Historia de los Angeles

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Comnenos y los Angeles.

 

Historia Exterior de la Epoca de los Comnenos.

 

 

Los Emperadores de la Casa de los Comnenos.

La revolución de 1081 elevó al trono a Alejo Comneno, cuyo tío, Isaac, había sido emperador durante algún tiempo (1057-1059), en el período precedente.

La familia griega de los Comnenos, de la cual se comienza a hablar en las fuentes desde el reinado de Basilio II, era oriunda de una aldea no lejana de Adrianópolis, y sus miembros llegaron a figurar como grandes terratenientes en el Asia Menor. (1) Alejo, a ejemplo de su tío Isaac, se elevó por sus talentos militares. Con Alejo, el partido militar y la aristocracia territorial de provincias triunfaron sobre el partido burocrático de la capital. A la vez concluyó la época de turbulencias.

 

(1) V. F. Chalandon, Essai sur le régne d'Alexis 1er Comnéne (París, 1900), p. 21. Recientemente se ha emitido la hipótesis de que los Comnenos eran oriundos de Valaquia. V. G. Murnu, El origen de los Comnenos, en el Boletín de la Sección Histórica de la Academia Rumana, t. XI (1924), p. 212-216.

 

Los tres primeros Comnenos consiguieron mantenerse de modo duradero (un siglo) en el trono bizantino, que se transmitieron en paz de padres a hijos.

El Gobierno enérgico e inteligente de Alejo I (1081-1118) supo proteger honrosamente al Imperio de muchos y muy graves peligros exteriores que, a veces, amenazaron su existencia misma. Pero la cuestión sucesoria produjo algunas dificultades. Mucho antes de su muerte, Alejo había designado sucesor a su hijo Juan, provocando con esto el descontento de su hija Ana, la célebre autora de la Alexiada y esposa del cesar Nicéforo Brieno, historiador también. Ana combinó un plan complicado para obtener del emperador el alejamiento de Juan y la designación de Nicéforo para el título imperial. Pero el anciano Alejo se mantuvo firme en su propósito y, a su muerte, su hijo Juan fue proclamado emperador. Apenas llegado al trono, Juan II (1118-1143) tuvo que afrontar una situación penosa al descubrirse una conjura en que participaban su hermana y su madre. La conjura fracasó. Juan trató a los culpables con indulgencia: la mayoría sólo perdieron sus bienes. Por su elevada personalidad moral, Juan mereció general estima, recibiendo el sobrenombre de Kalojean (Juan el Excelente, o el Bueno).

Los historiadores griegos y latinos están acordes en apreciar mucho su personalidad. "Fue — escribe Nicetas Coniata — el modelo más perfecto de todos los reyes de la casa de los Comnenos que apareciera en el trono romano." (1) Gibbon, tan severo en su apreciación de los estadistas bizantinos, escribe de aquel "Comneno, el mejor y más grande" que "el mismo filósofo Marco Aurelio no habrían menospreciado sus virtudes naturales, que nacían del corazón y no estaban aprendidas en la escuela." (2)

Enemigo del lujo superfluo y los gastos excesivos, Juan modeló la vida de la corte según la suya propia. En su reinado, la corte tuvo una existencia severa y económica, sin diversiones, locas alegrías y gastos enormes. "Su reinado fue en cierto modo el reinado de la virtud." (3) Aquel soberano indulgente, tranquilo y moral en grado sumo, estuvo, sin embargo, como veremos después, casi siempre al frente de sus ejércitos.

Manuel I (1143-1180), hijo y sucesor de Juan, señaló con éste un contraste absoluto. Admirador convencido del Occidente, latinófilo, tuvo por ideal el tipo del caballero occidental, deseó penetrar los secretos de la astrología y cambió por completo la vida severa establecida en la corte por su padre. La alegría, el amor, la caza, las recepciones y fiestas espléndidas, los torneos organizados según el modelo occidental, se sucedían sin cesar en Constantinopla. Las visitas que hicieron a Bizancio soberanos extranjeros como Conrado III de Alemania, Luis VII de Francia, el sultán de Iconion, Kilidy-Arslan, y varios príncipes latinos de Oriente, produjeron gastos enormes.

Muchos extranjeros llegados del Occidente de Europa se instalaron en la corte bizantina, obteniendo los más altos y mejores cargos del Imperio. Por dos veces casó Manuel con princesas occidentales. Su primera mujer, Berta de Sulzbach, llamada en Bizancio Irene, era cuñada del emperador germano Conrado III; la segunda, una francesa de peregrina hermosura, fue María, hija del príncipe de Antioquía. Luego veremos que a Manuel, durante todo su reinado, domináronle la pasión por el ideal occidental y su sueño, irrealizable, de restaurar el Imperio romano único. Se proponía, con ayuda del Papa, arrebatar la corona imperial al soberano germánico y estaba dispuesto a restablecer la unión con la Iglesia occidental. La opresión latina y el desprecio de los intereses nacionales provocaron en la población general descontento. Se advertía intensamente la necesidad de modificar aquel sistema. Pero Manuel murió antes de que se desplomase su política.

 

(1) Nicetiae Chonatiae, Historia, p. 63-64.

(2) Gibbon, cap. XLVIII (ed. Bury, t. V, p. 229).

(3) C. Diehl, La Sacíete byzantine a l'époque des Comnénes (Revue historique du Sud-Est européen, t. VI (1929), p. 205).

 

Alejo II (1180-1183), hijo Y sucesor de Manuel, apenas tenía doce años cuando su padre murió. Su madre, María de Antioquía, fue nombrada regente. De hecho todo el poder pasó a manos del sobrino de Manuel, el protosebasto Alejo Comneno, favorito de la regente. El nuevo Gobierno quiso apoyarse en el odiado elemento latino. Con esto creció la exasperación nacional. La emperatriz María, antes tan popular, empezó a ser considerada como una extranjera. El historiador francés Diehl compara la situación de María a la de María Antonieta, quien, bajo la revolución francesa, fue llamada por el pueblo "la Austriaca." (1)

El descontento general hizo nacer un partido imponente contra el todo poderoso Alejo. Al frente de aquel partido se puso Andrónico Comneno, una de las más curiosas personalidades de la historia de Bizancio, y cuya figura ofrece igual interés al historiador y al novelista.

Andrónico, sobrino de Juan II y primo de Manuel I, pertenecía a la rama segundona de los Comnenos, rama apartada del trono y que se caracterizaba por una energía extraordinaria, aunque a menudo mal dirigida. Esa línea de Comnenos, en su tercera generación, dio al Imperio de Trebisonda soberanos conocidos por el nombre de "Los Grandes Comnenos." Andrónico, aquel "futuro Ricardo III de la historia de Bizancio," que tenía en él "algo del alma de un Cesar Borgia," aquel "Alcibíades del Imperio Medio bizantino," fue "el tipo acabado del bizantino del siglo XII, con todas sus cualidades y sus vicios." (2) "Era lo que Nietzsche llamaba un superhombre, un hombre sin duda extraordinario en quien aparecía un continuo contraste entre una inteligencia de primer orden y un carácter a menudo discutible. (3)

 

(1) Diehl, Figures byzantines, t. II, p. 112.

(2) Vasilievski, La alianza de los dos imperios, en Slavianski Sbornik (San Petersburgo, 1877), t. II, p. 277 (en ruso). Diehl, Figures byzantines, t. II, p. 90-93. Scala, Das Griechentum seit Alexander dem Grossen, en Helmholt, Weltgeschichte (Leipzig, y Viena, 1904), t. V, p. 95.

(3) Diehl, en la Revue historique du Sud-Est européen, t. VI (1929), p. 213

 

Hermoso y arrogante; atleta y soldado; instruido y seductor en sus maneras, sobre todo con las mujeres, que le adoraban; frívolo y apasionado; escéptico, embustero y perjuro si era necesario de acuerdo a las circunstancias; conspirador, ambicioso e intrigante, terrible en su vejez por su crueldad, Andrónico con expresión de Diehl, fue una naturaleza genial. Hubiera podido ser el salvador y regenerador del agotado Imperio bizantino: para ello faltóle sólo "acaso un poco de sentido moral." (1)

Su contemporáneo Niceto Coniata, escribe sobre él: "¿Quién está hecho de tan dura piedra que no ceda a las lágrimas de Andrónico y no se deje encantar por sus palabras insinuantes, que él derrama como una fuente turbia?" El mismo historiador compara a Andrónico con "Proteo multiforme," (2) el profético viejo, célebre por sus metamorfosis, de la mitología antigua.

 

(1) Diehl, ob. cit., t. II, p. 93. L. Bréhier, Andronic {Comnéne) (Dictionnaire d'histoire et de géographie ecclésiastiques, public. bajo la direc. de A. Baudrillart, y. II {París, 1914-1920), col. 1782.

(2) Nic. Con., 317-319.

 

A pesar de su aparente amistad hacia Manuel, Andrónico siempre fue objeto de las sospechas del emperador. No hallando dónde ejercer su actividad en Bizancio, pasó la mayor parte del reinado de su primo viajando por diversos países de Europa y de Asía. Enviado por el emperador primero a Cilicia y luego a las fronteras húngaras, Andrónico fué acusado de traición y de conjura contra la vida de Manuel, siendo encerrado en una prisión de Constantinopla, donde pasó varios años. Tras una serie de extraordinarias aventuras, pudo evadirse por una antigua cloaca abandonada; apresado de nuevo, se le encerró en un calabozo varios años más. Habiendo vuelto a fugarse, Andrónico huyó hacía el norte y halló refugio en Rusia, junto a Laroslav, príncipe de Galitz. Una crónica rusa mencionaba en el año 1165: "El hermano del emperador, el señor (Kyr) Andrónico, acudió desde Zarigrad a Iaroslav, príncipe de Galitz habiéndole recibido con gran amor y le dio varias ciudades para que se consolase." (1) Según el testimonio de las fuentes, bizantinas, Andrónico encontró en Iaroslav una excelente recibimiento, vivió en su casa, comió y cazó con él y participó en consejo con sus boyardos. (2) Pero la estancia de Andrónico en Rusia pareció peligrosa a Manuel, porque su pariente había entrado ya en relaciones con Hungría, contra la que Bizancio había abierto las hostilidades. Manuel decidió entonces perdonar a Andrónico, el cual recibió de Iaroslav, al partir, las mayores "muestras de honor." (3)

Andrónico, nombrado duque de Cilicia, no pasó en esta región mucho tiempo. Fue por Antioquía, a Palestina, región que constituyó el escenario de su amor hacia Teodora, pariente de Manuel y viuda del rey de Jerusalén. El emperador, irritado, mandó sacar los ojos a Andrónico, pero éste, advertido a tiempo del peligro que le amenazaba, huyó al extranjero con Teodora. Durante varios años estuvo recorriendo Siria, Mesopotamia y Armenia, e incluso pasó algunos meses en la lejana Iberia (Georgia o Rusia, en el Cáucaso).

Al fin los enviados de Manuel lograron apoderarse de Teodora, a la que Andrónico seguía amando con pasión, y de los hijos que ambos habían tenido. Andrónico, no pudiendo soportar esta pérdida, solicitó el perdón del emperador. Al obtenerlo declaró a Manuel que se arrepentía de su borrascosa vida pasada. Fué nombrado gobernador del Ponto, en el Asia Menor, lo que venía ser una especie de destierro honorífico para tan peligroso pariente. En 1180, al morir Manuel y subir al trono el joven emperador Alejo II, Andrónico contaba sesenta años.

Tal es, a pinceladas generales, la biografía del personaje en quien la población de la capital, irritada por la política latinófila de la emperatriz María de Antioquía y de su favorito Alejo Comneno, puso todas sus esperanzas1. Andrónico, haciéndose pasar hábilmente por defensor de los derechos del joven Alejo II, caído en manos de malos ayos, y presentándose como amigo de los romanos," supo obtener la simpatía y hasta la adoración de los bizantinos, hartos de la Regente. Según expresión de un contemporáneo de Andrónico, Eustacio de Tesalónica, Andrónico "era para la mayoría más querido que Dios mismo," o al menos se le situaba "inmediatamente después de Dios." (4) Ya preparados los ánimos en la capital, Andrónico marchó hacia ella.

 

(1) Ipatievskaia Lietopis (Crónica de Ipatiev, año 1673), p. 359. Voskresenskaia Lietopis (Crónica de Voskrcsiensk), para igual año, en la colección completa de Crónicas rusas, tomo VII, p. 78 (en ruso antiguo).

(2) Iannis Onnami, Hist., 232, Nic. Con. 172.

(3) Ipatievskaia Lietopis, Voskresenskaia Liet.

(4) Eustacio, De Thessalonica a Latinis capta, ed. Bonn, 388.

 

Al conocerse la aproximación de Andrónico, la masa popular enardecida de la capital dieron rienda suelta a su odio contra los latinos, sobre cuyas casas se lanzó la gente con furia, asesinándolos sin distinción de edad ni sexo. El populacho, desenfrenado, no sólo asaltó las casas particulares, sino también las iglesias e instituciones latinas de caridad. En un hospital fueron muertos todos los enfermos que se encontraban en cama. El nuncio del Papa acabó decapitado después de sufrir las mayores humillaciones, y muchos latinos fueron vendidos como esclavos en los mercados turcos. De aquella matanza de latinos en 1182, dice F. I. Uspenski, que, "si no sembró el germen del odio fanático que dividió a Occidente y Oriente, contribuyó a hacerlo crecer." (1) El todopoderoso favorito fue aprisionado y se le sacaron los ojos. Tras esto, Andrónico entró triunfalmente en la capital. Para consolidar su situación hizo desaparecer sucesivamente a los parientes de Manuel y estrangular a la propia emperatriz María. Después proclamóse coemperador y, tras haber prometido solemnemente al jubiloso pueblo proteger la vida del emperador Alejo, dió, días más tarde, órdenes secretas de hacer estrangular al muchacho. Y en 1183, Andrónico, a los 63 años, se convirtió en emperador absoluto.

Andrónico, llegado al trono con miras de que habremos de ocuparnos más adelante, sólo pudo mantenerse en el poder por un sistema de inaudito terror y crueldad. En los asuntos externos no mostró iniciativa ni energía. La población, se volvió contra él. En 1185 estalló una revolución que elevó al trono a Isaac Ángel. Andrónico no pudo huir y preso y depuesto, hubo de soportar suplicios y humillaciones terribles, que resistió con notable estoicismo. En el curso de los tremendos sufrimientos que le infligieron, sólo repitió varias veces: "¡Señor, ten piedad de mí! ¿Por qué te encarnizas con una caña quebrada?" (2) El nuevo emperador no permitió que se sepultase el cadáver mutilado de Andrónico.

Tal fue el trágico fin de la dinastía de los Comnenos, la última realmente gloriosa que ocupó el trono de Bizancio.

 

 

La Política de Juan II Comneno. Juan II y el Occidente.

El hijo y sucesor de Alejo, Juan II, fue el prototipo del emperador soldado. Pasó la mayor parte de su reinado en el ejército y en los combates. No aportó nada nuevo a la política exterior, continuando la obra empezada por su padre, quien había sentado ya la solución de todas las cuestiones que en Europa o Asia afectaban más al Imperio. Juan se propuso seguir las vías políticas señaladas por su antecesor. Puesto que éste había contenido a los enemigos que atacaban Bizancio, su hijo se proponía "quitar a sus vecinos las provincias que habían arrancado a los griegos, y había de soñar en devolver al Imperio bizantino su esplendor antiguo." (1)

 

(1) Chalandon, Les Comnénes. Etudes sur l'Empire byzantin au X et au XIIe siécle.

