Kali 


 
Un día sentí que debía irme, que debía alejarme de todo lo que me rodeaba. El mundo me había cansado, cansado de su malicia y su avaricia, cansado de su lentitud para aprender, cansado de que me atacaran por intentar corregirlo. Sólo necesitaba un tiempo, un tiempo en donde sólo me escuchara a mí mismo, un tiempo para reflexionar sobre mi postura, y donde los únicos que me interrumpieran fueran los susurros del viento y los golpes de las olas.

Prometí al mundo que volvería pronto, caminé sin rumbo, hasta que encontré una orilla, y en ella, un espectáculo bastante particular. Vi un tronco grande, con algunos agujeros en la parte superior, que estaba a punto de ser llevado por el oleaje marino. Una interesante invitación que la naturaleza me propuso, algo riesgosa para ser sincero... pero yo no tenía nada para perder. ¿La vida? ¿De qué me servía si seguía por ese camino?

Me trepé al tronco, y acomodándome en él para no caerme luego, lo destrabé de las débiles ramitas que lo sostenían a la tierra. Sentí en seguida el sacudón de las olas, y me sostuve con fuerza. Por un momento creí que el agua me tragaría, y recordé que eran muy peligrosas incluso cerca de la orilla. El tronco se tambaleó, pero luego las diferencias de peso lo estabilizaron, y yo quedé suspendido en la parte superior, emprendiendo así mi viaje.

Sabía que podía tomar mucho tiempo, pero yo no tenía ninguna prisa.

Flotando sobre las aguas que me llevarían a la nada, dejé mi mente vagar. Pensé en quienes había conocido. Pensé en quienes no había querido conocer. Pensé en aquellos que me querían, como también en aquellos que me perseguían injustamente. Pensé en quienes se vieron enfrentados conmigo y me permití sentir odio por unos momentos. Tan pronto como satisfice esa necesidad, miré al agua que se agitaba debajo mío, para ver un vago reflejo de mi rostro, desfigurado por el movimiento del océano. Una mancha blanca y negra en aguas tan fuertes, era tan insignificante como una gota de esas mismas aguas.

Me sentí culpable. A pesar de lo mucho que podía entristecerme, el mundo no merecía mi odio. Me sentía obligado a tener fuerzas y seguir haciendo todo lo posible por superarlo... por superarme. Por eliminar mis errores... mis errores.

Mi mente tomó otro rumbo, y recorrió cada error, cada problema, cada sentimiento de maldad que alguna vez mi alma albergó. Sentí repulsión por mí mismo, ciertamente yo no era merecedor del cariño de muchos, no era digno de su hospitalidad, no era quién ellos creían.

La lástima apareció, y me compadecí de mí mismo. Cada error mío había sido enmendado, cada sentimiento malo había correspondido a una acción correctora. Quienes me rodeaban me habían perdonado... pero yo no podía perdonarme. Estaba totalmente decidido a no volver a fallarles.

La fuerza y la esperanza entonces crecieron en mí. Yo debía continuar, debía mejorar, debía seguir adelante. Levanté la vista... mi tronco estaba llegando a una isla... una muy particular.

Una vez había escuchado historias sobre una isla a la que nadie podía nunca entrar. Decían que un espíritu maligno la acechaba y espantaba a todos que quisieran acercarse. Un espíritu en forma de pantera, de tamaño aterrador, de fauces feroces, de corazón frío y de garras afiladas. Todos los que habían estado allí portaban historias de terror sobre las torturas que existían solamente en esa parte del mundo.

Incluso algunos contaban historias de esa pantera transmutándose en otras formas, aumentando la paranoia de todo el que jugara el papel de su presa. Ellos la describían en su forma verdadera como una pantera que escupía y respiraba fuego, con ojos rojos y a veces hasta con alas demoníacas.

Como todo mito, ninguna historia coincidía en la totalidad con las demás. Como toda verdad oculta, quienes con más seguridad relataban los hechos, más traumados estaban por los recuerdos.

Esa pantera recibía el nombre de Kali, la dueña y portadora de la muerte. Kali custodiaba un tesoro oculto, un tesoro que, según decían, valía tanto como la vida. Un tesoro digno del rey de reyes, y del dueño del mundo. Pero dicho tesoro estaba escondido en esa isla, la cual ella y sólo ella pisaba sin miedo a morir, o peor aún, miedo de continuar con vida y conservar esos recuerdos como cicatriz eterna.

