Katia Gutiérrez Miró
Liricando

 

Nacida en Guantánamo, Cuba, en 1973.  Es poeta y narradora.  Ha publicado  Toda eternidad y otras regiones (poesía, premio Regino Botti, 2001), Recetas fáciles (cuentos) y Los bandos del caracol (poesía, 2006).  Sus textos aparecen en las revistas El Mar y la Montaña, El Caserón, A Contraluz, Cauce, Videncia y el Caimán Barbudo. También en las páginas de Internet La Jiribilla y Esquife. Ha sido incluida en las antologías: Que caí bajo la noche (2004), Confesiones de Circe (2004), Silvio: te debo esta canción (2005), La Estrella de Cuba (2004; 2005) y Palabras en la arena (2006).  Ha obtenido los premios Fundación de la ciudad (1999), Beca de Creación Caballo de Coral del Centro de Formación Literaria “Onelio Jorge Cardoso” (1999), Beca Fronesis de Novela y Segundo accésit del concurso de poesía José María Heredia (2004).

UN GOLPE DE DADOS

 

Juego de ser,

soledad de dos, mar entero,

nido falso al que basta un sonido

             para quedar sin verdad.

Juego en que la majestad se alcanza,

nunca se hereda en lo simple,

ni en vereda hecha en lo feliz que miente,

ni en el paso que no siente dónde la vida se queda

mutilada junto al vicio fácil de la compañía

que niega el fondo y porfía

contra lo esencial del juicio

salvador del precipicio blanco del amor incierto,

hecho en barro,

en el desierto de la pasión,

porque pasa tan fugaz como la brasa

que antecede a lo ya muerto.

 

Juego el amor que ha llegado

y en el que se fue y el que viene:

azar que no se detiene en un cuerpo escalonado* sobre otro,

en un ahogado intento de trascendencia:

la más pueril apetencia del ser humano en ser Dios,

en renunciar al adiós,

a lo final, a la ausencia que –les parece—

termina con un abrazo ligero,

precedente al desafuero

y que en ellos no germina,

la Eternidad lo fulmina

porque el amar es jugar

y quien lo emprende es juglar cantador de la mentira:

alma pobre que delira con retener un lugar.

 

Así, amor-azar es ruta efímera,

estéril, vaga

en donde el ser se rezaga y se pierde,

como en gruta

olorosa a feliz fruta que recuerda al paraíso,

que, en cambio,

no es más que el piso donde se pudre y se arde,

donde siempre llega tarde del ya salvado el aviso.

 

Pues de salvarse no hay un modo:

la majestad es lograda:

cruel corona arrebatada a todo el azar,

el lodo,

a los salmos de acomodo

entonados por el trasgo que tienta

y muestra el hallazgo fugaz de la doble vida,

de la carne compartida en un lecho que no yazgo.

 

Inquiero: la duda lenta me carcome en el escape:

después del azar: ¿qué late?

¿qué sigue a la sed violenta?: ¿la duda? ¿la paz?

¿la afrenta de oponerse al mar?

¿el ruego?

¿Quién sabe el naipe y su juego?

¿Quién no sucumbe?

¿es piel sana

y cuenta una historia vana

que no comienza en el fuego?

 

*Luis Cernuda

 

 

 

MIENTRAS AGONIZO

 

—Morir de una causa injusta como si fuera un disparo.

—Ser pasto del desamparo que sobrevive a la justa.

—El impacto de una fusta recibir en pleno pecho:

formas de ganar el lecho,

de adelantarse al final

y la huella marginal, una vez más, es un hecho.

 

Formas que la muerte toma

o que adopta el abandono,

que es la muerte otro tono

y a la esperanza otro idioma,

confuso,

sin punto o coma que aclare voz y sentido,

que haga música del ruido emitido en la agonía,

que no sabe de obra pía

ni lástima ante un quejido.

 

La muerte es doble llamada,*

doble frío que cortar,

doble pérdida de hogar,

doble abismo,

llamarada,

doble certeza ganada aprecio alzado y maduro,

como floración de muro donde el caracol lamenta,

de su rastro,

la tormenta mínima y frágil,

de oscuro designio y parco tañer,

doble también en su gracia severa

en el viaje hacia la nada

                         que ha de tener,

que no es nada,

sino ser en otro estado,

otro punto

donde no es más que un conjunto que arrastra su casa

 

al mar

y se construye otro lar,

pobre y vacío,

difunto.

 

Antes de ser ya sabía,

—sin saber qué lo esperaba—

que la muerte lo acechaba,

que su eternidad perdía,

que el amor consumiría

(es enviado del cese)

lo que arriba y anochece,

lo que tiene, lo que vale.

Sabía que el amor no sale sin que la muerte lo bese.

 

Formas de morir,

complejas formas de dejar lo amado:

caracol-hombre expulsado:

culpables, necios, parejas.

