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CAPÍTULO 02. – EL CAUDILLO QUE INVENTÓ EL COMUNISMO EN CUBA. José Manuel Hernández. Preliminares. La fase formativa. El portaaviones. El Moncada. La Sierra. La cabeza de los cubanos. El poder.

CAPÍTULO II
EL CAUDILLO QUE INVENTÓ
EL COMUNISMO EN CUBA

José M. Hernández
En cincuenta años tanto se ha escrito, y se sigue escribiendo,
sobre la revolución cubana y sus orígenes, que es sumamente
difícil decir algo nuevo sobre ella. Quedan, sin embargo, algunos
temas, muy pocos, mas o menos inexplorados, todavía abiertos a
la investigación y el análisis. Uno de ellos es el fenómeno del caudillismo
y su encarnación en la persona de Castro. Raro es el «experto»
que hoy en día no le endilga al líder máximo el sambenito de caudillo.
Pero son muy escasos los que penetran en las profundidades de la
palabra. En 1977 mi colega Luis E. Aguilar publicó un enjundioso
ensayo adentrándose en el problema «como el carnicero a la res, con
la manga al codo», según la conocida frase martiana.1 Mas que yo
sepa no ha tenido imitadores.
El tema del caudillismo, a mayor abundamiento, ha sido muy
manoseado por periodistas, políticos y literatos, lo cual ha contribuido
bastante a oscurecer sus aristas. El estudio serio del asunto consiguientemente
debe comenzar por el kilómetro cero, es decir, por las definiciones,
como solían hacerlo los escolásticos. Preguntémonos: ¿qué es
un caudillo? En precisarlo no nos ayudan mucho los lexicógrafos, que
más bien tienden a confundir las cosas. Los de la Real Academia nos
dicen que caudillo es: 1) un hombre que encabeza, guía y dirige gente
de guerra, o 2) que rige algún gremio, comunidad o cuerpo. Napoleón,
Hitler y Stalin encajan perfectamente en este molde. Pero en sus casos
respectivos se habla de dictadura militar, liderazgo o culto a la personalidad.
Si se les llama caudillos suena mal.
Para emplear el término correctamente, pues, no basta que el
personaje en cuestión haya capturado y se mantenga en el poder por
medio de la fuerza. Que empujado por su autoritarismo y guiado por
su osadía y su potencia viril haya saltado por encima de los legalismos
siempre que lo haya creído necesario para imponer su supremacía. No
obstante estas aclaraciones en España el generalísimo Franco se
autotituló el «caudillo», y ello no nos parece demasiado chocante.
¿Dónde está el quid de la cuestión?
PRELIMINARES
Por motivos que se remontan a los oscuros orígenes de la Reconquista
de la Península, está en que el caudillismo generalmente se
asocia con el mundo hispánico y, dentro de su ámbito racial y cultural,
con las naciones que se independizaron en el continente americano a
principios del siglo XIX. Durante el periodo colonial siempre existieron
en estas vastas regiones caciques locales –funcionarios de la
Corona, hacendados, mineros, mercaderes y oficiales de la milicia–
apoyados por grupos de adeptos personales que, al desaparecer la
autoridad real, se apresuraron a llenar los vacíos de poder que en ellas
se crearon, echando a un lado como si fueran trastos viejos las constituciones
redactadas en las ciudades por juristas e intelectuales. Algunos
de estos caciques ascendieron eventualmente al rango de caudillos
nacionales: el argentino Juan Manuel Rosas, el venezolano José
Antonio Páez y el mexicano Antonio López de Santa Anna, son
ejemplos clásicos.
¿Qué es lo típico de estos «beneméritos de la patria» que los
distingue de los demás autócratas? Como ya vimos no es el uso de la
violencia ni el desdén por las formas legales. No es tampoco el ser
militares –aunque en su mayoría lo son– ni su magnetismo personal
ni su machismo, Es algo más complejo. Es una intrincada red de
relaciones personales basada en una inacabable sucesión de favores
recíprocos, pasados, presentes y futuros. Para sus partidarios el caudillo
es un mesías, un salvador, un protector. Es el proveedor de galar