Jean II Camnénc et Manuel Ier Comnéne (París, 1912), p. 10.

 

Juan II, que tenía una visión clara de la situación, se interesó poco por los asuntos europeos. Cierto que hubo de guerrear a veces en Europa, pero en luchas de tipo defensivo. Sólo al fin de su reinado los sucesos europeos — progresos alarmantes de los normandos, unión de Sicilia e Italia del sur y fundación del reino de Sicilia — adquirieron gran importancia para Bizancio. Pero el interés esencial de la política de Juan se concentró en Oriente, y sobre todo en Asia Menor.

Respecto a las relaciones de Juan con Occidente, no es superfluo notar el aumento del número de Estados occidentales con los que Bizancio debía mantener relaciones.

Ya vimos que el peligro normando había obligado a Alejo a reaproximarse a Venecia, la cual, a cambio del apoyo de su flota, obtuvo excepcionales privilegios mercantiles. Los venecianos acudían en tropel al Imperio, y especialmente a Constantinopla. Sus asuntos, prosperando por grados, hiciéronles formar en la capital una colonia numerosa y rica que pronto se caracterizó por su excepcional influencia. Poco a poco, los venecianos, olvidando que no estaban en su patria ni en país conquistado, empezaron a comportarse con arrogancia e impertinencia que provocaron hondo descontento en todos, tanto pueblo bajo como altos funcionarios y nobles. Los restringidos privilegios comerciales que Alejo concedió a Pisa no eran bastante para inquietar a los venecianos.

Mientras Alejo vivió, las relaciones entre bizantinos y venecianos no fueron tensas en exceso. Pero al morir Alejo, cambiaron las circunstancias. Sabedor que la Apulia normanda era presa de duras luchas internas, Juan, juzgando conjurado el peligro normando, decidió romper el tratado mercantil concluido con Venecia en vida de su padre. Los venecianos, irritados, enviaron su flota al ataque de las islas bizantinas del Adriático y el Egeo. Juan, considerando imposible oponer adecuada resistencia a las naves venecianas, entabló nuevas negociaciones con la República, y al cabo el tratado de 1082 fue mantenido íntegramente. Todo ello transcurría en los primeros años del reinado de Juan II.

Pisa y Génova gozaron también bajo Juan de privilegios mercantiles, si bien no cabría compararlos con los de Venecia.

En los primeros años del reinado de Juan se resolvió en definitiva la cuestión pecheneque. Hacía treinta años que los pecheneques, aplastados por los kumanos, no inquietaban las fronteras bizantinas. Al iniciarse el reinado de Juan, los pecheneques, repuestos de su fracaso hasta cierto punto, cruzaron el Danubio e invadieron las tierras del Imperio. Pero las tropas imperiales les infligieron una derrota aniquiladora. Para conmemorar la victoria, Juan creó una "fiesta pecheneque" que, al decir de Nicetas Coniata, historiador bizantino, se "celebraba aún a fines del siglo XII." (1) Desde la derrota causada por Juan a los pecheneques, éstos no reaparecen más en la historia exterior de Bizancio. En el interior formaban un cuerpo especial de las tropas bizantinas, a cuyo lado combatían.

Ya vimos que las aspiraciones húngaras de extenderse hacia el Adriático habían descontentado al emperador Alejo Comneno, tornando muy tirantes sus relaciones con los magiares. Parecía que el casamiento de Juan debía mejorar aquellas relaciones. Pero, como dice el historiador ruso K. Grote, "esa unión no podía destruir la desconfianza recíproca y la rivalidad desarrolladas en el curso de los tiempos entre los dos Estados vecinos." (2) Además de mediar la instalación de los húngaros o magiares en el litoral de Dalmacia, cosa peligrosa para Bizancio, el Imperio veía con prevención el acercamiento entre húngaros y servios. Éstos, obligados a someterse a Bizancio, a la vez que los búlgaros, a comienzos del siglo XI, bajo Basilio II Bulgaróctonos, habían comenzado a sublevarse desde mediados del mismo siglo.

Los finales del siglo XI y comienzos del XII fueron para Servia la época de su primera liberación. En el reinado de Juan hubo una aproximación más estrecha entre Hungría y Servia. La primera tendía la mano a la segunda, con miras a facilitarle la independencia. Una princesa servia casó con un príncipe magiar. De este modo se formaba, al finalizar el reinado de Juan, un nuevo bloque que amenazaba a Bizancio por el noroeste. Las operaciones militares emprendidas por Juan contra búlgaros y servios, aunque fueron muy afortunadas, no tuvieron resultados decisivos. Un panegirista anónimo de Juan loa la actividad militar de éste en la Península Balcánica, en los siguientes pomposos términos: "¡Cuan felices son nuestras campañas contra los pueblos europeos! (Juan) ha vencido a los dálmatas, llenado de espanto a escitas y nómadas, masa inorganizada de gente moradora de carros; ha teñido las aguas del Danubio de sangre abundante y múltiples ríos han sido ensangrentados por él." (3)

 

(1) Nicetas Coniata, p. 23, 5.

(2) K. Grote, Sobre la historia de Hungría (Ugria) y de los eslavos en el siglo XII (Varsovia, 1889), p. 26-27. (En ruso.)

(3) Fontes rerum byzantinorum, ed. W. Regel (Petrogrado, 1917), fasc. 2, 334.

 

En los díez últimos años del reinado de Juan hubo un cambio completo de la situación en Italia del sur, la cual, tras un período de enfrentamientos, conoció otro de poder y gloría. Roger II reunió en sus manos el sur de Italia y la isla de Sicilia y el día de Navidad del año 1130 fue solemnemente coronado rey en Palermo. Aquella reunión de territorios convertía a Roger en uno de los más poderosos soberanos de Europa. Era un golpe terrible para Bizancio. El emperador reivindicaba aún teóricamente la propiedad de Italia del sur, considerando la ocupación normanda como provisional. El restaurar la dominación bizantina en Italia había sido el sueño favorito de los emperadores del siglo XII. Que Roger asumiera el título regio se tuvo por una ofensa a la dignidad imperial. Reconocer aquel título era abandonar todo derecho sobre las provincias italianas. La súbita elevación de Roger pareció inconveniente también al emperador alemán, quien, como jefe del Imperio romano, tenía importantes intereses en Italia. Ante el peligro común, Juan II y el emperador germánico Lotarío, y tras éste Conrado III de Suabia (Hohenstaufen), llegaron a un acuerdo que, más adelante, se convirtió en verdadera alianza entre ambos imperios. El fin principal de aquel pacto era destruir la potencia normanda en Italia. La alianza rindió sus principales frutos bajo Manuel I, sucesor de Juan. En cuanto a éste, aunque no pudo abatir el poderío de Roger, sí consiguió impedirle que atacase a Bizancio. Las guerras posteriores de Roger contra Manuel prueban que tales proyectos de invasión no eran ajenos al rey normando. En resumen, los aspectos más importantes de la política occidental de Juan son, de una parte, su actitud ante la fundación del reino de Sicilia, y de otra, su alianza con el imperio de Occidente.

 

 

Juan II y el Oriente.

En Asia Menor practicó Juan casi todos los años expediciones generalmente felices y así, en la cuarta década del siglo XII, logró devolver al Imperio territorios perdidos hacía mucho. Notando después la debilidad de las fuerzas turcas, juzgó hacedero, sin dañar los intereses del Imperio, emprender una nueva campaña en las regiones más alejadas del sudeste, para operar contra la Cilicia armenia y el principado de Antioquía.

La Armenia Menor o Pequeña Armenia había sido fundada a fines del siglo XI por refugiados procedentes de la Armenia propiamente dicha. También recibía, por el emplazamiento que ocupaba, el nombre de Cilicía armenia. Distinguíanse allí, entre otras familias principales, la de los Rubénidas, que empezaba a desempeñar un papel sobresaliente en el gobierno del país. La Armenia Menor, tras crecer a expensas de Bizancio, entró en tratos de amistad con los principados latinos, situándose así en una posición hostil al Imperio. Juan Comneno se puso entonces en campaña, resuelto a castigar a la rebelde Armenia Menor, y de paso a ocupar el principado de Antioquía, que, como vimos, no había prestado juramento de vasallaje al Imperio, negándose después a cumplir la misión acordada entre Alejo y Boemundo.

La campaña de Juan tuvo completo éxito. Cilicia fue conquistada y el príncipe armenio y sus hijos enviados a Constantinopla. El territorio bizantino, acrecentado con la Armenia Menor, rozaba las fronteras del principado de Antioquía. También en su lucha contra éste obtuvo Juan un triunfo absoluto. Antioquía, cercada, hubo de implorar la paz, en la que Juan consintió a condición de que el príncipe antioquense reconociera la soberanía del Imperio. El príncipe recibió de manos del emperador la investidura de las tierras que el último le otorgaba y, como prueba de la sumisión de Antioquía, se desplegó el estandarte imperial en lo alto de la ciudadela. Al año siguiente el emperador volvió a Antioquía y, en su calidad de soberano, efectuó una entrada triunfal en la población, rodeado de sus hijos, cortesanos, dignatarios y numerosos soldados. Un séquito espléndido desfiló por las calles, debidamente engalanadas para el caso. Al lado del emperador cabalgaba, como escudero, el príncipe de Antioquía. Juan fue acogido a las puertas de la población por el patriarca, con todo el clero, y, acompañado por una enorme multitud, entre cantos, salmos e himnos, se dirigió primero a la iglesia y después a palacio. (1)

 

(1) Guillermo de Tiro, Historia rerum in partibus transmarinis gcstarum, XV, 3 (Recueil des historiens des Croísades. Historiens occidcntaux, r. I, p. 658-659).

 

El panegirista de Juan escribe: " (Antioquía) te recibe como al hombre que ama al Cristo, como al paladín del Señor, como al combatiente celoso que lucha contra los bárbaros, como a aquel que empuña la espada de Elías. Ella enjuga tu sudor y te abraza dulcemente. Toda la numerosa población de la ciudad desborda; todas las edades y ambos sexos están representados en esa brillante procesión. Se te otorga un gran clamor de triunfo... Los gritos son mezclados y plurilingües; aquí italianos; allá asirios... Aquí jefes; allí funcionarios, y en medio de todos tú brillas como la más brillante estrella." (1)

El emperador concibió proyectos más grandiosos todavía. A juzgar por las indicaciones que nos dan los historiadores, soñaba con restaurar la dominación bizantina en el valle del Eufrates y parece que quiso intervenir en los asuntos del reino de Jerusalén. (2) Acaso en el ánimo de Juan ello naciese de la idea de la posibilidad de ser reconocido como soberano por el rey de Jerusalén, según ya lo había sido por el príncipe de Antioquía. Aludiendo a esos proyectos, el panegirista escribe: "¡Valor! Vosotros, los que amáis al Cristo y que sois peregrinos y extranjeros (en la tierra) a causa del Cristo (comp. c. Hebreos, XI, 13) no temáis nada de manos homicidas, porque el emperador que ama al Cristo las ha encadenado y ha reducido a partículas su espada injusta. Tú les has mostrado el camino de la Jerusalén terrestre y visible y te has abierto a ti mismo otro camino más divino y ancho: el de la santa y celeste Jerusalén." (3)

Pero estos planes no debían realizarse. Durante una expedición contra los turcos, en 1143, Juan, cazando en los montes de Cilicia, se hirió la mano con una flecha emponzoñada y murió de aquella herida, lejos de su capital. En su lecho de muerte designó para sucederle a Manuel, su hijo menor.

Juan había consagrado toda su vida a guerrear contra los enemigos de Bizancio y legaba a su hijo un Imperio más fuerte y mayor que el que él mismo heredara de su valeroso padre.

Su panegirista le considera superior a Aníbal y Alejandro, y escribe: "La encina céltica era poderosa y tú la has arrancado con sus raíces; el cedro ciliciano era elevado y tú, ante nosotros, lo levantaste y redujiste a briznas." (4)

 

(1) Rege], Fontes rerum byzantinorum, II, 358-359.

(2) Cinnamus, p. 25. Nic. Chon., p. 56. Guillermo de Tiro, Historia rerum ín partibus transmarims gestarum, XV, 21 (Rec. des hist. des Crois. Historiens occid., t. I, p. 691).

(3) Regel, ob. cit., II, 338-339.

(4) Regel, ob. cit., II, 336, 346, 347, 353. Creemos que por "encina céltica," el panegirista entiende el ducado franco de Antioquía.

 

 

 

época de los Ángeles.

 

Los Emperadores de la Casa de los Ángeles Isaac II, Alejo III y Alejo IV.

La dinastía de los Angeles, elevada al trono por la revolución de 1185 y sucesora de los Comnenos, descendía de un contemporáneo de Alejo Comneno: Constantino Ángel. Éste, oriundo de Filadelfia, en el Asia Menor, y descendiente de una familia bastante obscura, había casado con la hija del emperador Alejo y era abuelo de Isaac II Ángel, primer emperador de la Casa y emparentado a los Comnenos por línea femenina.

Vimos que uno de los fines de Andrónico había sido establecer un Gobierno nacional. Fracasado en este propósito, a fines de su reinado comenzó a volverse hacia Occidente. Pero, después de su muerte, se hizo notar de tal modo la necesidad de un Gobierno nacional, que, con expresiones de Cognasso, "la revolución del 12 de septiembre (1185) fue esencialmente nacional y aristocrática... Así, ninguna clase obtuvo provecho de la revolución, salvo la aristocracia bizantina." (1)

Isaac II (1185-1195) era, citando palabras de Gelzer, "la encarnación de la ruindad que se instaló con él en el trono podrido de los Césares" (2) y no tenía talento de hombre de Estado. El lujo desmesurado de la corte, las prodigalidades excesivas, exigían exacciones e impuestos arbitrarios e intolerables. La falta de voluntad del soberano y la ausencia de un determinado programa gubernamental; las complicaciones externas; el nacimiento en la Península balcánica de un nuevo poder peligroso para Bízancio (el segundo imperio búlgaro); y, en fin, los progresos de los turcos en Asia Menor, crearon un ambiente de descontento e irritación en el país. De tiempo en tiempo se producían insurrecciones en favor de diversos aspirantes al trono. Pero la causa principal del malestar general era que "la población estaba harta de soportar los dos males justamente diagnosticados por Andrónico: la insaciabilidad de la administración fiscal y la arrogancia de los ricos." (3) Al cabo, en 1195 se formó contra Isaac una conjura dirigida por su propio hermano, Alejo, quien, ayudado por parte de la nobleza y del ejército, derribó al emperador. Éste fue cegado y preso, substituyéndole su hermano Alejo III Ángel, también conocido en la historia como Alejo III Ángel-Conmeno (1195-1203). A veces se le aplica el sobrenombre de Bambacoracio. (1)

 

  1. F. Cognasso, Un imperatore bizantino della decadenza: Isacco II Angelo (Bessarione, año XIX, vol. XXXI (1915), p. 4; tiraje a parte (Roma, 1915), p. 18).
  2. Gelzer, Abríss der byz. Kaisersgechichte, p. 1032.
  3. Cognasso, ob. cit., p. 59; tirada aparte, p. 33.

