diversa índole ampliaron su alcance social, hasta dejar atrás lo que había sido al principio un simple compartir entre amigos. Se hizo necesario, pues, pasar a una forma de organización que dejara claramente establecido el objeto social y las normas que regirían en lo adelante el espacio social alcanzado espontánea y libremente por ellos.

En 1984, el actual Club La Guinea fue inscrito como asociación civil. En la directiva elegida resultó presidente Segundo Augusto Colina, y como directivos: Manuel González, Rosendo “Chendo” Chirinos y Gregorio Curiel. Entre los objetivos de la sociedad estaban los de compartir sanamente los fines de semana, mediante actividades recreativas como el juego de barajas, el dominó y el deporte: en primer término las bolas criollas, el softball y el ciclismo. El interés despertado por la instalación se fue ampliando entre los vecinos, hasta movilizarlos para realizar en ella otras actividades sociales, como bodas y cumpleaños, de los cuales muchas familias conservan gratos recuerdos.

En cuanto a la edad de quienes solicitaban ingresar en esta forma de asociación civil sin fines de lucro, había fluctuación entre los afiliados, pero el promedio era de cuarenta años, aproximadamente. Fundamentalmente, eran hombres quienes se afiliaban, aunque muchas veces en las actividades se presentaban con sus esposas y demás integrantes de la familia.

 

 Club La Guinea, en la calle Brión,  entre calles Colón y Providencia Nº 38.

Los fines de la sociedad  rebasaban los del mero entretenimiento. Llegó a perfilarse como una sociedad de ayuda mutua, paliativo en circunstancias económicas precarias. Así, cuando alguien fallecía, recogían dinero para comprar las coronas y asistir a la familia del difunto en lo que fuese posible.

 

Memorias del barrio

      Todo un ambiente positivo rodeaba cada evento cultural de la comunidad como reflejo de la vida cotidiana. Los juegos, como el dominó, eran acompañados  con la confección del famoso celse, plato que algunos tienen como reminiscencia de los violentos corsarios y piratas que asolaron el Mar Caribe y que tanto temor imponían en las poblaciones limítrofes con él, incluida la de Coro.

Aquélla era una época en que se comía el “asiento “o “borra”, resto de la fritanga del chicharrón,  que quedaba al fondo del caldero;  y se acostumbraba a comprar una locha (moneda de 12 ½ céntimos) de leña para cocinar, porque para entonces no existían en el barrio, ni el gas ni la cocina eléctrica. Se pedía la ñapa, que equivalía a lo que quedaba del “serruche” de la panela o también a una cantidad de cambures y que era dada al instante al afortunado comprador. Se compraba también un cobre (un centavo=5 céntimos) de queso, expresión de la extrema precariedad de la vida de la familia, que pendía del hilo y la confianza que tuviera el dueño de la bodega en el padre o la madre que la encabezaba. De ese dueño, pues, dependía el crédito, que tenía límites precisos. La vida en muchos casos dependía de esa institución de la “cultura de la pobreza” que tiene un nombre: el “fiao”. A los niños se les enviaba a comprar y ellos lo hacían gustosos por la recompensa que recibirían. En efecto, cada compra iba asociada, casi siempre, a la ñapa, que ya hemos dicho en qué consistía. Otro tipo de  ñapa se inscribe como pieza de convicción importante en lo que denomino “la cultura del taturo”. El taturo, pequeña vasija en cuyo interior se iban sumando frijolitos o granos, como constancia de las compras hechas por el vecino en determinado lapso y que luego el vendedor, mensual o trimestral según Mario Aular; o anual, según Evaristo Refunjol, cancelaba en “especies”, que podían ser caramelos, cambures u otras, en su debida oportunidad. Era una forma también de obligar al vecino a convertirse en cliente.

Hubo hornos de barro que empleaban fuego obtenido con leña, en los que se preparaba la comida en las casas de la familia. La vida familiar se llevaba de la mano de estos objetos artesanales que se convirtieron en un lugar obligado del coriano, hasta alcanzar el rango de tradición. Hoy están en vías de extinción y ¿qué estamos haciendo para rescatarlos?

Ni siquiera la población, menos aún los niños, los recuerda o toma en cuenta porque no han sido oportuna ni adecuadamente valorados. Un Museo del Barrio podría ser el sitio ideal para colocarlos en su justo lugar y poderlos exhibir para que se les tome en cuenta como parte del patrimonio cultural de Coro, sobre todo por parte de los propios corianos, un poquito más por los venezolanos y a nivel de todo el planeta.

 

Francisco “Chico” Rojas, actual presidente del Club La Guinea.

 

 

Actividad deportiva  del Club La Guinea.

 

El Club La Guinea ha sido un espacio social permanentemente usado por los vecinos, aunque nos advirtieron que había tenido un prolongado apagamiento por diversos motivos, pero ahora se ha avivado a consecuencia de nuestras frecuentes visitas y actividades. Existen muchas casas emblemáticas desde el punto de vista de la historia y de la cultura que deberán ser debidamente identificadas y estudiadas para su incorporación a un catastro del barrio, que servirá para afianzar el sentido de pertenencia, el arraigo y la identidad características de sus moradores. Así, por ejemplo, la casa de Nito es una especie de museo por la cantidad de objetos acopiados. Distribuidor de bolsas plásticas y trabajador de un colegio especial para niños, vecino al módulo de la Policía, su hijo tiene un “kinito”, es decir, una venta de este popular juego de apuestas.

Espacios socio-económicos

Hubo en el barrio una cantidad de negocios de muy diversa índole. Había personas que compraban y vendían todo tipo de géneros. Salvador Chirinos era uno de esos; le preguntaban: “¿tenés carne salá?”. “No, pero te ofrezco Kersén” (kerosén). Así fluctuaban las cosas en una sociedad cuya economía estuvo signada desde entonces por lo que hoy se denomina economía informal, es decir, por aquella que delata la precariedad que dominaba la vida del ciudadano medio y que era justamente la que dominaba casi toda la vida social.

 

 

 

Espacios recreativos.

 

La Guinea tuvo varios cines: el “Colón”, en la calle del mismo nombre, perteneciente al señor Luis Salvador Ruiz, padre del actual dueño del bar Garúa, en sociedad con Luis Rivero. El “Cine Popular”, de Pedro Leen  en la misma calle. Se recuerda que hubo otro cine ubicado en una casa de vivienda de la calle Mapararí, entre Federación y Colón. El señor Nicolás Jiménez, de 80 años de edad y nacido en el barrio, recuerda que en este último cine se exhibieron películas mudas, como las de Charles Chaplin, proyectadas por un señor llamado “Teté”.

 

Tradiciones Culturales

 

El Pesebre

 

El pesebre se desmantela el día dos de febrero, día de La Candelaria. Se significa con ello el fin de la fiesta navideña. La suegra de El Chino Solís barría el frente de su casa, acumulaba la basura en un montón para quemarla como un acto de purificación. Esta tradición ha permanecido como una de las costumbres más fuertes de los poblados rurales Sabaneta y  Mitare, ambos pertenecientes también al municipio Miranda.

 

Artistas

 

Según el artista de la plástica Henry Curiel, nacido y criado en la calle Monzón con Federación, donde adquirió su formación académica personal, el barrio La Guinea ha sido cuna de grandes artistas. Entre otros, menciona a la propia Olga Camacho, su hermano Miguel Camacho, Trina Curiel quien creó en Coro la tradición de San Benito, los pintores Jesús “Chucho” Ruiz, Roberto Chirino, José Gotopo;  también allí vivió un tiempo Domingo Medina; también Julio Camacho y  Nicasio Duno.

 

El Tambor Coriano

 

La señora Olga Camacho  afirma que la legendaria María Chiquitín era una curazoleña descendiente de africanos, que llegó a Coro en fecha no precisa y en cuando ya existía el tambor. Siente mucho dolor porque en aquellos tiempos no existían los medios tecnológicos, ni el apoyo actual, que hubiese hecho posible el registro de tan valioso legado artístico y humano. Desde  otros sitios, como Cumarebo y La Vela, venía la gente a parrandear con el tambor coriano, cuyo estudio científico deberá ser iniciado con el rigor y sistematicidad que amerita el caso.

Los viejos del barrio La Guinea refieren que el día 30 de noviembre se escuchaba el toque de tambor como  un signo de inicio de las celebraciones de la navidad. En particular, en la tarde de ese día, se respiraba un ambiente de alegría como claro mensaje de bienvenida a tan esperada ceremonia popular; así, las canciones alegres y bonitas incitaban al baile entre quienes se encontraban o unían en aquellos días de ambiente festivo.

Se ha hecho un lugar común la afirmación relativa a que, en la tradición del tambor coriano, parece haber un enlace o relevo femenino que va desde María Chiquitín a Olga Camacho, cuya agrupación, hace unos años bautizada con el nombre de “La Camachera”, ha sabido arropar en Coro los rasgos más emblemáticos o significativos de las expresiones  musicales, danzarias, del canto, el vestuario y la gracia que envuelven a este rico complejo cultural asociado con el tambor. Muchos otros personajes y personas se esforzaron por rescatar y preservar esta tradición, pero ha sido la familia Camacho quien lo ha hecho con mayor plenitud y trascendencia en virtud de su trabajo y dedicación constantes y sostenidos. De ahí que se hayan convertido en la referencia obligada de la vida cultural no sólo de Coro, sino de todo Falcón, hasta el punto que no hay visitante, por poco avisado que sea, que no transporte en su morral el querer conocer o presenciar alguna de sus actuaciones.

Nos parece muy importante la información y el enfoque que nos ofrecen Rafael Sánchez y José Pero* en su libro Coro, aspectos históricos, en el que afirman que, “para el año 1575,  en el Sur de Coro existía un barrio de negros --africanos o loangos-- denominado barrio de Guinea, en recuerdo a los pobladores procedentes de las islas de Curazao, Aruba y Bonaire, inmigrantes a quienes estos autores atribuyen su fundación. Por ello a continuación vamos a glosarla a fin de que los lectores tengan la oportunidad de evaluar lo expresado por estos acreditados autores.

 

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* Sánchez Rafael y José Pero: Coro, aspectos históricos (volumen II), Coro, ediciones corianidad [1991]

 

 

 

Olga Camacho, la Reina del Tambor Coriano

“En 1575 existía un poblado de igual nombre en la serranía de Coro. Conforme a real cédula del 27 de abril de ese mismo año, el asentamiento se extendió desde Curimagua hasta Coro. En tiempos del adelantado Heredia, predominaban unas casitas con forma de ranchitos de paja y otras construidas de bahareque, o sea, de paja, bejucos y barro en forma cuadrada tipo panela. Los referidos negros serranos  visitaban el cantón de Coro los fines de semana en que tenían lugar bailes y canturías con predominio del ritmo del tambor entrelazado por lánguidas canciones en “lengua primitiva”. A fines del siglo XIX existió en Coro una colonia curazoleña, procedente de esa isla neerlandesa, donde también se repicaba el tambor y se cantaba en papiamento”.

 

“Los pobladores de Curazaito se reunían los días viernes, sábados y domingos para cantar y bailar. Entre ellos, los Stekman, los Faneite, los Arión, los Penso, los Curiel y muchas otras familias de origen curazoleño, que dejaron huella en la memoria colectiva del coriano, misma que, poco a poco, se ha ido desdibujando hasta el punto de estar corriendo el peligro de desaparecer.”

Entre los repicadores del tambor han sido salvados del olvido los nombres de María, Jacobo Arion, Francisco Polo, el Negro Yulio, Camilo Pirona (padre de la señora Ana Lucía, a quien hemos entrevistado y citamos en el presente trabajo) y la Negra Katriche, presuntamente de La Vela, según Gustavo Ricaurte y los dos mencionados autores que hemos citado.

