Pregón de Feria, 2007. Sebastián Sánchez

Pregón de la Feria de 2007


CARDEÑA, LA RIQUEZA DE UN PEQUEÑO MUNDO 


Cuando recibí la llamada en la que nuestro alcalde, mi querido amigo Pablo, me invitaba a escribir estas líneas y a ser el pregonero de la Feria de este año, sentí una gran alegría, mezcla del honor por ser elegido y de la agradable nostalgia que me provocaban las experiencias vividas en Cardeña, entre las que predominan, con gran diferencia, las agradables.

Desde ese día de mediados de julio, no ha pasado uno en el que no haya pensado en qué escribir y en cómo ordenar las ideas y los sentimientos que, mezclados, afloran en mi mente y mi corazón cada vez que me acuerdo de la invitación de Pablo y de la obligación y del reto que asumí al aceptar tan amable propuesta.

Entre todos los recuerdos que me surgen filtrados por el paso del tiempo y por las propias vivencias posteriores, aparece con fuerza como una constante que caracteriza la infancia y la adolescencia que pasé en Cardeña el hecho de haber tenido la suerte de haberlas vivido y, además, de haberlas vivido en un ambiente físico, natural y humano tan rico e interesante, en el que adquieren un especial valor las compañías: las buenas compañías de mis padres, de mi hermana y demás familia; de mis amigos, de los maestros, de los vecinos, etc.

Repasando, como si de una película se tratase, aquellos años, tengo la impresión de haber sido un auténtico privilegiado por haber vivido en un lugar como éste –o, mejor, como aquél, el de aquella época- durante unos años fundamentales para el desarrollo de una persona, como son los de la niñez y la “edad del pavo”. Probablemente de haberlos  vivido en otro lugar tendría sensaciones similares, aunque creo que existen algunas peculiaridades que hacen que aquellos años me marcaran de manera espacial, influyendo en muchas de las formas de vida y de las decisiones que he ido tomando posteriormente.

¿Cuáles son esas peculiaridades que hacen especial el medio humano y natural de la Cardeña de los años 50 y 60 del siglo pasado?. En primer lugar, la idea que da título a este escrito: la riqueza de un pequeño lugar. El propio enunciado parece una paradoja, pero moverse en un medio reducido en la amplitud, aunque no en sus componentes, puede resultar una ventaja para poder desarrollar experiencias enriquecedoras de aprendizaje para toda la vida. El acceso fácil y casi espontáneo a situaciones, lugares y personas cercanas supone para cualquiera, pero especialmente para un niño, una fuente casi inagotable de vivencias que le van a ir formando e influyendo durante toda su vida.

El esfuerzo por superar las dificultades es otra de las constantes que vienen a mi memoria cuando analizo cómo transcurrían aquellos tiempos. Centrándome en un aspecto físico y objetivo de nuestro pueblo como es su climatología, recuerdo, probablemente porque siempre he sido muy friolero, los inviernos y cómo afrontábamos los rigores del frío, por ejemplo con aquellos braseros caseros, hechos con latas de conservas, que llevábamos a la escuela, avivando las ascuas por el camino con aquellos ágiles movimientos circulares que probablemente hoy nos llevarían a provocar más de un desaguisado; o con la imprescindible actividad física variada que hacíamos para poder entrar en calor, desde correr por correr a jugar la fútbol pasando por los más diversos juegos de movimiento.

Algo parecido sucedía cuando teníamos que solucionar otros problemas, como los derivados de nuestra situación geográfica. Todos recordamos las carreteras que nos comunicaban con el resto del mundo, que, parafraseando a los ingleses cuando se refieren a sus comunicaciones con el continente europeo, se encontraba con serias dificultades para llegar a nuestro pueblo. Bien, pues a pesar de ello y gracias fundamentalmente al buen trabajo de nuestros maestros y al sacrificio de nuestras familias, pudimos tener el privilegio de estudiar Bachillerato, e incluso Magisterio, desde nuestro pueblo, eso sí sobreviviendo a aquellos interminables viajes y sufriendo exámenes de todas las asignaturas en un solo día. Es decir, en un pueblo pequeño y asilado de la sierra cordobesa se podía estudiar hasta una carrera en una época en la que sólo lo podían hacer unos pocos y en muy escasos lugares, sin necesidad de contar con grandes recursos económicos.

Nosotros, los que podíamos estudiar, no dejábamos de ser unos afortunados que, como decía, teníamos ese privilegio. Mucho mayor era el esfuerzo y el sacrificio de los hombres y las mujeres que desempeñaban sus tareas laborales y domésticas diariamente, sin ruido ni alharacas. Se me acumulan los recuerdos sobre los trabajos en el campo, desde labradores a canteros, como mi padre, realizados, muchas veces, en condiciones realmente adversas; y también de las tareas caseras de las mujeres, sin apenas medios ni ayuda de electrodomésticos y otros aparatos más actuales.

Seguiría recordando escenas sobre formas de vida que influyeron en mi infancia y marcaron mis iniciativas y mis decisiones posteriores, pero no quiero hacerme pesado ni parecer un “carroza” nostálgico. Lo que realmente deseo para terminar es que esta modesta colaboración sea un sentido homenaje a todos los hombres y mujeres (familia, amigos, compañeros, maestros, vecinos, etc.) que nos han ayudado a los cardeñosos de mi generación a ser como somos, con nuestras virtudes y también con nuestros defectos.

Sebastián Sánchez Fernández

21/08/2007


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