 

El carácter y dotes naturales del nuevo emperador no diferían mucho del modo de ser de su hermano. Una prodigalidad no menos insensata, una idéntica ausencia de talento político y de interés por los asuntos del Estado, una análoga carencia de capacidad militar, llevaron al Imperio, a largos pasos, hacia inminentes humillaciones y desintegraciones. El historiador Nicetas Coníata, dice, no sin maligna ironía, respecto a Alejo III: "Fuese el que fuera el papel que se presentaba al emperador, era firmado por él, aunque se tratase de un conjunto de palabras desprovistas de sentido, incluso si el solicitante pedía que se navegase en tierra firme, o que se arase el mar, o que se substituyeran las montañas por mares, o hasta, como se dice en la fábula, que se pusiera el Athos sobre el Olimpo." (2) El emperador halló imitadores en la nobleza de la capital, que rivalizaba a porfía en gastos y lujo. Surgieron insurrecciones en Constantinopla y en las provincias. Los venecianos, písanos y otros extranjeros que habitaban Constantinopla tenían frecuentes choques en las calles. Y la situación exterior no era nada esplendorosa.

 

(1) Ver Nikos A. Bees, Bambacoratius, ein Reiname des Kaisers Alexias III, Angelos (1195-1203), en la Byzantinísch Neugriechische Jahrbücher, t. III (1922), p. 285-286.

(2) Nicetas Coniata, p. 599-600.

 

E1 joven príncipe Alejo, hijo del emperador destituido, pudo huir a Italia en un buque pisano y luego pasó a la corte del emperador alemán, Felipe de Suabía, casado con Irene, hija de Isaac Ángel y hermana del príncipe Alejo. Este pidió a su cuñado el emperador, así como al Papa, que ayudaran a su padre a recobrar el trono bizantino. Tras muchas complicaciones de que hablaremos en el capítulo relativo a la cuarta Cruzada, Alejo consiguió encaminar hacia Constantinopla a los cruzados que, a bordo de naves venecianas, pensaban dirigirse a Egipto. Los cruzados, en 1203, tomaron Constantinopla y, tras deponer a Alejo III, restauraron en el trono al anciano y ciego emperador, asociándole a su hijo Alejo IV. Pero los cruzados quedaron cerca de Constantinopla para vigilar el cumplimiento de los compromisos asumidos con ellos por Alejo e Isaac.

La imposibilidad de cumplir tales obligaciones y la plena dependencia de los emperadores respecto a los cruzados, provocaron en la capital una revuelta que concluyó en la proclamación de un nuevo emperador: Alejo V Ducas Murzuflo (1204), emparentado con la dinastía de los Ángeles como esposo que era de una hija de Alejo III. En el curso de los tumultos perecieron Isaac II y Alejo IV. Entonces los cruzados, viendo desaparecer con los dos emperadores muertos su principal apoyo en la capital, e informados de que Murzuflo se había puesto a la cabeza de un movimiento antilatino, resolvieron apoderarse de Constantinopla por su propia cuenta. Tras un encarnizado asalto de los latinos y una desesperada defensa de los sitiados, Constantinopla, el 13 de abril de 1204, pasó a manos de los caballeros occidentales, siendo sometida a un espantoso saqueo. Murzuflo pudo huir. El Imperio bizantino se desplomaba. En su lugar se fundó un Imperio latino feudal, con capitalidad en Constantinopla y una serie de Estados vasallos en las diversas regiones del Imperio de Oriente. Estos sucesos, de vital importancia para Bizancio, serán expuestos con más detalles en el capítulo dedicado a la historia de la cuarta Cruzada.

La dinastía de los Ángeles o Ángeles-Comnenos, griega de origen, no dio al Imperio un solo monarca de talento. Antes bien apresuró la caída de Bizancio, que estaba debilitado por fuera y desintegrado por dentro.

 

 

La vida interior del Imperio.

 

 

Las Cuestiones Religiosas.

La vida religiosa de Bizancio bajo los Comnenos y los Ángeles es particularmente importante: 1° desde el punto de vista propiamente interior, por el esfuerzo intentado para resolver ciertos problemas religiosos que preocupaban a la sociedad bizantina de entonces y presentaban un interés absolutamente vital para la época; y 2° desde el punto de vista exterior por el problema esencial de las relaciones de la Iglesia oriental con Roma, del patriarcado de Constantinopla con el Papa.

En sus relaciones con la Iglesia, los emperadores de las dinastías de Comnenos y Ángeles se atuvieron al cesaropapismo, tan grato a los emperadores bizantinos. En una de las redacciones de la historia de Nicetas Coniata leemos las siguientes palabras de Isaac Ángel: "No hay en la tierra diferencia alguna entre el poder de Dios y el del emperador. Todo está permitido a los emperadores, que pueden usar los bienes del Señor como los suyos propios, porque han recibido de Dios su poder y entre Dios y ellos no hay nada." (1) El mismo escritor, hablando de la actividad religiosa de Manuel Comneno, pinta el sentimiento general de los emperadores bizantinos, que se creían Jueces infalibles de los asuntos divinos y humanos." (2) Este criterio de los emperadores fue sostenido por el clero en la segunda mitad del siglo XII. El célebre canonista griego (y comentador del Nomocanon del Seudo-Focio, colección canónica de XIV títulos), Teodoro Balsamón, patriarca de Antíoquía, que vivió bajo los últimos Comnenos y el primer Ángel, escribía: "Los emperadores y los patriarcas deben ser venerados como Padres (de la Iglesia) en virtud de su santa unción. De ésta proviene el poder de los muy cristianos emperadores para enseñar a los pueblos cristianos y para, como los sacerdotes, agitar el incensario en honor de Dios." "Su gloria consiste en que, semejantes al Sol, alumbran con la luz de su ortodoxia el Universo entero." "El poder y actividad de los emperadores conciernen al cuerpo y alma (del hombre), mientras el poder de los patriarcas sólo concierne al alma." (3) El mismo autor afirma: "El emperador no está sometido a las leyes ni a los cánones." (4)

 

(1) Nic. Con., p. 583.

(2) Nic. Con., p. 274.

(3) Ραλλη και Ποτλη. Συταγμα των θειον και ιερων κανονων (Atenas, 1854). t. IV, páginas 544-545.

(4) Teodoro Balsamón, In canonem Consilii Carthaginensis (Migne, Patr. Gre.,Id) volumen 138, col. 93). Ver G. Vernadski, Die Kirchlich-politische Lehre der Epanagoge una ihr Einfluss auf das russische Leben im XVII Jahrhundert (Byz. neugñechische Jahrbucher, tomo VI (1928), p. 120).

 

La vida de la Iglesia bajo los Comnenos y Angeles permitía a los emperadores aplicar extensamente sus opiniones césaropapístas. Por una parte, numerosas "doctrinas falsas" y "herejías" agitaban en máximo grado los ánimos en el Imperio, y por otra la amenaza de turcos y pecheneques y la aproximación de Bizancio a Occidente como resultado de las Cruzadas empezaban a poner en peligro la existencia de Bizancio como Estado independiente, obligando a los emperadores a estudiar con seriedad el problema de la unión con la Iglesia católica, la cual, por intermedio del Papa, podía desviar el grave peligro que Occidente hacía correr a Bizancio.

Los dos primeros Comnenos fueron, en conjunto, defensores de la fe y de la Iglesia ortodoxas orientales, mas, impelidos por móviles políticos, hicieron concesiones en favor de la Iglesia católica.

Entusiasmada por la obra de su padre Alejo, Ana Comnena, en su Alexiada, le llama, con exageración evidente, el "treceno apóstol," añadiendo que si ese honor ha de corresponder a Constantino el Grande, Alejo Comneno debe ser puesto a la misma altura que aquél o, si se alega contra esto alguna objeción, ocupar el lugar inmediatamente posterior. (1) Pero el tercer Comneno, Manuel, sacrificó los intereses de la Iglesia de Oriente a su irrealizable política occidental.

 

(1) Ana Comnena, XIV, 8 (II, 259).

 

En el interior, los emperadores se ocuparon en especial de los errores dogmáticos y herejías de su época. También les inquietó mucho el crecimiento desmedido de los bienes eclesiásticos y conventuales, contra el cual el Gobierno, varias veces, había adoptado ya disposiciones severas.

Alejo Comneno, en su empeño de hallar fondos para la defensa nacional y para recompensar a sus partidarios, confiscó parte de los bienes monásticos e hizo fundir, a fin de convertirlos en moneda, cierto número de vasos sagrados.

No obstante, y para apaciguar el descontento provocado por tal medida, el emperador indemnizó a las iglesias abonándoles el valor de los vasos fundidos, y rectificó su actitud mediante una Novela especial "prohibiendo emplear los vasos sagrados para las necesidades públicas." (1) Manuel volvió' a poner en vigor la Novela promulgada en 964 por Nicéforo Focas y abrogada después, creando así un freno al enriquecimiento de iglesias y monasterios. Empero, más tarde suavizó aquella ordenanza, tan severa para el clero, con otra serie de Novelas.

Los desórdenes y la relajación del nivel moral de los clérigos orientales inquietaron no poco a Alejo Comneno, quien en una de sus Novelas declara que la fe cristiana corre gran peligro, porque el clero (bizantino) se hace peor de día en día." (2) Trazó, pues, un plan de reformas encaminadas a elevar el nivel moral de los eclesiásticos, regulando su vida según los principios canónigos, desenvolviendo su cultura, incrementando su actividad pastoral, etc. El emperador no siempre logró realizar en la práctica sus hermosos proyectos a causa de las condiciones generales de la vida del Imperio en aquella época.

Los Comnenos, aunque a veces se declararan hostiles al aumento desmesurado de las propiedades eclesiásticas, no por ello dejaron de ser con frecuencia protectores y fundadores de conventos.

Alejo declaró el Monte Athos exento a perpetuidad de impuestos y otras "vejaciones." "Los funcionarios civiles" no debían "tener relación alguna con el monte sagrado." (3) El Athos seguía sin depender de ningún obispo y el "protos" o presidente del consejo de hígúmenos (abades o priores) de los conventos del Athos era investido por el mismo emperador, bajo cuya dependencia directa quedaba así la montaña sacra. Reinando Manuel, los rusos, entonces instalados ya en el Athos, donde tenían un convento pequeño, recibieron en virtud de un acuerdo del "prolaton" o consejo de higúmenos, el convento de San Pantalemón, que aun hoy goza de gran renombre.

 

(1) Z von Lingenthal, Jus graeco-romanum, III, 355-358.

(2) Z. von Lingenthal, III, 414.

(3) Porf. Uspenski, El Oriente cristiano: Athos (Kiev, 1877), vol. III, i-a parte, p. 226-227. Ph. Meyer, Die Haupturkunden fur die Geschichte der Athokloster (Leipzig, 1894), p. 172.

  • Zacarías von Lingenthal, ob. cit., III, 370-371. Miklosich y Müller, Acta et Diplómata graeca medii aevi (Viena, 1890), VI, 45. Un pasaje muy importante de esa crisobula —
  • publicada en las dichas Acta — con el título de "protoproedro" ha sido recientemente corregido por Diehl en Remarques sur deux chartes byzantines de Patmos (Byzantion, t. IV, p. 1-6), y F. Dolger, en Die Kaiserurkundcn des Johannes-Theologos-Klosters auf Patmos (Byz. Zcit., tomo XXVIII, p. 338). Pero el texto había sido ya publicado correctamente por Zac. von Lingenthal en Zus graeco-romanum, III, 371-372. Comp. el mismo texto en L. Ross.

     

    Alejo ayudó también a San Crístódulo a fundar en la isla de Patmos un convento en honor de San Juan Evangelista, quien, según la tradición, había escrito allí el "Apocalipsis." Ese convento existe todavía. En la "crisobula" promulgada con aquel motivo, el emperador donaba la isla a Cristódulo de manera eterna e inalienable, eximiéndola de toda carga y prohibiendo el acceso a ella de todos los funcionarios del Estado. (4) Unas reglas muy estrictas gobernaban el nuevo monasterio. (1) "La isla de Patmos — escribe Chalandon — se convirtió en una pequeña república religiosa casi independiente: sólo los monjes podían habitar allí." (2)

    Las invasiones de los selyúcidas en el Archipiélago forzaron a Cristódulo y sus monjes a abandonar Patmos, refugiándose en Eugea, donde murió Cristódulo a fines del siglo XI. Las reformas de Cristódulo no le sobrevivieron y su tentativa de Patmos fracasó en absoluto. (3)

     

    (1) Véase Regula pro monasterio S. Ioannis Theologi in Ínsula Patmo, en Miklosich y Müller, ob. cit., VI, 59-80. Id. en K. (Atenas, 1884)

    (2) Chalandon, Essai sur le régne d'Alexis Ier Comnéne, p. 289. Ver también P. Lakovenko, Sobre la historia de la inmunidad en Bizancio (Yuriev, 1908), p. 10-11 (en ruso).

    (3) Véase E. Le Barbier, Saint Christodule et la reforme des couvents grecs au XIe siecle (París, 1863), s.a ed., p. 51-56. Esla antigua biografía contiene numerosos errores. L. Oeconomos, La vie religieuse dans l'Empire byzantin au temps des Comnénes et des Anges (París, 1918), p. 142-152.

    (4) El texto griego de ese estatuto (Tipicón) está publicado por A. Dimitrievski en su Descripción de los manuscritos litúrgicos conservados en las bibliotecas del Oriente ortodoxo (Kiev, 1895), t. I, p. 682-687 (en ruso y en griego).

     

    Juan Comneno erigió en Constantínopla un convento consagrado a Dios Todopoderoso ("Pantokrator"), fundando allí un hospital de cincuenta camas para los enfermos pobres. Tal hospital estaba admirablemente organizado. Su reglamento interno, descrito con detalle en el estatuto ("Tipicón") promulgado al efecto por el emperador (4) es el ejemplo "quizá más conmovedor que la historia nos ha conservado de los conceptos humanitarios de la sociedad bizantina." (1)

    La vida intelectual en la época de los Conmenos fue muy activa. Hay sabios que llaman a ese período la época del Renacimiento helénico, preparado por hombres tan eminentes como Miguel Psellos. Semejante renovación intelectual se expresó bajo los Comnenos de diversos modos, y en especial con la aparición de nuevas doctrinas heréticas y errores dogmáticos, contra los que los emperadores, paladines de la verdadera fe, tenían necesariamente que entrar en lucha.