Ya a la altura de la década de los veinte del pasado siglo, María Chiquitín formó su grupo de tambor, el que parece haber contado con cantantes y bailarinas, entre los que se recuerda a Victoriano Veroes, la Negra Leonor, Carmen Yánez, Panchón Faneite, “Chinto” Marte y otros. María Chiquitín lo denominó tambor coriano y, al parecer contribuyó a que afianzara el día dos de enero como el Día del Comerciante, que era cuando terminaba el repique del tambor que comenzaba el 30 de noviembre. Un grupo de empresarios corianos se habían organizado para pautar ese día como de asueto, ocasión en que tanto niños como adultos usaban sombreros de pajilla, que para esa época costaban dos bolívares y medio, es decir, cinco reales o “dos chelines” (un chelín equivalía a 25 céntimos.). Para el año 1923, siendo Gobernador el General Asuaje, fue alcanzado tal logro. Durante tal jornada festiva,  los comerciantes cerraban sus negocios y la gente incitaba a sus familias que quebraran los sombreros para obligar a que fuesen comprados otros al día siguiente.

El tambor coriano parecería haberse silenciado después de la muerte de María Chiquitín. Se le escuchaba repicar esporádicamente, casi sólo en ocasión del 30 de noviembre y del dos de enero. No obstante, lograron sobrevivir algunos grupos musicales, como los de José Morillo, Changó Stekman, Panchón Faneite, Hermenegildo Riera, Juan Ramón Piquito, “El Chino” Abraham Padilla, Jacobo “El Chuco” Valdés, “Chucho Cabeza”, Teófilo Tizo Faneite, Lino Palmora y Goyo Tabareco.

En la historia del tambor coriano hay una mujer singular que se ganó por muchas razones un sitio privilegiado en la historia de esta tradición musical. Se ha llegado a afirmar que ella fue una de las artífices de su renacimiento y, en efecto, Olga Camacho supo llenar con creces el vacío que sobrevino a aquel período en que tanto brillo alcanzó dicha práctica, asociada al tambor gracias a la magia y a la gracia de aquella curazoleña fallecida antes reseñada. Olga lo revivió a golpe de constancia y de creatividad puestas a toda prueba; supo trasladar ese impulso a tamboreros calificados y dotados de  gran excelencia de la talla de Miguel Lugo, Joncho Manzanares y  de Benigno Pachano quien, con su furro, que no es originario del tambor coriano, le imprimió más ritmo y más entusiasmo.

El propio Rafael Sánchez refiere haber sido el promotor de la señora Olga Camacho a nivel nacional a través de la televisión venezolana, en donde la presentó en varias ocasiones; asimismo, fue él quien grabó su primer disco, intitulado “El negro Katanga”, obra responsable de haberla hecho popular en todo el país.

La aparición de los barrios colindantes al denominado centro colonial de Coro, obedece al proceso migratorio del campo  a la ciudad que se produce en toda Venezuela y que, por lo demás, es propio de los países mal calificados de subdesarrollados. Su flujo es perfectamente visible de 1554 en adelante, con períodos de alza acentuada entre los años de 1779 a 1833-1834, asentamientos que más adelante darían origen a los del barrio Pantano y Pantano Abajo, y los barrios de Cabudare, algunos de los cuales quedaron establecidos entre huertas erigidas por barquisimetanos inmigrados a Coro.

Según los dos autores cuya obra hemos glosado en esta sección*, “La Guinea se formó con negros que habían adquirido su libertad gracias a las riquezas acumuladas con su trabajo, amparados por una real cédula del 27 de abril de 1579”. En una de sus páginas se reseña la sublevación de esclavos ocurrida en Coro y la fuga de esclavos procedentes de Curazao hacia las costas corianas.

Otros autores también han afirmado que los barrios La Guinea y Curazaito fueron fundados por esclavos africanos procedentes o traídos de las denominadas Antillas Holandesas. Generalmente tales expertos carecen de documentación histórica de respaldo y sus afirmaciones son tomadas como verdades convertidas por la gente ya en tradición que nadie pone en duda. Algo parecido sucede en lo relacionado con el origen y evolución del tambor coriano. Para nosotros hoy se trata de un reto validarlas o enmendarlas a partir del estudio y las investigaciones en curso. Es lo que sucedió con la mítica María Chiquitín, de quien se afirma haber llegado a La Guinea procedente de Curazao y  se afanó en constituir en el barrio su grupo de tambor al que puso el nombre de “Los Enanos”, con el cual llegó a desfilar por sus calles no sólo el 30 de noviembre, sino también los días 24, 25, 28 y 31 de diciembre.

En un artículo aparecido el 28 de agosto de 1986 en el periódico El Nacional,  se afirma que “el tambor veleño [sic] deja de escucharse por más de  20 años, hasta que Olga Camacho lo rescata y hoy en día puede escucharse en varios sectores de Coro”. Categóricamente se refiere a la existencia de un solo tipo de tambor, que es acompañado por el güiro, el cacho de vaca, el cuatro, el furruco, las maracas y la charrasca. Existen tres formas de ejecutar el tambor: el golpe, el quiebre y repique.

La historia de algunos habitantes del barrio La Guinea a veces se transforma en canciones del tambor coriano. Así había un extraño  personaje nocturno que aparecía en las huertas o en las siembras provocando que más de uno de los menguados corianos se quedara sin aliento a consecuencia de que a  tal figura se le atribuía el haberse llevado a algunos de los paisanos. Alguien lo bautizó con el mote de “El demonio” y así pasó a esta canción:

Temporá, temporá

Allá viene temporá

¿Qué será de mis muchachas?

Cuando llegue temporá.

*Estos autores citan a Miguel Acosta Saignes para amparar sus afirmaciones. Vida de los esclavos negros de Venezuela. (Valencia, 1984, página 268).

El tema “Magdalena” está compuesto en versos que improvisan los cantadores durante las parrandas. Refiere la existencia de un señor que gustaba bailar todo tipo de música y para destacarse en el baile lo hacía pirueteando en un solo pie.

 

Magdaleno, Magdaleno

Bigote de escobillón

Prepárate Magdaleno

Pa que barras el fogón.

Ahí estaba yo

Bailando no sé qué

Y el tiempo de bailar tango

Lo bailaba en un solo pie.

 

En casi todas las canciones se percibe el humor y el gracejo propio del pueblo, más remarcados aún en la siguiente, en la que se lleva a términos de burla, con tintes de picardía,  a la novia que asiste al acto solemne de las nupcias en la iglesia:

 

Cuando yo me fui a casar

A la iglesia por completo

El señor cura me dijo

Aquí tiene su esqueleto

Hueso no más tenía mi novia

Hueso no más.

 

María Chiquitín

 

Inicialmente, se afirma que María  Chiquitín se residenció en una de las calles de lo que hoy erróneamente se conoce con el nombre de Las Panelas, distante a seis casas de donde residía “El Enmochilao”, excelente tamborero que se la pasaba lavando carros en el sector. La familia Stekman, durante mucho tiempo, interpretó sus instrumentos musicales con el Maestro Miguel Lugo, a quien se le reconoce como el introductor de los “diez sones” en el tambor coriano. El marido de María Chiquitín, Victoriano Gutiérrez, le había introducido variantes y modalidades a este singular arte, en este caso asociado con un instrumento musical de origen africano que había hecho su entrada, según algunos de nuestros informantes, a través, precisamente, de Curazao.

Refiere la señora Ana Lucía Pirona que María Chiquitín conoció a su abuela en Curazao. María Chiquitín vivía en una casita al lado de la casa de sus padres, que es la misma que habita Lucía actualmente. Era una excelente repostera, por lo que esa calificación le permitió trabajar de cocinera en la casa de Ana Jatar. Hacía sus labores de doméstica hasta el mes de diciembre, cuando empezaban las fiestas de navidad. Nunca habló castellano, según su vecina “puerta con puerta”, la propia Ana Lucía; quien afirma que la vio hasta poco antes de su muerte. Según ella, María Chiquitín vivió también en la calle El Sol.

Los prejuicios sociales persiguen a los artistas, quienes, por su condición de seres especiales, logran la aclamación o la mala fama. Para María Chiquitín el tambor era su vida. Le apasionaba ese instrumento y le gustaba también beber “caña”.

 

 

 

 

 

 

 

                 Panadería Cristo Rey, calle Federación con calle Nueva en el barrio La    

                 Guinea, donde existió una casa de bahareque en la que, según Ana Lucía Pirona,        

                 vivió María Chiquitín.

 

 

 

 

 

Refiere nuestra informante que el doctor Mario Jacobo Penso escribía muy bien, pero en uno de sus libros aparece una foto de María Chiquitín, que no es la de esa destacada mujer.

María Chiquitín sacaba el tambor de su casa y lo paseaba por las calles del barrio. En cierta ocasión, incluso, lo hizo pasar cerca del Club Bolívar. Durante cierto tiempo la sociedad fue tolerante con esta tradición. Según varios testigos, las esposas de los señores godos atizaron los ánimos para poner a la sociedad en contra de que el tambor continuase desfilando por los espacios públicos próximos a la zona residencial donde ellos vivían. Una atmósfera semejante había contribuido, en 1903, al dictado de un decreto de la Alcaldía que prohibía la salida del tambor coriano.

Cuando esta innovadora exponente  muere (María Chiquitín), existe el criterio en el barrio de que se apaga el tambor de Curazao, importante referente musical que orientaba el desarrollo hacia un tambor propio de Coro. En efecto, desde nuestro punto de vista, en la cultura los espacios vacíos o débiles son rellenados por otros más fuertes que los dominan y esto ocurriría cuando se dibujaba la circunstancia que acabamos de mencionar.

El auge de la gaita y el boom del petróleo coinciden con el fenómeno de la inmigración de zulianos a Falcón. Se impone, pues, estudiar cómo la música del  Zulia influyó en la local, de manera particular debe indagarse en este caso su repercusión en el complejo músico-danzante denominado tambor coriano. Desde tiempos remotos, el cacho de vaca había sido el rústico instrumento que acompañó al tambor, que no se tocaba entonces con furro ni con charrasca.

Miguel Lugo: Maestro del tambor coriano       

Cuando se hable del tambor coriano hay que nombrar al maestro Miguel Lugo. Nacido en La Negrita, hace setenta  años, lleva en sus manos la energía indispensable para golpear el cuero y extraer de él esos sonidos y tonos que caracterizan a este instrumento, todavía sin estudiarse competentemente. Vamos a glosar lo que nos manifestara en varias entrevistas que le hicimos en su residencia del sector Cruz Verde a partir del pasado día primero de enero de 2006. Dice que al tambor  hay que golpearlo con el sonido del cuatro. Confirma que con el tambor se producen tres golpes fundamentales. “Cuando haya un furro volveré a repicar mi tambor”, nos dice con esa jovialidad que aleja el calendario.

“En Monteverde es donde están los guerrilleros”, sostiene con firmeza para significar que por ese sector de La Guinea comenzó la historia de este tambor y es por donde se introduce un núcleo esencial de esta tradición. Se lamenta de que, sin embargo, “allí no hay nada. Están quedados”, concepto con que manifiesta que la gente no se dinamiza lo suficientemente como para rescatarla del fondo donde ha sido dejada caer y en remembranza (no exenta de nostalgia) de la etapa en que en ese sector brillaron los talentos más sobresalientes. Critica la forma en que actualmente algunos ejecutan el tambor. “Que no se toca sentado encima de la caja del tambor. El hijo de El Negro, hijo de la comadre [Olga Camacho] es quien sabe cómo se toca. El tamborero tiene que tocar  su tambor, sentado en una silla apropiada. Antes es necesaria una preparación física”, que para él consiste en golpear una pared todo el tiempo posible para darle fortaleza en las manos, rechaza colocarse algo en ellas, como “tirro” o cinta adhesiva, por ejemplo, en el momento de la ejecución.

