la luna


[…]“Pon una hoja tierna de la luna debajo de tu almohada y mirarás lo que quieras ver. Lleva siempre un frasquito del aire de la luna para cuando te ahogues, y dale la llave de la luna a los presos y a los desencantados.”[…]. Con este breve fragmento del poema de Jaime Sabines, la luna se revela como una inagotable fuente inspiracional de escritores y poetas. Sin embargo, definirla únicamente en estos términos sería injusto e incompleto, ya que la luna ha escrito innumerables capítulos en gran cantidad de materias. Desde los inicios de la humanidad, el culto a la luna ha dado origen a numerosas leyendas entorno a ella, otorgándole incluso atributos divinos, animales o humanos. Simbolizando el poder femenino y llamada Reina del Cielo, la luna también ha escrito largos capítulos en las antiguas mitologías. Su variable presencia en nuestros cielos ha permitido elaborar precisos calendarios que han ayudado a las antiguas civilizaciones a desarrollarse y sofisticarse. Desde los tiempos de históricos matemáticos y astrónomos como Tales de Mileto o Galileo Galilei, la luna ha sido objeto de estudio, proporcionándonos no sólo información sobre ella sino también sobre nuestro propio planeta y el sistema solar. La luna, pues, ya sea en materia intangible o empírica, ha estado, está y estará siempre presente en el pensamiento del ser humano. Es un objeto astronómico fascinante y el hecho de estar presente en nuestros cielos casi a diario, la convierte en el punto de partida de muchos aficionados a la astronomía.

La luna, único satélite natural de nuestro planeta, es una esfera rocosa de color grisáceo y con una debilísima atmósfera. La separan de nosotros 384.000 kilómetros y cuenta con un tamaño casi cuatro veces menor que nuestro planeta. Para hacernos una idea de las escalas, la Tierra sería un balón de fútbol y la luna una pelota de tenis que rotaría a unos diez metros de distancia. Su proximidad a nuestro planeta, entonces, la convierte en el astro más estudiado y el único que el hombre ha pisado.

El origen de la luna tiene varias teorías pero la más aceptada por la comunidad científica en general es la ‘Hipótesis de Impacto’. Esta teoría supone que nuestro satélite se formo a partir del impacto de un gran cuerpo celeste (del tamaño de Marte) sobre la Tierra. Tal impacto, que se produjo en los inicios del sistema solar, expulsó grandes bloques incandescentes de la corteza terrestre al espacio, quedando atrapados posteriormente en su órbita a modo de anillo. Con el tiempo, las rocas de este anillo se fueron aglutinando y conformando el nuevo cuerpo. Este último proceso recibe el nombre de acreción.

La luna tarda 27,3 días en dar una vuelta en torno a la tierra, que es el mismo tiempo que invierte en rotar sobre si misma. Esto explica porque la luna nos muestra siempre la misma cara. A simple vista, la característica más llamativa de la luna es su cambiante apariencia. La luna, cuyo brillo está provocado por el reflejo de los rayos solares sobre su superficie, aparentemente crece y mengua a lo largo de su órbita. Esto es lo que definimos como fases lunares, que se deben a cómo la luz del sol incide sobre la superficie lunar en el transcurso de las diferentes posiciones que la luna registra a su paso orbital sobre la tierra.

Sin ayuda de instrumentos ópticos tampoco pasan desapercibidas las dos regiones diferenciadas que nos muestra la superficie lunar: las regiones claras y las oscuras. Éstas últimas, denominadas también mares, son bastas regiones inundadas de lava solidificada que afloró del manto lunar como consecuencia de los violentos impactos de meteoritos hace miles de millones de años. A simple vista podemos ver el Mar de la Tranquilidad, el de la Serenidad, el de la Lluvia o el Océano de las Tempestades. Estos impactos, asimismo, dieron origen a los cráteres, la mayoría presentes en las regiones claras o tierras altas, que también alojan montes y cordilleras. Con ayuda de unos prismáticos, podemos ver los cráteres Tycho, Clavius, Copérnico, Arquímedes o Platón. Algunos montes y cordilleras son visibles con la ayuda de un pequeño telescopio, como los Montes Apeninos, uno de los más hermosos, con picos que llegan a los 5.000 m de altura. Los Montes Apeninos se formaron por el impacto de un meteorito que provocó la elevación de la corteza lunar. Cabe destacar que la luna carece de placas tectónicas, así que la formación de cordilleras y montes es diferente a la que se da en la Tierra. La mejor manera de apreciar con claridad las formas y relieves que presentan los accidentes topográficos lunares es observando cerca del terminador. El terminador es la línea que separa la luz de la oscuridad, sobre la superficie lunar. El modo en que la luz del sol incide en esta zona genera sombras más alargadas en los accidentes, destacándolos.

Se podría contar muchísimo más acerca de la luna, pero la mejor manera de conocerla es acercándose a ella, viéndola, sintiéndola. Tenemos a nuestro satélite más cerca de lo que nos pensamos. Si tenéis en casa unos viejos prismáticos o un telescopio, desde Astromenorca os animamos a echarle un vistazo. Sin duda, os va a sorprender…





 Astromenorca.

 

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