Y yo estaba allí. En el lugar donde menos debía haber ido nunca. Era como la sentencia de mi muerte. Pero sentía mi cuerpo cansado, mi mente gastada y mi espíritu valiente. No quería irme.

Me preparé, pronto mi tronco encallaría en la orilla. Una ola nos acercó súbitamente, y cuando sentí que mi transporte había dejado de moverse debajo mío, salté hacia la tierra, aterrizando en la arena húmeda mientras mi barco se volteaba, dejando partes que anteriormente fueron mi asiento debajo del agua. Quedó allí en la arena... quizás podría ser quién me llevara de vuelta.

Estaba cansado, y el sol estaba alto en el cielo, brindando su calor. Sentí placer en la simplicidad de la idea de dormir abrazado por sus rayos, y no encontré razón que me impulsara a no hacerlo. Me acomodé dando vueltas, apoyando mi cabeza sobre mi propia cola, y dejando que el sol me calentara, dejé mi conciencia descansar.

No sabía cuántas horas habían pasado, pero regané conciencia y noté que mis fuerzas estaban renovadas, sentía ganas de continuar mi vida. Me sentía mejor. Abrí los ojos lentamente...

Y delante mío, estaba esa pantera. Ella misma, con su tamaño impedía que un sólo rayo de sol llegara a mi, me miraba mostrándome los colmillos, esos enormes colmillos asesinos que ahora me amenazaban a mí. Tuve miedo.

Pero no me moví, y no sólo no retrocedí, sino que la miré a los ojos. No sonreí, no cambié de lugar un sólo pelo de todo mi cuerpo. Levanté la mirada y nuestras miradas se cruzaron, y mantuve ese cruce hasta que ella comenzó a rodearme amenazadoramente.

- A qué vienes? - preguntó la pantera, intimidándome.
- A nada. Sólo vine. - respondí calmo.
- Todos vienen por algo.
- Yo no soy como todos... soy raro.
- Ciertamente. - diciendo esto saltó y se trepó en un árbol, alejándose de mí, para advertir antes de perderse de mi vista - Te estaré vigilando.

No sabía si sentirme en peligro o en privilegio. Había hablado con el terror de las historias y seguía vivo. Ella estaría atenta a lo que yo hiciera, y un paso en falso podía significar mi muerte. Pero yo me sentía seguro de mí mismo y de cada uno de mis pasos.

Continué con mi paseo turístico por la isla... comencé reconociendo la playa, para de a poco ir adentrándome en la selva compleja y laberíntica que esperaba encontrar más adentro. Una vez que estuve dentro no pareció tan críptica y difícil, sino que se parecía más a una selva tropical, un lindo lugar para vivir.

Las horas pasaron y me cansé de caminar y recorrer, cada tanto mirando sobre mi hombro y sintiendo esos ojos hambrientos de pantera que me seguían fuera donde fuera. Ella parecía perseguirme sin atacarme, buscarme sin querer encontrarme, tenerme miedo sin alejarse de mí.

Varios días pasaron y la isla cada vez me parecía más hermosa. Me deleitaba con las frutas de los árboles, con las ramas que algunos de ellos me otorgaban para dormir plácidamente, con los ocasos que podía presenciar en las playas. A la vez no estaba solo, Kali me acompañaba escondida, pero yo sentía su aroma cerca mío, y ello no me incomodaba. Por momentos volvía a desaparecer, pero yo sabía que en cierto modo la isla le pertenecía, y como tal, me portaba más como un huésped que como un turista. No era mi intención que se sintiera amenazada o invadida... al contrario, mi voluntad era que se sintiera cómoda conmigo.

Una de las noches llegó más abruptamente que las demás, y la selva se había transformado, era ciertamente más bella en su resplandor nocturno que con la ayuda del sol. Me encontré yendo a una laguna, una cercana a una caída de agua, para refrescarme luego de mi día de satisfacer las ansias de viajar, como siempre hacía... pero algo me detuvo.

