¿Te gusta Harry Potter?

Ahora puedes comprar los accesorios de tus serie favorita. ¿Te gustaría dominar a la mismísima muerte con un colgante de las reliquias de la muerte? Desde 5.99€ con todo incluido. O quizá, potterhead, ¿prefieres dominar el tiempo con el colgante del Giratiempos de Hermione Granger? Desde 6.99€ con todo incluido. ¿A qué esperas? Entra ya en AccesoriosHarryPotter.COM y compra todo lo que necesites del mundo mágico. 

P.D: Todo está fabricado 100% en Hogsmeade.

colgante giratiempos
colgante reliquias de la muerte




























































































Accesorios Harry Potter




¿No conoces la saga Harry Potter? Aquí te dejamos un extenso y completo resumen de una de las mejores series de todos los tiempos:

La peculiaridad de esta serie de películas, que transforma el fenómeno en algo único durante la Historia del cine, es fuente, al tiempo, de ciertas de sus virtudes y de varias de sus restricciones. Los 8 grabes de la saga son adaptaciones de las 7 novelas escritas por Joanne Rowling (Yate, Reino Unido, mil novecientos sesenta y cinco) bajo el pseudónimo J. K. Rowling: Harry Potter y la piedra filosofal (Harry Potter and the Sorcerer’s Stone; novela de mil novecientos noventa y siete, película de dos mil uno), H.P. y la cámara segrega (H.P. and the Chamber of Secrets; mil novecientos noventa y ocho, dos mil dos), H.P. y el prisionero de Azkaban (H. P. and the Prisoner of Azkaban; mil novecientos noventa y nueve, dos mil cuatro), H.P. y el cáliz de fuego (H.P. and the Goblet of Fire; dos mil, dos mil cinco), H.P. y la orden del Fénix (H.P. and the Order of the Phoenix; dos mil tres, dos mil siete), H.P. y el misterio del príncipe (H.P. and the Half-Blood Prince; dos mil cinco, dos mil nueve) y H.P. y las reliquias de la muerte: Parte 1 y Parte dos (H. P. and the Deathly Hallows: Part 1 and Part 2; dos mil siete, dos mil diez-dos mil once).

Esa peculiaridad —basada en su extensa y también infrecuente prolongación en el tiempo, literaria (mil novecientos noventa y siete-dos mil siete) y cinematográficamente (dos mil uno-dos mil once)— es que se ha transformado en una referencia generacional muy amplia; por servirnos de un ejemplo, los chavales que empezaron a leer los libros con diez años y a ver las películas con 14, han acabado la lectura con veinte y el visionado de los grabes con  veinticuatro; a eso hay que unir el hecho de que la edad de los personajes, en líneas generales, ha estado muy próxima a una parte extensa de sus lectores/espectadores y, de igual manera, D. Radcliffe (Harry Potter) empezó a rodar con 8 años y ha terminado con dieciocho, Emma Watson (Hermione Granger) comenzó con 7 y ha terminado con diecisiete, y Rupert Grint (Ron Weasley) se empezó en la serie con 9 y la acabó con diecinueve. Se ha producido, puesto que, una poco frecuente coincidencia generacional entre los personajes de ficción, los protagonistas de las películas y una extensa mayoría de lectores/espectadores que, necesariamente, ha reforzado el factor identificativo presente en toda manifestación de esta extensión, que engloba nada menos que una década.

Esta reflexión anterior me semeja en especial procedente pues, alén de las cualidades cinematográficas, en las que entraré entonces, es obligado entregar por sentada la relevancia que ha constituido la saga en la conformación del imaginario colectivo de varias generaciones de jóvenes y menos jóvenes; algo del máximo interés, a sabiendas de que toda generación termina teniendo su propia mitología, sus casi ineludibles referencias icónicas y sentimentales.