    Ese rasgo de la época de los Comnenos se refleja bien en el "Sinodicón" o enumeración de nombres y doctrinas anatematizados que todavía se lee todos los años en la Iglesia oriental durante 3a semana de la ortodoxia, en cuyo curso se pronuncia anatema contra los herejes y en general contra las doctrinas antíeclesiásticas. Muchos de los nombres y doctrinas condenados en el Sinodicón se remontan precisamente a la época de Alejo y Manuel Comneno. (2)

    Alejo Comneno luchó especialmente contra los paulianos y bogomilas establecidos desde hacía tiempo, según vimos antes, en la Península Balcánica y sobre todo en la región de Filipópolis. Pero ni las persecuciones de herejes ni el suplicio del monje bogomilista Basilio en la hoguera produjeron la desaparición de las herejías, las cuales, aunque sin tener en verdad gran difusión en el Imperio, continuaban subsistiendo. El emperador se dirigió al monje Eutimio Zigabeno, hombre instruido en gramática y retórica, exégeta de los libros del Nuevo Testamento y de las Epístolas de San Pablo, y le rogó que expusiera y refutara todas las doctrinas heréticas existentes, apoyándose en los Padres de la Iglesia. Zigabeno, accediendo al deseo del emperador, compuso su "Panoplia dogmática de la fe ortodoxa," que contenía todas las pruebas científicas aptas para rechazar los argumentos heréticos mostrando su falta de fundamento dogmático. Aquella obra debía servir de manual para la lucha contra los errores de los herejes. (3) Todo lo cual no impidió al monje Nifón predicar, en tiempos de Manuel, la doctrina bogomílica. (4)

    Hubo gran agitación en torno al proceso instruido bajo Alejo Comneno — de Juan ítalos, sabio filósofo, oriundo de Italia y discípulo de Psellos, y a quien se acusaba de haber sugerido "a sus oyentes falsas doctrinas y opiniones heréticas condenadas por la Iglesia y contrarias a la Santa Escritura y a la tradición, y de no venerar los santos iconos," etc… (5)

     

    (1) F. I. Uspenski, La corriente occidental en la Bizancio conservadora (Byz. Vremennik, tomo XXII (1916), p. 26; en ruso). Véase también Oeconomos, ob. cit., p. 193-210. E. Jean-selme y L. Oeconomos, Les Oeuvres d'assistance et les hópitaux byzantines au siécle des Comnénes (Amberes, 1921), p. 11-18. C. Díehl, La Sociétc byzantine a l'époque des Comnénes (Revue historique du Sud-Est européen, t. VI (1929), p. 242 (errata de imprenta: 342), 249).

    (2) Sobre el Sinodicon ver F. I. Uspenski, Ensayos sobre la historia de la civilización bizantina (San Petersburgo, 1892), p. 89-145 (en ruso).

    (3) Migne, Patr. Gr.f vol. 130, col. 9-1362.

    (4) Véae L. Oeconomos, ob. cit., p. 38-47.

    (5) F. I. Uspenski, Las actas de acusación de herejía contra Juan Italos (Memoria del Instituto Arqueológico ruso de Constantinopla, t. II (1897), p. 3-10 (en ruso).

     

    Las "Actas" de la acusación de herejía contra Juan Italos, editadas y estudiadas por F. I. Uspenski, abren una interesante página de la vida espiritual de la época del primer Comneno. En el concilio que examinó el caso de Italos no se juzgaba sólo a un hereje que predicaba una doctrina peligrosa para la Iglesia, sino también a un profesor de universidad que enseñaba ciencias a hombres ya formados y que se encontraba en parte bajo la influencia de las ideas de Aristóteles, así como de Platón y de otros filósofos. Se citó a varios de sus alumnos. El concilio, después de estudiar las doctrinas de Italos, las calificó de corruptoras y heréticas. Pero el patriarca, a quien fue entregado Italos para que aquél pusiera a éste en el camino de la verdad, convirtióse en adepto de la doctrina del acusado, no sin gran escándalo de la Iglesia. Por orden del emperador se compuso entonces una lista de los errores de Italos. Al fin se pronunció anatema contra los once puntos doctrinales de ítalos reconocidos como heréticos, anatema que se extendió al propio Juan. (1)

     

    (1) Uspenski publica esos once puntos en El Sinodicon para el primer domingo de Cuaresma (Odesa, 1893), p. 14-18. En francés en L. Oeconomos, ob. cit., p. 25-28.

     

    Los escritos de ítalos no se han editado aún íntegramente, lo que impide dictar juicio definitivo sobre ellos. "Cuando — con frase de un historiador — la libertad de pensamiento religioso estaba limitada por la superior autoridad de la Santa Escritura y las obras de los Padres, (2) Italos "creyó factible dar en ciertos puntos preferencia a la filosofía pagana sobre la teología (3)

     

    (2) F. I. Uspenski, Ensayos sobre la historia de la civilización bizantina (San Petersburgo, 1892) p. 117 (en ruso).

    (3) P. Besobrasov, en Vizantiniski Vremennik, t. III (1896), p. 128 (en ruso).

     

    creyendo posible tener opiniones diferentes en un campo y en otro." (1) Finalmente, a propósito del caso de Italos, N. Marr plantea "una cuestión muy importante, que interesa a la vez a la civilización y a la historia, a saber: si los instigadores del proceso de Italos estaban al mismo nivel de cultura que aquel hombre que reclamaba la separación de los campos de la filosofía y la teología; y si, después de acusar al filósofo por su intrusión en el dominio de la teología, le otorgaban libertad de pensamiento en el dominio puramente filosófico." (2)

    Desde luego, la respuesta ha de ser negativa. Tal libertad era entonces imposible. Pero Italos no debe ser considerado sólo como teólogo. "Fue sobre todo un filósofo, condenado porque su sistema filosófico no se conformaba a la doctrina de la Iglesia (oriental)." (3) El especialista más reciente de la vida religiosa de la época de los Comnenos declara que cuanto sabemos de Italos demuestra con claridad que pertenecía a la escuela neoplatónica. (4)

    Las dudas y diferencias de opinión de los sabios que acabamos de citar bastan para mostrar el interés del asunto de Juan Italos desde el punto de vista de la historia de la civilización bizantina a fines del siglo XI y principios del XII.

    Pero esto no es lodo. La ciencia ha reparado en ciertas doctrinas aparecidas en la filosofía de la Europa occidental en la época de Juan Italos y que tuvieron puntos de semejanza con las ideas de dicho Juan. Tal semejanza puede advertirse en la doctrina de un célebre sabio y profesor de la Europa de la primera mitad del siglo XII. Hablamos de Abelardo, cuya autobiografía, o Historia calamitatum, se lee aún con vivo interés.

    La influencia de la civilización oriental sobre la occidental en aquella época es cosa complejísima y poco estudiada. Sería, pues, temerario afirmar que la escolástica de la Europa occidental estaba bajo la dependencia de Bizancio. Pero sí cabe decir que "el pensamiento europeo gira en igual círculo de ideas, durante el período comprendido entre los siglos XI y XII, que el pensamiento bizantino." (5)

     

    (1) D. Briantsev, Juan Italos: la fe y la razón, t. II (1904.), I parte, p. 328 (en ruso).

    (2) N. Marr. Juan Petritzi, neoplatónico georgiano (gruciniano) de los siglos XI-XII (Zapiski Vostochnavo otdieleniia rousskovo archeologixcheskova Obchestwa, t. XIX (1909), página 107; en ruso).

    (3) Chalandon, ob. cit., t. I, p. 316. L. Oeconomos, ob. cit., p. 29.

    (4) L. Oeconomos, ob. cit., p. 29. El autor francés sigue en su obra las líneas del libro de Uspenski.

    (5) F. I. Uspenski, Ensayos sobre la historia de la civilización bizantina, p. 178, ttfi, 183 (en ruso).

     

    En lo referente a las relaciones de Bizancio con los Papas y la Iglesia occidental, la época de los primeros Comnenos caracterizóse por una actividad muy grande. La causa principal de ello fue, como lo vimos por la apelación de Miguel VII Parapináceo a Gregorio VII, el peligro turco y pecheneque que amenazaba las fronteras de Bizancio, peligro que forzó a los emperadores a pedir ayuda a Occidente, incluso a costa de una posible unión de las dos Iglesias. De modo que la tendencia de los Comnenos a ultimar la unión con la Iglesia de Roma se explica únicamente por motivos de política exterior.

    En la época más difícil para Bizancio — finales de la novena década y principios de la décima del siglo XI — Alejo Comneno ofreció al Papa una reconciliación y un acuerdo, proponiéndole convocar un Concilio en Constantinopla para discutir la cuestión del pan ázimo y otros asuntos que dividían a las dos Iglesias. En 1089 se reunió en Constantinopla, bajo la presidencia de Alejo I, un sínodo de obispos griegos. Allí se discutió la moción de Urbano II, tendiente a volver a poner su nombre en los dípticos y a nombrarle en los Oficios. A instancias del emperador, un punto tan delicado fue resuelto en sentido afirmativo. (1) De esta época data probablemente la obra de Teofilacto de Bulgaria, Sobre los errores de los latinos, obra en que V. C. Vasilievski ve un signo de los tiempos que corrían. (2)

    La idea esencial de la obra de Teofilacto es muy notable. El autor no comparte la opinión general sobre la separación de las Iglesias y no cree que los latinos padezcan muchos errores ni que esos errores hagan inevitable el cisma. Además protesta contra el espíritu de intolerancia y orgullo teológico reinante entre sus contemporáneos instruidos. En una palabra, Teofilacto se muestra dispuesto a hacer concesiones razonables sobre muchos puntos. Pero respecto al Credo de Nicea no admite obscuridad ni adición alguna, o sea que se niega a admitir la añadidura del "Filíoque" al "Credo" de la Iglesia oriental.

    La crítica situación del Imperio y las dificultades que encontró en Roma Urbano II, a quien fue opuesto un antipapa, impidieron la reunión del proyectado concilio. La Cruzada promovida algunos años más tarde y las querellas y mutuas desconfianzas que surgieron como consecuencia no podían contribuir a la aproximación de las dos Iglesias. Bajo Juan Comneno hubo entre el emperador y los Papas Calixto II y Honorio II negociaciones con miras a la unión. Poseemos cartas de Juan, a esos pontífices. El Papa envió plenipotenciarios a Constantinopla, (3) pero no obtuvieron ningún resultado efectivo. Aparte esto, varios doctores latinos de Occidente intervinieron en las controversias teológicas de Constantinopla. El alemán Anselmo de Havelberg, que escribió hacia 1150, nos ha dejado un interesante relato de una controversia sostenida ante Juan Comneno en 1136: "Asistieron no pocos latinos, y entre ellos tres hombres sabios, versados en las dos lenguas y muy doctos en las letras: el veneciano Jacobo, el pisano Burgundio, y el tercero, el más famoso entre los griegos y entre los latinos por su conocimiento de las dos literaturas, era un italiano de la ciudad de Bergamo llamado Moisés, a quien todos eligieron para ser intérprete fiel de los dos partidos." (4)

     

    (1) Ver el interesante artículo de W. Holtzmann, Die Unionsverhandlungen zwíschen Alextos I. und Papst Urban II. im jahre 1089 (Byz. Zeitschrift, t. XXVIII (1928), p. 40. El autor da tres textos griegos inéditos. El texto relativo al sínodo de 1089 se halla en p. 60-62.

    (2) Vasilievski, Bizancio y los pecheneques, t. I, p. 83, 85. El tratado se encuentra en Migne, Patr. Gr., vol. 126, col. 226-250.

    (3) H. Kap-Herr, Die abendlandische Politik Kaiser Manuels (Estrasburgo, 1881), p. 9. Norden, Das Papsttum und Byzanz, p. 91. Chalandon, t. II, p. 162-163. Id., p. X-XI. Dólger, Regesten, t. II, núms. 1302 y 1303 (p. 59). El estudio, en griego, de H. Siderides, sobre las cartas de Juan Comneno sobre la unión de las dos Iglesias (Constantinopla, 1927), no lo conozco sino por la crítica de F. Dólger en la Byz. Zeits., t. XXVIII (1928), p. 202-204.

    (4) Anselmo de Havelberg, Dialogi, lib. II, cap. I (Migne, Patr. latina, vol. 188, col. 1163). Ver Ch. H. Hasking, Studies tn the History of Medioeval Science (Cambridge, ¡924), p. 144 y 197. Id., The Renaissance of the Twelfth Century (Cambridge, 1927), p. 294.

     

    Las relaciones se reanudaron con más actividad bajo Manuel I, el tan latinófilo sucesor de Juan Manuel, muy esperanzado en la resurrección del Imperio romano único y convencido de que sólo podría recibir la corona de ese Imperio de manos del Papa, ofreció a éste la unión. Así, vemos que las negociaciones con miras a la unificación tuvieron causas puramente políticas. El historiador alemán Norden observa con razón que (dos Comnenos creían poder elevarse con ayuda del Papado a la dominación de Occidente y a la vez del Papasistos estuvieron a veces dispuestos a tender una mano amistosa al emperador, sobre todo Adriano IV, entonces en lucha con el rey de Sicilia y muy irritado contra Federico Barbarroja, que se había coronado poco antes. En carta al arzobispo Basilio de Tesalónica, el Papa Adriano IV expresaba el deseo de "contribuir a devolver a todos sus hermanos al seno de la Iglesia," y compara la Iglesia oriental a una dracma perdida, a una oveja extraviada, a Lázaro muerto... (1)

    Al poco tiempo, Manuel propuso formalmente al Papa Alejandro III, por medio de un embajador, la unión de ambas Iglesias, a condición de que el Papa le entregase la corona del Imperio romano que sin derecho alguno detentaba Federico de Alemania. Si para alcanzar ese fin el Papa necesitaba dinero o fuerzas militares, Manuel le ofrecía proporcionarle en abundancia ambas cosas. Pero Alejandro III, cuya situación en Italia había mejorado algo, respondió con una negativa.

    Entonces el emperador congregó un concilio en la capital, con miras a eliminar todos los puntos de discordia existentes entre griegos y latinos y hallar medios que favorezcan la unión de las dos Iglesias. Manuel hizo cuanto pudo para que el patriarca compartiese su deseo de concesiones. Poseemos el texto de una "conversación" que en el concilio mantuvieron Manuel y el patriarca, conversación del mayor interés para caracterizar las opiniones de los miembros más eminentes del concilio. El patriarca dio al Papa el nombre de "ser hediondo a impiedad" y dijo preferir el yugo de los agarenos al de los latinos. Esta última frase del patriarca, que refleja probablemente un cierto estado de ánimo social y religioso propio de la época, debía repetirse más veces en el futuro. Así sucedió en el siglo XV, en el momento de la caída de Bizancio. Manuel hubo de ceder y declaró que se alejaría de los latinos "como del veneno de la serpiente." (2) Las discusiones del concilio no trajeron, pues, un acuerdo. Incluso se decidió romper en absoluto con el Papa y con sus partidarios.

     

    (l) Migne, Patr, Gr., vol. 119, col. 928-929.

    (2) Confrontar Loparév, Sobre las tendencias unionistas del emperador Manuel Comneno, (fc. Vremennik, t. XIV (1907), p. 339, 341, 342-343- 350-353- 355 en ruso)·

     

    De manera que Manuel fracasó en su política seglar exterior y en su política religiosa, fracaso que se explica si pensamos que el emperador, en ambos campos, sólo siguió una política personal, carente de base real sólida y profunda en la opinión pública. La restauración del Imperio único era imposible desde hacía mucho tiempo y las tendencias unionistas de Manuel no encontraban ninguna clase de eco ni simpatía en las masas populares del Imperio.