2 Francois Chevalier, «Caudillo’s et ‘caciques’ en Amerique: Contribution a l’etude des
liens personnels, « Melanges offerts a Marcel Bataillon par les Hisopanistes Francais,
edicion especial del Bulletin Hispanique, Vol. LXIV, 30-47.
3 Los caudillos barbaros (Barcelona, 1939).
4 Tomas O. D’Arbach, El general Melgarejo (La Paz: Gispert y Cia., 1964), p. 27.

dones y recompensas, la fuente de todas las bienandanzas, el que
repara los entuertos y soluciona los problemas, Por su parte, el caudillo
espera –y demanda– de sus clientes obediencia, lealtad y adhesión
ciegas. Es un intercambio provechoso para ambas partes que ha sido
descrito nítidamente por los antropólogos sociales.2 Supone el éxito o
la fundada esperanza de éxito del caudillo en su lucha por el poder.
Porque un fracasado no puede ser caudillo. Pierde clientela.
El personalismo como elemento esencial del caudillismo fue más
ostensible en los primeros tiempos, cuando las naciones hispanoamericanas
cayeron en manos de los que el boliviano Alcides Arguedas
llamo «caudillos bárbaros»,3 En esa época campearon por sus respetos
ejemplares como Juan Facundo Quiroga, amo de la Rioja argentina,
o como Mariano Melgarejo, el brutal déspota boliviano que pasaba sus
ratos de ocio discutiendo con sus ayudantes quién era más excelso,
Napoleón o Bonaparte.4
Con el correr de los años, sin embargo, nuevos movimientos
populares y tendencias sociales desconocidas hasta entonces forzaron
a los caudillos a ponerse a tono con los tiempos y modernizar sus
procedimientos y estrategias políticas. Comenzaron a no depender
tanto de la fuerza bruta y a hacer uso de la astucia--¿aprendieron
leyendo el capítulo XVIII de El Príncipe de Maquiavelo? –los plebiscitos,
las enmiendas constitucionales y las manipulaciones electorales.
Y los principios y las proyecciones programáticas irrumpieron en sus
arengas y discursos, destinados casi siempre a justificar su permanencia
en el poder. El paternalismo caudillesco adquirió así ribetes doctrinales
y a veces hasta llegó a exhibir dimensiones populistas. Pero la
base del poder de estos «caudillos letrados» –expresión debida tam

5 Los caudillos letrados (Barcelona, 1923).

bién a Arguedas5– ha seguido siendo predominantemente personalista.
El argentino Juan Domingo Perón fue el prototipo de este caudillo
ultimo modelo hasta que Fidel Castro asomó la cabeza en el escenario
político hispanoamericano.
Antes de que se produjera este aborto geopolítico Cuba nunca
había sido terreno propicio para la proliferación de caudillos. No fue,
ciertamente, porque faltaran líderes con el potencial requerido. Mas
cuando termina la gesta emancipadora cubana la era de los Quirogas
y los Melgarejos estaba tocando a su fin y un espécimen de esa catadura
gobernando la república hubiera sido un trágico anacronismo.
Pudieron haber surgido figuras caudillescas de estampa más moderna.
Pero los más aptos para asumir ese rol murieron antes de poderse
involucrar en la política post-independentista. Máximo Gómez fue el
único que tuvo la oportunidad, aunque solo por corto tiempo y con
obvias limitaciones. Y no era cubano de nacimiento.
Con todo, en los tiempos de la primera república, frecuentemente
se llamó caudillos a tres presidentes: José Miguel Gómez, Mario
García Menocal y Gerardo Machado, especialmente a los dos primeros.
De los tres el único que en realidad tenia perfil de caudillo era
Menocal. Sus tendencias autocráticas eran obvias, y en 1916 dio la
«brava» electoral más famosa de la historia de Cuba para ser reelegido
presidente por un segundo período. Pero no pudo, si lo quiso, ir más
allá, porque entonces Cuba vivía bajo la Enmienda Platt, y sometida
a la constante y escrupulosa vigilancia de los cancerberos norteamericanos
no había espacio en su acontecer político para el continuismo,
las revueltas y los golpes de estado.
Pero todo cambió cuando el Coloso del Norte se cansó de intervenir
militarmente en los países de su esfera de influencia para imponer
el respeto al constitucionalismo y la legalidad. Se conformó con crear
en ellos una cierta medida de estabilidad política, y empezó a mirar
con benevolencia los dictadores que de cuando en cuando los gobernaban
con tal de que se mostraran capaces de mantener el orden. Fue la
época en que, informado de las depredaciones del dictador dominicano

