La Escalera de los Siete Escalones

 

Si bien se mira, hay en la escalada de la supresión de la dignidad de la persona humana –abolición del hombre, se ha llamado-, una lógica implacable que había de llegar hasta las últimas consecuencias. O se renuncia a las premisas, o la conclusión es inevitable.

Por Antonio Orozco-Delclós

Arvo Net, 7.3.2007


Publiqué este artículo al comienzo de la década de los 70. Volví a hacerlo cuando se desató en España la polémica sobre la eutanasia. Ahora ya estamos con todas las fronteras dinamitadas. No hacía falta ser profeta, sino simplemente ver en unas premisas puestas, la conclusión lógica.

Era perfectamente previsible hace muchos años, sin necesidad de bolas de cristal, que poco después de la polémica sobre el aborto y su legalización, en más o menos supuestos, llegaría la polémica sobre la eutanasia y se legalizarían, si no se volvía atrás, toda clase de perversiones antropológicas. Si bien se mira, hay en la escalada de la supresión -vergonzante pero efectiva- de la dignidad de la persona humana –abolición del hombre, se ha llamado-, una lógica implacable, aunque coexista con declaraciones y hechos contradictorios. El bien tiene su lógica, y el mal la suya. Junto a este artículo publicamos el del Dr. Javier De las Rivas, biólogo investigador del CSIC,  Sexo y vida inhumanos, quien desde su propia óptica, coincide en mostrar la escalera implacable que ha conducido al holocausto oculto, al que estamos asistiendo. Dios quiera que no lleguemos a contarnos entre los que miran hacia otro lado. No somos pocos los insumisos.


LA LÓGICA DE LA CIENCIA DEL BIEN Y DEL MAL

Como es bien sabido, la «ciencia del bien y del mal» es el 
desideratum de los especímenes más listos del género humano. El anhelo se remonta a nuestros primeros padres y consiste en la habilidad de meter en el mismo recipiente el bien y su contrario el mal. Se trocean bien troceados uno y otro hasta obtener una masa informe donde la confusión sea máxima. Se deja reposar hasta que la otra masa, la humana, ande distraída. Es el momento de administrar la exquisita sustancia al ciudadano, ya en condiciones de subir la Escalera de los Siete Escalones, a saber:

Primer escalón. Se reivindica el derecho a limitar a cualquier precio la natalidad. Ya somos señores de la vida; la damos cuando queremos y como queremos y a quien queremos (enseguida vendrá la FIVET). En este escalón se descubren los anticonceptivos, físicos o químicos, y comienza la metamorfosis que ha de culminar en la conversión del especímen humano en Dios y Señor del universo.

Segundo escalón. Si soy dueño de la vida, lo soy también de la muerte. Quien tiene poder de dar la vida cuando quiere, está sólo a un paso, a un escalón, de poder quitarla cuando quiera. En este segundo escalón -a nivel más alto que el primero- ya soy el señor del aborto. Ya puedo matar sin remordimiento de conciencia. De momento me limitaré a matar a las personas más pequeñitas, que no tienen siquiera voz para reivindicar nada. Los pasos se van añadiendo al liquidar cualquier impedimento legal.

Tercer escalón. Si soy dueño de la vida y de la muerte, es evidente que debo serlo no en un sentido relativo, sino absoluto. O somos o no somos: el dueño de la vida no lo es para unos casos sí y otros no. Mi poder ha de manifestarse en la capacidad de sentenciar a muerte siempre que me parezca razonable, por ejemplo, cuando alguien tiene una enfermedad terminal que le hace sufrir mucho. Es preciso subir este escalón análogamente a los anteriores, sin preguntar a los que saben, por ejemplo, a las personas que investigan y aplican la medicina paliativa, porque nos convencerían de que los enfermos terminales no quieren morir, sino vivir con dignidad, que viene a significar con menos dolor –si puede ser- y –sobre todo- con más cariño. Pero para esto se necesitan médicos competentes y todavía más, alguien que les ofrezca un poco de ese tesoro cada día más escaso, llamado ternura. Como esto no se compra con dinero, es mejor no perder el tiempo y legalizar la eutanasia, comenzando por los casos más llamativos. Luego ya iremos abriendo la mano. Ya somos Dios.