    En los cinco y turbulentos últimos años de la dinastía de los Comnenos (1180-1185), y en especial bajo Andrónico I, los intereses de la Iglesia pasaron a segundo plano, dejando el primero a los muy complejos de la vida interior y exterior, los cuales ya conocemos. Andrónico, adversario de la política latinófila de sus predecesores, no podía al principio de su reinado mostrarse partidario de una unión con la Iglesia occidental. En el interior del Imperio trató con severidad al patriarca de Constantinopla y no admitió discusión sobre las cuestiones atañentes a la fe. (1) Un "Diálogo contra los judíos," que se atribuye a menudo a Andrónico, es de época posterior.

    En la época de los Angeles, tan turbulenta desde el punto de vista político, la vida de la Iglesia ofreció los mismos caracteres, ya que los emperadores de aquella dinastía se consideraban señores absolutos. Isaac Ángel destituyó arbitraria y sucesivamente a varios patriarcas de Constantinopla.

    Bajo los Angeles hubo en Bizancio una violentísima controversia respecto a la Eucaristía. El mismo emperador participó en las discusiones. Según el contemporáneo Nicetas Coniata, se trataba de saber si "el cuerpo de Cristo que se recibe en la comunión es tan imperecedero, como lo fue después de sus sufrimientos y su resurrección, o tan perecedero como lo fue antes de sus sufrimientos. (2) Queríase, pues, concretar "si la Eucaristía que recibimos sigue el proceso fisiológico ordinario, como todo otro alimento absorbido por el hombre, o bien si la Eucaristía no está sometida a ese proceso." (3) Alejo Ángel sostuvo la doctrina de la incorruptibilidad de la Eucaristía, considerando "ultrajantemente ofensivo" lo contrario.

    La aparición de tal controversia en Bizancio a finales del siglo XII puede explicarse por las influencias occidentales, muy fuertes en el Oriente cristiano en la época de las Cruzadas. Sabido es que tales discusiones habían comenzado hacía tiempo en Occidente. Ya en el siglo XI se hallaban quienes sostenían que la Eucaristía estaba sometida al mismo proceso que un alimento ordinario.

    En cuanto a las relaciones de los Angeles con los Papas, ya nos consta que los Papas sirvieron sus intereses políticos proponiéndose unir las dos Iglesias, plan que no se realizó.

    La complejísima situación internacional que precedió inmediatamente a la cuarta Cruzada puso en primer plano al emperador de Alemania, quien parecía llamado a desempeñar un importante papel en la resolución de la cuestión bizantina. Pero el emperador alemán era a la vez el más peligroso enemigo del Papado. En consecuencia, el Papa se esforzó todo lo posible en hacer fracasar al emperador de Occidente, impidiéndole tomar posesión del Imperio oriental y sosteniendo al emperador bizantino, aunque fuese un usurpador como Alejo III, que había destronado a su hermano Isaac. Ya examinarnos la difícil situación del Papado durante la cuarta Cruzada y sabemos que el pontífice, primero enérgicamente opuesto a la desviación de la Cruzada, se vio gradualmente obligado a cambiar de criterio desaprobando el saqueo de Constantinopla, insólito por su cruel barbarie, la sanción pontifical.

    Estableciendo un balance de la vida religiosa bajo los Corónenos y los. Angeles, se advierte que ese período de 123 años (1081-1204) señalóse por una, actividad intensa en el campo de las relaciones exteriores y en el interior por una gran efervescencia. Tal época ofrece, sin la menor duda, considerable importancia e interés profundo en el aspecto de los problemas religiosos. (4)

     

    (1) Sobre las relaciones de Andrónico con el patriarca y la Iglesia ver Oeconomos, ob. cit.,. páginas 113-118.

    (2) Nic. Con., p. 682.

    (3) A. Lebediev, Ensayos históricos sobre el estado de la Iglesia oriental bizantina de fines del siglo XI a mediados del XV (Moscú, 1902), p. 153 (en ruso).

    (4) Ver Ecónomos, ob. cit., p. 22.

     

     

    nstrucción, Ciencias, y Artes en la Época de los Comnenos y los Ángeles.

    La época de la dinastía macedónica se había señalado, como sabemos, por una intensa actividad en el campo de las ciencias, las letras, la cultura y el arte. La labor de personalidades como Constantino Porfirogénito en el siglo X y Miguel Psellos en el XI, el esplendor intelectual bizantino, la renovación de la escuela superior de la capital en el siglo XI, crearon condiciones favorables al renacimiento espiritual de la época de los Comnenos y los Ángeles.

    Un rasgo característico de ese período es el entusiasmo por la literatura antigua. Hesiodo, Hornero, Platón, los historiadores Tucídides y Polibio, los oradores Isócrates y Demóstenes, Aristófanes y los trágicos griegos, así como otros eminentes representantes de los diversos aspectos de la literatura antigua, fueron estudiados e imitados por los escritores del siglo XII y más aún por los del XII.

     

    (1) Timario, De passionibus ejus, Diálogos satíricos. Notices et extraits des manuscrits, tomo IX (1813), 2.a parte, 171-174 (cap. V-VI), ed. Ellissen, Analecten der mittel-und neugriechischen Litteratur (Leipzig, 1860), t. IV, primera sección, p. 46-53 y 98 y sigs.

    (2) F. Cognasso, Un imperatore bizantino della decadenza: Jsacco II Angelo (Besarione,, tomo XXXI (1915), p. 6o. En la ed. por separado, p. 34).

    (3) J. B. Bury, Romances of Chivalry on Greek soil (Oxford, 1911), p. 3.

     

    Tal imitación repercutió sobre todo el idioma, el cual, con su busca excesiva de la antigua pureza, se volvió artificial, pomposo, difícil a veces de leer y comprender y completamente distinto de la lengua hablada corrientemente. Resultó así una literatura de hombres que, según frase de Bury, "eran esclavos de la tradición; cierto que sus señores eran magníficos, pero no por ello dejaba el hecho de significar una esclavitud." (3) No obstante, algunos escritores muy ilustrados en las bellezas de la lengua clásica no dudaron a veces emplear la lengua popular de su época, habiéndonos dejado interesantes ejemplos del idioma "vivo" del siglo XII. Los autores de la época de los Comnenos y Angeles proclamaban la superioridad de la civilización de Bizancio sobre la de Occidente, donde, según una fuente, habitaban "tribus obscuras bárbaras que en su mayoría han sido, sí no engendradas, al menos nutridas y educadas por Constantinopla," en ninguna de las cuales "hallan asilo las Gracias o Musas," y en las que un canto agradable tenía tanto valor "como el grito del buitre o el graznido del cuerzo." (1)

    Aquella época tuvo, en el dominio de la literatura, muchos representantes interesantes y eminentes, tanto en los medios seglares como en los eclesiásticos. Semejante tendencia intelectual penetró incluso en la familia de los Comnenos, muchos miembros de la cual, influidos por el ambiente que les rodeaba, consagraron gran parte de su tiempo a ocupaciones literarias o científicas. (1)

    Ana Dalasena, madre de Alejo I y mujer muy instruida e inteligente — su ilustrada nieta Ana Comnena la llama "no sólo honor de su sexo, sino también gloria de la naturaleza humana" —, llegaba a menudo a la mesa con un libro en las manos y en el curso de la comida comentaba las cuestiones dogmáticas propuestas por los Padres. Le gustaba sobre todo hablar de filosofía y del mártir Máximo. (2)

    El propio Alejo Comneno escribió disertaciones teológicas contra los herejes. En 1913 se han publicado las Musas de Alejo Comneno, dedicadas a su; hijo y heredero Juan y escritas en yambos. Fueron redactadas, en forma de "exhortación," poco antes de la muerte de Alejo. (3) Este trabajo de Alejo es. una especie se testamento político y no sólo trata de abstractas cuestiones de moral, sino incluso de cierto número de sucesos históricos contemporáneos, tales como la primera Cruzada.

    La hija de Alejo, Ana, y el marido de ésta. Nicéforo Brieno, ocupan puesto de honor en la historiografía bizantina. Nicéforo, que sobrevivió a Alejo y tuvo un papel importante en los asuntos públicos bajo Alejo y su hijo Juan, acometió la tarea de escribir la historia de Alejo Comneno. La muerte le impidió realizar su proyecto, y así no pudo componer más que una especie de crónica familiar o memorias que tendían a demostrar los motivos de la exaltación de la Casa de los Comnenos al trono, hasta la coronación de Alejo. El muy detallado relato de Nicéforo abarca los sucesos del período 1070-1079, o sea hasta comienzos del reinado de Nicéforo III Botaniates. Siendo así que la obra versa en especial sobre los Comnenos, no carece de cierta parcialidad. La dicción de Brieno es muy sencilla y carece de la artificiosidad característica, por ejemplo, de su culta esposa. En los escritos de Brieno se nota mucho la influencia de Jenofonte. Esa obra es de gran importancia, tanto para la historia de la corte como para la historia exterior, proyectando luz especialmente sobre el progreso del peligro turco.

    La esposa de Nicéforo, es decir, la talentosa y muy ilustrada Ana, hija mayor de Alejo, escribió la Alexiada, poema épico en prosa, según expresión de algunos eruditos. (4) y primer monumento importante del renacer literario de la época de los Comnenos. La escritora se propone en su obra describir el excelente reinado de su padre, "el gran Alejo, la antorcha del universo, el sol de Ana." (5)

     

    (1) Ver al respecto el muy sugestivo ensayo de vulgarización de C. Diehl, La Sociétf byzantine a l'époque des Comnénes (Rev. hist. du sudest européen, t. VI (1929), p. 198-280).

    (2) Ana Comnena, III, 8 (I, 113); V, 9 (I, 181-182).

    (3) P. Mass, Die Musen des Kaisers Alexias I (Byz. Zeits., t. XXII (1913), p. 348-367).

    (4) Hesseling, Byzantium (Haarlem, 1902), 336. Hesseling, Essai sur la civilisation byzantine (París, 1907), p. 321.

    (5) Ana Comnena, XI, 11 (II, 315-316). En los últimos años han aparecido en Inglaterra tres obras sobre Ana Comnena, las tres escritas por mujeres y las tres dignas de mención:

    1a, la trad. ingl. de la Alexiada, por E. A. S. Dawes, con el título de The Alexiad of the Princess Anna Comnena (Londres, 1928), 439 p.; 2a, una monografía excelente y muy detallada sobre Ana Comnena, de Georgina Buckler: Anna Comnena. A study (Oxford-Londres, 1929), X-558 p.; 3a, una breve biografía, muy bellamente escrita, de Ana Comnena en sus relaciones con ciertos hombres eminentes de su época, por Naomi Mitchison: Anna Comnena, (Londres, 1928, 96 p.). Este trabajo comprende seis capítulos titulados, por su orden: "Back-ground, Alexius, Constantine, Bryennius, Bohemond y Juan."

     

     

    En los quince libros de su gran obra, Ana describe la época de 1069 a 1118, traza el cuadro de la progresiva elevación de la familia de los Comnenos desde antes de la coronación de Alejo, y lleva su exposición hasta la muerte de éste. El libro de Ana completa y continúa el de su marido. En todo el libro de Ana se nota la tendencia panegirista de la autora, que exalta a su padre, llamándole "treceno apóstol" (1) y procura mostrar al lector la superioridad de Alejo sobre todos los demás miembros de su familia. Ana había recibido una instrucción excelente y leído muchos escritores de los más eminentes de la antigüedad, tales como Hornero, los líricos, los trágicos y Aristófanes; Tucídides y Polibio entre los historiadores; Isócrates y Demóstenes entre los oradores, y Aristóteles y Platón entre los filósofos. Estas lecturas influyeron en el lenguaje de la Alexíada, donde Ana adopta las formas externas de la antigua lengua helénica, "lengua escolástica, casi completamente momificada y opuesta del todo la lengua hablada en la época." (2)

    Ana llega a excusarse ante los lectores cuando ha de citar los nombres bárbaros de los jefes occidentales o rusos (escitas), que "afean y rebajan la sublimidad de la historia." (3) A pesar de su parcialidad, Ana nos. ha legado una obra histórica muy importante, que no sólo se funda en sus propias observaciones y en los testimonios orales, sino también en los documentos de los Archivos de Estado, la correspondencia diplomática y los decretos imperiales. Respecto a la primera Cruzada, la Alexíada es una de las fuentes más principales. Gíbbon juzga así la obra de Ana: "En vez de tener la sencillez de estilo y de exposición que se ganan nuestra credulidad, una elaborada afectación de retórica y ciencia delata a cada página la vanidad femenina de la autora." (4) Los historiadores modernos miran a Ana Comnena, y con razón, de modo diferente, reconociendo que, "a pesar de todos sus defectos, esas memorias de la hija sobre su padre persisten siendo una de las obras más eminentes de la historiografía medieval griega," (5) y serán siempre uno de los testimonios más altos del reinado de Alejo Comneno, restaurador del Imperio griego. (6) La más reciente bíógrafa de Ana, escribe: "Ana Comnena tuvo en verdad excelentes disposiciones científicas; poseyó ciertamente talento literario... A buen seguro no se requiere más para que reciba en el Parnaso el lugar que su época le concedió: el de décima Musa." (7)

     

    (1) Ana Comn., XIV, 8 (II, 259).

    (2) Krumbacher, Gesch. der byz. Lit., p. 277. Ver también a G. Buckler, ob. cit., páginas 479-516 (Ana, escritora).

    (3) "Ana Comn., X, 8 (II, 81), y VI, 14 (I, 222).

    (4) Gibbon-Bury, t. V, p. 226 (cap. XLVIII).

    (5) Krumbacher, ob. cit., p. 276.

    (6) C. Neumann, Griechische Geschichtschreiber una Geschichtsquellen im zwolften Jafirhundert (Leipzig, 1888), p. 28.

    (7) G. Buckler, ob cit., p. 522.

     

    Ignoramos si Juan, hijo y sucesor de Alejo y hombre que pasó toda su vida en expediciones militares, compartió las inclinaciones literarias de quienes le rodeaban. Pero sí sabemos perfectamente que su hermano menor, el sebastocrátor Isaac, a más de ser hombre instruido y promotor por las actividades culturas y en especial por las letras, escribió dos ensayos sobre la historia de la transformación de la epopeya homérica, y la introducción al Código llamado de lo Ocho Libros (Octateuco). Los más recientes estudios nos permiten suponer que la actividad literaria de Isaac fue mucho más diversa de lo que nos cabe juzgar dado el estado actual de nuestros conocimientos, reducidos a los dos o tres pequeños textos editados. Probablemente tenemos en él un escritor bizantino nuevo, interesante desde diversos puntos de vista. (1)

    El emperador Manuel, muy amante de la astrología, escribió una apología de la Ciencia astronómica., esto es, de la astrología, defendiéndola contra los ataques del clero. Fue, además, autor de varias obras teológicas y discursos públicos imperiales. (2) Considerando los estudios teológicos de Manuel, el panegirista de éste, Eustacio de Tesalónica, designa al Gobierno de entonces como un "sacerdocio imperial" o un "reino de sacerdotes" (Éxodo 19:6). (3) Manuel no se interesó sólo por la literatura, sino también por la teología. Envió al rey de Sicilia a título de regalo, el famoso Almagesto de Ptolomeo. Otros manuscritos de la biblioteca de Manuel pasaron también a Sicilia. La primera redacción latina del Almagesto se escribió hacia 1160. (4) Irene, cuñada de Manuel, se distinguió por su amor a las ciencias y su talento literario. Teodoro Pródromo, que fue su poeta oficial y probablemente su maestro, consagró a Irene varias trabajos poéticos y Constantino Manases compuso en honor a Irene su crónica versificada. En "el prólogo de la crónica Irene aparece calificada de "una verdadera amiga de la literatura." (1) Cierto Diálogo contra los judíos atribuido a veces a Andrónico I, pertenece, según ya dijimos, a una época más reciente.

