Psicología

 

¿Qué es una terapia psicológica de orientación antroposófica?

Es una terapéutica que puede acompañar y fortalecer al paciente que atraviesa una crisis existencial, una enfermedad mental grave, un trastorno de adicción o de alimentación o una enfermedad física con diagnóstico comprometido, entre otras; aportando una visión más profunda del sentido de su dolencia dentro del marco del destino y la biografía humana.

"Lo que más importa es aprender a diferenciar lo que en el ser humano es anímico de aquello que en el ser humano es corpóreo. (. . .) El alma en realidad es luz."

Rudolf Steiner

Seminario Teòrico - Vivencial " De la Psicologìa a la Psicosofìa" (Arancelado)Dirección Acadèmica: Dr. Roberto Crottogini- Viviana Bilezker     M.A –
Lic. Gustavo Vega- Lic. Diana Liaskowsky Coordinación: Favio Barbieri

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Roberto Crottogini

Así como la Antropología (antropos = hombre; logos = palabra, razón) es la ciencia que tiene por objeto el estudio y conocimiento del hombre, la Antroposofía (antropos = hombre; sofía = sabiduría) es la ciencia y el arte de iluminar la conciencia humana más allá de las limitaciones del mundo físico, a través del fortalecimiento de un pensar que despierta el sentimiento y la voluntad permitiendo el acceso a un plano superior de conciencia.

La Antroposofía es una Ciencia Espiritual que nos ofrece un conocimiento integral del hombre y de su profunda relación con la Tierra y el Cosmos.

Siguiendo la misma analogía podemos inferir que la Psicología corresponde a un conocimiento de la psiquis, y una Psicosofía, emanada de la Ciencia Espiritual antroposófica, corresponde a una profunda sabiduría del alma humana.

Si consideramos en conjunto las cuatro corrientes psicológicas occidentales (el Conductismo, el Psicoanálisis, el Humanismo y la Psicología Transpersonal ), las podemos caracterizar como un esfuerzo del ser humano por redescubrir su verdadera naturaleza, como una reminiscencia del hombre encarnado físicamente que pugna por alcanzar su esencia espiritual.

Así es que la historia de la Psicología en este último siglo puede ser descripta como un empeño humano en la búsqueda del Yo.

Si bien es cierto que en cualquiera de las corrientes mencionadas pueden rastrearse raíces filosóficas muy antiguas, es también verdad que en este último siglo, en el que hizo eclosión el materialismo más crudo, la imagen del hombre ha sufrido transformaciones sustanciales que oscilan entre el hombre-máquina, al principio del siglo, y una persona libre, interactuante con el otro, que aspira a conectarse con su Yo superior, el self, al finalizar el siglo.

Parece difícil, en un primer intento, asimilar hoy las palabras de Watson y sus fervientes seguidores, pero si tratamos de recrear la cultura imperante en la época, el florecimiento del universo mecánico-determinista y los incipientes descubrimientos que el hombre estaba realizando entonces, las expresiones del creador del conductismo resultarán una fiel reproducción del arquetipo del hombre-máquina: un conjunto de reflejos condicionados complejos, o sea un sistema estímulo-respuesta mecánico susceptible de ser manipulado con total prescindencia del Yo. Respetando el momento histórico-cultural, no es difícil concebir que una línea de pensamiento de esta naturaleza se adueñara de un importante escenario científico. Tampoco es difícil imaginar que esta posición desembocara en una psicología de laboratorio, deshumanizada, ocupada con el comportamiento de animales, elaboradora de prolíficas estadísticas y acumulando enormes conocimientos objetivos.

Por otra parte, ninguna concepción científica o filosófica emerge aislada en el concierto del saber humano. Es habitual asistir, y la historia del pensamiento así lo demuestra, a una pluralidad de impulsos simultáneos y en muchos casos totalmente antagónicos. A principios del siglo XX, mientras Watson imponía su modelo psicológico mecanicista, Freud trataba de develar los secretos del inconsciente, Einstein daba acelerados pasos en la demolición del "edificio newtoniano" en el que sus colegas reposaban confortablemente, y Rudolf Steiner sentaba las bases de la Ciencia Espiritual.

Siguiendo el hilo de la búsqueda del Yo, podemos observar que en el conductismo no aparece esta concepción. Basta recordar algunos conceptos de su fundador: "La conciencia es una simple suposición". "El animal humano es un mecanismo físico-químico como la ameba", etc. Estas ideas, que degradan al hombre frente al hombre mismo, se transforman luego en raíces de ideologías colectivas -fascismo, nazismo, comunismo- en las que el hombre pierde su categoría de Ser espiritual encarnado en pos de un destino, para transformarse en un mero animal inteligente susceptible de ser analizado, viviseccionado y disecado, o hasta mutilado, despedazado o simplemente suprimido.