Vi a Kali, que había dejado de perseguirme, la vi totalmente desprevenida y libre de preocupaciones como la había notado ese día. Ví que estando sola, se acercó y coqueteando con nadie, movía su cabeza y su pelaje para luego sumergirse un poco en el lago. Volvió a sacar la cabeza inquietando el agua. Finalmente avanzando hundió también su cuerpo completo y nadando apenas debajo de la superficie, con su cabeza fuera y los ojos cerrados, disfrutaba de ese baño tranquilo y refrescante.

¿Esa era la malvada Kali? ¿Esa era la bestia infernal? ¿Esa era la pantera asesina? Yo no lo creía. Sentía que podía tocar el interior de su forma de ser, de ver algo que pocos habían visto. Era un espectáculo hermoso. Me acerqué sin hacer el menor ruido, y me senté a la orilla del lago a mirar... simplemente a contemplar la paz en forma felina y con pelaje oscuro.

Fue largo el rato en que la vi nadar con los ojos cerrados, y dando grandes suspiros y resoplos, como quién suspira en el intento de olvidar sus problemas, a veces quedándose quieta en algún punto del lago... no supe si dormía o no... Pero el movimiento lento no le daba a mi espectáculo menos belleza, sino más gracia y delicadeza.

De pronto ella abrió los ojos, y su mirada se clavó en la mía. Habría sentido miedo, de no ser por la sensación que esos ojos transmitían. No era una mirada de depredador, sino una de víctima. Una mirada triste pero a la vez renovada. Una mirada que reflejaba soledad e incomprensión. Una mirada que además contenía esperanza, porque ya no estaba sola ni incomprendida, y esa mirada, por primera vez, no se perdió en el infinito. Se perdió en mis ojos.

- La noche nos transforma - dije tranquilamente sonriendo. Vi en su rostro una expresión de sorpresa, ciertamente no esperaba que yo dijera algo así.
- Por qué dices eso? - preguntó ella, dócilmente.
Mi sonrisa creció un poco. No era mi imaginación, era verdad todo lo que yo sentía. Elegí mis palabras con el mayor de los cuidados.
- Porque te noto tan dócil y tan... blanca a la luz de las estrellas. No creo que seas esa pantera horrible de la que hablan las leyendas...
Noté que le había contagiado mi sonrisa, y eso se hizo obvio luego de mi comentario. Nadó hacia mí, y saliendo del lago, se sentó a mi lado, mirando el lago y la luna que silenciosamente nos acompañaba.
- Yo antes era una pantera blanca... - confesó ella, con confianza y tranquilidad - Blanca de espíritu e intenciones. Vivía en la selva con todos, pero me traicionaron y vine aquí.
- Te traicionaron? - pregunté sorprendido, buscando su mirada, pero ella inmutada continuó mirando a la luna. - Quiénes? Por qué?
- Todos me traicionaron. Me atacaban mientras yo hacía lo mejor por ellos. - bajó su mirada para mirarme con decepción - ¿Eso no es traición?
- Sí... - Dudé, no era la palabra exacta. Pero no era una palabra errónea. - Una de las tantas formas de traición.
- Una de las tantas formas de lastimar.
- Puedo ver que estás lastimada. - le clavé la mirada. Tenía en su ojo izquierdo una cicatriz monstruosa, que atravesaba su ojo verticalmente. Seguramente había sido un mal recuerdo de una fiera batalla pasada... uno de esos recuerdos que persiguen y no dejan ser olvidados.

En un acto de osadía levanté mi pata delantera derecha y con ella le acaricié el rostro, desde debajo del ojo hasta la raíz de los bigotes. Tenía un pelaje sumamente suave, y sorprendentemente cuidado para alguien que supuestamente era tan salvaje.

Al sentirme tocarla, ella volvió a hundir su mirada en la mía. Su sorpresa era obvia, y su alegría también. Ronroneó mientras la seguía acariciando. Yo tampoco pude esconder mi sonrisa.

Kali agachó la cabeza para acercarla a la mía. Para poder ponerme a altura, tuve que elevar la mía, casi mirando para arriba, debido a nuestra obvia diferencia de altura. Hizo tocar la punta de su hocico con el mío y ahí se detuvo. Nuestras miradas volvieron a cruzarse, pero esta vez era distinto. Esta vez la vi como era, vi lo más profundo de su ser refractado en sus hermosos ojos felinos amarillos y también me vi a mí mismo reflejado en ellos.
 
