¿Para qué sirve

la astrología?


 

 

La palabra astrología proviene del griego: αστρολογία, de άστρον (ástron), “estrella” y λόγος (logos) “palabra, estudio”, es decir; estudio de los cielos. El estudio de esta “ciencia” se inició desde que el hombre alzó la vista por primera vez hacia el firmamento.

Una de las tradiciones más antiguas indica que este conjunto de conocimientos fue trasmitido a los hombres por un ser mítico llamado Oannes, y sus expresiones se registran desde las civilizaciones más antiguas: los caldeos ya hacían horóscopos, los egipcios predecían el futuro en base a las estrellas, e incluso, los aztecas predijeron la fecha del final de los tiempos.

Muchas personas creen que la disposición de los astros al momento del nacimiento determina su destino, es decir, un plan de Dios concebido como una serie inevitable de acontecimientos que afecta la vida de todos los hombres.

Está creencia es errónea, porque la astrología no es el Libro de la Vida nombrado en el libro de San Juan, donde se registran todos los actos buenos y malos de la humanidad, sino un mapa, un árbol de posibilidades que nos muestra nuestras potencialidades, nuestras tendencias naturales.

Y es que la voluntad o libre albedrío es uno de los regalos más grandes que nos otorgó nuestro Creador, y es absurdo suponer que está atada a un plan divino inobjetable.

Más bien, esta poderosa fuerza nos permite ir avanzado en el laberinto de nuestras vidas, y los muros que limitan nuestro avance son las leyes divinas: la de atracción, la de equivalencia, la de causa y efecto, etc.

Nuestro Ego tiene plena libertad de elegir entre las opciones que nos da Dios, y la astrología nos muestra cuáles son nuestros posibles senderos para alcanzar la realización.

Debemos acudir a esta ciencia no en busca de respuestas absolutas o definitivas, sino de orientaciones, de guías que nos permitan alcanzar nuestros sueños.

El Maestro suele decir que “los astros proponen, pero el hombre dispone”. Al final nosotros decidimos qué hacer con nuestra existencia.

Porque como escribió William Shakespeare en su obra Julio César, el destino “no está en las estrellas, querido Bruto, sino en nosotros mismos”.

 

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