¿Qué es lo que sucede con la segunda fuerza, el psicoanálisis, en relación con esta búsqueda del Yo? La concepción freudiana crea un inmenso monstruo llamado inconsciente, todopoderoso, tirano y dominante: "el universo de los deseos"en abierta pugna con la represión de ellos, con las restricciones morales, y el estímulo hacia la perfección -superYo-En medio de esta lucha interior deambula un Yo débil e insignificante, carente de aspiraciones espirituales de trascendencia, solamente un engendro... y además abstracto, como toda la topografía del aparato psíquico. Esta concepción encierra en sí misma el peligro de toda abstracción; esto es, que se convierta en un castillo de ideas cada vez más rígido e inexpugnable hasta culminar en un palacio de frío mármol: el Dogma.

En el planteo freudiano no se puede continuar un proceso cognoscitivo superior pues el hombre queda atrapado en el abismo del inconsciente, imposibilitado de elegir su propio destino témporo-espacial (padres, familia, hogar), atado al azar de su conformación genética (predisposición a enfermedades y disposición caracterológica), sometido a los vaivenes de la vida (pobreza, riqueza, injusticia, soledad) en un marco de ilusoria separatividad del Todo y, por sobre todas las circunstancias constreñido a éste, su único cuerpo y a ésta, su única vida.

Si analizamos ahora contenidos conceptuales de la psicología humanista, se percibe que el Yo ha descendido a la figura humana y ésta se ha tornado persona. Cuando esta tercera fuerza nos habla de una ciencia humana basada en la experiencia, y por lo tanto subjetiva, cuando se aleja del modelo científico deshumanizado, se puede ya intuir un futuro desarrollo orientado hacia una comprensión más amplia del espíritu humano. Cuando la psicología humanista describe al hombre como "una totalidad órgano-anímica con capacidad simbólica de lenguaje..." "...que es mucho más que la suma de sus componentes, que está en condiciones de elegir y decidir recreando su existencia, y que vive orientado hacia una meta, objetivos y valores que son la base de su identidad..." -principios de J. F. Bugental-, se produce entonces una verdadera comunión de ideales para sentar las bases de una futura Psicosofía.

La psicología transpersonal, o cuarta fuerza, ha trascendido los umbrales del mundo físico-material para relacionar al hombre con un mundo suprasensible, y se esperan de ella conceptos muy claros y justos respecto de la existencia real de un Yo superior, como culminación del largo camino recorrido por la Psicología durante el presente siglo.

Todo esto es coherente con la cantidad de movimientos integrantes de esta cuarta fuerza. Debemos diferenciar a los que proceden de las disciplinas espirituales de Oriente de aquellos que provienen de las filosofías que sustenta la psicología occidental. Hoy se habla con insistencia de la unión entre Oriente y Occidente, y es importante conocer básicamente sus caminos. La cultura occidental adoptó una versión oficial de la verdad de tipo científico: institucionalizó la ciencia, y así la búsqueda de la verdad se polarizó en una comprensión de la misma como verdad intelectual. Esto significa que el método científico es el único responsable de nuestro conocimiento de la realidad: verificar las proposiciones, la consistencia entre ellas y la demostración de los hechos, es suficiente para determinar una verdad respaldada por la ciencia.

La cultura oriental, en cambio, se rige más por la intuición, y la verdad significa la verdad del Ser, o de lo Absoluto. La búsqueda de la verdad constituye un progreso en el desarrollo de la intuición espiritual, una verdad vivencial inseparable de una transformación de la persona. Para las disciplinas espirituales orientales el hombre es una célula consciente integrante del organismo universal, mientras que la psicología occidental concibe al hombre como individuo y todos sus conflictos son manifestación de lo que sucede a sus unidades separadas.

En lo que respecta a la búsqueda del Yo podemos decir, como síntesis de estas cuatro fuerzas, que:

· en la primera fuerza, Conductismo, hay una total prescindencia del Yo y por lo tanto, una ausencia del Yo;

· en la segunda fuerza, Psicoanálisis, el Yo se insinúa débil, insignificante y abstracto;

· en la tercera fuerza, Humanismo, el Yo se instala en la persona, y la define como tal en su tránsito entre el nacimiento y la muerte, fase material o Biografía. No se indaga la esencia misma del YO humano ni la fase espiritual o cósmica de su evolución;

· en la cuarta fuerza, Transpersonal, se hace presente el Yo superior que se refleja en el ego inferior. (Pero la multiplicidad de corrientes orientales y occidentales que convergen en este movimiento puede generar obstáculos o confusiones).

La investigación científico-espiritual antroposófica, en cambio, mediante una medulosa labor da una descripción concreta del Yo humano, una percepción clara del mismo y la comprensión de su interacción con los otros miembros esenciales que lo acompañan en la constitución del hombre a través de las sucesivas vidas.

Extraído del libro

La Tierra como Escuela

 

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