Poemas para ler no club


I


Mientras en esta ciudad parpadean las pantallas

con pornografía, vampiros de ciencia ficción

y asalariados doblándose bajo el látigo,

también hay que caminar… nada más, caminar

entre la basura mojada, con las crueldades

de nuestros barrios en primer plano.

Tenemos que entender que nuestras vidas son inseparables

de esos sueños rancios, del borboteo del metal, de esas desgracias

y de la begonia roja que destella peligrosamente

en la cornisa de un edificio de seis pisos

o de las chicas de piernas largas que juegan a la pelota

en el patio de la escuela.

Nadie nos imaginó. Queremos vivir como árboles,

sicomoros llameantes en el aire sulfúrico,

moteados de cicatrices, pero floreciendo con exuberancia,

con nuestra pasión animal enraizada en la ciudad.


II


Me despierto en tu cama. Sé que estuve soñando.

Mucho antes nos separó la alarma, y estás

desde hace horas en tu escritorio. Sé lo que soñé:

nuestra amiga, la poeta, entra en mi cuarto

donde llevo días escribiendo, hay borradores,

carbónicos y poemas desparramados por todas partes,

y quiero mostrarle un poema

que es el poema de mi vida. Pero dudo,

y me despierto. Me besaste el pelo

para despertarme. Soñé que eras un poema,

te digo, un poema que le quería mostrar a alguien

me río y vuelvo a soñar otra vez

con el deseo de mostrarte a todos los que amo,

de andar juntas sin reservas

con el impulso de la gravedad, que no es simple,

que arrastra un largo trecho al plumerillo en el aire exhalado.


III

Puesto que no somos jóvenes, las semanas tienen que contar

por los años que perdimos. Así y todo, solamente esta peculiar distorsión

del tiempo me dice que no somos jóvenes.

¿Acaso a los veinte alguna vez caminé por la calle a la mañana

con los miembros flameando de la más pura alegría?

¿O me incliné desde una ventana sobre la ciudad

a escuchar el futuro

con los nervios afinados, como escucho tu llamada ?

Y vos, vos te acercás a mí con la misma cadencia.

Tus ojos son inmortales, la chispa verde

del lirio a principios del verano,

el berro verdeazul que lavó la primavera.

A los veinte, sí: pensábamos que íbamos a vivir para siempre.

A los cuarenta y cinco, quiero conocer incluso nuestros límites.

Te toco sabiendo que no nacimos ayer,

y de algún modo, cada una va ayudar a la otra a vivir,

y en algún lugar, cada una va a ayudar a la otra a morir.


IV


Vuelvo de estar con vos por donde la luz temprana

de la primavera destella en las paredes de siempre,

el Pez Dorado, la casa de saldos, la zapatería…

arrastro la bolsa de las compras, corro el ascensor

donde un hombre viejo, tenso, almidonado, deja

tranquilamente que las puertas casi me cierren encima.

le grito –¡Párela,  por el amor de dios!,

y él me dice –histérica–  por lo bajo.

Me instalo en la cocina, descargo los paquetes,

hago café, abro la ventana, pongo a Nina Simone

que canta Here Comes the Sun… abro el correo

mientras bebo el café delicioso, la música deliciosa

con el cuerpo liviano y pesado a la vez, todavía con vos.

Del correo se cae una fotocopia de algo que escribió

un hombre de 27 años, un rehén, torturado en prisión:

Mis genitales fueron objeto de tal despliegue sádico

que me mantienen siempre despierto del dolor…

Hacé lo que puedas para sobrevivir.

Sabés, creo que a los hombres les encantan las guerras…

Y mi enojo incurable, mis heridas insuturables

se abren más con las lágrimas, lloro inútilmente,

ellos todavía controlan el mundo, y vos no estás en mis brazos.


V


Este departamento lleno de libros podría partirse en dos

bajo las mandíbulas gruesas y los ojos saltones

de los monstruos: una vez que abrís un libro, te tenés que enfrentar

al lado oscuro de todo lo que amaste–

el estante y las pinzas listos, la mordaza

con la que hasta las mejores voces tuvieron que mascullar,

el silencio que entierra en la arena del desierto

a los niños no deseados —mujeres, desviados, testigos.

