REINA,VUELO NUPCIAL


Nacimiento de la Abeja Reina y Vuelo Nupcial
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Completado el periodo de alimentación y crecimiento, la larva real ocupa toda su celda y ésta es tapada por las obreras con cera porosa, mientras que la larva teje un envoltorio de seda a su alrededor.

Luego, todas las larvas entran en un periodo de aparente quietud, cuya duración varia según los diversos individuos. En el interior de la larva, todas las células, con excepción de la tenue cutícula que forma el manto o la piel, se disuelven: se eliminan vallas, divisiones, paquetes glandulares, intestino o segmentos, anillos, etc. La larva se convierte en una bolsa llena de líquido blanco amarillento y se asemeja a una gigantesca célula cuyo contenido es protoplasma vivo. Después comienza a aparecer los tenues esbozos de la cabeza, el tórax, el abdomen, los ojos, las patas y los órganos bucales, en la faz exterior, y, en el interior, el cerebro, el aparato circulatorio, el intestino, las glándulas y el aguijón. Primero, los ojos son blancos; luego, rosados, y al final, negros; la epidermis se transforma en esqueleto quitiquinoso,  amarillo primero, luego castaño o negro, según las razas, y aparecen pelos, antenas y finalmente alas. Todo se ha desarrollado como obedeciendo a un patrón tipo y a leyes precisas de ordenación y reagrupamiento de átomos y moléculas. Todo se ha producido en el transcurso de pocas horas.

El desarrollo continúa todavía un par de días, y a su término la abeja, totalmente formada, rompe el alveolo de su capullo y abandona su celda. Desde el día en que el huevo fue depositado hasta este momento final, la reina ha empleado dieciséis jornadas, y veintiuno la obrera; el zángano ha necesitado veinticuatro. Pero no es ésta la única diferencia entre ellos: las obreras y los zánganos, cuando terminan su ciclo de larvas, solamente pesan algunos miligramos menos de los que pesarán cuando penetren en el mundo de la colmena por sus propios medios; se ha comprobado, en cambio, que la reina recibe un extraño aporte de energía que transforma su peso, acusando 192 miligramos al terminar su ciclo larval y 278 miligramos al día en que sale con toda su belleza e impetuosidad de joven soberana. Esta biosíntesis de las ninfas reales es sin duda otra de las maravillas que se suman a las ya múltiples de la colmena.

Al nacer, la joven reina encuentra desocupado el trono de la colmena. Su madre, reina hasta este momento, ha partido de la colonia, ha encabezado la marcha de una parte del enjambre y va en pos de un nuevo destino, en otra situación, en otro tronco hueco o en otra casa preparada por el hombre. La nueva reina no permitirá que otras ninfas reales le disputen su privilegio, ganado por el hecho de ser la primera en terminar su desarrollo larvario, y va marcando, una a una, las paredes de las otras celdas reales, y las obreras que forman ahora su sequito las rompen, matando a las ninfas inmóviles. Solamente una de ellas es respetada: es la celda en que la anterior reina ha puesto su último huevo, antes de emprender el vuelo; está aun sin sellar, y es una reserva que dicta la prudencia y la previsión para el caso de un accidente imprevisto de la joven reina.

Esta previsión de las abejas es otra de las maravillas que debemos considerar. La juvenil reina debe afrontar dentro de poco una prueba que entraña riesgo. En el vuelo nupcial, que pronto va a iniciar, puede extraviarse o puede ser abatida por un enemigo rapaz. En este caso la colonia, sin larvas menores de tres días, quedaría condenada a la extinción. Algunas obreras pondrán, sin duda, huevos; pero estos, por provenir de una hembra que no fue fecundada, darán nacimiento a zánganos: con lo que tampoco solucionan su problema. Todos estos peligros son los que prevén las abejas, y por ello, como vimos, respetan a la última celda real. Solo cuando la nueva reina vuelve de su vuelo nupcial, la última celda real será destruida.

Muy a menudo nacen simultáneamente dos o mas reinas, y entonces, al encontrarse sobre los panales, se traba mortal combate hasta que una sola queda dueña del cetro.

Ahora todo está dispuesto para el último acto que la consagrará como reina. En una mañana de de sol levanta el vuelo hacia las alturas, seguida por el aletear bullicioso de los zánganos; la reina vuela infatigable, y los zánganos, cansados, van abandonando su persecución. Al final, uno solo se remonta con la reina, y en la altura soleada tienen efecto sus bodas, el elegido paga tal osadía con su vida y muere en el mismo instante de fecundar a la reina. Y ésta vuelve a su panal, donde será desde ese momento la dueña indiscutible.