Luis Gilberto Caraballo
Liricando

Nacido en Caracas, Venezuela, en 1962. Es pintor y poeta.  Su poesía ha sido ampliamente difundida en diversas revistas literarias y sitios web literarios. En 2004 obtuvo el primer lugar en el Premio Internacional de Poesía en São Paulo, Brasil.  También obtuvo el Primer Premio del XXV Congreso Mundial de Poetas, celebrado en Los Ángeles, California en 2005.  Asimismo recibió el Primer Accésit del Concurso internacional de cuento breve y poesía de la SADE/Córdoba en Argentina (2005).  En 2007 publica su primer poemario Encuentros con el Sur.  Pertenece a Poetas del Mundo, Unión Hispanoamericana de Escritores y al MIM (Movimiento Internacional de Metapoesia). Fue nombrado recientemente embajador por Venezuela del movimiento Poetas del Mundo.

POR ELLO

 

Ese día aterrizamos
 con la vida anudada en la boca
y sentimos que se nos iba la noche.
Ese era el abismo de haber tenido tanto.
Como si en un suspiro supiera que el día
había estado siempre en mi aliento.
Y que había tanto en su luz de guitarra inadvertida.
Y recordaba las voces
 se reían como sonidos alegres de pájaros,
 cantando un recuento de olvidos y muertes,
 vagando en los trenes de la memoria.
Como si tuviera un cementerio
 de canciones hermosas esperando,
 a que alguien las oyera,
 como si entre tanto y tanto.
Solo quedase un vacío  de laberintos coralinos,
 un museo intacto, el cual se visita,
 o se mira con ojos balbuceantes,
 como si todo ello nos fuese ajeno
 cuando alguna vez decidamos, y sí es que así lo hiciéramos,
 detenernos.
La tarde nos mece con el canturreo del viento,
con ese sigiloso estreñimiento de juegos y podas de caminos.
Y qué era entonces  lo realmente vital en nosotros?
De tanto atisbar el tiempo,
 de tanto medir los pasos
y estrechar la mente,
 reducir el canal del río interno
se nos pasa,
 se va delineando una historia incompleta.
En ese instante fuimos
 rebosados por el aterrizaje abrupto
 pude presentir que había dejado de estar,
solo habíamos pasado temporadas.
Mientras ahora,
 era el tiempo nos daba cuenta,
 se había fugado bajo la luna
 y había nubes paseando con su flauta lúdica.
También hubo lluvia
  y  voces de amigos andando por los andenes de la vida.
Había en fin una parada,
 para ver que aunque pasamos muchas estaciones
y  se nos  extravió el oleaje,
el barco permanecía navegando,
 tan solo eso, entre nosotros.
Ahí estamos parados frente a nosotros
viéndonos, aterrizar forzados,
 con el mundo apretado en la boca
abismados,
y ahora no sé si era de ver nuestro recorrido.
 
Por ello, y por más aún vivo 
  

 

  

AÚN EN SILENCIO

 

Aún estoy en silencio

delante de un muro

delante de una avenida llena de autos.

Aún,

detenido frente al campo abierto.

Aún en silencio veo pasar sobre mí

nubes y brisas.

Y la noche regresa desvestida luminosa con su voz oscura.

Y aún en silencio.

Y qué importa donde se está?

Y para qué correr.

 

Si aún estando frente al Éufrates,

de la muralla China,

el mundo tiene un sentido inverso.

Y otro, si claro otro,

 bajo el cual se permanece en silencio

Y quizás otro… aún estoy en silencio.

 

 

ME ANCLO


Recientemente regreso de un corto viaje
sentado frente al verdor que salta en mis ojos.
El mar de aquellos días trajo sus olas y barcos
como un manantial de mujeres, niños, ancianos, hombres,
cargando en el mercado, enseres, sueños, ideas.
Todos con ojos iluminados, de trajes,

 cegados por el sol
y con una línea en su sombra,

 entre sus cejas, de querer abrazar a la tierra.
Una sonrisa abierta en su costa,
y ese arenal blanco y puro
que noblemente apacigua la sed,
refresca las mejillas
con el viento salino.
De ese corto viaje,

me levanto lleno de esos ojos luminosos
por el riachuelo del sueño,
y por eso me apasiona ver el amanecer,
ya no estoy solo frente
al verdor que salta en mis ojos.
Ahora tengo, las olas y barcos,
al manantial silencioso,

y  a los murmullos de mujeres, niños
ancianos y hombres, me he convertido en uno más.


En uno de esos faros luminosos,

 diminutos que se
miran cuando reverbera el sol
y se lo traga, en el arenal la bruma
En uno de esos puntos colectivos,
en una de esas huellas que el viento mueve
que ventea cuando hace su sonrisa
sobre las elevadas copas verdosas, que caen sobre el ventanal,
y en las cuales reposa hoy la memoria de un corto viaje.