 

 

 

El Maestro Miguel Lugo en la actualidad, a sus 70 años de edad.

Lugo se remonta al pasado para recordar cuando agarraba a las mujeres y les enseñaba “fino” el arte del tambor; se lamenta de que los hombres de su agrupación, casi todos se han casado; igual que sus hijas que están cargadas de muchachos. Eso le impide por lo visto, volver a organizar su grupo musical. Pero al final de la entrevista se compromete a lograrlo “en las próximas semanas”.

Lugo,  fue uno de los mejores peloteros del estado; llegó a conseguir el título en doble A. Era la época de Luis Peñalver, famoso lanzador de los Leones del Caracas. También fue boxeador, profesión de la que tuvo que retirarse después que lo hospitalizaran por causa de  un puñetazo que le propinó un contrincante mucho más grande. Perteneció al equipo “Los Criollos de La Vela”. Miguel Lugo perteneció a la categoría de los lanzadores  “que la ponía como un limón”. Trae a colación una anécdota relativa a Paraguaná donde una vez se involucró en una apuesta con el maracucho Ridan Bell; cada uno disponía de cinco cajas de cervezas para el juego, donde él se enfrentó como pitcher al recordado Tata Amaya, a quien había ponchado varias veces, pero esta vez le metió un jonrón que le hizo perder la apuesta. Para la época fue a parar a las manos de un contratista de la construcción, con quien consigue vagones de piedra que debía depositar con un camión. En ese trabajo duró tres meses.

Nuestro personaje cuenta que él llevaba consigo 4 ò 5 borradores escritos a las reuniones para evitar que lo golpearan sus oponentes políticos. Carlos Ortega lo tenía “chismeao” en Caracas; refiriéndose a él nos dice: “esa broma no sirve”.

Alcanzó una diputación a la asamblea legislativa de Falcón,  con apenas cuarto grado de instrucción. Le llegaba a la gente preguntándole directamente por su situación económica: “¿estas pasando hambre?” y, al conocer la situación precaria de alguien,  se enfrentaba a los patrones, a quienes decía: “métalo por tres meses a trabajar”. Estuvo 36 años en la administración pública, divididos entre el actual  MINFRA y otros organismos como el MOP, MTC, FOPE. Para incorporarse a la cultura, de manera formal, con un carácter pedagógico,  necesita que lo apoyen con alguna contribución parecida a la que dan a Olga Camacho, algo como una especie de subsidio. No recomienda a alguno de sus hijos para esto, por considerarlos “malandros” y porque no permitirá que lo hagan quedar mal.

El tambor con el parche mayor y de mayor altura es el que suena más alto; en cambio, el tambor pequeño se emplea en este conjunto instrumental para el acompañamiento del primero. Para Lugo, lo más importante es saberlo repicar. “Julio César Arteaga tiene un casete grabado con los repiques míos”, nos manifiesta, con la seguridad propia de quien ejerce un oficio que domina a ciencia cierta, y dejándonos  entender que existe una zona común a la forma de ejecutar el instrumento, pero hay otra en la que predomina la individualidad o el sello personal.

“María Chiquitín tenía sus tambores. Vivía en Chimpire. El Negro Yule tocaba el güiro metálico. Entonces tenía yo 18 años y vivía en el barrio La Guinea para abajo. Yo quería aprender para preparar un conjunto de música folklórica, pero para entonces no existía casa de cultura ni apoyo ni recursos”, confiesa él. “Olga Camacho, su esposo Benigno Pachano y yo, fuimos quienes introdujeron en el tambor coriano otros instrumentos musicales que, como el furro, no les eran propios”.

El Negro Yule, “Chindo” Páez y “Panchón” Faneite, de “raza curazoleña”, fueron quienes le enseñaron a Miguel Lugo el secreto del tambor. El aprendizaje lo hizo en silencio: viéndolos tocar. Con ellos estudió de ese modo: aplicando la atenta observación y registrando en su cerebro los diversos modos empleados por ellos en la ejecución del tambor. Esta confesión es de importancia excepcional, porque nos permite apreciar hasta qué punto el tambor coriano debe al tambor curazoleño en cuanto a su nacimiento, desarrollo y situación actual. Sin este dato revelador es imposible reconstruir su historia, sustentada casi exclusivamente en la tradición oral.

Según él, su compadre Benigno Pachano era terrible,; se le aparecía en el sitio donde había ido acompañado de su comadre Olga. Era cuando Lugo tenía dos buses y dos camionetas en donde llevaban a los músicos a los diversos escenarios para hacer sus presentaciones. Entonces el partido Acción Democrática le tenía rabia a Lugo, por haber sido guerrillero cuando Chema Saher (en la época cuando al Gato, hijo de Chindo Páez, lo mataron en la sierra coriana.)

Panchón Faneite vivía en la calle Buchivacoa, como Miguel Lugo; él nos aclara que aquel sitio pertenecía al barrio Chimpire, como le decían antes; menciona además al Negro Yule, que habitaba en calle Ampíes. Llega a proporcionarnos la siguiente precisión: vivía, el Negro Yule, en el comienzo de la urbanización Ampíes. Chango  Stekman vivía por donde cruza el Hospital para acá, cerca de un local donde vendían o venden lotería.  Era contratista. El Negro Yule también vivió en Chimpire.

Nos afirma Lugo: “cuando comenzamos a tocar ya había muerto María Chiquitín; en aquella época, ella  salía con su tambor, cantadores y bailadores”.

Además, opina, que inicialmente debieron ser dos, al menos, los tambores integrantes del tambor coriano; luego llegaron a ser cuatro.  .

“En la sierra el tambor lo tensaban con bejucos. En Coro se templaba el cuero del tambor con la candela de papeles. Existe el tambor de salve, que se percute con palitos”.

Lugo afirma haber minado de tambores el sector Monteverde. Pero lamenta la actual situación existente allí. “Uno los va a enseñar y se arma la verguera”. Solicita la construcción de tambores grandes y pequeños para emplearlos en la enseñanza a nivel de la propia comunidad que los vio nacer y pasearse por sus calles. Esta acción contribuiría al reintegro de este símbolo de la corianidad al propio sujeto que lo creó y recreó durante tanto tiempo. Para el pueblo constituiría asimismo otro medio más empleado para su dignificación. De este modo la cultura tradicional popular de Coro y de Falcón daría un paso hacia delante; en los tiempos de cambios radicales e irreversibles como el que se ha puesto en movimiento en la República Bolivariana de Venezuela.

De numerosos lugares venían a ver el repique del tambor coriano. Por ejemplo, de La Vela, Dabajuro y El Mene, muchas personas pudieron llevarse una imagen de primera mano de lo que se estaba produciendo en Coro. Resultaba una manera de contrarrestar las deficiencias del Estado de entonces, ante manifestaciones de la cultura tradicional popular, a las que apenas se les asignaban  recursos y poco apoyo para que se desarrollara.

En la batería de instrumentos del  tambor coriano” puede haber dos furros, según Miguel Lugo. “El mío es el primero”, confiesa y recuerda que su comadre Olga Camacho bailaba cuando iban a tocar a diferentes ciudades, como San Cristóbal, Valera, Trujillo…. Más tarde, en fecha que necesitamos precisar, Lugo se separó del grupo de Olga por no compartir algunos procedimientos; “no voy a cobrar por lo que no tiene precio”. “Toco el tambor para divertirme y echarme un palo”, nos confiesa en tono escueto, llano y sincero. Para entonces organizó nuevamente su conjunto musical integrado por él y sus hijos. Finalmente, cuando se jubiló, dejó en manos de éstos el compromiso de que le diesen continuidad a su tambor, es decir, que no muriera esa bella tradición.

Por causas que no me comunicó, el grupo de Lugo se extinguió; tampoco sabemos si el maestro Lugo logró transmitir a sus hijos los conocimientos poseídos por él de fuentes tan sabias como las que hemos mencionado. Podemos hacer algunas inferencias sobre este asunto a partir de lo que nos manifiesta en relación con el tamborero principal que su comadre Olga Camacho tiene en el grupo “La Camachera”. A propósito dice categóricamente: “el folklore nace de uno mismo y Joche casi no me oyó”. “Las veces que repique [el tambor] son distintos repiques”, manifestó. Lugo ha intentado hacer entender que esa riqueza en la ejecución del tambor no fue transmitida a los jóvenes, ni por tanto, aprendida por parte de la generación que ha debido relevar a la suya. A través de la reflexión de este viejo tamborero, se nos está proporcionando el cuadro final; estamos enfrentados a una situación crítica por cuanto se nota más empobrecimiento de aspectos tan importantes como las técnicas de ejecución del instrumento por la falta de  adecuada y oportuna transmisión de los conocimientos y habilidades a las personas que los debieron recibir en su momento.

Lugo nos contó que cuando estaba grabando su disco, él repicó tan fuerte el tambor, que el parche se rompió. Eso lleva a un análisis de las técnicas constructivas que deben ser aplicadas a los instrumentos musicales. Hay que saber preparar el parche para que no suceda esto. Nos enseña que el parche hay que meterlo en cal, en agua y finalmente colocarlo en la caja.

Lugo aprendió los toques de cada uno de los tipos de tambores existentes en el Estado Falcón; el de Cumarebo, el de La Vela. Y apunta el hecho de que la gente de La Vela era la que más contactos tenía con Curazao y fueron veleños quienes trajeron los toques aprendidos por él. Narra la anécdota de cuando libró un duelo cordial con el tamborero veleño Galo Guanipa, quien ganó la primera vez, pero luego no fue así “¿Quién le da más?”, se trató de una competencia sana. El dato nos permite evaluar cuán estrechos eran los vínculos entre los tamboreros de Coro y  de otros sitios de Falcón, pero especialmente con los de La Vela, lo cual no se aprecia en el presente.

 

 

 

 

 

 

 

 

Lugo aporta un valioso testimonio acerca de su aprendizaje. Él no le preguntaba a aquellos viejos curazoleños, sino que los escuchaba y observaba atentamente. Había focalizado su atención en el tambor para evitar que otros elementos que nos rodean pudieran alejarlo de lo principal. Para él de lo que se trataba era de aprender las técnicas de ejecución y los diferentes tipos de toques de este instrumento de percusión. Así andaba tras de los viejos buscando los tonos del tambor; eso lo confirma en su llamado a que se enseñe todo lo relacionado con el tambor. Insta a su comadre Olga a que enseñe más a tocar el tambor coriano. En lo personal, sus conocimientos no se los va a llevar al cementerio porque “me los van a ensuciar”. Debe enseñársele los secretos del instrumento a esta generación como único medio de garantizar que no desaparezca la tradición del tambor coriano.

“A Chango Stekman lo apodaban Peleco, es decir, zambo”.

“Joel Arion, los Stekman, los Jatar, procedían de Holanda” – en realidad de Curazao. Según Lugo, “Ela Petit era una maestra de corazón, de La Vela”.  “Gonzalo Márquez Yánez ha sido el periodista más peculiar que hayamos conocido. Era un carajo que llegó a Coro en un barco y aquí se quedó para ser sembrado y es por eso que nadie lo olvidará nunca”. “También existió Radio Pantano, un personaje popular que solía presentarse como la única emisora que trabaja sin luz eléctrica”.

 

Tambor coriano—Tipología

 

Tambor serrano

¿Por qué  no hay tambor serrano con el ardor y vehemencia del tambor coriano? En gran medida a consecuencia de la represión que sucedió al aplastamiento sangriento del conato insurreccional iniciado por José Leonardo Chirino el 10 de mayo de 1795. Los caminos de la cultura tradicional popular coriana transcurrirían de modo particular a partir de este hecho, que debe ser tomado como un elemento importante al analizarlo en su dimensión histórica. Los contenidos, el ritmo y el significado de las canciones serranas así nos lo evidencian.