Ohne Dich, de Kali
 
Nunca me sentí tan cercano a alguien. Sabía que estaba arriesgando mi vida pero estaba seguro que nada malo ocurriría.
Ella suspiró y alejando su rostro, pronunció dulcemente.
- Gracias.
- No me agradezcas, te lo ganaste. - respondí astutamente.

El clima se distendió. Yo ya no estaba solo en mi viaje. Ella ya no estaba sola en su isla. Volvió a acercarse a mi, más juguetonamente.

- Dime... hace ya varios días que estás en esta isla, verdad?
- Sí, es verdad. - respondí desconcertado. No entendía qué relevancia tenía eso.
- Y aún no te has bañado? - levantó su garra y me empujó, haciéndome caer en el lago. Tras hacer eso, estalló en carcajadas.

El agua estaba fría, pero el lago no era nada profundo cerca de esa orilla. Me sacudí un poco riéndome también, saliendo del agua. Me senté al lado de la pantera, que aún se reía al ver mi pelaje todo caído por la humedad. Me acerqué un poco más y me sacudí de lado a lado, a la vez mojándola también, y ambos reímos inocentemente.

***

Desde entonces ya no paseé solo en la isla. Ella misma me llevaba mostrándome las maravillas escondidas en esa misteriosa selva privada. Vi mucho más a su lado de lo que podría haber visto nunca por mi cuenta. Los amaneceres, ríos, praderas y atardeceres en su ciclo hermosamente eterno, el viento acariciándonos con alegría por nuestra unión, los árboles haciendo bailar sus hojas al ritmo de la melodía de la brisa, el sol brillando sobre nosotros con fuerza y determinación.

Cada tanto tiempo nos deteníamos para comer. Yo prefería continuar con mi dieta en base a vegetales a pesar de sus grandes ganas de que la acompañara en degustar buena carne. Al contrario, le produje curiosidad de probar alguna fruta fresca, bajo mis explicaciones de que son más fáciles de digerir y más refrescantes para los días de calor.

Sin hacerme esperar, se trepó a un árbol cercano, de tronco frondoso, en el cual habíamos visto esos manjares colgantes. Su extrema habilidad le permitía moverse sin problema entre ramas o trepar decididamente sin dudar en ninguno de sus movimientos.

Desafortunadamente, las frutas a alcanzar estaban lejos de su alcance, pues no podía llegar hasta cierta parte de las ramas, porque estas se volvían demasiado angostas para soportar su peso. Intentó apoyarse contra el tronco del árbol en donde se encontraba, y con las patas sacudir las ramas para que cayeran los frutos, pero no hubo suerte, pues parecían estar fuertemente sujetos a su rama. Lo volvió a intentar un par de veces, sin éxito tampoco. Bajó con un desaire de no haber logrado su propósito.

Le dirigí una mirada instigadora, ella se acercó a mi.

- Agazápate, me subiré a tu lomo y podrás subirme al árbol.

Ella enseguida comprendió, hizo lo que le había pedido acercándose a la tierra y me subí a su lomo, sosteniéndome de su cuello.

- Vamos. - le indiqué.

Se incorporó con cuidado de no hacerme caer, y lentamente comenzó a subir al árbol, utilizando sus garras para sostenernos en la escalada. Una vez que habíamos alcanzado la altura suficiente, le pedí que se quedara quieta para permitirme desligarme de ella... Me resultó un poco difícil, pero pude aferrarme a una rama y treparme, caminando lentamente para no perder el equilibrio. Así, de manera muy paciente me acerqué bastante a la punta, y con las garras cortar el tallo que las sostenía a la rama. Tras desprender tres o cuatro de ellas, retrocedí hasta Kali, que estaba allí esperándome. Volví a sujetarme de su cuello y me subí a su lomo nuevamente. Ella suavemente descendió del árbol, y una vez en la tierra, fuimos a buscar las ganancias de nuestro trabajo en equipo.

Fueron ciertamente los frutos más deliciosos que nunca había probado. Ya no tenían ese gusto ácido que la soledad les dejaba.

***

Kali se levantó del suelo, luego de que nos recostáramos un rato para descansar.

- Sígueme. - me dijo - Te llevaré al Pico del Cuervo.