Formas y color de rejas que vienen de muerte doble,

que son el lento redoble del paso a otra mañana,

del amor y su campana hecha del llanto más noble.

 

*Sobre un verso de José Ramón Sánchez

 

 

 

NIEBLA

 

Todo hueco, todo vano,

todo virtud y vacío,

todo conduce al hastío,

todo se fue, todo insano,

todo de vuelta al gusano y a la peste

y a la hormiga,

todo produce fatiga,

todo se va,

nada queda,

todo es la lluvia que rueda

y que a otras irriga.

 

Digo,

busco,

me incorporo.

 

La verdad, ¿en dónde hallarla?

¿Cuál la ruta de encontrarla?

¿Dónde plomo dónde oro?

¿Cómo saber escuchar en Babel

y asegurar una arista de mi vida,

o ya está lista para dejar el tropel?

  

 

 

 

De cómo un verso de Lezama contiene toda eternidad y otras regiones

El tiempo lleva los colores de la voz:
retorna y salta la distancia nuevamente.
El tiempo es eco de la imagen que se escapa
que no comprende su volver y su apariencia
no sabe el ritmo de su mármol hecho verso.

Cuando eres tiempo amigo mío te me escapas
porque eres tiempo espejo siempre no conoces:
transcurres solo hasta la voz
hasta la fuente.
Yo te defino
escucho el verso el tiempo el eco
me hago de mármol ritmo y gris:
color de huída.

Luego serás seré (nunca seremos)
y habrá otro escape
otra vida definible
con otro verso y otro espejo
otra apariencia
hecha de tiempo pues la voz nunca termina.

 

 

 

Cuál la naturaleza de las cosas

Cómo explicar que no estuvieras mientras yo te buscaba en el sinfín de cada una de mis pérdidas y te inventaba en todos los rincones de esta ciudad, que para ti son absolutamente ajenos, tan descompletados de sentido como ningún otro territorio.
Cómo explicar que no existieras más que entre los pies de una revelación, en las espigas de la futura adversidad. Cómo explicar que no te hallaras sino en las confusiones de quien aún no era adolescente, no más que en la oscuridad absurda de mi misma que ignoraba tu presencia, del mismo modo en que cualquier otro mortal puede, sencillamente, no saber.
Cómo explicar la aparición de sucesivas e inequívocas sentencias o caminos o expresiones de tu nombre que confluirían en la necesidad de completarme en tu figura, de aproximarme a lo que eres.
Cómo explicar, ahora, tanta recurrencia inevitable, tanto deseo porque estés y no desaparezcas. Cómo explicar que insista en imaginarte convertido en una manera de la felicidad, aun cuando vaya contra toda lógica, contra todo lo que ha sido siempre.
Cómo explicar si sueño con tu espacio y con las formas que podrías adoptar. Cómo explicar si te escribo y es casi, casi como si te hablara y casi, casi como si me amaras y entonces, sólo entonces, estas palabras, este silencio, estas huidas, este lugar común pudieran explicarse, razonablemente, y desaparecer.

 

 

 

Moradas

 

Estos hierros,

esta piel,
esta cárcel que padezco y,

de algún modo merezco,
me hace redundar en hiel,
en la blasfemia,

en lo infiel sobre la tierra heredada.
Padezco:
esta es la morada:
veo la marca inobjetable de mi rastro,

el insalvable tiempo que me sigue,
Nada.

 

La ruta es también el filo,

lo siento por el bregar inconcluso,

y el rogar es inútil,

pues el hilo

que me conduce está en vilo:

es deuda y lección que aprendo

o que intuyo

o voy teniendo

o que traslado,

en vital sentencia

como espiral sobre mi cuerpo ascendiendo.
 

Porque a mí mismo levanto,

ello es lo que ratifica Su señal,

y mortifica,

y hace mi piedad quebranto

y vuelve blasfemia el canto

que pueda entonar a veces:

cuando soy más que las heces,

cuando no importan pobreza

ni el deber

ni la maleza,

y sólo soy queja y preces.
 

Ante la reja insalvable,

sin excusa ni razón,

queda mi fe sin pasión,

casi sin vida,

improbable porque no hay marca que hable en el Todo,

en otro ser que va en mí:

no soy poder,

no soy Dios ni irreverencia;

soy,

cada vez más,

conciencia;

me alejo del suelo a ver cómo,

siendo lo que soy,

también me convierto en hombre

que puede arriesgar

su nombre y volverse lo que doy:

apenas un rastro:

hoy

que es un día o son mil años,

que es eterno

o son los paños con que cubro mi existencia

sin tener —¿será inocencia?—

la cuantía de estos daños.