Cuarto escalón: (el orden entre los escalones puede invertirse en ocasiones) producimos seres humanos en un laboratorio, como el de las ovejas, aunque sea a costa de congelar y eliminar millares de seres humanos. Este negocio nos proporcionará pingües beneficios y siempre podremos alegar que esas muertes constituyen un gran privilegio: el de morir en el altar de la Ciencia. Si Augusto Comte resucitara, se felicitaría grandemente al ver sus sueños hechos realidad. Ya tenemos para la nueva religión, la Ciencia, un altar, el Laboratorio; un sacerdote, el Médico o Científico; un nuevo dios: Yo. No debemos pedir que una madre dé su vida por su hijo, pero no hay inconveniente en arrebatar la vida de millares de hijos en el altar del Euro (Dolar, Libra, Yen, etc.). Abolimos la pena de muerte para los malhechores, pero ello no impide dar muerte a las personas pequeñitas, si su sacrificio viene impuesto por nuestra nueva religión, la más compasiva y misericordiosa hacia nosotros mismos.

Quinto escalón: la clonación de seres humanos. Si alguien pensó que el mundo feliz descrito por Aldus Huxley era una historia fantástica, ahora verá lo que es el nuevo Dios. Así podremos conceder el privilegio de los trabajos forzados en servicio de la nueva Religión, a los trabajadores clonados, mientras nosotros nos dedicamos a investigar nuevos especímenes para clonaciones todavía más productivas; o de niños con ojos más azules y que no crezcan, porque "a nosotros nos gustan mucho los niños". 

Sexto escalón: Como la media de vida se alarga en demasía y el mundo es pequeño para tantos dioses, el Estado, por medio del Ministerio de la Vida, decidirá la edad a la que los ciudadanos habrán de morir. Si alguno se niega a obedecer, se le aplicará la modalidad de eutanasia democrática (por mayoría de votos, es decir, por la ley democrática de la vida y de la muerte). El Ministerio de la Vida se reserva el derecho de otorgar prórrogas a los ciudadanos que sean declarados de interés social.

Séptimo y último (?) escalón: Repristinación del proyecto Babel, adaptado a las exigencias de la sociedad moderna. Fuentes bien informadas aseguran que el antiguo Dios Yahvé, injustamente disgustado por la reincidencia, ha convertido a los dioses humanos en expertos. Ahora todos son expertos, con lo que la confusión creada supera todas las previsiones, incluidas las de Yahvé.


EN SERIO

Recuperemos la seriedad del argumento. Cabe constatar que aún no hemos llegado al quinto escalón, ni se ha abierto el séptimo sello. Cabe todavía una rectificación: volver a tomarse en serio a Dios. Dejarle a Él, que es el Sabio, la decisión sobre la vida y la muerte de todos y cada uno. A nosotros nos toca curar cuanto podamos y paliar el dolor, facilitar una muerte serena, lo más lúcida posible con el menor dolor posible, sin violentar la naturaleza de las cosas, respetando y amando a Dios en sus obras y designios. Sabiendo que así, detrás de la muerte está la Vida con mayúscula, el Amor infinito, que es la raíz y el sentido de la vida humana, es decir, lo que confiere a cada instante del tiempo un formidable valor de eternidad.

Es falso que la Iglesia católica defienda el encarnizamiento médico. Lo que defiende es precisamente el derecho a morir con dignidad. Los cuidados paliativos, allí donde sean posibles, son un derecho fundamental. Y bendice a cuantos de una manera u otra procuran paliar el dolor, especialmente el de los enfermos terminales. Es más, los cuidados paliativos -dice- constituyen una forma privilegiada de la caridad desinteresada. Por esta razón deben ser alentados (CEC n. 2.279).

La Iglesia constituye un imponente modelo de cómo tratar a las personas que concluyen su itinerario terreno: los unge con la Unción de enfermos, les confiere el consuelo del perdón de todas sus faltas, por grandes que hayan sido; les alimenta con la Eucaristía, que es el cuerpo y la sangre de Cristo resucitado. Ruega constantemente por la salud espiritual y si es posible física de los enfermos y ofrece continuos sufragios por los difuntos. El empeño por hacer posible a todos una buena muerte es sin duda un servicio eclesial inconmensurable prestado a la humanidad. De hecho, buena parte de la acción caritativa de la Iglesia ha estado dirigida desde sus orígenes a cuidar a los enfermos y aliviar en lo posible el dolor, lo cual se ha manifestado también en la fundación de hospitales, y en la acción de congregaciones religiosas dedicadas a esta labor.

LA CLAVE: LO QUE VALE UN SEGUNDO

La fe cristiana enseña que cada instante del vivir terreno gravitará sobre la suerte eterna de la persona. Suerte no azarosa, sino muy justa. Hay unos versos del Don Juan de Zorrilla que aseguran que «un punto de contrición, da a un alma la salvación por toda la eternidad...» Y añade el sinvergüenza arrepentido: «yo Santo Dios creo en ti, pues si es mi maldad inaudita, tu piedad es infinita. ¡Señor, ten piedad de mi!». La idea podría escandalizar, pero es profundamente teológica. Se puede ser un perfecto cínico, un atropellador universal e implacable y, en un instante de contrición, salvar el alma para siempre. En otra ocasión contaremos por qué resulta arriesgadísimo aplazar la conversión hasta el último momento, pero ahora podemos subrayar que, siendo esto así, cada segundo de la vida sobre la tierra tiene un insospechado valor de eternidad, especialmente el último en el tiempo. De la calidad y contenido de ese momento depende la calidad de la existencia eterna.