Vease Robert 6 F. Smith,The United States and Cuba: Business and Diplomacy,1917-1960
(New Haven, Connecticut: College and University Press, 1960) p 184.

Rafael Leónidas Trujillo, se dice que Franklin D. Roosevelt comentó:
«Será un s.o.b., pero es nuestro s.o.b.»,6 Incidentalmente, fue esta
visión un tanto cínica de las realidades latinoamericanas la que selló
el destino de Fulgencio Batista. Si se hubiera convertido en el amo de
Cuba en otro momento la cancillería del Potomac hubiera puesto el
grito en el cielo, Mas tuvo suerte. El 4 de septiembre de 1933 ya
Roosevelt estaba en la Casa Blanca y la Cancillería se limitó a declararlo
su s.o.b. en La Habana.
En tal carácter Batista dominó la vida política de Cuba de 1933 a
1944,y como consecuencia del cuartelazo del 10 de marzo de 1952,
desde ese año hasta 1958. En total diecisiete años, Hasta entonces
nadie había regido el país por tanto tiempo. Pudo hacerlo porque, una
vez liquidada la antigua oficialidad, se constituyó en el caudillo de las
fuerzas armadas de la República, para lo cual las transformó –ejército,
marina y policía– en una especie de partido político, uniformado y
armado, mas vertebrado por las mismas relaciones personales y sujeto
a las mismas presiones para puestos y prebendas que las demás organizaciones
de ese género, Y retuvo esa posición predominante incluso
cuando se despojó del uniforme para aspirar a la presidencia, hasta que
hacia el final de su carrera política pareció flaquear su vocación de
poder. ¿Cómo explicar, de otra manera que cuando un grupo de oficiales
empezó a planear la militarada del 10 de marzo fuera enseguida a
pedirle que se pusiera a la cabeza del esperpento?
Cuando el 1ro, de enero de 1959 abandonó a su suerte a sus
partidarios y huyó a la República Dominicana en busca de asilo y
seguridad personal intentó dejar tras sí una apariencia de gobierno
provisional. Pero su autoridad había estado basada en las fuerzas
armadas, especialmente en el ejército, y en Cuba el poderío militar se
había desintegrado. El ejército rehusaba combatir y la policía había
desaparecido de las calles. En otras palabras: la fuerza pública no
existía. Lo que Batista dejó en su lugar en realidad fue un vacío de

«Todo el que en política y en historia se rija por lo que se dice, errará 7 lamentablemente»,
Primera parte, cap. 5.

