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NATALIDAD

En los países económicamente subdesarrollados, natalidad y pobreza dan lugar a un círculo vicioso. En una familia con muchos hijos, la mera subsistencia consume todos los recursos disponibles, sin que queden remanentes que puedan dedicarse a mejorar el nivel de vida y la instrucción de los hijos. Tampoco los padres pueden mejorar su formación, quedando condenados a realizar siempre las tareas peor pagadas. Los hijos se ven forzados por la necesidad a trabajar desde muy pronto, condenándose así a repetir el esquema: pobreza, incultura y, claro está, muchos, muchos hijos.

Si unimos a esto el drama sanitario que supone la epidemia del SIDA, epidemia que de momento solo sabemos frenar mediante la utilización de preservativos, se entiende perfectamente que sean tantos los que, desde gobiernos y organizaciones humanitarias, apoyen y promuevan la utilización de este sencillo, barato y asequible medio profiláctico.

Entonces, ¿por qué hay quienes se oponen a su uso y hasta llegan a mentir acerca de su eficacia? Iba a hacer un poco de retórica, pero hoy no estoy de humor: si la Iglesia Católica, con ese Papa mentiroso que tienen a la cabeza, hace campaña contra el uso del preservativo es porque quieren que en África las cosas sigan como están, porque desean que el continente entero viva sumido en el hambre, el dolor y la muerte. Y si quieren esto es porque, dado que la falta de instrucción está íntimamente ligada a la credulidad religiosa (esto no es una opinión, es estadística), la mejor forma de mantener la clientela es luchando contra todo lo que pueda remediar su miseria y su esclavitud. Lo malo es que, como se descuiden, no va a quedar nadie para rezar.

Entiendo que aceptar esta teoría es aceptar que la jerarquía católica está formada por asesinos sin escrúpulos, pero esto no es nada extraño, porque siempre ha sido así.