Kenneth me cuenta que ordenó los libros de modo

que mientras escribe puede ver a Blake y a Kafka;

sí, y todavía hay que ajustar cuentas con Swift,

que aborrece la carne de las mujeres pero les alaba la mente,

con el terror de Goethe por las madres, con Claudel vilipendiando a Gide

y con los fantasmas —sus manos entrelazadas por siglos—

de las artistas que murieron en el parto, de las sabias calcinadas en la hoguera,

siglos de libros sin escribir, apilándose detrás de estos estantes;

y todavía nos tenemos que quedar mirando la ausencia

de los hombres que no debieron, y de las mujeres que no pudieron, hablarle

a nuestra vida— este hoyo aún sin excavar

llamado civilización, este acto de traducción, este medio-mundo.



VI


Tus manos chiquitas, exactamente iguales a las mías—

solo el pulgar es más largo, más grande— en esas manos

podría poner el mundo, o en muchas manos como esas,

que empuñan herramientas o el volante

o tocan un rostro humano... manos así podrían acomodar

al nonato en el canal de parto

o pilotar un barco de rescate

a través de los icebergs, o reunir

los pedazos delgados como agujas de una gran crátera

que a los lados tiene

figuras de mujeres extáticas marchando

al cubil de la sibila o a la caverna eleusina—

manos como esas podrían ejercer una violencia inevitable

con tal moderación, con tal comprensión

del rango y de los límites

que la violencia se volvería obsoleta para siempre.


VII

¿Qué clase de monstruo convertiría su vida en palabras?

¿De qué se trata esta expiación?

—y sin embargo, de escribir palabras así, yo también vivo.

¿Es como la señal que aúlla el carcayú,

esa cantata modulada de lo salvaje?

¿O cuando, lejos de vos, trato de crearte con palabras,

te uso, nada más, como se usa un río o una guerra?

¿Y cómo usé los ríos?, ¿cómo usé las guerras?

¿para escaparme escribiendo de la peor de las cosas—

no de los crímenes de los otros, ni siquiera de la propia muerte,

sino del error de querer la libertad con suficiente pasión como para que

los olmos apestados, los ríos enfermos y las masacres parecieran

meros emblemas de esa profanación de nosotros mismos?


                                                       VIII


Puedo verme a mí misma años atrás en Sunion,

dolorida y con un pie infectado, Filoctetes

con forma de mujer, rengueando por el largo sendero,

recostada en un promontorio sobre el mar oscuro,

mirando las piedras rojas abajo, donde un espiral

de blancura me decía que había golpeado una ola,

imaginando el empujón del agua desde esa altura,

sabiendo que el suicidio no es lo mío,

pero todo el tiempo cuidando y midiendo esa herida.

Bueno, se terminó. La mujer que quería

a su sufrimiento está muerta. Yo soy su descendiente.

Amo la cicatriz que me legó,

pero de acá en más quiero seguir con vos

luchando contra la tentación de hacer del dolor una carrera.





IX


Hoy tu silencio es un estanque donde viven cosas ahogadas,

cosas que quiero ver levantarse chorreando y secarse al sol.

No es mi cara la que veo, sino otras caras;

también la tuya, a otra edad.

Lo que sea que esté extraviado ahí, las dos lo necesitamos—

un reloj de oro antiguo, un registro de temperatura que el agua borró,

una llave...Hasta el barro y las piedritas del fondo

merecen su cuota de reconocimiento. Me asusta este silencio,

esta vida sin articular. Estoy esperando

un viento que abra suavemente los pliegues de estas aguas

de una vez y me muestre lo que puedo hacer

por vos, que muchas veces le pusiste nombre

a lo innombrable para los otros, incluso para mí.


                                                      X


Tu perra dormita, tranquila e inocente, en medio

de nuestros llantos, nuestras conspiraciones susurradas al alba,

nuestras llamadas telefónicas. Ella sabe —¿qué puede saber?

y si en mi arrogancia humana pretendo leerle

los ojos, solo encuentro mis pensamientos animales:

que las criaturas deben encontrarse para el bienestar físico,

que las voces de la psique atraviesan la carne

más allá de lo que el cerebro torpe podría predecir,

que las noches planetarias se enfrían para los

que están en el mismo viaje y quieren tocar

una criatura-viajero inequívoco hasta el final;

que sin la ternura, estamos en el infierno.