Durante unas pocas horas caminamos escalando una colina que luego se convirtió en montaña y finalmente en un risco. Ella asomó su cabeza, como triunfante por sobre todo el mundo, dominante sobre el panorama que nos inundaba. El espectáculo era vasto e imponente. El horizonte magnífico ocultaba al sol, que clamaba las últimas horas de su reinado que es el día. Los cuervos revoloteaban nerviosos sobre nosotros, de un lado a otro por encima de nuestras cabezas.

Debajo del risco, se veía un valle que se convertía de a poco en selva, desde el mismo corazón de la isla a toda su extensión, para terminar en las playas. Ese corazón era atravesado por un río ondulante, que parecía partir la isla en dos.
 
Crow's Peak, de Kali
 
- Este es mi mundo, mi casa. - dijo Kali, orgullosa de la vista.
- El mundo es tu casa. - respondí intrépidamente.
- No es así, fuera de aquí no soy bienvenida. - bajó la cabeza y la miré con compasión, pero no la interrumpí. - Tengo un pasado cruel, y lo merezco. No soy quién crees que soy.
- Sé que vienes del mundo del Hombre, y no es una experiencia fácil.

Ella se asombró por mi comentario. Dado que yo nunca lo había mencionado, ella no se había percatado de mi especial atención por el colgante alrededor de su cuello. Este colgante tenía la forma de una estrella de cinco puntas, con una de ellas apuntando hacia abajo, inscripta en un círculo. Dichas obras eran producto del mundo humano.

- Es verdad. - dijo, incitando al silencio. Parecía ser algo difícil de admitir.
- Pero escapaste. - alegué esbozando una sonrisa.
- ¿Cómo puedes saberlo?
- Simple: ellos casi nunca nos dan la libertad, y cuando lo hacen, nos persiguen o nos vuelven a buscar.

Suspiró y respondió con furia en su voz.

- Me criaron para matar. No quiero ser así.
- No eres así.

Me miró con desprecio, con un gesto que quería indicar que yo no terminaba de entenderla. Nuevamente, mantuve su mirada, adentrándome en lo más profundo de sus ojos, y le mostré mi sonrisa más sincera. No pudo ocultar su propia sonrisa, y bajó la mirada sonriendo muy feliz.

- Gracias. - me dijo tímidamente.
- Lo mereces.
- Mañana... quiero mostrarte algo.
- Será un placer.

***

Me levanté esa mañana temprano, ansioso y curioso por lo que sería la aventura de este próximo día. Caminé algunos pasos hasta la playa, para refrescarme un poco en el agua fría del mar, y despertarme rápidamente. Tras hacerlo, volví caminando hasta donde la arena se vuelve pasto, y sin siquiera adentrarme en la selva, vi que estaba Kali esperándome.

- ¿Dormiste bien?
- Sí, gracias. ¿Y qué tal tú?
- Bien también. ¿Estás listo?
- Como siempre. - bromeé.
- Vamos. - respondió con un gesto sarcástico.

Tras un tiempo de caminar por la intrincada selva, nos encontramos con una edificación en ruinas, parecía ser hecha de piedra lisa y trabajada, pero el musgo y el pasto de a poco iban logrando que la tierra se lo tragara. Me sentí confundido.

- Aquí vive el Hombre? - pregunté con algo de temor en mi voz.
- Ya no. - respondió la pantera, segura de sí misma.

Creí que entraríamos en esa caverna de piedra recta, pero no fue así. Seguimos camino hasta que poco tiempo después nos encontramos con una verdadera cueva. Ella parecía querer entrar, pero la puerta estaba tapada con una enorme roca. Lentamente se acercó a un costado de esa roca, y con su lomo hacía fuerza para moverla. A pesar del enorme tamaño de semejante piedra, la pantera parecía no tener problemas mayores para quitarla a gusto, a pesar de que ciertamente algún esfuerzo le costaba desplazarla.

Tras poco empujar, la piedra quedó fuera del camino para que nosotros pasáramos a una cueva completamente oscura.

- Entra, no tengas miedo. - me indicó cariñosamente.

Dudé pero quería demostrar mi confianza, y comencé mi camino al interior de la oscuridad. Ella se adelantó y caminando delante mío ingresó primera. Di varios pasos, lentamente, intentando no chocar con nada hasta que a lo lejos y a lo profundo vi una zona muy iluminada. Me detuve.