poder, y la única fuerza de alguna importancia que existía en el país
eran los 1,500 hombres que comandaba Fidel Castro.
LA FASE FORMATIVA
La historia externa de todo lo que pasó después es bien conocida.
De la interna per contra hay muchas versiones diferentes. ¿Por qué
una revuelta fundamentalmente política, provocada por los desmanes
de una dictadura despótica y corrupta se trastocó en una revolución
social?¿Fue una gigantesca tomadura de pelo urdida por la Unión
Soviética, los comunistas del patio y Castro? ¿Era Castro un comunista
convencido desde sus años universitarios? ¿O era un Robin Hood
de corte holywoodesco, romántico e idealista, que fue empujado hacia
el comunismo por la perfidia y torpeza –en dosis equivalentes– de los
muñidores imperialistas de Washington? El eje de la controversia es
en gran parte el propio Castro, quien con su consumado histrionismo
y la duplicidad inherente a su carácter ha contribuído inmensamente
a oscurecerla. Por eso en este caso hay que regirse por los hechos más
que por las palabras, siguiendo la sabia recomendación de Ortega y
Gasset en España Invertebrada.7 Es preciso ante todo fijarse en los
hitos que marcan la trayectoria vital del dictador cubano, desde la cuna
hasta que se erigió en Comandante en Jefe y las masas ingenuas e
incultas se inclinaron ante él vociferando: ¡Ordene!
Manos a la obra, pues. Castro nació en Birán. un oscuro rincón de
la antigua provincia de Oriente, a la sombra del feudo azucarero de la
United Fruit Co., una de las corporaciones estadounidenses más
odiadas en aquella época en la cuenca del Caribe. Fue hijo ilegitimo
de un áspero latifundista gallego que había ido a Cuba a pelear como
soldado contra los mambises y una sirvienta de la casa de vivienda,
Vino al mundo, por tanto, en condiciones de inferioridad social similares
a las de la mayoría de los caudillos hispanoamericanos. Perón, por

Véase 8 Barbara A. Tenenbaum, ed., Encyclopedia of Latin American History and Culture,
«Juan Domingo Perón» (New York: Scribner, 1966), Vol. IV, 352-354.
9 Ibid., «Anastasio Somoza García»Vol. V, 145-147.
10 Frank Moya Pons, The Dominican Republic: A National History (New Rochelle, N,Y.:
Hispaniola Books, 1995), p.358.
11 Marvin Goldwert, Psychic Conflict in Spanish America: Six Essays on the Psychohistory
of the Region (Washington, DC: University Press of America, 1982), pp. 31-34.
12 Tad Szulc, Fidel: A Critical Portrait (New York: William Morrow and Co.,1986), p.
112.

ejemplo, fue también fruto de una unión ilícita.8 Somoza tuvo la
distinción de ser sobrino nieto de un tal Bernabé Somoza, el bandido
nicaragüense más famoso de su época.9 Y Trujillo emergió de una
familia en la que se habían mezclado sangres española, criolla y
haitiana.10 Un investigador norteamericano ha revisado pacientemente
las biografías de dieciséis caudillos del siglo XIX y ha descubierto que
casi todos ellos surgieron también de entornos familiares propiciadores
del resentimiento, la alienación y las actitudes rebeldes.11
Castro mismo ha relatado que siendo todavía un niño en una
ocasión amenazó con incendiar la casa de sus progenitores.12 Desde
muy temprana edad, por consiguiente, se reveló dueño de un temperamento
levantisco y violento. Quizás con el proposito de que se puliera
y disciplinara un poco fuera del hogar paterno, su padre lo envió a
estudiar, primero en Santiago de Cuba y más adelante en La Habana,
en el Colegio de Belén, el prestigioso plantel de los padres jesuítas.
Era entonces un adolescente seriote, exento de sentido del humor,
con los toscos modales de un guajiro Ni siquiera sabia bailar. Estaba
interesado, sin embargo, en independizarse, sobresalir, darse a conocer,
ascender al plano de la elite. ¿Abrigaba ya ambiciones de poder
como otros caudillos en la misma etapa de su vida? Un indicio de
cuales podrían haber sido sus sentimientos más íntimos es tal vez el
hecho de que prefiriera brillar en los deportes, donde los espectadores