 

Así, la piedad se aleja

—la que les tengo y me tiene Dios—,

o el hombre que sostiene mi cuerpo que, erguido,

ceja y vuelve a caer,

me deja hecho un caracol,

un signo de lo reencarnado,

el digno infeliz

que llora y carga lo que es su cruz y su adarga;

lo que me confirma indigno y sé:
la piedad maldita que reaparece y no quiero:
no es el latido que espero,
no su dolor

que me incita a salvar lo que me irrita
aunque sea oblicua su rama,
pues amo a quien mi odio ama
y en la muerte y su dolor
—o su cambio de color—
la piedad se me hace llama.

 

Y entonces

soy otro y yo mismo,

y lo que siento es de hombre y molusco,

o tal vez de sentencia

que cayó pero que no destruyó,

sino que me hizo indagar la razón para aquí estar

aunque precise de ayuda:

la caridad y su duda:

lo que no puedo explicar.

 

¿Muerte?

¿Vida?

¿Este planeta?

¿Y su causa?

¿O el manido dolor que me ha sostenido,

que me ha hecho tener discreta felicidad,

ya sin meta?

¿Vegetal?

¿Roca insensible?

¿Qué debo ser?

¿Un risible ente gobernado?

¿Un ciego?

¿Sordo?

¿Mudo?

¿Sabio ego

que demanda lo imposible?

 

Mas,

cuando el hierro por fin acaba,

recibo el peso de mi deseo

y soy preso del dolor que siento

sin lo que tanto he amado:

al fin

no soy más que Su presea,

Su adorno mientras pasea,

Su blasón mejor colgado,

quien debe tener cuidado

con las cosas que desea.

 

 

 

TODO

Desnudo, constante en mi presencia,
es la manera en que tu cuerpo permanece.
Desnudo y hecho
de un impensado movimiento no accidental
que descifra, completa.

Desnudo,
tu cuerpo se define,
salva lo justo en cada territorio:
así es que llego a un roce de tu piel,
así alcanzo otro sentido de la sabiduría.

Tu cuerpo me dispone
y voy aprendiendo nuevamente la belleza,
el acabado centro.

Yo puedo ver tu desnudez,
todas las partes donde te haces fibra,
puedo sentir cómo es moldeada tu lealtad
y correspondes a otra isla donde habito,
acariciada, acariciado en el silencio.

 

 

 

PEQUEÑO

 

                    Desde las tres comenzaré a ser feliz.

                              Antoine De Saint-Exupery

 

Inasible, atada, cómo describir

la melodía hecha en el mármol de un día

y que se acerca al asomo donde me doy

y no tomo la condición más cercana,

la edificada mañana,

o ayer,

o la otra materia viva de azar:

periferia en que me atrevo y ¿quién gana?

 

Con piel domesticable

se condena el caracol a sí mismo

a ser el rol de quienes no son contables por la historia.

Y no culpables resultan buey ni felino ni animal otro:

es el sino con que se arrastra el molusco,

con que Dios dice:

“Reduzco tu existencia

al pergamino que es la tierra.

Y sea tu casa

sobre tus hombros constante y pesada

o agobiarte en una carga sin tasa.

 

Y sepas que nunca pasa porque así es como lo quiero:

yo domestico primero,

no obedeces

y deliras con poder, a mis mentiras,

convertir en aguacero.”

 

Blasfema el molusco —grito—,

pues soy yo mismo el tan fácil sujeto

de esquiva y frágil epidermis:

ruta y rito,

que sabe —sé—

lo infinito del mármol

y el mediodía.

 

Sé también la apostasía,

sé lo bueno,

lo abarcable,

lo que confunde,

lo dable

de domesticar un día.

 

 

 

AUTO DE FE

 

Atropellado y confuso:

ya es un hombre el caracol,

ya no tiene tornasol que lo salve

                             en lo difuso,

ya su espalda es, en mí, abuso,

completa,’

humana,

agobiante —para él—;

de mí

es constante espejo donde me veo

y me duelo

y no me creo:

soy sólo Dios delirante que aprendo,

y sigo,

y me bato,

y me venzo,

y me desato,

y me provoco,

y no sé

la razón

            por la que ve el hombre,

en mí, mandato:

 

yo agonizo,

le insinúo,

lo invito a pensar

que di a su blasfemia mi sí

y, que como él,

continúo haciendo,

y me perpetúo en su obra,

que es mi exilio para esta vida,

que es suya

y no permite que huya —huyamos—,

ni que haya auxilio,

ni otro mejor domicilio que el que se lleva

                                      a la espalda

—llevamos—

sin rojo o gualda u otro color:

todo es gris;

apenas fuerza motriz hay en la empinada falda.

 

 

 

RECORRÍ EL CAMINO EN DÍAS CLAROS…

 

Recorrí el camino en días claros,

de fundar las voces esclavas del mar,

de roces,

vencedoras de porfías entre amor y apostasías.

 

Entre calor y nevadas fui días ciegos,

fui carnada para otra pieza en la historia.

Fui otro dato en la memoria:

nombre robado a la nada.