     

    (1) F. I. Uspenski, El código constantinopolitano llamado de Seraglio (Memoria del Instituto arqueológico ruso en Constanlinopla, t. XII (1907), p. 30-31. En ruso). Ed. Kurtz, Ein Gedicht des Sebastokrator Isaakios Komnenos (Byz. Neugr. Jahrbucher, t. V (26 páginas 44-46).

    (2) Cinnamus, VI, 13 (p. 290). Nic. Chon., De Manuele, VIII, 5 (p. 274-275).

    (3) Fontes rerum byzantinarum, ed. W. Regel (San Petersburgo, 1892), I (1) p 6; ver también p. VII.

    (4) Ver C. H. Haskins,.The spread of ideas in the Míddle Ages (Speculum, I (1926), 24). Id., Studies in the history of the medioeval science (Cambridge, 1924), p. 143, 161. Id.,

    The renaissance of the twelfth century (Cambridge, 1927), p. 292.

     

    Este breve resumen indica lo mucho que las inclinaciones literarias penetraron en los Comnenos. Pero de seguro esta familia no hacía sino reflejar el impulso intelectual general que halló su principal expresión en el desarrollo literario característico de la época de los Comnenos.

    Los historiadores, poetas, escritores religiosos y literatos diversos, así como los áridos cronistas contemporáneos, nos han dejado obras que nos permiten profundizar en la vida literaria de la época de los Comnenos y los Ángeles.

    El historiador Juan Cinnamo o Cinnamus, contemporáneo de los Comnenos, siguió las huellas de Herodoto y Jenofonte y sufrió además la influencia de Procopio. Nos ha legado una historia de los reinos de Juan y Manuel (1118-1176), que continúa la historia de Ana Comnena. En el centro de esta exposición, notoriamente inacabada, Cinnamus sitúa la personalidad de Manuel, con lo que su obra tiene en algún modo tendencia panegírica. Defensor acérrimo de los derechos del emperador romano de Oriente y adversario declarado de las pretensiones pontificias y del poder imperial de los soberanos germánicos, Cinnamus, aparte de hacer héroe de su libro a Manuel — pagando así la benevolencia que el emperador le demostró —, nos da un relato histórico concienzudo, fundado en el estudio de fuentes excelentes y escrito en muy buen griego, empleando "el tono franco de un soldado lleno de un natural y no disimulado entusiasmo por el emperador." (2)

     

    (1) Constantino Manases, Compendium Chronicum, p. 3, verso 3 (ed. Bonn).

    (2) C. Neumann, Griech. Gesch., p. 99. Krumbacher, p. 280.

     

    Los dos hermanos Acominatos — Miguel y Nicetas —, oriundos de la ciudad frigia de Konia o Chonia (por lo que a menudo se les apellida Coniatas o Choniatas) fueron figuras eminentes en las letras del siglo XII y de comienzos del XI." Miguel, el hermano mayor, había recibido una excelente instrucción en Constantinopla junto a Eustacio, obispo de Tesalónica, de quien hablaremos luego. Miguel escogió la carrera eclesiástica y fue arzobispo de Atenas durante cerca de treinta años. Era ardiente admirador de la antigüedad helénica.

    Vivió en su residencia arzobispal de la Acrópolis. (Ya sabemos que en la Edad Media había en el antiguo Partenón un templo consagrado a la Virgen.) Parecíale al principio muy seductor tener su sede en la Acrópolis. Miguel miraba a la ciudad y sus habitantes con los ojos de un contemporáneo de Platón, y por tanto le espantada el tremendo abismo que separaba a los atenienses contemporáneos de los helenos de la antigüedad. El idealista Miguel no reparaba en el fenómeno general que se había producido en toda Grecia, transformando la nacionalidad griega. Su concepción ideal chocó en seguida con la dura realidad .

    El discurso de presentación de Miguel ante los atenienses reunidos en el Partenón, fue, según el autor, un modelo de estilo sencillo. Recordó a sus oyentes la antigua grandeza de la ciudad, madre de la elocuencia y la sabiduría; expresó la firme certidumbre que albergaba de la continuidad genealógica del pueblo ateniense desde la antigüedad hasta entonces; sugirió a los atenienses que siguieran los nobles ejemplos de sus antepasados y citó como ejemplos los nombres de Arístides, Diógenes, Pericles y Temístocles. (1) Aquel discurso, compuesto en realidad con un estilo enfático, plagado de citas antiguas y bíblicas, lleno de y metáforas, resultó obscuro e incomprensible para los auditores del nuevo metropolitano, porque tales expresiones estaban por encima de la comprensión de los atenienses del siglo ΧΙΙ Miguel lo notó. En uno de sus siguientes sermones dijo con profunda amargura:

     

    "¡Oh, ciudad de Atenas, madre de la Sabiduría, y en qué grado de ignorancia has recaído! Cuando me dirigí a vosotros en mi discurso de presentación, que era tan sencillo, tan desprovisto de artificio, pareció que hablaba una lengua incomprensible, obscura y extranjera, persa o escita." (2)

     

    (1) Mig. Acoro., ed. Lampros, t. I, p. 93-106.

    (2) Mig. Acom., t. I, p. 124.

     

    El sabio Miguel Acominatos dejó pronto de ver en sus contemporáneos atenienses a los descendientes directos de los antiguos helenos. "Quedan — escribía — el encanto del país; el Himeto, rico en miel; el tranquilo Pirco; Eleusis, antes misteriosa; la llanura de Maratón; la Acrópolis; pero aquella culta generación amante de las ciencias ha desaparecido y su lugar tomado por una generación inculta, pobre de cuerpo y de espíritu. (1) Rodeado de bárbaros, Miguel temía convenirse él mismo en grosero y bárbaro. Se quejaba de la alteración de la lengua griega, evolucionada ahora en una especie de dialecto bárbaro, el cual no llegó a comprender hasta después de pasar tres años en Atenas. (2) Miguel habitó en la Acrópolis hasta principios del siglo XIII. A raíz de la conquista de Atenas por los francos, hubo de ceder su sede a un obispo latino y pasó la última parte de su vida en la pequeña isla de Ceos, junto al litoral del Ática, y allí murió y fue enterrado en 1220.

    Miguel Acominatos dejó una rica herencia literaria que incluye sermones y discursos sobre temas diversos, muchas epístolas y algunos poemas. El conjunto nos da indicaciones preciosas sobre las condiciones políticas, morales y literarias de la vida de su tiempo. Entre sus poemas ha de colocarse, en primer término, una elegía yámbica en honor de Atenas, "primera y única lamentación llegada a nosotros sobre la ruina de la antigua y gloriosa ciudad." (3) Gregorovius califica a Miguel Acominatos de rayo de sol en las tinieblas de la Atenas medieval, y de "último gran ciudadano y última gloria de aquella ciudad de la sabiduría." (4)

    En la tosquedad que rodeaba a Atenas y de que habla Miguel, así como en la alteración del idioma, han de verse, ante todo, ciertas huellas de la influencia eslava. Algunos sabios, como E. I. Uspenski, creen posible, fundándose en los escritos de Miguel, afirmar la existencia en el siglo XII, cerca de Atenas, de una comunidad eslava y de una propiedad campesina libre, cosas muy importantes en la historia interior de Bizancio. (5)

     

    (1) Mig., t. II, p. 12.

    (2) Id., t. II, p. 44.

    (3) Gregorovius, Geschichte der Stadt Athen im Mittelalter, t. (Stuttgart, 1889), página 243.

    (4) Ibíd., t. I, p. 204.

    (5) F. I. Uspenski, En torno a la historia del régimen territorial labriego en Bizuncio (Gaceta del Ministerio de Instrucción Publica, vol. 225 (1883), p. 85-86. En ruso).

     

    Nicetas Acominatos o Coniata, hermano menor de Miguel, ocupó el primer puesto entre los historiadores del siglo XII y comienzos del XIII. Nicetas nació, promediado el siglo XII, en la ciudad frigia de Konia, como su hermano, y siendo niño aun fue enviado a Constantinopla, donde estudió bajo la dirección de Miguel. Mientras éste se consagraba al sacerdocio, Nicetas eligió la carrera laica de funcionario. Probablemente a raíz de los últimos años del reinado de Manuel, y en especial bajo los Ángeles, fue agregado a la corte y alcanzó los grados superiores de la jerarquía administrativa. Forzado a huir de la capital durante el saco que de esta practicaron los cruzados en 1204, Nicetas huyó a Nicea, buscando refugio junto al emperador de este último país, Teodoro Láscaris: Teodoro le acogió con mucha benevolencia, le otorgó todos los honores y distinciones perdidos y le dio la posibilidad de consagrar los últimos años de su vida a sus trabajos literarios favoritos, así como de terminar su gran obra histórica. Nicetas murió en Nicea poco -después de 1210. Su hermano Miguel, que le sobrevivió, dedicóle una emocionante oración fúnebre, muy importante para la biografía de Nicetas.

    La obra principal de Nicetas Coniata es su gran obra histórica en veinte libros, que abarcan los sucesos comprendidos entre la exaltación de Juan Comneno y los primeros años del Imperio latino (1118-1206). Esa obra es fuente inestimable para la época de Manuel, el interesante reinado de Andrónico, la época de los Ángeles y la cuarta Cruzada y toma de Constantinopla por los cruzados en 1204. El principio de la historia — el período de Juan Comneno — está expuesto con brevedad. La obra de Nicetas suele pararse en, seco sobre accidentes fortuitos y no presenta una unidad acabada. F. I. Uspenski supone que no se ha publicado aun en su forma íntegra. (1) Nicetas sólo se servía de dos fuentes en su trabajo: los relatos de testigos oculares y sus observaciones propias. Los sabios están divididos sobre la cuestión de si se sirvió de Juan Cinnamus como una fuente. (2) La historia de Nicetas Acominatos está escrita en estilo ampuloso, elocuente y pintoresco y su exposición revela extensos conocimientos en literatura antigua y en teología. El autor forma sobre su lenguaje un juicio muy diferente del nuestro. En la introducción de su trabajo, dice, entre otras cosas: "No me he curado de hacer un relato pomposo, salpicado de palabras obscuras y de expresiones hinchadas, aunque otros aprecien esto mucho...

     

    (1) F. I. Uspenski, Un escritor bizantino: Nicetas Acominatas de Chonas (San Petersbourgo, 1874), p. 128 (en ruso).

    (2) Véase Uspenski, ob. cit., p. 153-160, y Krumbacher, p. 283.

     

    Lo que más detesta la historia, como yo digo, es un lenguaje obscuro e incomprensible, pues ama, al contrario, un estilo sencillo, natural y fácil de entender." (1)

    A pesar de cierta tendenciosidad en su exposición de los sucesos de ciertos reinados, Nicetas, persuadido de la superioridad de la civilización romana sobre la del "bárbaro Occidente," merece como historiador gran confianza y atención profunda. Uspenski escribe: "Nicetas merece ser estudiado aunque sólo fuera por el hecho de que en su historia se ocupa en una época muy importante de la Edad Media, en la cual las relaciones hostiles de Oriente y Occidente alcanzaron su mayor grado de intensidad y dieron nacimiento a las Cruzadas y a la fundación de un Imperio latino en Constantinopla. La opinión de Nicetas sobre los Cruzados occidentales y sobre las relaciones recíprocas de Oriente y Occidente se señala por su justeza profunda y por un afinado sentido histórico que no hallamos en los mejores escritos de la literatura occidental de la Edad Media." (2)

    Aparte su Historia, acaso se deba a Nicetas Acominatos un corto tratado sobre las Estatuas destruidas por los latinos en Constantinopla en 1204, y varias obras retóricas, como cierto número de panegíricos de los diversos emperadores y un tratado teológico no dado a luz íntegramente: el Tesoro de la Ortodoxia, continuación de la Panoplia de Eutimio de que hablamos antes. El Tesoro, resultado de un estudio hondo de numerosos escritores, se propone refutar los errores heréticos.

    Entre las figuras eminentes del siglo XII cabe contar igualmente al maestro y amigo de Miguel Acominatos, a "la más brillante luminaria del mundo sabio bizantino después de Miguel Psellos," (3) es decir, el arzobispo Eustacio de Tesalónica. Eustacio educóse en Constantinopla y allí, en su calidad de diácono de Santa Sofía, fue profesor de oratoria y escribió la mayoría de sus brillantes trabajos. Pero su obra histórica, y otras ocasionales se redactaron en Tesalónica. La morada de Eustacio en Constantinopla era una especie de academia para los estudiantes jóvenes y se convirtió en un centro en torno al que se reunían los mejores intelectos de la capital y la juventud deseosa de instruirse. (4) Eustacio, pastor supremo de la segunda ciudad del Imperio, desplegó gran celo por elevar el nivel moral e intelectual de los monjes, lo que a veces le generó la hostilidad de algunos miembros del clero regular.(5) Son muy interesantes, desde el punto de vista de la historia de la civilización, las incesantes exhortaciones de Eustacio a los monjes para que no echasen a perder los tesoros de las bibliotecas. Al respecto, escribió en su obra sobre el monaquismo palabras siguientes: "¡Guay de ti! ¿Por qué quieres, ignorante, identificar una biblioteca monacal con tu alma? Tú, que no posees conocimiento alguno, ¿quieres también quitar a la biblioteca sus recursos científicos? Déjala que conserve esos tesoros. Tras de ti vendrá algún conocedor o amante de esas ciencias y el primero se volverá más instruido después de pasar algún tiempo en la biblioteca; el segundo, avergonzado de su completa ignorancia, encontrará en el estudio de los libros lo que buscaba." (1) Eustacio murió a fines del siglo XII. Su discípulo y amigo Miguel Acominatos, metropolitano de Atenas, honró la memoria del difunto con una conmovedora oración fúnebre.

     

    1. Nic. Coniata., p. 6.
    2. Uspenski, ob. cit., prefacio, p. V.
    3. Gregorovius, ob. cit., t. I, p. 205, 207.
    4. Ver el excelente artículo de Cohn sobre Eustacio en Pauly-Wissowa, Real Encyclopadie, VI (1909), col. 1454. El artículo comprende las páginas 1452-1489.
    5. Ver L. Oeconomos, La vie religieuse dans l'Empire byzantin au temps des Comnénes et des Anges (París, 1918), p. 153-165. Los datos están tomados de la obra de Eustacio, De emendanda vita monachica (Migne, Patr. Gr., vol. 135, col. 729-910).
    1. Migne, Patr. Gr.,.vol. 133, col. 836.