XI


Cada pico es un cráter. Esa es la ley de los volcanes,

lo que los hace eterna y visiblemente femeninos.

No hay altura sin profundidad, sin un centro candente,

aunque nuestras suelas se deshilachen contra la lava endurecida.

Quiero viajar con vos a cada montaña sagrada

que humea por dentro, encorvada como la sibila sobre su trípode,

quiero estirarme para alcanzar tu mano al escalar la senda y

sentir tus arterias brillando en mi mano,

sin dejar de notar nunca la flor pequeña como una joya

desconocida, sin nombre hasta que la nombramos,

prendida a la roca que cambia lentamente—

ese detalle de fuera que nos lleva hacia dentro,

que estaba ahí desde antes, sabía que íbamos a venir, y ve más allá.


XII


Durmiendo, turnándonos para girar como planetas

que rotan en su prado nocturno:

un roce es suficiente para hacernos saber

que no estamos solas en el universo, ni siquiera al dormir:

fantasmas del sueño de dos mundos

que andan por sus ciudades fantasmas, casi guiándose entre sí.

Desperté con tus palabras murmuradas

hace años luz —u oscuridad—,

como si mi propia voz hubiese hablado.

Pero tenemos voces diferentes, incluso en sueños,

y nuestros cuerpos, tan semejantes, también son tan distintos

que el pasado que reverbera en la corriente sanguínea

va cargado de idiomas diferentes, diferentes significados—

sin embargo, en cualquier crónica del mundo que compartimos

podría escribirse con un sentido nuevo que

éramos dos amantes de un mismo género

éramos dos mujeres de una misma generación.


XIII


Las reglas se rompen como un termómetro,

el mercurio se vuelca  sobre los gráficos,

estamos en un país que no tiene lengua

ni leyes, vamos cazando al cuervo y al reyezuelo

por barrancos inexplorados hasta el amanecer

cualquier cosa que hagamos juntas es pura invención

los mapas que nos dieron están desactualizados

desde hace años... conducimos por el desierto

preguntándonos si el agua alcanzará

las alucinaciones se convierten en aldeas

la música de la radio nos llega con claridad–

ni Rosenkavalier ni Gotterdammerung

sino una voz de mujer que canta canciones viejas

con palabras nuevas, con un bajo sereno y una flauta

robada y tocada por mujeres fuera de la ley.


XIV

Fue tu imagen del piloto

la que me confirmó mi imagen de vos: sigue

yendo, a propósito, de cabeza a las olas, dijiste

mientras nos agachábamos en la escotilla

a vomitar en bolsitas de plástico

las tres horas entre St. Pierre y Miquelon.

Y nunca me sentí más cerca tuyo.

En la cabina había parejas de luna de miel

acurrucados uno en la falda o en los brazos del otro

yo puse mi mano sobre tu muslo

para darnos consuelo a las dos, tu mano se acercó a la mía

y nos quedamos así, sufriendo juntas

en nuestros cuerpos, como si todo sufrimiento

fuera físico, así nos tocamos en presencia

de extraños que no sabían nada y les importaba menos,

que vomitaban su dolor privado

como si todo sufrimiento fuera físico.


[El poema flotante, sin numerar]


Pase lo que pase con nosotras, tu cuerpo

va a rondar el mío —tierna, delicada,

tu forma de hacer el amor, como la fronda retorcida

del helecho de agua en los bosques

recién lavados por el sol. Tus muslos recorridos, generosos,

entre los que mi rostro entero vuelve y vuelve—

la inocencia y la sabiduría del lugar que mi lengua encontró—

la danza vital e insaciable de tus pezones en mi boca—

tu contacto firme, protector, descubriéndome,

tu lengua fuerte, tus dedos finos

llegando adonde estuve esperándote por años

encerrada en mi cueva húmeda y rosa— pase lo que pase, esto es.


XV

Si me acosté con vos en esa playa

blanca, vacía, pura agua verde entibiada por la Corriente del Golfo

y en esa playa no pudimos quedarnos

porque el viento nos arrojaba arena

como si estuviese en nuestra contra

si intentamos soportarlo y fracasamos—

si nos fuimos a otra parte

a dormir abrazadas

y las camas eran angostas como catres de presos

y estábamos cansadas y no dormimos juntas

y eso fue lo que encontramos, y eso fue lo que hicimos—

¿fue nuestro el error?