Véase José I. Rasco, «Semblanza 13 de Fidel Castro», en Efrén Córdova,ed., Cuarenta años
de revolución: El legado de Castro (Miami, Fl., Ediciones Universal, 1999), pp. 411-443.

podían manifestar su admiración con salvas de aplausos, que triunfar
en los ejercicios académicos, donde no había ni vivas ni ovaciones.13
En realidad la vocación caudillesca de Castro se incubó en la
Universidad de la Habana. El alto centro docente en sus tiempos de
estudiante era un criadero de revolucionarios en busca de una revolución,
el caldo de cultivo ideal para las ambiciones de jóvenes impacientes
por destacarse.
Ahí fue a parar Castro en octubre de 1945. De inmediato trató de
convertirse en un héroe deportivo, como en Belén. Pero la competencia
en la colina era muy dura y fracasó, Quiso entonces ser presidente
de la Federación Estudiantil Universitaria (FEU). Pero también
fracasó, porque el cargo era electivo, y debido a su egocentrismo era
un pésimo captador de votos, Además, carecía de antecedentes revolucionarios,
lo cual era indispensable en aquel ambiente donde las ideas
eran radicales y los métodos violentos. Allí portar pistola y tener la
disposición a usarla era lo que revestía a los dirigentes estudiantiles –o
aspirantes a serlo– de nombradía y de cierta jerarquía machista. Manolo
Castro, por ejemplo, presidente de la FEU en aquellas fechas, era
un veterano luchador contra Machado y Batista. Era además cofundador
de una poderosa organización revolucionaria.
Cerrado el de los votos, fue ese camino el que escogió Castro. Se
afilió a un grupo de acción, la llamada Unión Insurreccional Revolucionaria
(UIR). No compartió la mística de la violencia, el fanatismo
del derramamiento de sangre de sus cofrades, y en más de una ocasión
dejó ver que no tenía vocación de mártir. Pero asimiló su expeditivo
modus operandi, adopto aires y hábitos de matón, y al parecer intervino
en varios hechos de sangre. Paradójicamente, fue de esa manera
como logró encumbrarse a los primeros planos, como ambicionaba,
apoyándose en una plataforma inconfudiblemente bajomundista. Pudo
entonces exhibir su agria elocuencia en los actos universitarios; polemizar
en los periódicos y en la radio; agitar; provocar rebeldías y
alborotos; marchar al frente de manifestaciones por las calles de La
Habana; provocar altercados con la policía, para que al ser arrestado
su nombre y su figura aparecieran en las noticias del día. Con el
tiempo llegó a orquestar formidables golpes publicitarios, como el
traslado de la campana de La Demajagua a la capital, y a participar en
acontecimientos de repercusión internacional, como el Bogotazo y la
comedia de Cayo Confites. Y hasta se las arregló para que los más
simples –o más astutos– dieran crédito –o aparentaran darlo– a la
fábula de su aventura natatoria en una Bahía de Nipe infestada de
tiburones.
Durante su estancia en la colina Castro leyó furiosamente: Hegel,
Marx, Lenin y otros autores. Llegó a recitar de memoria él ¿Qué
hacer? del líder bolchevique, el Mein kampf de Hitler y párrafos
enteros de los discursos de Mussolini y José Antonio Primo de Rivera.
Y seguramente guardó en lo más profundo de su mente el capítulo
de La Técnica del Golpe de Estado en que Curzio Malaparte narra
como el Duce dio un golpe de estado fascista a pesar de su formación
marxista.
Movido probablemente por sus lecturas se vinculó estrechamente
a un grupo de jóvenes comunistas, especialmente a Alfredo Guevara.
Frecuentó la librería que mantenía el Partido Socialista Popular (PSP)
–como se autodesignaban entonces los comunistas– y asistió a los
cursillos de marxismo que ofrecían en la sede del Partido en la avenida
Carlos III Lionel Soto Prieto, Flavio Bravo y Raúl Valdés Vivó. Las
buenas relaciones no desembocaron en nada concreto, sin embargo. Al
principio los comunistas desconfiaron de Castro porque venia de una
escuela de curas, y más tarde por sus conexiones con el matonismo
estudiantil, y porque, dado su temperamento volcánico, no podía
esperarse que se encuadrara en la disciplina del Partido. Consecuentemente
nunca apoyaron sus planes para apoderarse del gobierno estudiantil.
Castro, por su parte, ignoró al Partido en todas sus soflamas.