El Chino Solís considera que la tamborita serrana tiene un tejido en forma de doble v (W) o doble parche, lo que, según él, es típicamente africano. La tamborita también es usada en Barlovento durante las celebraciones de La Cruz de Mayo.

         Tambor cumarebero y veleño

El tambor marinero de Cumarebo es el más parecido al tambor curazoleño. El tambor veleño procede de Puerto Cabello debido, sobre todo, al contacto frecuente que existió desde el período colonial entre ambos puertos; de allí que en la Vela se convirtiera en una tradición la festividad con motivo del día de San Juan. Al tambor coriano se le introduce el cuatro como un añadido de pura creación nacional del pueblo venezolano. Se afirma* que hay diferencias entre los tambores de la costa y el propiamente coriano, que asocian e identifican con la tierra firme o el interior o, en todo caso, lo opuesto al tambor marinero. Ejemplifiquemos con el tambor veleño, que tiene su toque propio y su propio vestuario. En este último, los tocadores visten franelas y blue jeans. El tambor veleño está compuesto de dos tambores: uno que hace la prima, que dirige el quiebre y el otro de segunda, que hace de fondo y marca el ritmo. Aun cuando los dos instrumentos son ejecutados simultáneamente, cada cierto tiempo uno se sobrepone al otro, que termina por acallarse. Este relevo permite darle rienda suelta a la energía y a la vitalidad de cada uno de los tocadores. Los tambores son acompañados por el furro, güiro, charrasca y cuatro.

Muchas personas creen que la presencia exclusiva de mujeres en el baile se debe a que, en La Vela, los hombres no son proclives a la danza, razón poco convincente, pero entendible. Creo que esta afirmación o creencia más bien se corresponde con la versión del grupo Parranda Veleña, que se cita en los artículos de prensa** que estamos reseñando; fundado en 1985 por Lino “Pajarito” Nerey, su repertorio inicial se basaba en la música serrana y venezolana en general, pero con una preponderancia del tambor, el cual ha terminado por ser el más fuerte de todos los instrumentos.

Ana Lucía Pirona

Ana Lucía Pirona es una señora que emite destellos de energía y espiritualidad. Recibimos sus emanaciones tan pronto hablamos con ella a través de los barrotes de la reja que impide el acceso a su hogar,  que pronto se abrió para atendernos con toda la dulzura y amabilidad que la caracterizan. La habíamos visto en el porche ensimismada en la lectura de algún libro que luego supimos eran crónicas de la ciudad de Caracas. Nos llamó la atención el hecho de la lectura, porque raras veces apreciamos a gente leyendo y mucho menos en la entrada de una casa del barrio. Esta dama enjuta y electrizante tiene                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                              88 años de edad, e igual cantidad de tiempo viviendo en su casa, calle Federación, entre las calles Nueva y El Sol, justo en el corazón del barrio La Guinea. Al doblar de su vivienda, habita su comadre, la señora Olga Camacho, con su familia. Su padre, el legendario tamborero Camilo Pirona. Su “mamá era curazoleña, que nació aquí”. La tatarabuela y la bisabuela vinieron de Curazao. Parrandeó mucho con el tambor pero, cuando su padre Camilo falleció, se alejó del baile. Ha estado con Olga Camacho ayudando siempre. Su padre tenía el tambor en su casa y era muy parrandero: con mucha frecuencia visitaba las familias para darles serenatas. Del primero de diciembre hasta el dos de enero siguiente participaba en las fiestas, sin interrupción. El salía con Victoriano Veroes, esposo de María Chiquitín._____________________________________________________

 

·        * Tambor veleño “El Nacional” julio 1993. [p-11]

·        **La Vela estuvo en su corazón.

 

“En el barrio había puros corianos, pocos curazoleños”. Los padres de Lucía entraron por San Antonio, donde nació y al casarse, se mudó ahí mismo en La Guinea.

“En el pasado la comida era muy sana, la gente criaba en sus casa muchas gallinas y pollos con maíz; ahora son pollos muertos (que venden en el supermercado) ¿Qué alimento tienen? Cada quien molía el maíz para hacer su arepa pelá”.

La señora Ana Lucía Pirona considera que la actual juventud “no es como la nuestra: todo se lo llevan a la nada; hay una ausencia de algo esencial: el respeto”. “Quienes lograron vivir con aquellas normas, ya perdidas, se murieron”.

En el barrio circuló un periódico que reflejaba algunas cosas de la comunidad. En una ocasión apareció en él una referencia a una familia de La Guinea, que se disgustó y produjo una tensión y protesta tan elevada que el periodista se vio obligado a mudarse del barrio porque corría peligro. El era muy amigo de la casa de Ana Lucía Pirona, quien entonces contaría con 13 años de edad, aproximadamente.

Ana Lucía Pirona disfrutaba mucho de las fiestas, igual que lo hacía su familia. Recuerda, no sin cierta nostalgia, los carruajes y los coches de carnaval que circulaban por las calles; la gente de La Guinea tenía que ir a la calle Ampíes para ver el desfile, porque los coches no podían pasar a causa del barro acumulado en las calles de tierra de La Guinea.

La fiesta se concentraba, pues, en el casco histórico donde vivían los ricos. Los pobres tenían que desplazarse de sus barrios hasta el centro, para ver los carruajes y la gente con disfraces. Desde los carruajes arrojaban golosinas, jabones, pinturas, etc., que la gente humilde agarraba alegremente.

Las comparsas salían muy bien vestidas y muchos de sus integrantes iban disfrazados. Ana Lucía deja escapar una expresión nostálgica: “muchas de aquellas cosas eran buenas, que el tiempo se llevó...”

“El Coronel Lago y el General Jordán adquirieron acequias equivalentes a cañadas. En la calle Progreso hay una quebrada, que era de donde brotaba el agua. Detrás de la calle El Sol había otra acequia o quebrada muy grande”.

La afición de Ana Lucía Pirona es la lectura. Disfruta leyendo, lo cual considera una herencia familiar: su padre leía mucho, a pesar de ser muy pobre. Siente orgullo de haber salido como él.  “Me gusta mucho la lectura; el que lee mucho, algo aprende”. Está consciente de que se comporta como montuna en muchos sitios adonde acude. Le gusta oír y observar, más que hablar.

Siente que ella está perdiendo control, que las cosas “se les están mudando”.

Menciona el doctor Iturbe, de Maracaibo, asociado al texto de la gaita “¿De dónde vienes Iturbe?” Lo conoció en el Zulia,  la primera vez que ella se hacía una radiografía; le pareció “fantochito.” Confiesa que ha vivido durante mucho tiempo en ese otro estado, “iendo y viniendo”. Sus dos hijos mayores, de los cuatro, nacieron en el Zulia.

Gastronomía

Refiere la señora Pirona que la caraota y el sancocho de chivo nunca le faltaron al coriano. La tradición dejaba margen también a las costumbres de las familias; “la mía tenía las propias, proveniente de por ahí, de Curazao: su escabeche, el azúcar blanca, el funche, los cueritos hechos de allá”. “Al funche yo no le entraba”, nos dice jocosamente. En el barrio las viejas hablaban papiamento, eran entendidas por los vecinos que no lo podían hablar. “así pasaba en la misma familia mía”, nos dice Lucía.

Arepa pelá ha existido toda la vida en Coro. Entonces la comida era muy barata. Las mujeres no compraban en las bodegas, sino que lo hacían solamente los varones”. Sus padres tuvieron dos hijos, ella, la mayor,  y  Camilito quien nació 15 años después, es fotógrafo. “Tengo ocho biznietos que me están matando”. “Ahora no se pueden tener tantos muchachos”, concluye.

Bajada del Niño Jesús

Muchas de las actuales tradiciones culturales del coriano hunden sus raíces en la etapa precolombina o en tiempos en que la vida se extendía a lo largo y ancho del campo. Si queremos comprender mejor su psicología y peculiar modo de ser, este acercamiento debe enfocarse hacia su relación con el entorno físico inmediato que ha rodeado y envuelve a Coro: la sierra coriana. Algunos ejemplos de tradiciones muy arraigadas en la ciudad tal vez ilustren más fehacientemente lo que queremos explicar. Veamos qué sucedió con la tradición del Nacimiento o pesebre del Niño Jesús, cómo era entonces y su vinculación con el presente.

El santo patrono del asentamiento serrano Macuquita es el niño Jesús. Hay quienes afirman que este sitio sirvió de “centro de invasión” desde donde partió la tradición de la bajada del niño que fue introducida en Coro. Debemos responder la pregunta de por qué allí se formó esta tradición y su extensión a una ciudad marcada presuntamente por el signo femenino de María. De hecho se afirma que la Virgen de La Guadalupe es la advocación de Coro. Lo cierto es que tanto en Macuquita como en La Chapa se mantiene esta tradición.

Ha sido una suerte identificar algunas familias del barrio La Guinea a través de cuyos hilos es posible escudriñar los senderos o canales que sirvieron de entrada a la ciudad de algunos procesos y fenómenos de la cultura tradicional popular a menudo muy poco estudiados. Es el caso de la familia Cazorla, a la cual le vamos a dedicar aquí un espacio considerable en razón de que es una de las más emblemáticas de lo que tenemos la intención de exponer.

Marcos Cazorla, de 52 años de edad, (Cazorla es apellido español), nació en la casa de la calle El Sol número cuarenta y cinco. Es hijo de Víctor Cazorla y María Jiménez, quien tiene 78 (79?) años. Esta familia es una referencia importante del barrio La Guinea por haber mantenido algunas de las costumbres culturales más emblemáticas del barrio, como el del pesebre o nacimiento del niño Jesús y la del tambor serrano. El 30 de noviembre se produce el repique de tambor en señal de que se inicia el período de Fiestas en Navidad que se extendía y extiende durante todo el mes diciembre y parte del siguiente mes de enero. En los preparativos de la celebración del nacimiento del Niño Jesús, se movilizan los miembros de la familia para obtener o comprar los materiales con que se construye el Belén.

En efecto, se iba a la sierra a buscar algunos de estos materiales con que se construiría el pesebre, hecho todo artesanalmente, no como se prepara actualmente en que muchas familias lo arman con figuras y cosas adquiridas en las tiendas con materiales prefabricados industrialmente. Se traía incluso la hierba de la serranía.

El día 15 de diciembre se colocaba en la casa el pesebre, iluminado con lamparillas y velas; en las últimas décadas la luz se coloca con bombillos de colores y música. Pero lo tradicional era el adorno de papel pintado por la gente y la hierba traída de la serranía coriana.

Apolinar Cazorla Brito, nacido, criado y muerto en Coro, tenía una agrupación o conjunto de tambor serrano. Se le atribuye haber creado la tradición de la Cruz de Mayo en el barrio coriano de San Nicolás. Se adornaban tres cruces grandes que eran colocadas en la sala de la casa para tocarle con cuatro tamboritas serranas, instrumentos musicales con que se acompañan los cantos. 

La imagen en bulto del niño Jesús era traída en andas desde la sierra el 24 de diciembre. El toque de la tamborita serrana  acompañaba la marcha hasta la entrada del barrio, algunas de cuyas calles eran recorridas siempre. La peregrinación se repetía el seis de enero, o sea, durante la epifanía o Día de Reyes, como se le conoce popularmente.

Los peregrinos se acercaban a las casas para pedir aguinaldos: “¿No hay un cobrito?”. “Pues entonces, pues, ¡déme la arepita!”, decían con su gracia y desenfado, gesto que casi siempre era correspondido con algún agasajo porque cada familia, por más pobre que fuese, se esforzaba durante el año por ahorrar y conseguir algunas cosas que se consumirían en estas celebraciones pautadas en el calendario festivo anual. En el peor de los casos, el agua ofrecida por los vecinos, o tal vez un refresquito casero, mitigaba la sed de los peregrinos que agradecían cualquier paradita que hicieran luego de tan prolongado recorrido.     