Si me aferro a las circunstancias no me siento

responsable. Solamente la que dice

que no eligió es al final la que pierde.


XVI


Estoy a una ciudad de vos y estoy con vos

como una noche de agosto

tibia, bañada por el mar, cuando te miré dormir

a la luz de la luna, con el tocador de madera rústica

atestado de cepillos, libros y frascos nuestros—

o en un huerto de rocío salado, acostada al lado tuyo

viendo el atardecer rojo por el mosquitero del camarote,

Mozart en Sol menor en el grabador,

durmiéndonos con la música del mar.

Esta isla de Manhattan es bastante grande

para las dos, y es angosta:

esta noche puedo oírte respirar, sé cómo es

tu cara boca arriba, cuando la media luz traza

tu boca generosa y delicada

donde la risa y la pena duermen juntas.


XVII


Nadie está destinado ni condenado a amar a nadie.

Los accidentes ocurren, no somos heroínas,

ocurren en nuestras vidas, como los choques,

los libros que nos cambian, los barrios

adonde nos mudamos y que llegamos a amar.

Tristán e Isolda es solamente una historia,

las mujeres al menos deberían distinguir

entre el amor y la muerte. Sin copa de veneno,

sin penitencia. La vaga sospecha de que el grabador

tuvo que haber captado algo de nosotras: que no solo

sonaba, sino que debió habernos escuchado

para instruir a las que vendrán:

esto fuimos, así es como intentamos amar,

y estas son las fuerzas que alinearon contra nosotras,

y estas son las fuerzas que alineamos dentro de nosotras

dentro y en nuestra contra, contra nosotras y dentro de nosotras.


XVIII


Lluvia en la autopista del Oeste,

luz roja en Riverside:

cuanto más vivo, más pienso

que dos personas juntas son un milagro.

Contás la historia de tu vida y, por una vez,

un temblor rompe la superficie de tus palabras.

La historia de nuestra vida se vuelve nuestra vida.

Ahora estás en fuga, cruzando lo que algún poeta

victoriano, estoy segura, llamó el mar salado que se aleja.

Esas son las palabras que me vienen a la mente.

Siento el alejamiento, sí. Como sentí el amanecer

empujar hacia el día. Algo: ¿una grieta de luz—?

Entre la pena y la angustia se abre un espacio

donde soy Adrienne sola. Y enfriándome.


                                                                  XIX


¿Puede estar enfriándose cuando empiezo

a tocarme otra vez, a apartar las adherencias?

¿Cuando, lento, el rostro desnudo vuelve de mirar atrás

y enfoca el presente,

el ojo del invierno, la ciudad, la bronca, la pobreza y la muerte

y los labios se abren y dicen: planeo seguir viviendo?

¿Hablo fríamente cuando te digo, en sueños

o en este poema, que no hay milagros?

(Te dije desde el principio que quería una vida cotidiana,

que esta isla de Manhattan era suficiente isla para mí).

Si hubiera podido hacértelo saber—

dos mujeres juntas son un trabajo

que nada en la civilización hace sencillo,

dos personas juntas son un trabajo

heroico en su simpleza,

el cruce indeciso y calculado de una pendiente

donde hasta la atención más feroz se vuelve rutina

—mirá las caras de los que lo eligieron.


XX


Esa conversación que siempre estábamos a punto

de tener continúa en mi cabeza.

De noche el Hudson tiembla a la luz de New Jersey

agua contaminada que, así y todo, refleja

a veces, la luna

y alcanzo a ver a una mujer que amé,

ahogándose en secretos, con la herida del miedo como el pelo

alrededor de la garganta, estrangulándola. Y esta es ella

con quien traté de hablar, cuya cabeza lastimada y elocuente

al apartarse del dolor, se sumerge más hondo

donde no puede escucharme,

y pronto voy a saber que le estuve hablando a mi alma.


XXI

Los dinteles oscuros, las rocas azules y foráneas

del gran círculo abierto por instrumentos de piedra;

la luz nocturna del solsticio de verano, que sube

detrás del horizonte —cuando dije “una grieta de luz”

quise decir esto. Y no es Stonehenge

ni ningún otro lugar más que la mente

al volver hacia atrás, donde la soledad,

compartida, pudo elegirse sin sentirse sola,

no fácilmente ni sin dolores, para trazar

el círculo, las sombras densas, la enorme luz.