Algo más complejo resulta desentrañar el significado de ese imaginario, que hay que reconstruir a la luz de tres mil seiscientos sesenta y cinco páginas de literatura y mil ciento noventa y ocho minutos de cine, y todavía más en un espacio limitado como este. No obstante, hay muchos temas que aparecen con nitidez en un análisis sintético y que coinciden, en cuanto al resto, con los mitos de otras generaciones: la lucha del bien contra el mal, la constitución del héroe, la aventura como viaje iniciático, las dicotomías y confusiones entre la apariencia y la realidad, la fidelidad como moral revalorizada y al tiempo puesta en cuestión, la reflexión sobre el poder, la reivindicación distinguida de los sentimientos y de la razón, la capacidad de fantasear como el paso inicial para edificar un planeta mejor o bien, en resumen, una sutil deliberación sobre aquello que nos hace realmente felices. En este sentido, no sería bien difícil y sí bien interesante, equiparar el contenido semántico de la saga protagonizada por Harry Potter (dos mil uno-dos mil once) con las de —por poner los 2 ejemplos más destacables— Luke Skywalker (mil novecientos setenta y siete-dos mil cinco) o bien Frodo Baggins (dos mil uno-dos mil tres), si bien sus estructuras cinematográficas (industrial y creativamente) sean tan diversas; y no deja de ser curioso que entre dos mil uno y dos mil tres las 3 coincidiesen en la cartelera mundial.

Quizás lo más interesante del contenido de la serie que nos ocupa sea, por una parte, la división del planeta en «gente mágica» y «gente no mágica» (muggles) y, por otro, la radical imbricación del bien con el mal (si bien el resultado de este aspecto sea desilusionante). Me resulta ineludible identificar a la «gente mágica» con aquella que, en nuestro planeta real, posee la lucidez suficiente para poder ver alén de la superficie de las cosas, y la osadía para enfrentarse a los inconvenientes y convertir la sociedad, incluso a cargo de su propia integridad; la «gente no mágica» son aquellos que, como los tíos de Harry Potter, se dedican a pasar de puntillas por la vida a través de una existencia mediocre y, lo que es peor, a maltratar a quienes tienen esa lucidez de la que  carecen. La película, en este tema, posee singular cuidado de ofrendar protagonistas «mixtos» (Hermione Granger es «mágica» mas de progenitores «no mágicos») y de proteger la precisa integración de todos y cada uno, lo que brinda un marco ético impecable a la siempre y en todo momento precisa diferenciación entre quienes se la juegan para edificar la sociedad y quienes prefieren ser puros espectadores (e inclusive boicoteadores).

El segundo aspecto relevante solo puede ser tratado desvelando ciertos grandes secretos de la serie; lo advierto por si acaso el lector prefiere saltarse los 2 parágrafos siguientes. Si hay algo que me resulta emocionante del razonamiento pergeñado por J. K. Rowling es la idea de que la supervivencia del villano (Lord Voldemort) está ligada de manera directa a la supervivencia del héroe (Harry Potter), pues entre las 7 partes (horrocruxes) en que está dividida el ánima de Voldemort, y que habrá que destruir para terminar con él, se cobija en el propio Potter. Esta espléndida tesis sobre los puntos de intersección entre el bien y el mal, llevada hasta las escenas finales del último filme, termina siendo desactivada en pos de un happy end superfluo, si bien como es lógico previsible teniendo en cuenta el público mayoritario al que va dirigida la saga; esto es, que se halla una argucia argumental —que por si fuera poco daña la verosimilitud de esa parte final— a fin de que el mal desaparezca sin precisar que desaparezca el bien. Todavía de esta manera, el interés de esa línea argumental continúa, y quizás una lectura atenta de todas y cada una de las novelas, sumada a un segundo visionado de la saga podría ofrecernos alguna sorpresa de mayor interés para los accesorios Harry Potter.