Debajo, en la parte con luz, se veía un desierto subterráneo. La cueva parecía no tener fin, y todo lo que se veía en ella era arena. Sólo parte de toda la extensión se encontraba fuera del dominio de la oscuridad, que entraba por un hueco en el techo, lejano más allá del alcance. Demasiado chico para ser usado como entrada o como salida, demasiado alejado para que cualquier criatura pudiese llegar.

- Esta zona se ilumina sólo una vez al día... y ni siquiera durante todo el año. - explicó Kali, pacientemente, paseándose por la arena. Se sentó al lado de un surco en la arena. - Esto es lo que quería mostrarte.

Presté nueva atención. No era un surco, eran muchos. Tampoco eran surcos... era... un dibujo. Todas las marcas en la arena formaban líneas que constituían un dibujo de proporciones gigantescas. Reenfoqué mis ojos para observarlo, y reconocí una de esas formas. Era una pantera, la misma Kali, con los ojos cerrados y una sonrisa en el rostro, abrazada a otro ser. Este ser tenía un rostro común, no definido, tampoco tenía otros rasgos que me permitieran reconocerlo, ni siquiera la especie.

Comprendí.

- Es lo que perdiste, ¿verdad? - Me compadecí de Kali, herida de tantos males y este dibujo parecía contarme el resto de la historia: la pérdida de su amor.
- Es lo que más odio. - respondió sin siquiera dirigirme la mirada. Mientras me hablaba hacía nuevo surcos en el dibujo, deformando lentamente a aquel ser que acompañaba a la pantera.
- ¿Qué es lo que odias?
- Estar sola.
- Pero no estás sola. Estás abrazando a alguien. - Mis palabras contenían una cuota de duda. No sabía qué sería del dibujo luego de que ella terminara con él.
- Ese no es nadie.

Esas palabras no tuvieron sentido para mí. Me quedé callado esperando una explicación, o meditando sobre ellas, mirando como ella dibujaba sobre la arena. Observé que en la parte posterior del animal dibujó con habilidad una cola larga y ancha, junto con un pelaje corto que recorría la espalda de este segundo ser. Finalmente se detuvo y me miró desde abajo.

- Es lo que gané. - respondió. - Ahora ya no estaré más sola.

Volví a mirar el dibujo y entendí. Era yo. Había terminado de dibujar mi cola y mi rostro. Sonreí. Quise mantener mi seriedad, pero no pude hacerlo, la sonrisa me delataba demasiado. No podía creer que yo participaría de su corazón, quería que ese momento no pasara nunca, que fuera eterno...

...eterno.

Pero no podría ser. Recordé que mi palabra me obligaba a volver.

- No puedo quedarme por siempre. - le informé, bajando la cabeza y borrando la sonrisa.
- Oh... Cuando debes partir?
- No lo sé.
- Debería ser pronto. Te buscan. Pero antes de que te vayas, quiero revelarte algo.
- ¿Hay más?

Me guió fuera de la cueva, tras lo cual procedió a tapar su entrada cuidadosamente con la roca gigante que impedía el paso. Volví a mirar dentro antes de que la entrada se sellara y vi algunas líneas de ese fantástico arte romántico, el cual volvió a robarme una sonrisa. Finalmente la cueva no vio más la luz y Kali me llevó hasta un lugar cercano de dicha cueva, una edificación totalmente destruida, la misma que había observado cuando llegué a este lugar. Me detuve ante la imponente entrada que poseía... estaba abierta de par en par, pero el terror que demostraban mantenían alejado a todos los seres... a mí inclusive. Me senté, no queriendo avanzar.

- ¿Tienes miedo? - preguntó Kali, en un tono un tanto burlón.
- Sí... ¿no debo? - respondí, mirando fijo a esa entrada, esa boca al infierno.
- No lo tengas. Vamos. - diciendo esto me empujó cariñosamente con una garra, avancé quedando a unos tres o cuatro pasos del adentro. Suspiré.
- Bueno. Te sigo.