Elijo ser la figura en esa luz,

borrada a medias por la oscuridad, lo que se mueve

por ese espacio, el color de la roca

al recibir a la luna, más que roca:

una mujer. Y elijo caminar acá. Trazar este círculo.

     1974-1976 Versión en castellano de Sandra Toro


Twenty-One Love Poems

I

Whenever in this city, screens flicker

with pornography, with science-fiction vampires,

victimized hirelings bending to the lash,

we also have to walk . . . if simply as we walk

through the rainsoaked garbage, the tabloid cruelties

of our own neighborhoods.

We need to grasp our lives inseparable

from those rancid dreams, that blurt of metal, those disgraces,

and the red begonia perilously flashing

from a tenement sill six stories high,

or the long-legged young girls playing ball

in the junior highschool playground.

No one has imagined us. We want to live like trees,

sycamores blazing through the sulfuric air,

dappled with scars, still exuberantly budding,

our animal passion rooted in the city.



II


I wake up in your bed. I know I have been dreaming.

Much earlier, the alarm broke us from each other,

you’ve been at your desk for hours. I know what I dreamed:

our friend the poet comes into my room

where I’ve been writing for days,

drafts, carbons, poems are scattered everywhere,

and I want to show her one poem

which is the poem of my life. But I hesitate,

and wake. You’ve kissed my hair

to wake me. I dreamed you were a poem,

I say, a poem I wanted to show someone . . .

and I laugh and fall dreaming again

of the desire to show you to everyone I love,

to move openly together

in the pull of gravity, which is not simple,

which carries the feathered grass a long way down the upbreathing air.




INTENTANDO HABLAR CON UN HOMBRE


Afuera, en el desierto, estamos probando bombas,


por eso hemos venido aquí.

A veces siento un manantial

abriendo camino entre acantilados deformes

un ángulo agudo de entendimiento

moviéndose como el foco del sol

en este escenario condenado.


Lo que hemos tenido que perder para llegar hasta aquí –

colecciones enteras de elepés, películas que protagonizamos

rodadas en el vecindario, mostradores de reposterías

repletos de secas galletas judías rellenas de chocolate,

el idioma de las cartas de amor, de las notas de suicidio,

tardes en la ribera

fingiendo ser niños


Al venir hasta este desierto

pretendíamos cambiar la mueca de

conducir entre verdes pálidos cactus

caminando a mediodía en la ciudad fantasma

rodeados por un silencio


que suena como el silencio del lugar

pero que vino con nosotros

y nos es conocido

y todo lo que dijimos hasta ahora

era un esfuerzo por correr un tupido velo –

Al venir hasta aquí estamos enfrentándolo


Aquí fuera me siento más inútil

contigo que sin ti

Mencionas el peligro

y enumeras el equipo

hablamos de personas que se cuidan unos a otros

en emergencias – laceración, sed –

pero tú me miras como una emergencia


Tu calor seco se siente como un poder

tus ojos son estrellas de una magnitud distinta

reflejan luces que deletrean: SALIDA

cuando te levantas y caminas de un lado a otro


hablando del peligro

como si no fuésemos nosotros

como si estuviésemos probando cualquier otra cosa.


Trying to talk with a man

Out in this desert we are testing bombs,

that’s why we came here.

Sometimes I feel an underground river

forcing its way between deformed cliffs

an acute angle of understanding

moving itself like a locus of the sun

into this condemned scenery.


What we’ve had to give up to get here –

whole LP collections, films we starred in

playing in the neighborhoods, bakery windows

full of dry, chocolate-filled Jewish cookies,

the language of love-letters, of suicide notes,

afternoons on the riverbank

pretending to be children


Coming out to this desert

we meant to change the face of

driving among dull green succulents

walking at noon in the ghost town

surrounded by a silence


that sounds like the silence of the place

except that it came with us

and is familiar

and everything we were saying until now

was an effort to blot it out –

coming out here we are up against it


Out here I feel more helpless

with you than without you

You mention the danger

and list the equipment

we talk of people caring for each other

in emergencies – laceration, thirst –

but you look at me like an emergency


Your dry heat feels like power

your eyes are stars of a different magnitude

they reflect lights that spell out: EXIT

when you get up and pace the floor


talking of the danger

as if it were not ourselves

as if we were testing anything else.