 

 

SOBRE LOS TECHOS

 
Sobre los techos al amanecer
aparece una ciudad fantasmal.
Levantada entre el alba, mordida
dialoga con su monólogo gris.
Se avizoran mástiles al fondo
que cabecean en la bahía azulada.
Parecen ecos,
repitiendo sueños y unas maras
que intentan atrapar a los mejores ojos
arrobándoles señuelos.
Las remembranzas de la noche se elevan
en el vapor que asciende
sobre las azoteas,
mientras se desviste el ansia al amanecer,
como si al quitarse la ropa
se viera también en el mar
algún rumbo andando
sobre la Isla
a la espera que alguien lo siga
y toque con él lo hondo,
el fondo de un sueño; un cofre alto
un astro que ilumine el corazón.

Me visitan esos fantasmas que imaginé
salían desde los ventanales,
y reconstruyen
la ciudad sobre los techos mojados de lunas.
Como elipsis dibujadas
por los pescadores
al alba, en su fuga hacia la mar.

Parece que no saciaran sus almas
y aún contuviesen
el baile tomado del amanecer,
y por ello
el día demora en levantarse,
en mostrar su claridad.
Mientras,
gozosos los habitantes
de los últimos templos
espejan su anhelo,
entre besos y el ron. Se descorren
con sus lenguas los cuerpos encendidos
cansados. Víctimas de
saberse que el fin de la noche ha llegado.
Y es hora de proseguir,
hacia las nubes
junto a las nostalgias imaginarias.
Con el baile a cuestas y
unas ganas de continuar
murmurando oleajes.
En un beso lleno de mar.
 

 

 

FRENTE AL BALCÓN

 

Estaba tirado frente al balcón
que daba con vista al mar
Cargaba una inquietud en el cuello,
el sol me daba sobre mi cuerpo al amanecer.
Producía un cálido regocijo sobre mí.
Un cazar de torcazas
se posaba sobre el alero
en un ritual,
se acompañaban con versos,
parecían palabras hiladas
por el amor y la pasión de un mar.
Un paso al frente,
y un beso agudo,
gimiendo como dos cuerpos atados
por el alba.
Cómo una ola que hebra el mar
y le cose su vestido húmedo de ternura
y deja su bramar tras sí.
El torso gris violáceo,
platinado por la luz,
quieto sobre el plumaje hacía de las torcazas
el espejo nácar de sus semblantes,
y en los ojos
la noche anida
como un recuerdo
de muchas campanas en el oleaje de las estrellas.
Sus cuerpos parecían
dos toreros bajo el mismo ruedo.
Buscando
al toro una frente a la otra.
Tenían una ternura inmisericorde que desbarata
al amanecer ciego.
Ni un instante sin soledad, sin pasión,
ni un momento de desamparo
Se cortejaba el tiempo que intentaba desembarazarse.
Las horas iban cayendo
y el sol prosigue para escribirme sobre mi cuerpo,
darme con un cálido abrazo su goce,
el día que está por iniciarse pulcro en
la Isla.

 

Desde una Isla incierta

 

  

CIUDAD NOSTÁLGICA Y DESPIERTA

 

He visitado una ciudad nostálgica y despierta
que mira el paso del tiempo
entre tragos y ballenas imaginarias,
que se acercan a sus orillas
y se revisten de luces en sus lomos.
Descansan hasta el amanecer
quien las devuelve a su sueño.

Esa ciudad entiende del juego y del azar.
Pulveriza
a las noches abiertas,
pobladas de estrellas,
y en ellas sus deseos.
Los toca con una voz, con el anhelo
los levita con sus dardos de juegos
Esa ciudad descalza habita en el día,
con ese andar desnudo,
Margariteño,
el cual mora en las huellas desdibujadas
sobre las arenas blanquecinas
y deja ahí un desierto imprevisto, el olvido.
Tiene un elevado misterio que
no culmina con la mirada crepuscular del atardecer.
Prosigue como un mástil
a su arribo al puerto.
O como cuando va hacia la línea de fondo
y se fuga hacia lo inexistente.
Como el beso que se dan los dados
como aguijones azules sobre el fieltro.
Una entrega en la cual se sabe,
cuando se entra,
pero no, cuando se regresa visitado
por un sueño,
por la noche,
por un pez de profundas aguas de ojos avísales.
Esa ciudad se fragua,
entre un hablar tañido de consonantes
entre el mar,
y el juego de sus astros,
que desvisten con sus signos,
el alma ebria de la isla.