Promesas hechas al santo

Las promesas a un santo, digamos al niño Jesús, duraban entre siete a nueve años. El devoto renovaba la promesa si lo creía pertinente; si, por el contrario, era olvidada, se rompía la promesa y el devoto le achacaba a tal incumplimiento, la responsabilidad por cualquier suceso o circunstancia adversa que se le presentara en su vida.

La mayoría de las casas objeto de parada de la peregrinación del niño Jesús eran aquellas cuyos miembros habían hecho algunas promesas al santo. La salida a la calle y su donativo era parte del compromiso que entrañaba la promesa,  y de la continuidad de la propia tradición sostenida en los hombros de la cofradía.

Esta tradición de la bajada del Niño Jesús se fue debilitando hasta el punto de acercarse a su desaparición. Actualmente son escasas las personas que la conservan, como Darío Polanco, quien hizo un esfuerzo supremo por protegerla con un grado de fidelidad aproximada a como lo hacía su difunto padre. Hoy la bajada se produce en cualquier día del año, no tiene fecha fija.

Cofradías                 

Algunas tradiciones culturales del barrio tenían una profunda motivación religiosa. Ese elemento espiritual llevaba a los vecinos a organizarse para cumplir con algunas obligaciones compartidas. Llegaron a organizarse incluso a nivel de  cofradías. Es el caso de la tradición del Niño Jesús en la que los vecinos hacían una promesa al Niño; colocaban su imagen en una nueva medallita que sostenían y guindaban en el cuello con una cadenita que al final de la festividad se la colocaban a la imagen de bulto del santo.

En su recorrido por las calles y cuando llegaban al frente de una casa del barrio, los cofrades tocaban una campana en señal de que se requería la salida o presencia de los dueños del inmueble. Algunos miembros de las familias salían a verlos y les entregaban o regalaban algún donativo. Algunos vecinos nos confirman que en la procesión o en sus paradas en las casas, algunos cofrades peregrinos bebían cocuy.

San Benito.

Francisco Rojas reconoce a la Trina Curiel como la introductora en Coro, del culto a San Benito, lo cual nos indica que en ocasiones una tradición es introducida y arropada a ese nivel básico de organización social que es la familia, del cual pasa a otro nivel más amplio de socialización.

En efecto, en su recorrido o procesión del año pasado 2005, pudimos comprobar y registrar que esa devoción ha llegado a calar en amplios sectores del barrio La Guinea hasta instalarse en ella como uno de sus íconos más representativos. Esto sucedió, felizmente con la tradición al San Benito y… ¿sucedió lo mismo con otras tradiciones al desaparecer la familia que los cobijó? ¿El barrio las dejó morir? ¿Por qué?   El estudio y la reflexión deberán aportarnos nuevos datos para darles a éstas  y otras incógnitas respuestas plausibles.

El pintor Henry Curiel le tomó fotos a las celebraciones a San Benito realizadas por la familia Samarripa, que vivía en la calle Colón, donde confluían muchas personas del barrio para participar en el baile, que se hacía como hoy mediante una marcha colectiva que recorría las calles. Se le atribuye a los Samarripa el rescate de esta tradición, en un período en que las familias que la sostuvieron decayeron.

Francisco Rojas también señala a la familia Rojas Reyes como la continuadora de la tradición del San Benito introducida por Trina Curiel, luego del fallecimiento de esta querida cultora popular. Hubo mucha gente que se asoció a este culto, pero un lugar distinguido debe ocuparlo León Chirino, mejor conocido por León “Piña”, por su labor como fabricante artesanal de las piñatas para los niños y “llave” inseparable de Trina Curiel. Era un hombre dispuesto y versátil: tocaba música en la banda del cuartel, el órgano en la iglesia de San Antonio y era rezandero cuando alguien en la comunidad guineana moría. Pero en el devocionario popular inscribió su nombre con tintas especiales al convertirse en uno de los organizadores de lo que llaman la “Novena de San Benito”, devoción en forma de expresión creativa en rezos y oraciones improvisadas sobre la base de un fondo cultural antiguo.

                      º

Trina Curiel la Reina del San Benito. A la izquierda León Piña.

 

           Cédula de identidad de Trina Curiel.

 

 

En casi todas las celebraciones se producen libaciones de alcohol, según la familia Solís-Lugo, de Curazaito. Incluso después que se tapa la Santa Cruz de Mayo es cuando comienza la parranda. ¿Por qué bañan a San Benito con bebidas alcohólicas si él era beato? Le colocan aguardiente y cocuy.

En la década de los sesenta el profesor Willi Marín tenía una asociación para construirle una capilla a San Benito en el barrio.

La señora Alicia Hernández, de cincuenta y dos años de edad, nació en la calle Monzón, según ella perteneciente al barrio Las Panelas. Refiere que a San Benito lo tenía Trina Curiel en la otra calle (Brión con Providencia),  y desde niña se sumaba a la caminata  que acompañaba la festividad de este santo en el barrio. Después del fallecimiento de Trina, pasó a manos de su hijo Goyo Curiel y de éstas a las de los Guarecuco,  borrándosele  a esta informante el resto de los nombres de los continuadores previos a los del actual Comité presidido por Miriam Acosta. Jorge Martínez, cuñado de Trina, junto con León Piña y Goyo Curiel, preservaron la tradición del culto a este santo.

 

“Goyo” Curiel, hijo de Trina, con nieta, biznietos y tataranieta.

 

Algunos vecinos afirman que esta tradición fue traída de Curazao, por el hecho de que la abuela de Trina era curazoleña. En el pueblito Bolívar,  de la sierra coriana, también le hacen su fiesta a San Benito.

En la calle Providencia con Brión se conserva la casa que perteneció a una hermana de Trina y donde ésta vivió. Trina Curiel introdujo la tradición de San Benito en el barrio La Guinea y por ende en Coro. La había tomado de Cabimas, ciudad del Zulia, donde más viva y fuerte se ha mantenido el culto al Santo Negro. Gregorio Curiel, hijo de Trina, vivió también en esa casa donde se mantiene vivo el recuerdo de su madre y que tal vez sería el sitio más indicado para construirle un museo.

 

Josefina Curiel, sobrina de Trina Curiel, con la imagen de bulto original del San Benito traído de Cabimas.

 

Miriam Acosta Gómez, de cuarenta y nueve años de edad, vive en la calle Monzón número ciento trece, entre las calles León Faría y Providencia. Nos refiere que de la mano de Trina Curiel pasó la tradición a la de Ángel Chirino. Desde niña, ella era bailadora de esa fiesta; también recuerda que hubo un festival folklórico con el grupo de Trina Curiel, y que ella, además, pertenecía a otro grupo artístico.

Cuando era niña, le explicaban a Miriam que al barrio lo llamaban La Guinea; desde hace diez  o quince años lo llaman inexplicablemente Las Panelas. Existe, pues, una confusión en la gente de la comunidad en lo referente a este delicado asunto, de modo que la Asociación de Vecinos usa Las Panelas para referirse al barrio.

La casa de vivienda de Miriam está asentada cerca de un consultorio médico. En casi todos los sitios de esta vivienda observamos imágenes de San Benito y, entre ellos, la cocina es un espacio privilegiado. La razón de su vinculación con tan importante sala del hogar, es que al santo se le asocia con los beneficios de la comida que le llega a la familia devota a él y a quienes le piden prosperidad cada año.

San Antonio

El trece de junio del año 2005 participamos en la fiesta dedicada a San Antonio en la casa de la abuela de nuestro colega Luís Cazorla. Se recordará que esta es una familia que ilustra cabalmente los profundos vínculos existentes entre el barrio La Guinea y las serranías corianas. Se conserva allí la tradición de trasladarse desde la Sierra para cantarle cada año salves a la Santa Cruz en el mes de mayo; ahora lo hacen en la celebración que nos ocupa para rezar y cantarle el rosario a San Antonio en el día pautado por el calendario litúrgico católico.

Para la celebración se hacía un pequeño recorrido o procesión integrada por quienes estaban allá y los que se incorporaban en Coro. Cada quien llevaba una vela en la mano. En Caujarao se hacían determinadas operaciones para que se diera la cosecha. Se cuenta que un día de San José, se le cantó a San Isidro, y al final de la salve, llovió.

Nos refieren la existencia de un señor que curaba, quien rechazaba que se tomaran notas acerca de lo que hacía y mucho menos aceptaba que se le hiciesen fotos. Pero su hijo copió en un cuaderno lo que el viejo sabía de memoria.

Nos dice que su padre se trasladaba a otros pueblos e incluso a otros estados venezolanos para sumarse a las fiestas. Llevaba consigo todos los santos, para el pago de las promesas. Era de Mapararí. La persona que solicitaba el pago de la promesa, cubría todos los gastos.

En Paraguaná también le cantaban al santo. Salta a la vista un hecho que tenía lugar en el Zulia: sacaban a San Antonio en procesión. Entre los poblados que la comitiva visitaba recuerdan a Borojó y Dabajuro.

Antes se les rendía culto también a San Pedro y a San Pablo.

Refiere un integrante de la familia Cazorla, que es costumbre en su casa brindarle al santo cocuy, lo cual indica la vinculación de esta tradición local con lo nacional y también con la cultura de los aborígenes u originarios habitantes de Venezuela.

Se destaca en la celebración la foto de su padre fallecido hace 18 años colocada al lado de las imágenes de los santos, con lo cual se significa “como que está presente”. En el pasado esa foto se ponía debajo de la mesa. El padre dejaba en el altar el vaso en que bebía de noche.

Afirma que su padre era espiritista; curaba a mucha gente. Utilizaba la orina de la persona enferma y un cristal en un Jesucristo de plata. La persona se colocaba detrás de él y le decía, es decir, le transmitía el mensaje con su situación de salud. Un tío de Churuguara se lo había enseñado.

Utilizaba puros números, “cerraditos”, y letras. Al final, le dictaba la receta al consultado para que siguiera el tratamiento que convenía al caso. El Ministerio de Sanidad de entonces terminó por legalizarle su práctica médica afincada en la tradición más añeja y en lo que hoy conocemos como la medicina alternativa, específicamente la denominada, por ellos, verde.

Se nos hace patente el hecho de que, en las entrevistas con familiares de los Cazorla, pronto aparece la personalidad de Valentín Rodríguez, de 86 años de edad. Y los recuerdos y observaciones fluyen como tocados por una varita encantada.

“Antes se rezaban seis rosarios por seis veces al día”. “En su altar no estaban, cuando entró en lo celestial, ni María Lionza, ni el Negro Felipe”. Había que tener cierta edad para aprender. “Cuando nos enfermábamos, nos curaban con medicina verde: se utilizaban ochenta y una yerbas”. Le decía a los médicos: “la medicina es incolora y está compuesta de 81 yerbas”. Curaba las hernias en una mata: le hacía un dibujo en el árbol y desaparecía la hernia.

El altar consiste en una mesa rectangular con una sábana encima y un mantel bordado, ambos de color blanco. Al fondo,  un Jesucristo en la cruz, de madera y, de frente, de izquierda a derecha, el arcángel San Gabriel, San Benito con el niño en los brazos, Santa Ana con el niño; San Juan (delante: la Virgen de Guadalupe), la Virgen del Carmen, la Divina Pastora. Detrás del entramado de estos santos, permanece oculta la foto de Valentín, el fallecido.