Me despierto en tu cama. Sé que he estado soñando.

Temprano la alarma del reloj nos ha separado,

Tu has estado trabajando en tu escritorio toda la mañana. Sé lo que he soñado:

Nuestra amiga la poeta viene a mi habitación

Donde he estado escribiendo por días,

Bocetos, carbonillas, poemas desperdigados en todas partes,

Y yo quiero mostrarle un poema

Que es el poema de mi vida. Pero vacilo, y me despierto

Tu me has besado los cabellos para despertarme.

Yo soñaba que tu eras un poema, quiero decir, un poema que yo quería mostrarle a

alguien...me río y caigo en sueños nuevamente

con deseos de mostrarle a todo el mundo que amo,

Para introducirnos abiertamente juntas

En el influjo de la gravedad, que no es sencillo,

Que el elevado viento transporta al césped alado por un largo camino



PORQUE YA NO SOMOS JÓVENES

Porque ya no somos jóvenes, las semanas han de bastar

por los años sin conocernos. Sólo esa extraña curva

del tiempo me dice que ya no somos jóvenes.

¿Caminé yo acaso por las calles en la madrugada, a los veinte,

con la piernas temblándome y los brazos en éxtasis más pleno?.

¿Acaso me asomé por alguna ventana buscando la ciudad

atenta al futuro, como ahora aquí, esperando tu llamada?.

Con el mismo ritmo tú te aproximaste a mí.

Son eternos tus ojos, verde destello

de hierba salvaje refrescada por la vertiente.

Sí. A los veinte creíamos ser eternas.

A los cuarenta y cinco deseo conocer incluso nuestros límites.

Te acaricio ahora, y sé que no nacimos mañana,

y que de algún modo tú y yo nos ayudaremos a vivir,

y en algún lugar nos ayudaremos tú y yo a morir.



Orígenes e historia de la conciencia

Traducido por Myriam Díaz-Diocaretz


I


Vida nocturna. Cartas, periódicos, whisky

vertido de golpe en el vaso. Poemas crucificados

en la pared, disecados, con sus alas cortadas

como si fuesen trofeos. Nadie habita este cuarto

sin sentir algún tipo de crisis.



Nadie habita este cuarto

sin enfrentarse a la desnudez de las paredes

detrás de los poemas, de los estantes de libros,

de las fotografías de heroínas muertas,

sin reflexionar, por primera y última vez

sobre la verdadera naturaleza de la poesía.

Esa urgencia de poner mundos

en relación. El sueño de un lenguaje común.

Mi envidia no es sencilla

cuando pienso en los amantes, en su ciega fe,

en sus crucifixiones experimentadas. He soñado con irme

a dormir como si entrase en límpidas aguas rodeadas

por un nevoso bosque, tan blanco como unas sábanas frías,

pensando, ahí dentro me congelaré.

Mis descalzos pies ya se han entumecido por la nieve,

pero está apacible el agua,

me sumerjo y floto

como un animal anfibio ardiente

que ha roto la red, que ha corrido

por los campos nevados sin dejar trazo;

estas aguas borran las huellas

Ahora estás libre

del cazador, del trampero

de los carceleros de la mente


pero el animal ardiente continúa soñando

con otro animal

que nada bajo la superficie veteada de nieve

y despierta y vuelve a dormir.

Nadie duerme en este cuarto sin

el sueño de un lenguaje común.




 


CARTOGRAFÍA DEL SILENCIO.

1

Una conversación empieza

con una mentira. Y cada

interlocutor de ese supuesto lenguaje común

siente la partición del témpano, el separarse

como con impotencia, como enfrentándose

a una fuerza de la naturaleza

Un poema puede empezar

con una mentira. Y romperse.

Una conversación tiene otras leyes

se recarga con su propia

falsa energía, no se puede romper.

Se infiltra en nuestra sangre. Se repite.

Talla con su estilete sin retorno

la soledad que niega.

2

La emisora de música clásica

suena en el departamento hora tras hora

levantar, levantar

y levantar el teléfono de nuevo

Las sílabas que pronuncian

una y otra vez el viejo guión

La soledad del mentiroso

que vive en la red formal de la mentira

girando el dial para ahogar el terror

debajo de la palabra no dicha.