 

 

HE VUELTO

 

He vuelto de un sueño

Hoy estuve viendo el ajedrez de dos torcazas
con sus pinceles de amor.
Se hacían rostros invencibles con sus picos en el plumaje gris.
Caladas de ternuras
sus torsos hermosos llovían alegrías, llevaban en el pecho
el espejo de la tarde azul.
Sus cuatro ojos se cruzaron infinitamente
edificaban el puente
con el que mantuvieron un estrecho hilo,
un acueducto para un solo río, un cauce para un solo eco.
Hicieron nidos guturales con el crepúsculo a cuestas,
sus vocales reposaban en sus curvos gestos
como sus vuelos
nadaban frente a mí, con piruetas practicadas al ritmo del viento.
Un armonioso ballet de dos voces
y un entendimiento dionisiaco lo acompañaba.

El mar quieto, al fondo edificaba el horizonte
perdido, sujetado por sí solo, y un sueño
iba fatigado levantando entusiasmo
sobrevolando las jaulas
y viendo caer las horas rotas, deshojarse en la armonía
de las torcazas que se acariciaban en su juego de ajedrez.
En sus almas se predicaba amor
un amor contagioso como la tarde aguijoneada por el naranja
crepuscular
y un azul indeleble para el sueño
y sus palabras calladas,
indecibles
zurcido por el tiempo.

Hoy las extraño en su ballet luminoso.
En su imagen, más me ahínco en la pureza de haber vivido frente a
ellas
Y estar frente a un mar, disuelto por lo quieto,
que se sujeta por lo
lejano
de su horizonte perdido.
Con el cual me voy rehaciendo el sueño,
la nostalgia del cuerpo.


SOBRE LA SILLA DE MIMBRE

 

Estaba entronizado en la silla
de mimbre,
tenía una receta de mis ancestros colgada
al frente en un cuadro solitario.
Un poco ensimismado, sin peinarme
deletreaba el paso del tiempo futuro, viendo hacia el mar.
Ilustraba
el cielo con nubes,
interpelaba mi silencio y la quietud de mi mirada.
Y al laberinto oculto cuya salida no hallo
y la entrada no la recuerdo, de hecho
no sabría decir,
sí alguna vez entre, o sí nací adentro.
Buscaba mi sombra,
como puedo buscar mi nombre,
buscaba el eco de mi voz
como una voz inclemente y aleatoria,
pero implacable.
Decidí bajar el nivel,
disuadirme y
dormir
para olvidar,
para alejar
para ver si me encuentro
en el mismo día,
en el mismo tiempo
cuando salí del útero y logro
tocar el epicentro de mi inconsciente.
Y saber que lo intentado al menos
 

 

 

EL MAR DISTANTE

 

El mar distante
trae olas recubiertas de luces naranjas
huele a frutos, a atardeceres.
Se calma la sed,
de tanto ver el horizonte agolpándose en los ojos despiertos.
Lejano,
busca el sueño del verano como un mástil hincado en el mar.
Las olas, recorren con carretes en su lomo
tras su memoria;
unos de brisa fría,
y otros que llevan un cálido abrazo
con el fuego aderezado en sus entrañas.
Es Enero en Margarita,
y no para el cielo de cegarse
de nublar, acaece una lluvia helada con su relato cinético,
que nos quita el deseo de
yacer bajo el sol.
Al rato se aviva con su luz azul, es Enero en
la Isla.
Entra la tarde y aún se respira lluvia
Hay algunos silencios,
esperando
a los secretos nocturnos.
Ya,
es de noche,
y la búsqueda se copa
de luces incansables, desaparecen las nubes.
Se agita el alma entre los barcos que están a la espera,
el mar rompe incesante,
huele a frutos, y ronda la música.
Sobre los pies descubiertos en la arena húmeda
se avivan los ojos buscando el ritmo,
la noche muestra su rostro de magia.
Las perlas cantan luces blancas
en los cuellos que danzan junto al oleaje,
en Playa el Agua al son del Caribe.
La noche lleva dentro de sí, en su abismo secreto y luminoso
un semblante ebrio;
alberga al amor encendido.

 

 

FINALMENTE

 

Finalmente hay un cielo pulcro,
despojado de deudas,
que no deja ver
a las comarcas imaginarias en las nubes.
Ni a los barcos
arribando náufragos de un sueño.
Hay una piedra de arena
donde se alojan los viajes y cuentos de los marinos.
Cansa saberse
sobornado por el tiempo
que busca al igual que un rompecabezas
el orden en sus tempestades y nubarrones.
La ciudad ciclónica
golpea incesante la noche silente
y deja colar las voces que se entremeten
por los ventanales como susurros y chasquidos de fantasmas,
dejan sus cuentos sobre la mesa.
Los paisajes en la mente son menos elaborados.
El cielo está abierto en su epicentro
como una orquídea negra
que lleva en sí,
un manto de aromas
contiene la brújula de una estrella,
la magia está dedicada a la marea,
a la vigilia de estos días.
Los marinos reunidos en el puerto tienen sus
corazones hinchados por el mar.
Y una ola que los mueve para salir
hacia la infinitud de sus viajes.