Se hace evidente, pues, que antes del, o paralelo al culto a un santo católico, el pueblo abría un espacio para reverenciar a aquellos miembros fallecidos de su familia, es decir, se manifestaba un culto a los muertos que raramente es tomado en cuenta en lo escrito acerca de la cultura, o de las tradiciones populares del Estado Falcón.

Tampoco resulta habitual en una celebración con personas ajenas a la familia,  escuchar en la introducción a un rosario, una oración cuyo nombre es “La Casa Santa”, que se hace para alejar el mal y atraer el bienestar hacia la familia, luego de lo cual el oficiante se echa un palo de cocuy. A continuación comienza el rosario cantado, a golpe de cuatro y tamborita serrana.

Se pasa a la invocación al ave María Purísima y a la Santa Cruz, a manera de  preámbulo. El tío salta, cuenta a cuenta, en un pequeño rosario que agarra con uno de sus dedos de la mano izquierda, mientras reza. Luego reinicia el canto acompañado de la música ejecutada por los dos instrumentos antes señalados.

La observación nos revela la estructura o secuencia de la celebración que transcurre del modo siguiente:

1-. Rosario rezado

2-. Salve acompañada de cuatro y tamborita serrana

3-. Pausa con sorbos de cocuy.

 

La segunda parte nos conduce de la mano al reino de lo real maravilloso: mientras se tocan los instrumentos musicales tan criollos y criollamente tocados, se canta en latín. Veamos un ejemplo:

 

 

Ora, ora pro nobis

Estrella matutina

Ora, ora pro nobis

Regina confesorum

Ora, ora pro nobis...

                                                 

María Mater Gratia: invocación hecha a la Divina Pastora. Se les canta a estos santos porque ellos evocan el mundo seráfico, (propio de los ángeles y arcángeles) y el de la Virgen protectora en la figura de cada una de sus diversas advocaciones. El objeto de veneración y recordación -el muerto- se convierte al mismo tiempo en motivo para la necesaria reunión de toda la familia.

No es difícil de señalar la originalidad de la celebración religiosa que estamos presenciando, subrayada por la música y la ingestión de una bebida ancestral como lo es el cocuy.

A las personas recién nacidas existía la costumbre de cantarles las salves, no sabemos si antes o después de colocarles el nombre del santo que aparecía en el calendario litúrgico católico, el día del nacimiento.

Entonces existía la costumbre del bendito y alabado: el niño se arrodillaba ante el padre y le pedía “el bendito y alabado” para que le echara la bendición en esa posición. Luego quedó la de la bendición solicitada a los abuelos, tíos, padres e incluso  a las personas mayores.

Después del último canto a San Antonio se vuelve a libar colectivamente cocuy y se pasa a un espacio menos apropiado a lo que pudiéramos definir como lo sagrado. Me refieren cómo se celebra San Antonio en El Tocuyo, Estado Lara,  donde naturalmente se produce el golpe tocuyano típico que es acompañado de la música de las celebraciones de la Zaragoza de Sanare.

San Antonio también es santo usado para hacer aparecer las cosas perdidas. Se le compra su velón y todo… Sale a colación el suceso del hijo de un político cuya bicicleta se había perdido, se le invocó al santo y apareció. Por último, quizás el pedido más común y popular entre el pueblo, sobre todo entre las damas, sea pedir a  San Antonio, le consiga novio

Zábila

En muchas casas de Coro es frecuente encontrar plantas de zábila aparentemente adornando la entrada principal o porche. Nuestra experiencia nos indica que en la tierra del chivo, altivo y rebelde, del viento espinoso y del cardón florido, cada cosa puede tener una significación oculta. Es el caso de la planta antes mencionada que se emplea con usos múltiples, entre los que no se olvida el de tipo religioso. Para muchos vecinos del barrio La Guinea, la zábila recoge las malas influencias. Se coloca en todos los sitios de la casa para recogerlas y evitar que tales maleficios entren al hogar para dañar a la familia, sobre todo a los más débiles y desprotegidos. Existe la creencia de que cuando no hay zábila colocada detrás de la puerta de entrada principal de la casa, ésta está sucia.

Existe una tradición vinculada al empleo de la zábila que se remonta a la existencia de los abuelos de la señora Miriam Acosta Gómez. En la Semana Santa, la zábila es velada el jueves santo y el viernes siguiente se reza y se le coloca agua bendita. Luego esa zábila se conserva en la casa durante todo el año, como medio de protección frente al mal. Miriam nos relató el hecho de que, en cierta ocasión, al arribar a lo que denomina “el día de las brujas”, la zábila se marchitó y cayó del sitio donde estaba colocada.

La zábila es atada con una cinta de color rojo, que simboliza la alegría; blanco, que simboliza la paz y verde, que simboliza la esperanza. Pero generalmente a la zábila se le coloca la cinta roja. El uso de la zábila con fines espirituales está presente en casi todas las casas del barrio, según Miriam, hecho que he podido confirmar con nuestras investigaciones de campo. Para otras personas, el uso del color rojo tiene como función la protección personal y familiar, por lo que a los bebés se les prende en la ropita, o atada a la muñeca con una cinta del mismo color, al menos una pepita de la peonía, justamente que es de color rojo y negro.

En muchas casas del barrio no sólo se observa la preferencia en el uso de la zábila con diversos objetivos, sino también como uno de los objetos más expresivos asociados a un conjunto de clara filiación de naturaleza espiritual, en el que se localizan las herraduras con siete  agujeros, que son colocadas y guardadas en el matero, que casi siempre es de barro, tres frascos acompañando la zábila y hay personas que colocan también un imán.

La raíz de la zábila siempre debe colocarse para arriba. Nos refiere Luís Cazorla que a la zábila debe colocársele oro y plata para que surta el efecto deseado; refiere asimismo que los árabes creen en el poder de resurrección de esta planta milagrosa; ellos atan la zábila con una cinta de cuero de caimán, según él.

Religiosidad popular

Escuchamos decir que Juana, así, a secas, es una de las personas más espirituales del barrio, en este caso vinculada al catolicismo. Conviviendo con esta religión oficial, muchas personas tienen creencias de otro tipo. Mario Aular entrevistó a una persona, ya fallecida, que hacía consultas espirituales empleando el agua.

Costumbres funerarias

Existe una zona del comportamiento y la vida del hombre que ilumina como ninguna otra su cosmovisión y modo peculiar de ver la vida. En ella, la idea de la muerte y la manera peculiar con que se la suele tratar ocupa un lugar privilegiado, una rendija por donde podemos mirar al interior, al alma del semejante para sentir el pálpito que generalmente no salta a primera vista. Algunas pinceladas de cómo proceden los vecinos en las ceremonias u honras fúnebres que siguen al fallecimiento de alguien, nos permiten aproximarnos someramente al asunto antes mencionado. Hay acciones que se repiten en lo observado en las culturas de otras sociedades alejadas de la venezolana como la angoleña: la preparación e ingestión de una comida y la música que en el caso de las tradiciones de la sierra de Coro, resultan semejantes. Antes del rezo pintan la casa de vivienda de cualquier color y el día del “último rezo” hacen una comida para los presentes: hervido de gallina o de chivo. A pesar de la seriedad que rodea la costumbre, no falta algún chiste. Las familias de origen serrano cantan salves.

 

 

Solicitud de Casa de la Cultura

La comunidad La Guinea, a través de algunos de sus cultores populares y educadores, ha manifestado algunas necesidades culturales insatisfechas. Las actividades artísticas que se organizan anualmente, de atrayente significado social, como las del Día del Niño y el Día de las Madres; no reciben el sostén ni tampoco la atención adecuada de parte de los organismos oficiales responsables del servicio cultural del Estado Falcón. Se trata de hacerles un seguimiento directo y permanente a las actividades y eventos que los vecinos realizan anualmente sin ninguna orientación ni apoyo. También manifiestan que en el barrio existen terrenos, como el sitio conocido por El Llano, ubicado en las calles Progreso y Providencia, donde la Alcaldía podría construir una Casa de la Cultura. INCUDEF podría sumarse a la coordinación de una reunión en la que los vecinos hiciesen estas solicitudes a través de la organización que atiende la comunidad, como el Consejo Comunal, asociación de vecinos, las Unidades de Batalla Electoral (UBE) y el programa Barrio Adentro, por nombrar algunas; podría incluso, junto al I.N.E, elaborar un diagnóstico socio-político e impartir el taller F.I.D.E.S.-L.A.E.E., así como acciones concretas con las que nos hagamos eco de tales pistas o reclamos. Así podríamos ganar tiempo a fin de elaborar estrategias encaminadas a darle respuesta a tales necesidades.

PERSONAJES POPULARES

Rafael José Hernández* ha rescatado del olvido a un personaje coriano como extraído de las catacumbas, algo así como el Coco con que se le mete miedo al niño, pero con apariencia espeluznante. La leyenda de Quéquere empezó a tejerse con sus propias manos cuando, sobreponiéndose al estado de desmadejamiento de sus piernas, construyó un carrito rústico con el que, ayudado por un  amigo, en cierta ocasión paseó por la ciudad. Se instaló en el inconsciente colectivo del coriano como una referencia que, al evocarse, era asociada al terror, a lo desconocido, a lo que se teme o al misterio.

Quéquere también pertenece al dominio de los saberes; lo demuestra la expresión local lamentablemente en desuso: “eso no lo sabe ni  Quéquere”, que confirma el vasto alcance y dominio del conocimiento de este personaje legendario, al punto que llegó a saber de buena tinta la vida y milagros de todas las familias de la ciudad.

 

 

 

*Rafael José Hernández: “Personajes populares corianos” p. 100 – 101, en Luis Alfonso Bueno: De Coro y de corianos. Caracas, 1976.

 

 

Vivía justamente en la salida de la ciudad; por el frente de su casa, camino a la sierra coriana, transitaban las tropillas de mulas, cuyos arrieros le compraban las lámparas que él fabricaba con potes vacíos. Las bestias campaneras las llevaban colgadas para alumbrar “los oscuros peñascales de las cumbres”. El pago se lo hacían en especies; como panelas, papelón o pescado. Con la hojalata de los potes hacía también reliquias para santos.

Así como su llegada a Coro e instalación en el barrio La Guinea estuvieron envueltos en la bruma, así también su muerte, ocurrida allí, selló su paso por este espacio habitado.

Límites Geográficos

La ciudad de Coro se había extendido hacia el Sur a consecuencia del creciente interés de sus habitantes por apropiarse del espacio donde habían sido sembradas las mencionadas huertas. Para el año 1887,  cuando es levantado el inmueble de la iglesia de San Antonio, el barrio La Guinea se había consolidado como un asentamiento urbano poblado por Loangos o “Negros Holandeses”, descendientes de los negros africanos esclavizados, traídos a Coro desde la vecina isla de Curazao.

El licenciado Arcadio González,  cronista oficial del Municipio Miranda, ha hecho una tenaz indagación en torno al origen y desarrollo de sus parroquias. Según él, el Estado Falcón fue dividido en virtud de la Ley de División Política Territorial en Distritos y cada uno de éstos, a su vez, en Municipios. Así el Distrito Miranda se dividió en los Municipios Urbanos San Gabriel, Santa Ana y San Antonio; más tarde fueron instituidos los Municipios—que califican de “foráneos”— Guzmán Guillermo, Mitare y Gil. A partir de 1972, la ciudad de Coro comenzó a funcionar como capital de los tres primeros. Posteriormente, “la denominación política de Distrito desapareció, al ser aprobada la Ley de Reforma Parcial de la Ley Orgánica de Régimen Municipal, publicada en Gaceta oficial Nº 4109 del 15 de junio de 1989”, quedando entonces el Municipio Miranda dividido en las parroquias San Gabriel, Santa Ana, San Antonio, Guzmán Guillermo, Mitare, Sabaneta y Río Seco; esta última parroquia, según la Ley del 18 de diciembre de 1993.