3

La tecnología del silencio

los rituales, la etiqueta

la confusión de los términos

silencio y no ausencia

de palabras o música o hasta

sonidos en bruto

El silencio puede ser un plan

ejecutado con rigor

la copia heliográfica de una vida

Es una presencia

tiene una historia y una forma

No lo confundas

con cualquier clase de ausencia

4

Qué tranquilas, qué inofensivas empiezan

a parecerme estas palabras

aunque comenzaron con pena y enojo

Puedo atravesar esta película de lo abstracto

sin lastimarme, ni a vos

acá hay dolor suficiente

¿Por eso transmite la emisora de música clásica o de jazz?

¿Para darle una razón de ser a nuestro dolor?

5

El silencio se desnuda:

En la Pasión de Juana de Dreyer

la cara de Falconetti, el pelo rapado, una gran geografía

escrutada en silencio por la cámara

Si hubiese una poesía donde esto pudiese ocurrir

no como espacio en blanco ni como palabras

ajustadas igual que una piel sobre los significados

sino como el silencio que cae al final

de una noche que dos personas pasaron

hablando hasta el amanecer.


6

El grito

de una voz ilegítima

Ha dejado de escucharse, por ende

se pregunta a sí mismo

¿Cómo es que existo?

Éste era el silencio que quería romper en vos

Tenía preguntas pero no ibas a responder

Tenía respuestas pero no podías usarlas

Esto es inútil para vos y quizás para los otros.


7

Era un asunto viejo hasta para mí:

El lenguaje no lo puede todo.

Anótalo con tiza en las paredes de los mausoleos

donde yacen los poetas muertos

Si el poema pudiera transformarse

a voluntad del poeta en una cosa

Un ala de mármol al descubierto, una cabeza en alto

radiante de rocío

Si simplemente pudiera mirarte a la cara

con los ojos desnudos, sin dejarte dar vuelta

hasta que vos, y yo que deseo hacer esto,

fuéramos iluminados al fin por su mirada.


8

No. Déjame tener esta tierra,

estas nubes pálidas demorándose amargamente, estas palabras

moviéndose con precisión feroz

como los dedos de un niño ciego

o la boca del recién nacido

violenta de hambre

Nadie puede darme, hace mucho

adopté este método

Así como el grano se vuelca de la bolsa de red

o la llama de bunsen que se volvió baja y azul

Si cada tanto envidio

las anunciaciones puras a simple vista

La visio beatifica

Si cada tanto quiero volverme

como el hierofante eleusino

que sostiene una simple espiga de cereal

Para el regreso al mundo concreto e incesante

lo que sigo eligiendo, de hecho,

son estas palabras, estos susurros, conversaciones

de las que una y otra vez despunta verde y húmeda la verdad.




CONTABAS una historia sobre la guerra nuestra historia

una vieja historia y aún debe ser contada

la historia de lo nuevo que huyó de lo viejo

de cómo el gran sueño se tensó y cambió

el navío de la esperanza se estremeció sobre el pecho del témpano

los afectos secretos flaquearon y vacilaron.

Así somos derribados juntos así somos despedazados

en una temblorosa república sus labios de vidrio

partidos como si la grieta principal

no hubiera sido calculada desde el inicio en el poderoso patíbulo.

                                                                        En: Oscuros campos de la República

Traduc. Jorge Yglesias

Editorial Norma Santafé de Bogotá, 1999.


Y AHORA

Y ahora mientras lees estos poemas

-tú cuyos ojos y manos amo-

-tú cuyos ojos y boca amo-

-tú cuyas palabras e ideas amo-

no creas que intentaba exponer una causa

o armar un decorado:

intenté escuchar

la voz pública de nuestra época

intenté examinar nuestro espacio público

lo mejor que pude

-intenté recordar y permanecer

fiel a los detalles, observar

con precisión cómo se movía el aire

y dónde se detenían las manecillas del reloj

y quien se ocupaba de las definiciones

y quién se alzaba al recibirlas

cuando el nombre de la compasión

fue cambiando por el de la culpa

cuando sentir con un humano extraño

fue declarado obsoleto.

                                                                           (De Oscuros campos de la República, 1991,

Traducc. de Jorge Yglesias.

Editorial Norma, Santafé de Bogotá, 2000)