Esta vaguedad ética, que escapa de un maniqueísmo radical si bien no lo destroza, está muy relacionada con la dicotomía entre apariencia y realidad, otro de los temas vitales de la serie; los dos pares de ideas (bien/mal, realidad/apariencia) se encarnan estupendamente en el que tal vez es el personaje más interesante —e importante— del relato, el maestro Severus Snape (A. Rickman) y que, por si fuera poco, da sitio a entre las subtramas más hermosas de toda la historia. Si bien con ciertas vaguedades que anunciaban ya una naturaleza compleja, la mayoría del metraje de la saga nos había mostrado a un Snape obscuro, beligerante, irascible, arisco, paternalista, temible; el instante en que da muerte a Albus Dumbledore (directivo del instituto Hogwarts y aparente encarnación del bien), en la sexta película, le había puesto a la derecha de Voldemort, como villano incontrovertible. No obstante, el final de la saga desvela la esencia romántica de un personaje cuyo jalón principal hay que rastrearlo, años atrás, en la muerte de la madre de Harry Potter, de la que  estaba enamorado, a manos de Voldemort; desde ese momento, su máximo deseo fue resguardar a Harry y vengar aquel instante de dolor, para lo que llegó a efectuar el máximo sacrificio posible, transformarse en gobernante del asesino de su amor, consiguiendo de este modo la información precisa para concluir con él. La escena de su muerte, sacrificio máximo por un ideal, es entre los grandes instantes de la saga.

Cinematográficamente, lógicamente, la heterogeneidad de las 8 películas vuelve imposible un análisis global y sería demasiado minucioso extendernos en todos y cada una de ellas. No es menos cierto que es observable cierta evolución en ciertos aspectos, esencialmente en lo que concierne al oscurecimiento del tono. Desde las 2 primeras, donde los protagonistas son pequeños y donde nace asimismo, desde la mayor ingenuidad, la esencia de la trama, hasta las 2 últimas, se genera una curva ascendiente de hieratismo y tenebrosidad que llega al pináculo en la genial primera una parte de Las reliquias de la muerte, cuyo magistral entorno fotográfico, a propósito, se ve malogrado en el último filme a cargo de la moda —ya en retroceso— de las 3D. Esa evolución visual acompaña a otras evoluciones que adquieren, bajo esa congruencia, singular significado: la que hay entre la infancia y la adolescencia, entre la ignorancia y el conocimiento, entre la ingenuidad y la educación, entre la dicha y la melancolía. Da la sensación, observando en perspectiva el paralelismo bien trazado de estas evoluciones, de que entre las percepciones más claras (y más educativas) de la saga es lo escasamente agradable que es ir enfrentándose al endurecimiento de la vida.

Las 2 primeras películas, dirigidas por el artesano Chris Columbus (n. 1958; Sra. Doubtfire, Papá para toda la vida, El hombre bicentenario) se dedicaron a presentar a los personajes primordiales, sus enfrentamientos y, sobre todo, el contexto «mágico»; bajo esta perspectiva, el primero de los grabes es quizás entre los más imaginativos de toda la serie, lleno de ingeniosas puestas en escena de esa magia, y provisto del sabor dulce y gratificante del buen cine infantil; el segundo filme, entre los más flojos de la saga, aparece casi como pura continuación, mas sin apenas logros argumentales ni visuales.

A. Cuarón (n. 1961; Grandes esperanzas, Hijos de los hombres) le ofreció a la serie su primer impulso hacia la obscuridad, dotó al tercer filme de la mejor estructura narrativa de la saga y dirigió con un ritmo vibrante el guion escrito por Steve Kloves (n. 1960; Los fantásticos Baker Boys, Jóvenes espectaculares). De esta forma, Harrry Potter y el prisionero de Azkaban es, de las 8 películas, entre las más notables, probando que no es indiferente quién dirige una película, y dejando buena nota del talento de Cuarón como realizador. Las 3 siguientes (H.P. y el cáliz de fuego, H.P. y la orden del Fénix y H.P y el misterio del príncipe) adolecen de una suficiente tensión narrativa, notándose meridianamente la distancia entre la densidad de las novelas (que suman casi el sesenta por ciento  de las páginas totales de la saga literaria) y la incapacidad de los guiones para sintetizar con precisión y brillantez lo verdaderamente relevante; mención aparte merece la segunda de ellas, la única que no posee guion de Kloves (escrito por Michael Goldenberg, autor del guión de Mil ramos de rosas) y indudablemente la peor de las 8, totalmente perdida y carente de puntos de referencia.