Arcadio González indica el año de 1574 como la fecha en que posiblemente aparecieron estos primeros negros introducidos aquí por la necesidad de brazos “para la pesca de perlas”; también menciona a Jácome de Castejón como uno de los principales traficantes de negros, quien era hombre cruel y sin escrúpulos. Este autor deriva las comunidades Los Ranchos, Curazaito y Las Panelas de un núcleo poblacional inicial, además de afirmar que Curazaito está muy emparentado con los grupos de pobladores de la Isla de Curazao, indígenas pertenecientes a la etnia denominada caquetía.

                                                          

 

 

 

 

 ANEXO

 

El tambor coriano

Existe un fondo inexplorado en la historia del tambor coriano. De lo que se trata entonces es de develar la trama, los hilos de esta tela  de araña que nos permitan conocer cómo era aquel instrumento cuando surgió y cómo, cuándo y por qué evolucionó hasta llegar a su conformación presente. Tengo la presunción de que en sus inicios el “tambor coriano” era un solo instrumento, que era percutido por una sola persona y luego se fue socializando lentamente, hasta ser ejecutado por varias personas que se relevaban en el toque durante algún evento familiar o de mayor alcance colectivo, como el de una festividad religiosa. En el principio constituyó un vínculo, un canal de comunicación con el África ancestral de la cual había sido desarraigado el negro reducido a la condición de esclavo mediante el engaño y la violencia; luego se convertiría en un factor de unión para enfrentar en tierra extraña las adversidades propias de la situación del destierro.

El propio nombre con que se le bautizó y permanece hasta el presente apunta en esta dirección. “El tambor coriano”, y  no “el baile coriano”, nos lo indica notoriamente con claridad meridiana. El Maestro coriano Miguel Lugo nos lo confirma con una afirmación categórica: “bailar el tambor coriano no vale nada,  sino el repicarlo”. Sin menospreciar cualquier otra expresión artística añadida o resultante de una evolución o circunstancia a la que se ha llegado, no obstante la tradición está señalando con esto su núcleo principal de partida, que es a su vez el foco centrípeto en el que se confluye y en el que subordina al resto de las expresiones artísticas que giran en torno de sí. De ahí que en el habla común, tanto como en ese fondo inescrutado e inexplorado, reviente la palabra “tambor  como elemento de referencia simbólica, a la vez que remitente a un pasado ancestral y a un núcleo aglutinador de personas sometidas a la aculturación y al despojo violento de todo arsenal  de símbolos connotativos de  un origen.

Asumiendo esta perspectiva, el tambor coriano tal vez deba ser interpretado como el grito desesperado del oprimido que agarra en las manos el medio más eficaz para sobrevivir ante una situación de violenta deculturación. El baile podría ser visto así como algo que se le añade posteriormente, en medio de un proceso de transculturación enmarcada en ese proceso agresivo. Tambor remite a África; África es sinónimo de esclavitud para el colonizador y esclavo significa ser carente de cultura ante sus ojos, y los ojos de los grupos sociales que continuarán ejerciendo el dominio colonial y que lo prolongarán durante las denominadas Repúblicas. Era necesario, pues, desdibujarlo, debilitarlo o hacerlo desaparecer si fuese conveniente, más sobre todo a partir del conato de insurrección liderado por José Leonardo Chirino, en la sierra coriana, a mediados de la década de los noventa del siglo dieciocho.

El tambor tendría que negociar con la cultura dominante su status y ubicación en la sociedad colonial y postcolonial para garantizar su supervivencia. Se adaptaba a las exigencias del colonizador o desaparecería: tal era la dramática disyuntiva a la que se enfrentaba. En el juego con el poder que lo negaba, aparecerían estrategias de resistencia; de una de esas estrategias se derivaría el crecimiento del número de tambores de la agrupación instrumental y la incorporación de otras expresiones artísticas, como la danza de carácter étnico y luego otras formas de representación escénica, que incluían el baile. Como resultante, en lo relativo al contenido  de esas ricas expresiones escénicas, éste se desarrollaría hasta concretarse en  un campo  semántico cada vez más amplio y abarcador. En lo adelante, decir tambor en cualquier sitio del actual Estado Falcón significaría corianidad, que es como actualmente se le percibe y recibe en la gente común, no sólo en los vecinos de los barrios marginados de la ciudad. Es lo que nos manifiesta el joven docente de percusión Gustavo Ricaurte cuando se refiere a que, para el conocedor, tanto el tambor veleño, como el marinero o cumarebero, o aun el serrano, se le califica con ese linaje.

Un cerco racista y contracultural habría sido impuesto por la clase dominante desde la colonia para impedir el reconocimiento de los valores creados por el pueblo en lo relativo a su espiritualidad. La clase social dominante, primero los oligarcas y luego los burgueses, se propondrían como estrategia de dominación en el campo de la  cultura, descalificar al complejo cultural denominado “tambor coriano”, para así impedir que se siguiera manifestando como lo había hecho en el pasado. No se trataba de una acción aislada. Todo lo contrario. Esta descalificación formaba, y forma aún parte, de la plataforma de dominio que abarca un conjunto de actos dirigidos a colocar en primer plano a la “cultura oficial”, con la que siempre se ha impuesto la imagen de lo que debe entenderse por cultura. Todo lo demás, si no carece de valor desde su punto de vista, cuando más, es subalterno: está en segundo plano  y, como tal, debe tomarse como algo secundario, que en cualquier momento puede ser colocado a un lado.

En el transcurso del siglo XX los curazoleños asentados en Coro desempeñaron un papel muy importante en la reafirmación del tambor como signo emblemático de la expresión artística de la cultura tradicional popular que había sido negada y excluida durante mucho tiempo. Hemos mencionado los nombres de algunos de los personajes más destacados en esta labor. Ellos posibilitaron que en la memoria colectiva del barrio La Guinea de la ciudad de Coro, se mantuvieran presentes algunos elementos que remitían al pasado ancestral, en particular aquellos que siempre quisieron borrar. Volvamos a recordar los bailes del tambor que tenían lugar en La Guinea en el período de la insurrección de José Leonardo Chirino, nunca olvidemos cómo se dejaba traslucir en sus cantos lo que se estaba gestando en la sierra coriana en relación con la insurrección encabezada por aquel hombre mestizo (zambo), pero que contaba con la adhesión de esclavos, negros, mulatos libres y de parte de la población aborigen.

Asimismo los curazoleños abrieron el camino para que se estudiaran y aprendieran nuevamente las claves del tambor, debilitadas o relegadas durante un tiempo. A su lado, compartiendo un espacio cultural entendido peyorativamente como “folclore, se situaron algunos corianos que habrían de adquirir los conocimientos indispensables para que el tambor coriano no muriera. En páginas anteriores hemos proporcionado sus nombres, que deberán ser objeto de investigación por los estudiosos y cronistas de sus localidades. Cuando logremos materializar nuestro proyecto de Museo del Barrio La Guinea, al pie de sus retratos o fotos deberá colocarse la síntesis de sus biografías para que la comunidad conozca sus méritos y, tanto niños como jóvenes, tengan en ellos dignos modelos con que orientar la comprensión de su pasado y su comportamiento actual.

Mucha gente ignora el lugar en que se tenían a aquellas numerosas y ricas expresiones de la cultura tradicional popular. Debe estimularse para que se active la memoria colectiva, en especial en aquellas zonas en que se ha producido una manipulación en el inconsciente para que no afloren los recuerdos. El tambor coriano no sólo fue menospreciado y colocado en espacios marginales de la sociedad neocolonial, sino también fue excluido y perseguido durante mucho tiempo hasta períodos recientes, previos al actual proceso de la revolución bolivariana. Disponemos de testimonios de vecinos del barrio La Guinea-Curazaito, que dan cuenta de cómo las “señoras damas, esposas de la godocracia” local veían con malquerencia a las muchachas pobres que se sumaban a los desfiles del tambor por algunas calles de Coro durante diversas  celebraciones festivas, como las del inicio de las Navidades. Estas damas estaban animadas no de un natural celo por sus parejas masculinas, sino motivadas en su inconsciente por arraigados prejuicios sociales que las predisponían a rechazar y alejar del espacio social en que ellas se desenvolvían (léase el actual mal denominado casco histórico o centro colonial de la ciudad mariana), la música de aquellas personas de barrio que necesariamente había que mantener a “distancia.”

Fue así como esas señoras lograron promover un estado de opinión dirigido a movilizar a las autoridades gubernamentales del municipio en contra del tambor coriano. Según obra en el Archivo Histórico de la actual Alcaldía Miranda*, se promulgó entonces un decreto del jefe militar y civil Gabriel A. Reyes, en que se califica “al tambor o mabil de espectáculo que desdice en alto grado de la cultura y civilidad de los pueblos” y  en él se discurre que con semejante espectáculo se ofende la moral pública. En consecuencia, mediante tal instrumento legal se ordena prohibir “semejante baile en las partes céntricas de la población”.

La represión no se quedó en semejante acto de marginación o exclusión, sino que iría más allá; así,  en otra de sus medidas, obligaba a la gente humilde de los suburbios donde ese instrumento era guardado celosamente y se realizaban tales

celebraciones asociadas a él,  obtener previamente el permiso correspondiente de la primera autoridad del Distrito, que era como se llamaba entonces al Municipio.  Comprobamos con ello cómo se determinaba, sin decirlo explícitamente en el texto del mencionado decreto racista, su prohibición: se exigía, como requisito indispensable, que dicha solicitud se hiciera “en papel sellado de la clase sexta y

 

 

 

con estampilla de instrucción de 50 céntimos, comprometiéndose  el solicitante a responder del orden”, mientras se celebraran las fiestas populares en el barrio al que se le confinaba.

Faltaba dar todavía una última vuelta de tuerca para estrangular al humilde, que era precisamente la más fuerte, la de tipo económico: el solicitante debía pagar previamente diez bolívares, que era un capital en la época ¡”y si contravenía lo dispuesto, diez o veinte bolívares o arresto correspondiente”! La espada de Damocles era colocada en la cabeza de la gente humilde a la que se arrinconaba en sus guetos, en los que podía divertirse y reafirmar su identidad local, sin tener que cumplir con requisitos que no estaban al alcance de los bolsillos de gente pobre, negra, mulata y sin recursos materiales, quienes sólo disponían de lo más elemental para mantenerse en un nivel de sobre vivencia.

 

 

 

 

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­

 

 

 

­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­­ * Libro de resoluciones y decretos de la gobernación del Distrito Miranda Años 1903-1906.Documento II, folio 11-12. Alcaldía Miranda .Archivo Histórico.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

¿FRANCISCO DE MIRANDA EN EL BARRIO LA GUINEA?

     Pareciera que hasta el presente se haya querido ocultar la presencia del Generalísimo Francisco de Miranda en Coro, donde permaneció durante varios días y dictó su célebre proclama al mundo. Pocos imaginan que tan ilustre revolucionario estableció su cuartel general muy próximo al barrio La Guinea de esta ciudad, Patrimonio de la Humanidad. El estudioso falconiano Ángel S. Domínguez, en su excelente crónica “Los corianos de 1806”, ha recogido la movilización que las autoridades coloniales españolas hicieron en el barrio La Guinea para desacreditar al Generalísimo Francisco de Miranda poco antes de su  desembarco por el Puerto Real de La Vela de Coro, el tres de agosto de 1806.