La pantera entró y yo la seguía, mientras observaba alrededor. Era ciertamente una construcción majestuosísima, y eso podía apreciarse incluso a pesar de los obvios años que habría estado castigado por el clima de la selva y las plantas que reclamaban su dominio. Recorrimos quizás cientos de pasadizos y habitaciones, una más decorosa que la otra. Finalmente, en una de las habitaciones, ella se detuvo para empujar con la cabeza un ladrillo en una de las paredes, lo que le permitió atravesarla y pasar al otro lado... la acompañé también, con ya no tanta seguridad de mí mismo. No sabía qué me esperaba en un lugar que obviamente por alguna razón estaba oculto y escondido, un lugar que no quería ser encontrado.

Ella debió agacharse un poco para pasar, pero yo pasé sin mucho problema, por nuestra obvia diferencia de tamaño. Al pasar me encontré con una sala oscura, pero levemente iluminada. Apenas se podía ver lo que había dentro, pero ciertamente con esfuerzo se lograba. Alcé la vista, y lo que parecía ser el suelo y rocas, eran discos metálicos, dorados, miles, millones de ellos.

- Monedas de oro. - explicó Kali - Dinero. Con esto vive el Hombre. Y con las joyas también.

De joyas ya sabíamos, las piedras preciosas eran algo común, pero pocas veces lográbamos verlas con los bordes rectos y brillantes como en este caso. Parecían trabajadas para ser bellas, parecían intentar brillar por sí mismas, como si fueran un pequeño sol de distintos colores.

- Entonces... - deduje - ¿este es el famoso tesoro del que tan guardiana eres?
- Así es. Nací para cuidarlo, me criaron para cuidarlo y me hicieron malvada para cuidarlo. Nadie después de mi entró aquí, nunca.
- ¿Tan valioso es?
- Para eso existo, es el sentido de mi vida.
- Eso fue lo que te dijeron, pero tu vida la decides tú.
Ella sonrió y se sentó sobre su cola.
- Tienes razón. Y por eso, no voy a impedir que te lleves lo que desees de aquí. Incluso si fuera la gema central, el mayor de todos los tesoros.

Vi el lugar nuevamente. Era de verdad tentador, y era un regalo, una oportunidad única que no podría desperdiciar. Vi en el centro del cuarto un pedestal de piedra blanca y lisa, trabajada arduamente por las manos del Hombre, sobre el cual había una caja de color púrpura, que parecía contener la gema de mayor tamaño en todo el templo. Por el tamaño de su recipiente, podía estimar que tenía casi el tamaño de mi cabeza.

Suspiré profundo. Estaba en mi derecho de hacerlo... pero eso no era mío. Me parecía injusto para ella. Y yo no quería que algo material significara tanto para mi, a pesar de que fuera un regalo, me vería muy tentado a dejar de lado todo lo que aprendí a través de los años.

- Te agradezco, pero ya encontré al mayor de todos los tesoros.

Me acerqué a ella y la abracé, acurrucándome entre sus patas, intentando imitar el dibujo. Ella ronroneó muy agradablemente, demostrando que le había gustado mi decisión.

- Tu personalidad demuestra tu pureza. - dijo ella, halagándome - Y eso te ha salvado la vida.
- ¿Salvarme la vida?

Kali se levantó y se alejó un poco de mí. Con la boca tomó una de las gemas y muy habilidosamente la arrojó hacia el pedestal, golpeando la caja. Al caer la caja al suelo y abrirse, una furiosa cobra salió de adentro, buscando a su víctima. La pantera le rugió furiosamente y la cobra escapó por otro camino.

Luego me sonrió y explicó.

- Es la envidia y el egoísmo lo que consume al Hombre.

***

Salimos del templo y caminando lentamente Kali me acompañaba a la playa, para que yo pudiese volver. Optamos por un camino alterativo, en el cual debíamos cruzar un río. La caminata era silenciosa y triste, sabíamos que nos íbamos a separar y eso era un peso que ambos llevábamos por dentro.

- Suelo usar troncos de árboles para cruzar. - indiqué - Si logramos encontrar alguno podemos usarlo para cruzar.

Sin decir una sola palabra, ella empujó un árbol y lo tumbó con apenas algo de esfuerzo. Su fuerza no dejaba de sorprenderme. Empujó el tronco al río y lo aferró con una pata, sosteniéndolo de una rama para que el tronco no escapara.