H.P. y el misterio del príncipe, por su lado, es el segundo salto hacia esa obscuridad propia del final de la saga, recobra una gran parte del pulso visual perdido en la parte central de la serie y anuncia lo mejor de H.P. y las reliquias de la muerte – Parte 1 que, como afirmaba, se ve por desgracia malogrado en la segunda parte, octava y última película, en lo visual por culpa de las 3D y en lo narrativo por la necesidad de sintetizar demasiadas cosas en pocos minutos, y asimismo por un excesivo prurito de que cada escena sea más increíble y más refulgente que la precedente.

El cómputo general del relato completo es considerablemente más interesante en el fondo que en la manera, lo que pone de manifiesto que la maquinaria de Hollywood no ha atinado de forma plena al llevar a la pantalla el cosmos de J. K Rowling, indudablemente más atrayente que su escenificación. Algo ha de ver con la equivocada elección de los cineastas, pues ni Chris Columbus, ni Mike Newell (firmante de H.P. y el cáliz de fuego; n. mil novecientos cuarenta y dos, autor de 4 bodas y un entierro) ni como es natural D. Yates, (n. mil novecientos sesenta y tres, procedente de la TV y prácticamente principiante en el cine con Harry Potter), directivo de las 4 últimas, tuvieron nivel suficiente para el empeño. Todavía de esta forma, hay muchos elementos resaltables, en los que cabría detenerse más de lo que nos deja este espacio, como ciertos pasajes imborrables de las partituras (el tema primordial o bien las armonías de Navidad creadas por John Williams, el genial trabajo de Alexandre Desplat para la séptima película), la estrategia narrativa del tercer filme, ciertos personajes secundarios de pregnancia inmediata interpretados por grandes actores (la maestra Sybil Trelawney al cargo de Emma Thompson, la Luna Lovegood de Evanna Lynch o bien la Dolores Umbridge de Imelda Staunton) y, evidentemente, espléndidas escenas que pervivirán en la memoria: la partida de ajedrez del primer filme; la secuencia en que se cruzan las líneas temporales del tercero; los fuegos artificiales de los Weasley que destruyen el planeta recio de Umbridge en la quinta película; la melancolía de Hermione, rodeada de pequeños pájaros, frente al alejamiento de Ron en el sexto filme; el instante en que Hermione borra la memoria de los progenitores para conservar su seguridad en la séptima película; o bien la muerte de Snape, en la última.

Así, no estamos frente a un conjunto de películas que vaya a pasar globalmente a la historia de la excelencia cinematográfica, mas sí charlamos de una saga que ocupará un sitio esencial en la memoria colectiva de varias generaciones. No es quizás una serie de grabes que marque un ya antes y un después en el devenir de las formas del cine, mas contiene logros estéticos y semánticos de incuestionable belleza. Personalmente, Harry Potter me ha persuadido, por fin, de algo que le discutía hace unos meses a un admirado colega: estamos necesitados de héroes. Hay algo que me conmueve profundamente en la soledad de este pequeño huérfano que se ve llamado por el destino a liderar la lucha contra el mal, tal vez pues ese heroísmo que precisamos deba proceder, el día de hoy más que jamás, de la gente corriente. Y tal vez es este personaje, fíjense por dónde, el que mejor ha conseguido reflejar eso en el audiovisual moderno.