Método de Nomenclatura Química
Cuatro químicos: Lavoisier, Berthollet, Guyton y Fourcroy se dedicaron durante ocho meses a la tarea de reformar la nomenclatura. 
Berthollet, Guyton y Fourcroy se dedicaron durante ocho meses a la tarea de reformar la
nomenclatura.
Berthollet, Guyton y Fourcroy se dedicaron durante ocho meses a la tarea de reformar la
nomenclatura.
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Berthollet, Guyton y Fourcroy se dedicaron durante ocho meses a la tarea de reformar la
nomenclatura.
Los autores eliminaron definitivamente los cuatro elementos aristotélicos (agua,
aire, tierra y fuego) como constituyentes básicos y dieron una nueva definición de
elemento: las sustancias más simples que no se pueden descomponer. Sin embargo,
Lavoisier dejó abierta una puerta, consciente de que los medios técnicos podrían
mejorar dentro de unos años, consideró la posibilidad de que algunas sustancias que en
ese momento se tenían como elementos, con el tiempo se lograra descomponerlas,
demostrando que no eran tales. A estos elementos (un total de treinta y tres) se les
asignó un nombre acorde con la propiedad más importante de los mismos, para luego
elaborar nombres para las sustancias compuestas yuxtaponiendo los anteriores. Por
ejemplo:
Gas oxígeno = oxígeno + calórico
Óxido de ... = oxígeno + nombre del metal
Para los compuestos, el porcentaje de cada elemento presente quedaba reflejado
por la terminación de su nombre. Por ejemplo: los ácidos del nitrógeno se denominaban
ácido nitroso y ácido nítrico. La terminación –oso se utilizaba para indicar el de menor
contenido en oxígeno y la terminación –ico para el de mayor.
Casi todos los metales mantuvieron sus nombres antiguos y las tres bases más
utilizadas fueron llamadas: sosa, potasa y amoníaco. Guyton recomendaba además, que
en las traducciones a otros idiomas se utilizaran nombres latinos para generalizar las
nuevas denominaciones. Paralelamente los químicos Hassenfratz y Adet, idearon unos
símbolos para representar las sustancias, con la idea de sustituir por éstos a los antiguos
símbolos alquimistas, pero no tuvieron mucho éxito.
Esta nueva nomenclatura surgida en el s. XVIII resultó ser bastante efectiva y en
gran parte sigue usándose en la actualidad, pero en aquél momento suscitó una gran
polémica, generándose una fuerte división que se hizo muy notoria en tan sólo dos
generaciones. La lengua de los químicos de la Academia dejó de ser la misma que la
empleada por drogueros, metalúrgicos y otros artesanos relacionados con el arte de la
química.
Los autores eliminaron definitivamente los cuatro elementos aristotélicos (agua,
aire, tierra y fuego) como constituyentes básicos y dieron una nueva definición de
elemento: las sustancias más simples que no se pueden descomponer. Sin embargo,
Lavoisier dejó abierta una puerta, consciente de que los medios técnicos podrían
mejorar dentro de unos años, consideró la posibilidad de que algunas sustancias que en
ese momento se tenían como elementos, con el tiempo se lograra descomponerlas,
demostrando que no eran tales. A estos elementos (un total de treinta y tres) se les
asignó un nombre acorde con la propiedad más importante de los mismos, para luego
elaborar nombres para las sustancias compuestas yuxtaponiendo los anteriores. Por
ejemplo:
Gas oxígeno = oxígeno + calórico
Óxido de ... = oxígeno + nombre del metal
Para los compuestos, el porcentaje de cada elemento presente quedaba reflejado
por la terminación de su nombre. Por ejemplo: los ácidos del nitrógeno se denominaban
ácido nitroso y ácido nítrico. La terminación –oso se utilizaba para indicar el de menor
contenido en oxígeno y la terminación –ico para el de mayor.
Casi todos los metales mantuvieron sus nombres antiguos y las tres bases más
utilizadas fueron llamadas: sosa, potasa y amoníaco. Guyton recomendaba además, que
en las traducciones a otros idiomas se utilizaran nombres latinos para generalizar las
nuevas denominaciones. Paralelamente los químicos Hassenfratz y Adet, idearon unos
símbolos para representar las sustancias, con la idea de sustituir por éstos a los antiguos
símbolos alquimistas, pero no tuvieron mucho éxito.
Esta nueva nomenclatura surgida en el s. XVIII resultó ser bastante efectiva y en
gran parte sigue usándose en la actualidad, pero en aquél momento suscitó una gran
polémica, generándose una fuerte división que se hizo muy notoria en tan sólo dos
generaciones. La lengua de los químicos de la Academia dejó de ser la misma que la
empleada por drogueros, metalúrgicos y otros artesanos relacionados con el arte de la
química.

Los autores eliminaron definitivamente los cuatro elementos aristotélicos (agua,

aire, tierra y fuego) como constituyentes básicos y dieron una nueva definición de elemento: las sustancias más simples que no se pueden descomponer. Sin embargo, Lavoisier dejó abierta una puerta, consciente de que los medios técnicos podrían mejorar dentro de unos años, consideró la posibilidad de que algunas sustancias que en ese momento se tenían como elementos, con el tiempo se lograra descomponerlas, demostrando que no eran tales. A estos elementos (un total de treinta y tres) se les asignó un nombre acorde con la propiedad más importante de los mismos, para luego elaborar nombres para las sustancias compuestas yuxtaponiendo los anteriores. Por ejemplo:

Gas oxígeno = oxígeno + calórico

Óxido de ... = oxígeno + nombre del metal

Para los compuestos, el porcentaje de cada elemento presente quedaba reflejado

por la terminación de su nombre. Por ejemplo: los ácidos del nitrógeno se denominaban ácido nitroso y ácido nítrico. La terminación –oso se utilizaba para indicar el de menor contenido en oxígeno y la terminación –ico para el de mayor.

Casi todos los metales mantuvieron sus nombres antiguos y las tres bases más

utilizadas fueron llamadas: sosa, potasa y amoníaco. Guyton recomendaba además, que en las traducciones a otros idiomas se utilizaran nombres latinos para generalizar las nuevas denominaciones. Paralelamente los químicos Hassenfratz y Adet, idearon unos símbolos para representar las sustancias, con la idea de sustituir por éstos a los antiguos símbolos alquimistas, pero no tuvieron mucho éxito.

Esta nueva nomenclatura surgida en el s. XVIII resultó ser bastante efectiva y en

gran parte sigue usándose en la actualidad, pero en aquél momento suscitó una gran polémica, generándose una fuerte división que se hizo muy notoria en tan sólo dos generaciones. La lengua de los químicos de la Academia dejó de ser la misma que la empleada por drogueros, metalúrgicos y otros artesanos relacionados con el arte de la química.