     

    Eustacio, sin duda, fue una de las personalidades más importantes de fa vida intelectual de Bizancio en el siglo XII. Señálase como atento observador de la vida política de su tiempo, como teólogo despierto y experimentado que era criticó valerosamente la corrupción monacal, y como un sabio notable fijó su posición al respecto. Su conocimiento de la literatura antigua, y sobre todo de los Comentarios de Hornero, le han valido un lugar de honor, no sólo en la historia de la civilización bizantina, sino también en el de la filología clásica. Su legado literario abarca dos partes: en la primera han de situarse los vastos y profundos comentarios sobre la Iliada y la Odisea que compuso en Constantinopla, un valioso comentario de Píndaro y algunas otras cosas; en la segunda, las obras escritas en Tesalónica, es decir, su historia de la toma de Tesalónica por los normandos en 1185, obra de que ya hemos hablado antes; una correspondencia muy importante para su época; una célebre disertación sobre la necesidad de reformar la vida monástica, un discurso sobre la muerte del emperador Manuel, etc. Los escritos de Eustacio no se han utilizado aun con la debida amplitud en relación al estudio de la vida política e intelectual de Bizancio. (1)

    A fines del siglo XI y principios del XII vivió el eminentísimo teólogo Teofilacto, arzobispo de Achrida (Ochrida), en Bulgaria. Nació en la isla de Eubea y fue durante algún tiempo diácono en Santa Sofía. Recibió una excelente instrucción y tuvo por maestro al célebre Miguel Psellos. Fue nombrado arzobispo de Achrida probablemente bajo Alejo I. Bulgaria estaba entonces sometida al dominio de Bizancio. La vida ruda y bárbara de aquel país no pudo hacer a, Teofilacto olvidar a Constantinopla, ciudad a la que deseaba, con todo su corazón, regresar. Pero no lo logró y terminó su vida en Bulgaria. Si bien se desconoce la fecha exacta de su fallecimiento, se estima que murió hacía el 1108. Escribió algunas obras teológicas. Se conocen en especial sus Comentarios sobre los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. Pero desde nuestro punto de vista sus obras capitales son su correspondencia y su libro Sobre los errores de los latinos. Casi todas sus cartas, escritas entre 1091 y 1108, (2) nos dan un cuadro muy interesante de la vida provinciana en el Imperio. Las cartas de Teofilacto, no estudiadas con profundidad en lo que se refieren a la historia interna de Bizancio, merecen particular atención. Ya hablamos antes de su libro Sobre los errores de los latinos, que se señala por sus tendencias conciliadoras al respecto de la Iglesia romana. (3)

    Reinando Manuel, vivió y escribió como Miguel de Tesalónica, quien comenzó su carrera como diácono y profesor de exégesis de los evangelios en Santa Sofía de Constantinopla, recibiendo después el título de "Maestro de los retóricos" y siendo, al fin, condenado como sectario de la herejía de Sotérico Panteugeno y privado de sus títulos. (4) Compuso varios discursos en honor de Manuel: cinco de ellos han sido publicados. El último fue pronunciado, como una oración fúnebre, pocos días después de la muerte del emperador. (5) Los discursos de Miguel dan algunos detalles interesantes sobre los sucesos históricos de la época. Los dos últimos no han sido utilizados todavía por ningún historiador.

     

    (1) Veáse Krumbacher, ob.cit. p.536-541.

    (2) V. Vasilievski, Teofilacto de Bulgaria en su ensayo Bizancio y los pecheneques (Obras, t. I, p. 138. En ruso). Chalandon, t. I, p. XXVII (Chalandon sigue Vasilievski). Ver también B. Leib, Roma, Kiev y Bizancio, p. 42.

    (3) El mejor estudio sobre Teofilacto de Bulgaria se debe a Vasilievski (Obras, t. I, páginas 134-149. En ruso). Chalandon, t. I, p. XXIII-XXVIII, sigue a Vasilievski. Ver Leib, obra cit., p. 41-50. Krumbacher, ob. cit., p. 133-135 y 463-465 (la cronología es incorrecta).

    (4) Ver Krumbacher, p. 473. Regel, Font. rer. byz., t. I, (1) p. XVII. Chalandon, t. II, página XLVIII.

    (5) Regel, ob. cit., t. I, (1) p. 131-182 (Los tres primeros discursos); t. I (2}. p. 183-338 (discursos cuarto y quinto, publicados en 1917).

     

    A mediados del siglo XII se escribió una de las numerosas imitaciones bizantinas de los diálogos de Luciano: el Timarión. Esa obra suele ser considerada anónima, pero acaso el autor se llamase Timarión realmente. (1) Timarión relata el supuesto viaje que hizo a los infiernos y reproduce las conversaciones que tuvo con los muertos en los Campos Elíseos. Dice haber visto al emperador Romano Diógenes, a Juan Italos, a Miguel Psellos, al emperador iconoclasta Teófilo, etc. Literariamente, el Timarión, obra llena de humorismo y talento, es la mejor imitación bizantina de Luciano. Fuera de sus cualidades de estilo, el libro tiene para nosotros el interés de que nos da algunas descripciones de la vida real, como la de la feria de Tesalónica. Es una fuente histórica de primer orden para la historia interior de Bizancio. (2)

    Otro contemporáneo de los Comnenos, Juan Tzetzés, muerto probablemente hacia 1180, tiene una considerable importancia en el sentido de la literatura, de la historia de la civilización y de la antigüedad clásica. Este autor, tras haber recibido una buena instrucción filológica, fue durante cierto tiempo profesor de gramática y después se entregó a la literatura, ocupación que aseguró su pan de cada día. En sus escritos Juan Tzetzés no desperdicia ocasión alguna de hablar de las diferentes circunstancias de su existencia, las cuales nos muestran un hombre del siglo XII que vive de su actividad literaria y se queja sin cesar de su pobreza y miserias, busca las buenas gracias de los ricos y nobles, les dedica sus escritos, se indigna ante la idea de que no sean debidamente reconocidos sus méritos y cae un día en tal miseria que de todos sus libros sólo le resta un ejemplar de Plutarco. Como, por falta de dinero, no podía procurarse las obras necesarias y debía confiar principalmente en su memoria, cometió en sus escritos muchos errores históricos elementales. En una de sus obras escribe: "Para mí, mi biblioteca es mi cabeza. Dada la gran penuria en que estamos, no tenemos libros en casa. Así, no puedo nombrar exactamente al autor." (3) En otra obra escribe respecto a su memoria; "Dios no ha creado nunca y nunca creará un hombre que tenga una memoria semejante a la de Tzetzés." (4) La erudición de Tzetzés en materia de literatura clásica antigua y bizantina era muy notable. Había leído innumerable cantidad de poetas, escritores dramáticos, historiadores, oradores, filósofos, geógrafos y novelistas, sobre todo a Luciano. Las obras de Tzetzés están escritas en un estilo retórico, cargadas de citas mitológicas, literarias e históricas y llenas de autoelogios. Son, pues, difíciles de leer y poco interesantes. Citaremos sólo unos cuantos de sus numerosos escritos. La colección de sus cartas, ciento siete en total, aparte los defectos que hemos señalado, tiene cierta importancia, tanto para la biografía del autor como para las de sus corresponsales. El Libro de las historias, escrito en versos llamados "políticos" (esto es, populares) (5)

     

    (1) Véase J. Dráseke, Byzantinischen Hadesfahrten (Neue Jahr. für das Klasische Altertum, t. XXIX (1912), p. 353).

    (2) Véase Krumbacher, p. 467-468. Montelalici, ob. cit., p. 258-259. H. Torez, Byzantine satire (The Journal of Hellenic Studies, t. II (1881). p. 241-257). Dráseke, ob. cit., páginas 343-366. Hase da una excelente introducción al estudio de esta obra y una no menos buena explicación del Timaríon en las Notices et extraits des manuscrits (18131, 2.a parte, páginas 125-268.

    (3) Johannis Tzetzis, Argumentum et Allegoriae in Iliadem, XV, 87-89. P. Matranga, Anécdota graeca (Roma, 1850), I, 120.

    (4) Quttiadas, I, versos 277-278 (ed. Kiessling, Leipzig, 1826).

    (5) El rasgo distintivo de los versos "políticos" consiste en la desaparición completa de versos largos y breves, repitiéndose incesantemente versos del mismo número de sílabas.

    (1) Krumbacher, ob. cit., p. 528. Montelatici, ob. cit., p. 261.

     

    es una obra poética de carácter históricofilológico, que abarca más de doce mil versos. A partir de la primera edición, donde, para comodidad, la obra se dividió en doce partes de a mil versos, se llama ordinariamente a este libro las Quiliadas (es decir, los Miles). Las Misionas o Quilíadas de Juan Tzetzés, no son, según Krumbacher, más que "un enorme comentario versificado de sus propias cartas, que allí se explican la una tras la otra. Las relaciones de las cartas y las Quiliadas son tan íntimas, que las primeras pueden considerarse como un resumen detallado de las segundas." (1) Este solo hecho quita a las Quilíadas todo valor literario. Otro sabio (V. G. Vasilievski), nota con severidad que las Quilíadas "representan desde el punto de vista literario un absurdo completo; pero a veces explican lo que queda obscuro en la prosa," (1) o sea en las cartas.

    Otra gran obra de Juan Tzetzés, también escrita en versos políticos — las Alegorías sobre la Iliada y la Odisea — está dedicada a la esposa del emperador Manuel, Berta-Irene, llamada por el autor la reina "más homérica" ; (2), es decir, la mayor admiradora del "muy sabio Hornero, ese lago de palabras," la "luna clara, no bañada por las olas del Océano, sino que sale del lecho de púrpura de su sol." (3) El fin de Tzetzés era exponer el contenido de los cantos de Hornero, explicándolos, en especial, desde el punto de vista de la exégesis alegórica del mundo de los dioses descrito por Hornero. Al principio de sus Alegorías, Tzetzés dice, con no poca presunción: "Póngome a la tarea y, tras tocar a Hornero con la varilla mágica de mí palabra, lo haré más accesible a todos y sus profundidades invisibles aparecerán a plena luz ante nosotros." (4) Según Vasilievski, esa obra de Tzetzés está desprovista "no sólo de gusto, sino también de sentido común." (5) Además de las obras citadas, Juan Tzetzés nos ha dejado otras sobre Homero y Hesíodo, escolios (notas críticas o explicativas al margen de los manuscritos) sobre Hesíodo y Aristófanes, algunos poemas, etc. Las obras de Juan Tzetzés no han sido editadas aun en nuestros días y algunas probablemente se han perdido.

     

    1. Vasilievski, Una oración fúnebre inédita de Basilio de Ochrida (Viz. Vremennik, lomo U (1894), p. 92. En ruso).
    2. Longino, neoplatónico, filólogo y retórico del siglo III de J. C., llama a Heredóto. Ver J. B. Bury, The Ancient Greek Hístorians (Nueva York, 1909), p. 42, n. i.
    3. Tzetzis, Allegoriae proemtum, versos 1-4 (Matranga, I, i y 2).
    4. ídem, 32-34 (Matranga, I, 2).
    5. Vasilievski, ob. cit., p. 91 (en ruso).

     

    Después de todo lo dicho, el lector dudará probablemente de la valía intelectual de Juan Tzetzés. Pero el extraordinario celo del autor y su interés por compilar documentos hacen que sus escritos sean una fuente de valiosos informes sobre la antigüedad, teniendo extrema importancia para el conocimiento de la literatura clásica. Además, la labor de este autor y sus vastos conocimientos nos permiten extraer algunas conclusiones sobre el carácter del "renacimiento" literario de la época de los Comnenos.

    Podríamos prescindir de hablar de Isaac Tzetzés, hermano del anterior y que se ocupó en filología y métrica, si no fuera porque la filología menciona frecuentemente a los hermanos Tzetzés," como si confiriera a entrambos un valor casi igual. En realidad Isaac no se distinguió por nada y seria lógico abandonar la expresión "hermanos Tzetzés."

    Un interesante y típico personaje de la época de los tres primeros Comnenos — y sobre todo de Juan y Manuel — es el muy sabio poeta Teodoro Pródromo, o Ptochoprodromo, es decir, el Pobre Pródromo, como se llamaba a veces, ya para excitar compasión o por falsa humildad. Sus diversas obras procuran una rica documentación tanto al filólogo como al filósofo, al historiador como al teólogo. Aunque sean numerosas las obras publicadas que se atribuyen a este autor con más o menos fundamento, hay inéditas todavía muchas entre los manuscritos de las bibliotecas de Oriente y Occidente. Hoy la personalidad de Pródromo suscita graves discusiones entre los críticos, que se preguntan a quién pertenecen en realidad las muchas obras atribuidas a este autor. Hay quien cree en dos personajes con el nombre de Pródromo; otros creen en tres; varios en uno. (1) La cuestión no está resuelta ni se podrá resolver mientras no se edite toda la herencia literaria vinculada al nombre de Pródromo.

    El período principal de la actividad de Pródromo coincide con la primera mitad del siglo XII. Su tío, conocido por el nombre monástico de Juan, fue metropolitano de Kiev, y de él dice la crónica rusa de 1080 que era un "hombre instruido en los libros y en las ciencias, generoso con los pobres y las viudas," (2) etc, Según toda probabilidad, Pródromo murió hacia 1150.

    Diehl opina que Pródromo fue uno de los representantes "del proletariado de las letras, que vegetaba en Constantinopla y se componía de hombres inteligentes, instruidos, incluso distinguidos, pero a los que los rigores de la vida habían humillado singularmente, sin contar el vicio, que, uniéndose a la miseria, los había a veces desviado y rebajado singularmente." (3)

     

    (1) Véase S. Papadimitriu, Teodoro Pródromo (Odessa, 1905), p. XIX-XXI y I y sigs. (en ruso). Krumbacher, p. 760. Montelatíci, ob. cit., p. 197.

    (2) Crónicas Lavrentievskaia e Ipatievskaia (en ruso antiguo).

    (3) Diehl, Figures byzantines, t., p. 140.

     

    No obstante, los míseros escritores que frecuentaban la corte y se relacionaban con la familia imperial y los grandes, hallaban a veces, si bien a menudo con trabajo, un protector que proveía generosamente a sus necesidades. Toda la vida de Pródromo transcurrió en busca de un protector y en lamentaciones de su miseria, de su estado enfermizo, de su vejez... En su petición de socorros ninguna adulación, exageración ni bajeza le atajaba, y no elegía las personas a quienes dedicaba sus encomios. Pero en honor de Pródromo ha de decirse que siempre permaneció fiel a una persona: Irene, la nuera de Manuel, incluso en los momentos de desgracia de ésta. La situación de los escritores como Pródromo era muy difícil a veces. Así, en una de las obras antes atribuidas a Pródromo, el autor lamenta no ser remendón, panadero, picapedrero o pintor de brocha gorda, ya que éstos al menos tienen qué comer, y hace a un tercero decir, irónico: "Cómete tus escritos y aliméntate con ellos, amigo mío. Aliméntate de literatura, pobre hombre." (1)

    Ya dijimos que nos han llegado muchas y diversas obras atribuidas a Pródromo. Hallamos a este novelista, hagiógrafo, epistolista, orador, autor de un poema astrológico, de otros religiosos, de escritos filosóficos, de sátiras y de obras humorísticas. Varios de esos escritos son trabajos circunstanciales, escritos con motivo de una victoria, un nacimiento, un óbito o un matrimonio, y tienen mucho valor por las alusiones dispersas que contienen sobre personas y sucesos. También son interesantes por las noticias que nos dan sobre la vida general del pueblo bajo. Pródromo ha sido a menudo severamente censurado por los eruditos. Se ha mencionado la "Mísera pobreza de contenido de sus poemas, la forma ruda de sus realizaciones poéticas" (2) y se ha dicho que "de tales autores, que sólo escriben para ganarse el pan, no cabe esperar verdadera poesía." (3) Esto se explica porque durante mucho tiempo Pródromo ha sido juzgado por sus trabajos más ínfimos, y por desgracia más difundidos, como, verbigracia, su novela versificada Rodanfé y Dosicles, obra larga y pomposa, cuya lectura, según ciertos historiadores, es penosa y produce un tedio mortal. (4) Pero tan desfavorable opinión sobre Pródromo no está justificada. Si se consideran sus ensayos en prosa, sus diálogos satíricos, sus panfletos, sus epigramas, donde imita las mejores modelos de la antigüedad, y sobre todo a Luciano, nos vemos obligados a emitir un juicio más favorable sobre la obra literaria de este autor.