Nuestras medidas son inadecuadas cuando se trata de valorar un momento, un segundo, o una eternidad. Para Dios, enseña la Escritura, 
un día es como mil años y mil años como un día. Es decir, para Dios, un instante para nosotros fugaz e inaferrable, es un libro abierto, tan claro y patente como la eternidad. Y lo que a nosotros nos parece eterno (por ejemplo, dos mil años) a la luz de la eternidad es como un ayer que ya pasó.

Podríamos pensar como Augusto Comte: «todo es relativo, sobre todo al tiempo». Pero no es así. Si todo es relativo al tiempo, todo es temporal y la relatividad no tiene donde agarrarse. Todo sería una contradicción. Lo relativo sólo es posible porque hay absoluto. Sólo hay tiempo porque hay eternidad. Un segundo es muy poco porque en cuanto comenzamos a hablar de él ya ha pasado. Pero también es mucho, porque condiciona la vida eterna de la persona. 

Un segundo es mucho tiempo. Si es de dolor, puede parecer una eternidad. Mucho más si es un día, una semana, un año. Pero aunque fueran mil años, si se acaba, ha sido breve, casi nada, porque la vida eterna durará por siempre. Convendría pensar esto larga y despaciosamente. Hemos leído en San Pablo que una breve tribulación, Dios la retribuye con un inmenso e incalculable tesoro de gloria (2 Cor 4, 13-15). Entonces se verá cómo Dios no es injusto —los injustos somos nosotros cuando le juzgamos—, sino infinitamente generoso. 

Si alguno decide 
con lucidez el suicidio, se procura otro sufrimiento más grave y sin final. Ésta es una razón del máximo peso para negarle rotundamente a quien quiera que lo pida, asistencia para esa modalidad de suicidio que ahora, con evidente abuso del lenguaje, se llama eutanasia asistida. Esto sería lo más opuesto a una muerte digna. La dignidad es el concepto que se esgrime para legalizar la eutanasia «activa». Se llama dignidad a lo que todos los diccionarios definen como cobardía: la fuga de un deber, la huida de una responsabilidad personal e intransferible. Se pretende que sea “humanitarismo” asistir semejante dislate. Cuando, en rigor, incluso los pocos que lo piden, no lo pedirían —de hecho no lo piden—, si se les presta los cuidados paliativos y la asistencia religiosa que hoy el mundo civilizado está en condiciones de prestar. Los testimonios son abundantes e inequívocos. Lo que una persona desesperada desea en el hondón de su alma, no es matarse, aunque sus palabras lo digan por un engaño o autoengaño. Lo que el moribundo desearía es precisamente afrontar con verdadera dignidad el trance final. Lo que todo ser humano quisiera es tener el valor de no intentar una fuga imposible y tener en cambio la reciedumbre de permanecer con el espíritu enhiesto en la suprema dificultad.

Una sociedad que legitima la eutanasia suicida no está propiciando muertes dignas, sino la multiplicación incalculable de patéticas cobardías, la justificación de un temor perpetuo a ser conducido al tanatorio por razones exclusivamente utilitarias. Una sociedad que legitima la eutanasia suicida, es una sociedad que está proclamando su ineptitud para ofrecer auténtica solidaridad, afecto, a sus enfermos terminales. Claro es que para dar esto se requiere un concepto muy alto de persona, entenderla como una cierta excelencia en el mundo.

La fe no anula, es obvio, el dolor físico, psíquico o moral, pero con ella se comprende lo que más importa, el 
sentido; y si la certeza de morir nos entristece(reza el prefacio de la misa de difuntos), nos alegra la certeza de la futura inmortalidad. Se puede desear la muerte para ver cuanto antes el rostro de Dios. Y se puede desear también para acabar con los sufrimientos de este mundo. Ninguno de los dos motivos es reprochable. Lo reprochable, y mucho, es que alguno decida terminar su vida por voluntad propia, porque esto significa usurpar a Dios el señorío sobre la vida y sobre la muerte. Además, la legalización de la eutanasia ya está sembrando el pánico entre muchos que huyen de esos países que les amenazan con acabar con su vida antes de tiempo. Rectificar es de sabios. Y los tontos acaban rectificando, si quieren sobrevivir y no llegan demasiado tarde.


©Antonio Orozco-Delclós
ESCRITOS ARVO
SUPLEMENTO ABRIL 1998

 

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