     Las comisiones creadas  para organizar la protección del territorio coriano recorrían los vecindarios y el capitán al mando alistaba “precipitadamente a todos los peones que estaban al alcance de la mano”. Se puso en juego un modelo de animación socio-cultural defensiva para que la gente se aprestara a tomar las armas; a Miranda se le colgó el epíteto de “el jacobino”, equivalente al de tránsfuga o a algo más degradante: a un hombre sin moral, sin religión y sin escrúpulos; por tanto, capaz de cometer los crímenes más horrendos. Al pueblo se le explicó que aquel hombre tan desprovisto de principios había llegado al extremo de enarbolar una bandera tricolor a la que adornaba con “signos misteriosos”. Aquel que pintaban poco menos que de pirata o filibustero, pues, era un hereje o nigromante.

Resulta de mucho interés estudiar el mecanismo de que se valió el tambaleante imperio español para actuar en la conciencia social del coriano a nivel de las comunidades de base y, especialmente, en la familia coriana, para instalar en ellas el miedo. Se operaba con pleno conocimiento de causa de la mentalidad conservadora del coriano, reforzada por un catolicismo que no existía ni en la propia España. Para reforzar el rechazo al enemigo invasor, se le descalificaba culturalmente, es decir, se le retrataba como un forastero – jacobino era sinónimo de francés -  que violentaba el código de moral que todos compartían; era antirreligioso y, en consecuencia, en disposición de cometer las acciones más atroces. Para alcanzar sus fines, había sustituido al pabellón “patrio” por otro en que había inscrito esos símbolos sospechosos.

 

Esto fue lo que tanto los españoles como los criollos corianos se encargaron de hacer circular en el barrio. Tengamos presente que La Guinea estuvo vinculada al levantamiento de José Leonardo Chirino, tras cuyo sanguinario aplastamiento se reinstaló el terror. En la conciencia colectiva permanecían muy vivas las escenas dantescas de la decapitación de los “negros loangos” que acompañaron al curazoleño luango Josef de la  Caridad González ante el Presidente Gobernador y

Capitán General, el Teniente Justicia Mayor Don Mariano Ramírez Valderrain, para pedirle armas con que enfrentarse o apoyar –según los colonialistas—al zambo rebelde de la hacienda Macanillas. La insurrección se había apoyado en “la ley francesa”, que decretaba la libertad para todos los esclavos. ¿Se comprende mejor por qué a Miranda ahora se le calificaba de “jacobino”? 

    

     Este último adjetivo removía en la mente de los   atribulados vecinos de Coro el recuerdo de las ejecuciones sumarias y otras violentas acciones, como el confinamiento, la deportación o la venta de esclavos e indios, hechos prisioneros después que fueron masacrados los “negros de la sierra coriana”.

 

 

 

 

 

 

        

     Se puso en juego un mecanismo basado en el buen empleo de la historia y del conocimiento de la cultura para conseguir fines prácticos de inmediato alcance. Con aquel mecanismo se lograba el control de la población más humilde del barrio: los descendientes de los negros esclavos y la población mestiza, quienes se sentirían así encadenados. Al mismo tiempo, se lograba que el reclutamiento forzado fuese más efectivo; de modo que el capitán de pardos podía estar seguro de que los peones de La Guinea que él alistaba habían sido preparados ideológica y culturalmente para que se aprestaran a enfrentar al diablo jacobino. Obviamente, aquí nos estamos asomando a uno de los expedientes a que se apelaba para enfrentarse al cambio revolucionario que a la larga habría de triunfar. El estudio sistemático de fenómenos como el presentado aquí habrá de aportar nuevos datos y luces que iluminan el pasado y que nos permitirá comprender mejor el presente.

Lo cierto es que el mecanismo ideológico y cultural que se puso en práctica logró eficientemente su objetivo: amedrentar a la mayoría de la población y predisponerla negativamente ante el trascendental  hecho histórico que se estaba produciendo ante sus atónitos ojos. El Generalísimo Francisco de Miranda caminó por las aterrillantes  calles corianas, sin encontrar en ellas una ventana que se le abriera para recibirle, ni un alma de entre sus mismos coterráneos que le manifestara, al menos, su adhesión para reconfortar a aquel sabio que había elegido a Coro como escenario ideal donde proclamar al mundo, que una nueva patria había nacido en su natal Venezuela. 

Muchas razones han sido alegadas para explicar la negativa casi absoluta a brindarle abrigo a aquel cuya vida había consagrado a transformar al hombre en un ser libre y a luchar por esa sociedad plenamente independiente. La falta de confianza instalada en el pueblo o la ignorancia que atenazaba a la inteligencia tampoco bastan a la sombra de un avasallante  poder colonial, se habían abierto paso los intereses de un minoritario grupo social devenido luego en godocracia, que ejercía un control y  dominio tiránico en torno a las ideas, valores y pautas culturales que circulaban entonces, impidiendo su ingreso en la conciencia del pueblo. Por el contrario, las matrices de opinión y los estereotipos sociales impuestos terminan por producir algunas expresiones culturales  contrarias al ideal independentista.

Ángel S. Domínguez, cuya crónica glosamos, es concluyente al afirmar que el coriano se había convertido en un “pueblo arisco, desconfiado y siempre presto a tomar las armas para defender sus hogares y hasta su propia existencia”.

La mentalidad belicosa del coriano la  interpreta, como un fruto de la formación de la juventud desplegada por los españoles, quienes intencionalmente exaltaban en ella valores como los de la lealtad y la valentía, siempre enfilados a rechazar todo asomo de liberalismo o de alguna idea que pudiere asociarse al separatismo. Defensa a ultranza de lo propio frente a enemigos foráneos, que esporádicamente se asomaban a las costas corianas para el saquear; la lealtad a la corona española como una condición para mantener el estatus social alcanzado y, en consecuencia, rechazo a lo exótico visto como elemento perturbador y finalmente,  conducta conservadora en lo social como soporte del realismo, hicieron del coriano ese ser conservador que explica su conducta ante el paso de Miranda por las calles de la ciudad mariana.

De todos modos hay que seguir buscando en la historia para proporcionar explicaciones más ricas y comprensibles a comportamientos sociales como el apuntado. Sólo así estaríamos  en condiciones de asomarnos a lo que pasó en el interior de los grupos asentados en barrios periféricos como el de La Guinea; de seguir los latidos de su ser expresados en las expresiones de la cultura tradicional popular y de acercarnos al conocimiento de cómo se instaló o no en el inconsciente colectivo o qué  huellas invisibles o tangibles dejó en él.

 

Santa de Coro, marzo 31 2006.

 

 

 

 

 

 

 

Ángel S. Domínguez.: “Los Corianos de 1806”, p.78 –82,  en Luís Alfonso Bueno: De Coro y de Corianos.  Caracas, 1.976.

 

 

 

Decreto de la Alcaldía Miranda restituyéndole su nombre original al barrio La Guinea y demarcándolo territorialmente.

 

 

 

 

 

 

Nota sobre los autores:

Licenciado José Millet, (Cuba, 1949). Filólogo. Profesor universitario. Investigador Auxiliar, categoría científica otorgada por el Ministerio de Ciencias, Tecnología y Medio Ambiente de la República de Cuba. Premio Nacional en Investigación Socio-cultural otorgado por el Ministerio de Cultura de ese mismo país por la obra El vodú en Cuba y Premio Nacional compartido en Investigación Socio-cultural por la obra Barrio, comparsa y carnaval santiaguero. Fundador del Festival del Caribe (1981) y de la Casa del Caribe (1982), instituciones de referencia a nivel mundial en lo que respecta a la promoción y al estudio de la cultura caribeña y de las culturas tradicionales de los pueblos de la región. Miembro de la Unión Nacional de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) y del Grupo de Estudios Regionales del Consejo Europeo de Investigaciones sobre América Latina (CEISAL). Dirige el Centro de Investigaciones Socioculturales del Instituto de Cultura del Estado Falcón, en la República Bolivariana de Venezuela.

Licenciado Manuel Alejandro Ruiz Vila (Cuba, 1947). Sociólogo. Subdirector de la Casa del Caribe, de la cual ha sido uno de los forjadores del principio de la factibilidad de la autogestión económica en las instituciones culturales, voluntad que también ha obtenido una validación rotunda con la realización exitosa de veintiséis ediciones del Festival del Caribe, organizado por esa prestigiosa Casa. Su campo de estudios son la sociología rural y las pequeñas comunidades. Premio Nacional compartido en Investigación Socio-cultural otorgado por el Ministerio de Cultura de la República de Cuba por la obra Barrio, comparsa y carnaval santiaguero, publicada en la República Dominicana en 1997. Numerosos trabajos suyos han visto la luz tanto en su país natal como en el extranjero.

Pedro Eduardo Concepción (1955), Luís Cazorla (1970), Oscar Lázaro (1966), Enzio Provenzano (1976), Zulay Castejón (1964) y Orlando Moreno (1981) son venezolanos  que se desempeñan  como empleados del Instituto de Cultura del Estado Falcón y colaboradores científicos del equipo de estudio de su Centro de Investigaciones Socioculturales.

 

Fuentes escritas y orales compulsadas:

 

Aular, Mario (compilador): La Guinea, documentos. Coro, 2004.

Domínguez, Angel S: “Los Corianos de 1.806”, p.78 –82,  en Luís Alfonso Bueno: De Coro y de Corianos.  Caracas, 1.976.

 

García, Jesús: Aprendamos de la historia y la cultura afrovenezolana. Venezuela, 2003? Fondo de Canadá para iniciativas locales (FICL)

González Acosta, Arcadio: “El barrio La Guinea”. Periódico La Prensa, Coro, Falcón.

Instituto Nacional de Estadísticas (Capítulo Falcón): Multimedia.  

Documentos de la insurrección de José Leonardo Chirino. Caracas. Fundación Historia y Comunidad. 1ª. Edición, 1994.

Millet, José; Manuel Ruiz Vila y Rafael Brea: Barrio, comparsa y carnaval santiaguero.  Santo Domingo, República Dominicana, Editora de la UASD, 1997.

James, Joel; José Millet y Alexis Alarcón: El vodú en Cuba. Santiago de Cuba, Editorial Oriente, 1998.

 

Libro de resoluciones y decretos de la gobernación del Distrito Miranda Años 1903-1906. Documento II, folio 11-12. Alcaldía Miranda. Archivo Histórico. Coro, Falcón.

Lugo, Juan Ramón: A propósito de Doscientos años de olvido. Caracas, Fondo Editorial IPASME. 2006. Sánchez, Rafael: Curiana / Instituto de Cultura del Estado Falcón/ 1970.

Sánchez, Rafael y José Pero: Coro, aspectos históricos (volumen II.) Coro, Ediciones Corianidad [1991]

 

Entrevistas:

 

Miguel Lugo; Olga Camacho; Ana Lucía Pirona; Francisco “Chico” Rojas; Minerva Lugo; José “Chino” Solís; Orlando Maduro, Demetrio Ulacio, Andrés Chirino, Luis Salvador Ruiz, Carmen Acosta de Ruiz, Pedro Maduro, Gregorio Curiel, Josefina Curiel, Judith Rojas, Mirian Gómez, Salomón Tellería, Norma Curiel, Geraldine D. Curiel, Henry Curiel, Cleotilde “Tiota” García, Carmen “Meya” Ugarte, Tulio Ugarte, Lauro Quintero, Juan Quintero 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

/Colofón/

 

 

 

La Guinea, barrio afrocaribeño de Coro, editado y producido por el Instituto de Cultura del Estado Falcón. Se imprimió en los talleres__________________ de la ciudad de_________________, consta de una tirada de ___________ejemplares, en el mes de__________________ del año 2006, Año Bicentenario del desembarco por La Vela de Coro del Generalísimo Francisco de Miranda.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Autores del libro. De izquierda a derecha, Luis Cazorla, Oscar Lázaro, José Millet, Enzio Provenzano, Orlando Moreno y, detrás, Eduardo Concepción. Foto de Henry Curiel, tomada en el patio del edificio Santa Rosa, sede de INCUDEF, en Coro, Estado Falcón,

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