- Sube. - me indicó.

Subí sin dificultad, puesto que el tronco era bastante grande y ella lo tenía quieto. Me acomodé y ella subió conmigo. Se agazapó, acostándose luego sobre gran parte del tronco, para mantener el equilibrio. Me trepé a ella, y entre su lomo y su cuello entrecerré los ojos, disfrutando del viaje juntos.

Subidos en nuestro transporte personal, yo viajaba sobre el lomo de mi pantera, mientras ella canturreaba canciones que arrullaban mi alma, proporcionándome un viaje eternamente memorable. El suave ronroneo de su canto me transportaba a paraísos donde mi alma reposaba pacíficamente. Cerré completamente mis ojos y dejé que la ilusión del mundo perfecto tomara posesión de mi.

Pero mi felicidad se vio interrumpida súbitamente. Noté que los cantos se habían detenido y ella apoyaba una garra sobre mi. Abrí los ojos confundido y cuando los dirigí hacia su rostro, pude ver como las lágrimas la acosaban, empañando sus pupilas y cayendo por sobre su rostro.

- Mi amor... qué sucede? - pregunté preocupado.
- ...nos estamos acercando.

No pude evitar sumarme a su llanto y dejar que nuestras lágrimas se fundieran en el río. Este río se convirtió en uno de tristezas, uno de agonía e injusticia, a causa de una separación de lo que debería permanecer unido por siempre.

El despiadado tiempo no detuvo su correr, y en poco tiempo llegamos a la orilla. Ella se bajó muy suavemente, cuidándome incluso en aquellos movimientos. Yo permanecía aferrado a su lomo, no queriendo soltarla. Las lágrimas aún nos dificultaban ver nuestro camino, pero era el camino que nos tocaba transitar.

Bajamos y volvimos a caminar. Esta vez el trayecto no fue tan extenso, parecía que la misma selva había conspirado para hacer nuestra despedida más pronta. Llegamos a la playa , y allí estaba mi fiel tronco, esperando a que lo viniera a buscar para emprender nuestro regreso.

Sollozamos un poco más, simplemente estando juntos. No queríamos separarnos, pero sabíamos que tarde o temprano así debería ser.

- No quiero que te vayas - dijo ella, entre lágrimas.
- Yo tampoco quiero irme. Pero después de hoy, piensa que en realidad siempre estaré contigo. - le respondí, tiernamente.
- Prométeme que volverás.
- Lo prometo.

Una leve sonrisa se vio en nuestros rostros. La besé con una lamida en su hocico, y entonces Kali ayudó a colocar el tronco en posición y lo sostuvo hasta que me acomodé sobre él. Ya listo, ella solo esperaba que le ordenara dejarme ir...

Pero ella no quería hacerlo. Y yo no quería dar esa orden.

...Pero debía hacerlo.

Estiré mi cuello para llegar hasta ella, la besé nuevamente e intercambiamos unas palabras muy cortas pero significativas, envueltas en sábanas de lágrimas de cristal que le daban verdadero significado.

- Te amo.
- Yo también te amo.

Suspiré. Tomé aire y junté coraje.

- Adiós, panterita.
- Adiós.

Kali soltó el tronco y mientras el oleaje me alejaba lentamente de la isla, yo vi como su figura se hacía más pequeña a la distancia. En un momento ella se volteó para retirarse... pero tras caminar unos pasos volvió a observarme a medida que me alejaba. Todavía podía verle las lágrimas, reflejadas en el pelaje de su rostro. Y ella seguramente podía ver las mías.

Pronto ella se convirtió en un simple puntito negro en la arena amarronada del atardecer. Pensé y rememoré todas las cosas que habíamos pasado juntos, todas las anécdotas, y todo lo nuevo que sentí con ella. Tan pronto como satisfice esa necesidad, miré al agua que se agitaba debajo mío, para ver un vago reflejo de mi rostro, desfigurado por el movimiento del océano. Una mancha blanca y negra en aguas tan fuertes, era tan insignificante como una gota de esas mismas aguas.

Por un momento creí ver su reflejo en el agua. Pero no, era tan solo un engaño de mi mente, una manifestación de mi deseo.

Pero yo tenía esperanzas por dentro, porque había prometido volver, y pensaba hacerlo. Pronto volvería a verla.