     

    (1) E. Miller, Melanges de philologie et d'épigraphie (París, 1876), t. I, p. 142 (texto griego), p. 143 (texto francés). E. Legrand, Bibliothéque grecque vulgaire (París, 1880), t. I, página 106, versos 140-142. Poemas prodromicos en griego vulgar, ed. por Hesseling y Pernot (Amsierdam, 1910), p. 79 (versos 137-139).

    (2) Vasilievski, Las vidas de Melecio el Joven, por Nicolás, obispo de Meton, y Teodoro Pródromo (Colección Ortodoxa Palestina, fasc. 17 (1896), p. V. En ruso).

    (3) Hesseling, Byzantium (Harlem, 1902), p. 344 (en holandés). Essai (París, 1907), p. 328.

    (4) Krumbacher, p. 751.

     

    En sus escritos hallamos observaciones agudas y divertidas sobre la vida contemporánea, y esas observaciones prestan a su obra indiscutible interés para el estudio de la historia de la sociedad y, sobre todo, de los círculos literarios de la época de los Comnenos. Además, Pródromo abandona en algunos de sus trabajos la artificial lengua clásica y recurre al griego hablado corrientemente, sobre todo en sus obras humorísticas, habiéndonos así dejado curiosos ejemplos del lenguaje popular del siglo XII. El gran mérito de Pródromo consiste, precisamente, en haberse decidido a introducir en la literatura el lenguaje común. Sin. duda alguna, Pródromo es, con todos sus defectos, uno de los más notables representantes de la literatura bizantina, según opinión de los mejores bizantinistas contemporáneos, "una personalidad literaria e histórica tal como pocas en Bizancio." (1)

    Bajo los Comnenos y los Ángeles vivió también el humanista Constantino Stilbes, del cual sabemos muy poco. Recibió una buena instrucción, fue profesor en Constantinopla y más tarde obtuvo el título de maestro en literatura. Nos han llegado treinta y cinco obras de Stilbes, casi todas en verso y ninguna publicada aun. (2) El más conocido de sus poemas es el que describe el gran incendio que se produjo en Constantinopla el 25 de julio de 1197. Trátase del primer documento que menciona semejante suceso.

    Ese poema comprende 938 versos y da documentación abundante sobre la topografía, el aspecto exterior y las costumbres de la capital del Imperio de Oriente. En otro poema, Stilbes describe un nuevo incendio sobrevenido en la ciudad en 1198.

    La obra literaria de Stilbes, dispersa en las bibliotecas europeas, merece, así como su personalidad, un estudio detenido. (3)

    La árida crónica bizantina tuvo también en la época de los Comnenos varios representantes que comenzaron sus relatos desde el principio del mundo. Jorge Cedreno, contemporáneo de Alejo Comneno, extiende su historia hasta la iniciación del reinado de Isaac Comneno (1057). Lo que dice del período que comienza el 811 es casi literalmente idéntico al texto del cronista Juan Scilitas (segunda mitad del siglo XI). El original griego de las crónicas de este último no ha sido editado aun. Juan Zonaras (siglo XII) escribió, no una crónica árida, sino "un manual de historia universal que tendía manifiestamente a fines más elevados," (4) y que se apoya en muy buena documentación. Zonaras lleva su relato hasta la exaltación de Juan Comneno (1118).

     

    1. Krumbacher, p. 750-751. Véase también Montelatíci, ob. cit., p. 199-200. Muchas de las obras consideradas de Pródromo no son suyas, aunque sí surgidas en su ambiente literario.
    2. Véase Ch. Loparev, Sobre el humanista bizantino Constantino Stilbes (siglo XII) y su obra (Vizantiiskoie Obozrenie, t. III (1917), p. 62-64. En ruso).
    3. El mejor estudio sobre Stilbes es el de Loparev (véase nota precedente), en Vis. Oboz., tomo III (1917), p. 57-58 (en ruso). Véase Krumbacher, ob. cit., p. 762.
    4. Krumbacher, p. 371.

     

    La crónica de Constantino Manases, escrita en versos políticos (primera mitad del siglo XII) está dedicada a la nuera de Manuel, la erudita Irene, y alcanza hasta la coronación de Alejo Comneno (1081). Hace algunos años se ha publicado una breve continuación de la obra de Manases, también en verso (setenta y nueve versos en total), abarcando la época comprendida entre Juan Comneno y Balduino, primer emperador latino de Constantinopla. Cerca de la mitad de este trabajo está consagrada a Andrónico I. (1) Manases escribió asimismo un poema yámbico, probablemente titulado Itinerarium que se ha publicado en 1904 y trata de algunos hechos de la época. (2) Finalmente Miguel Glica (siglo XII) escribió una crónica universal que concluye con la muerte de Alejo Comneno (1118).

    Ya hablamos antes del movimiento religioso y filosófico producido bajo los Comnenos y al que está vinculado el nombre de Juan Italos.

    En el aspecto artístico, la época de los Comnenos y los Ángeles fue la continuación de la Segunda Edad de Oro, cuyo principio fijan la mayoría de los historiadores a mediados del siglo IX, es decir, cuando el advenimiento de la dinastía macedónica. Desde luego, el período de perturbaciones del siglo XI, período que precedió a la llegada de la dinastía de los Comnenos al trono, interrumpió por algún tiempo el surgimiento de las espléndidas obras de arte de esa Segunda Edad de Oro. Con la dinastía de los Comnenos, el Imperio conoció una renovación de gloria y prosperidad y pareció que el arte bizantino iba a continuar la brillante tradición de la época macedónica. Pero aquel arte quedó señalado por cierta inmovilidad y formalismo. "En el siglo XI vemos ya declinar el sentimiento de la antigüedad: la libertad y la naturaleza ceden el lugar al formalismo; el fin teológico se convierte claramente en el fin del artista. Una trabajada iconografía caracteriza ese período." (3) En otra de sus obras Dalton escribe: "Las fuentes de progreso se han agotado; la potencia creadora orgánica no existe ya...

     

    (1) H. Grégoíre, Un continuateur de Constantin Manassés et sa source, en Mélanges offerts a Gustave Schtumberger (París, 1924). t. I, p. 272-281. La fuente del continuador de Manases es Nicetas Coniaia (Ibíd., p. 280).

    (2) K. Horna, Das Hodoiporikon des Konstantin Manassés (Byz. Zeits., t. XIII (1904), páginas 313-355). Ver la lista de ed. de Manases — que no pudo ser insertada en la Historia de Krumbacher — en P. Maas, Rhytmisches zu der Kunstprosa des Kunstantinos Manassés (Ibíd., t. XI (1902), p. 505, n. 2).

    (3) O. M. Dalton, Byzantine Art and Archaelogy (Oxford, 1911), p. 18.

     

    A medida que avanza el período de los Comnenos, el arte sacro se convierte en una especie de ritual... cumplido, por decirlo así, sin que la conciencia creadora del artista guíe sus facultades. Ya no hay fuego ni fervor: se resbala insensiblemente hacia el formalismo." (1)

    Sin embargo, el arte bizantino no conoció bajo los Comnenos un estado de decadencia. La arquitectura, en particular, se distinguió por muchos monumentos notables.

    En Constantinopla se erigió el magnífico palacio de las Blajernas (2) y los Comnenos abandonaron la antigua residencia imperial, el "Gran Palacio" y se establecieron en otro nuevo situado sobre el Cuerno de Oro. De la nueva residencia imperial, nada inferior en esplendidez a la antigua, nos han dejado entusiastas descripciones los contemporáneos. (3) El Gran Palacio, abandonado, cayó pronto en decrepitud y en el siglo XV era sólo un montón de ruinas, que los

    turcos acabaron de destruir.

    El nombre de los Comnenos está asociado igualmente a la edificación o reconstrucción de varias iglesias: así la del Pantocrátor, en Constantinopla, donde fueron enterrados Juan II y Manuel I Comneno y después, en el siglo XV, los emperadores Manuel II y Juan VIII Paleólogo. La famosa iglesia de Hora ("del campo," por hallarse fuera del recinto teodosiano) fue reconstruida a principios del siglo XII. Se elevaron iglesias, además de en la capital, en las provincias. (4) La catedral de San Marcos, en Venecia, reproducía, por su planta, la iglesia de los Santos Apóstoles, y en sus mosaicos reflejaba la influencia bizantina. Se inauguró solemnemente en 1095. Muchos edificios de Cefalú, Palermo y Monreale (Sicilia) copian las mejores obras del arte bizantino y datan del siglo XII. En Oriente, los mosaicos de la iglesia de la Natividad de Belén son importantes vestigios de una cuidada decoración ejecutada por los mosaístas bizantinos para el emperador Manuel Comneno en 1169. (5)

    Así, en Oriente como en Occidente, "la influencia del arte griego seguía siendo en el siglo XII importante, e incluso allí donde parecía que ello debiera esperarse menos, entre los normandos de Sicilia y los latinos de Siria. Bizancio seguía siendo la gran iniciadora, la maestra de todas las elegancias." (6)

    Se han descubierto frescos muy importantes, de los siglos XI y XII, en Capadocia y en Italia del sur. Hacia la misma época, artistas bizantinos crearon frescos muy bellos en Rusia, especialmente en Kiev, Chernigov, Novgorod, etc.

    También se han conservado marfiles esculpidos, alfarería, cristales, sellos, metales, joyas grabadas, etc., cuya labor se debe a artistas bizantinos de la época. (7)

     

    (1) East Cliristian Art (Oxford, 1925), p. 18-19.

    (2) El Blaquerna de nuestros antiguos escritores. — (N. del R.)

    (3) Véase Diehl, Manuel, t. I, p. 416-418. J. Ebersoit, Les Arts somptuaires de Byzance {París, 1923), p. 16. Hay una monografía consagrada a! palacio de las Blachernas y escrita cu griego moderno por J. Papadopulos (Constantinopla. 1920). La edición francesa, aumentada, se titula Les Palais et les églises des Blachernes (Atenas, 1928).

    (4) Véase Diehl, Manuel, t. I, p. 463 y sigs.

    (5) Dalton, East Christian Art, p. 292-293. Diehl, ob. cit., t. II, p. 561-563. H. Vincent ν F. M. Abel, Bethléem. Le sanctuaire de la Nativite (Pars, 1914), p. 167.

    (6) Diehl. Manuel, t. II, p. 563.

    (7) Se hallarán informes detallados en las dos obras de O. M. Dalton y en el Manuel de C. Diehl.

     

    Empero, a pesar de toda la obra artística de la época de los Comnenos y los Angeles, debemos considerar la primera parte de la segunda Edad de Oro, es decir, el período macedonio, como la más brillante y de mayor potencia creadora. No podemos compartir la opinión de G. Duthuit cuando escribe: "En el siglo XII el poderío político y militar de Bizancio se había hundido para no levantarse más. Sin embargo, la fuerza creadora del Imperio y del Oriente cristiano alcanzan su apogeo en esta época." (1)

    El renacimiento bizantino del siglo XII no sólo es interesante e importante en sí mismo y por sí mismo, sino que aquél fue un momento esencial del renacimiento general de Europa en el mismo siglo, renacimiento tan notablemente descrito y expuesto hace poco por el profesor C. H. Haskins, en su libro The Renaissance of the IIth. Century (Cambridge, 1927). En las primeras líneas de su prefacio, Haskins escribe: "El título de este libro parecerá a muchos lectores una evidente contradicción interna. Un renacimiento en el siglo XII !" Pero no hay la menor contradicción. En el siglo XII se produce en la Europa occidental una renovación en el conocimiento de los clásicos latinos, de la lengua latina, de la prosa y versos latinos, de la jurisprudencia, de la filosofía, de los escritos históricos. En esa época se traduce a los árabes y los griegos y nacen las Universidades. Haskins tiene perfecta razón cuando dice: "No siempre se ha visto lo bastante que hubo un contacto directo muy notable con las fuentes griegas, tanto en Italia como en Oriente, y que esas traducciones, hechas directamente con arreglo a los originales griegos, fueron un vehículo inmediato y un intermediario fiel de la transmisión del saber antiguo." (2) En el siglo XII hubo entre Bizancio e Italia relaciones directas más frecuentes e importantes de lo que puede parecer a primera vista. La política religiosa de los Comnenos, deseosa de reaproximarse a Roma, produjo como consecuencia la celebración en Constantinopla, muy a menudo ante los emperadores, de numerosas "reuniones contradictorias," donde participaron eminentes representantes del catolicismo, que acudían a la capital bizantina con el propósito de contribuir a la reconciliación de las dos Iglesias. Estas reuniones contribuyeron mucho a la transmisión del pensamiento griego a Occidente. Además, las relaciones de las Repúblicas mercantiles italianas con Bizancio y la existencia en Constantinopla de los barrios veneciano y pisano, permitieron la presencia de algunos sabios italianos en la capital, y esos sabios aprendieron el griego y transmitieron a Occidente parte de los conocimientos griegos. Bajo Manuel Comneno, sobre todo, vemos "un imponente desfile de misiones enviadas a Constantinopla por los Papas, emperadores, franceses, písanos y otros, y una sucesión muy poco menos constante de embajadas griegas en Occidente que hacen pensar en la inmigración griega a Italia de principios del siglo XV." (3)

     

    (1) G. Duthuit, Byzance et l'art du XII siéclc (París, 1926), p. 96. A pesar de su título, esta obra da pocos informes sobre el arte del siglo XII.

    (2) C. H. Haskins, Studies in the History of Medioeval Science (Cambridge, 1924), página 141. ídem, The greek element in the renaissance of the twelfth century (The American Histórica! Review, t. XXV (1920), p. 603-605). Id., The renaissance of the twelfth century (Cambridge, 1927), p. 278. Id., Studies in Medioeval Culture (Oxford, 1929), p. 160-169 (c. VIII: Contacts with Byzantium).

    (3) Haskins, Studies in the History of the Medioeval Science, p. 194-193.

     

    Tomando en cuenta todos los elementos que acabamos de examinar, hemos de concluir que el movimiento ideológico bajo los Comnenos y los Ángeles constituye una de las páginas más brillantes de la historia de Bizancio. En épocas precedentes Bizancio no había conocido renovación tal, la cual adquiere importancia mucho mayor si se coteja con el renacimiento contemporáneo de Occidente. El siglo XII puede, con buen derecho, ser considerado como la época del primer renacimiento helénico de la historia de Bizancio.