Szulc, pp. 14 138-142; Enrique Ros, Fidel Castro y el gatillo alegre (Miami, Fl,, Ediciones
Universal, 2003), pp.93-94.
15 Luis Ortega, «Las raíces del castrismo», en Diez años de Revolución Cubana (Editorial
San Juan, Puerto Rico: 1970), p. 160.
16 Ros, p. 89.

Las palabras «marxismo» y «socialismo» parecían no ser parte de su
léxico oratorio.14
La constatación de estos hechos ha llevado a muchos a concluir
que en ese momento ya Castro era un comunista con toda la barba, si
bien a couvert. Es decir, que lo era mucho antes de iniciar su lucha
contra el régimen batistiano. Si con ello se quiere significar su radicalismo
económico-social, su antiyanquismo y sus tendencias totalitarias,
pase. Pero en la evolución política del futuro líder, desde los
comienzos, lo esencial no fue nunca la ideología ni el instrumento para
ponerla en práctica: el grupo, la organización, el partido. Es lo que
transpira cuando se analizan sus esfuerzos para instalarse en la cúpula
de la dirigencia estudiantil, Sabemos, por ejemplo, que en cuanto
ingresó en la universidad olvidó lo mucho o poco de catolicismo que
había aprendido en Belén. No tuvo escrúpulos, sin embargo, en injertarse
en una candidatura que sus opositores tachaban de católica si así
podía ser elegido, si no Presidente, al menos Secretario General de la
FEU. Y fue por motivos parecidos que se unió a la UIR. En esa
organización no había nadie que hubiera visto ni por el forro los libros
que él había leído, y a mayor abundamiento, su jefe, Emilio Tró, era
un anticomunista rabioso 15, No obstante, se afilió a la UIR por el
prestigio de revolucionario con que necesitaba aureolear su figura para
triunfar en la política estudiantil y, de paso, por la protección que le
brindaba en el violento clima de la colina. Tró solía decir: «Yo no pido
cuartel porque tampoco lo doy»16 ¿Quién iba a atreverse a tocar uno
de sus partidarios ni con el pétalo de una rosa? El mismo motivo
–la conveniencia propia– fue el que condujo a Castro a no ingresar en
el PSP. De acuerdo con uno de sus biógrafos más conocidos, Tad
Szulc, así se lo manifestó al periodista colombiano Arturo Alape en
una sorprendente conversación que sostuvo con él en La Habana en

17 Szulc, pp.149-150.
18 La única información que da sobre la entrevista Castro-Alape aparece en la página 665.
19 Andrés Suárez, Cuba: Castroism and Communism, 1959-1966 (Cambridge, Mass., The
M.I.T. Press, 1967), p. 239.
20 Szulc, p. 150.

1991. El dictador fue franco en extremo. «Aún cuando ya yo había
completado mi formación marxista-leninista», dijo a su interlocutor,
«preferí trabajar con mi propia organización a transformarme en un
comunista de partido», «No es que yo abrigara prejuicios contra el
partido. Pero comprendí que los comunistas estaban muy aislados y
que desde sus filas era muy difícil sacar adelante el plan revolucionario
que yo había concebido... Tuve que optar entre la disciplina del
partido y crear la organización revolucionaria que podía funcionar en
las condiciones prevalecientes en Cuba»,17
Puede no darse crédito a estas revelaciones a causa de la duplicidad
característica del personaje que las hizo. O a causa de que Szulc
no avaló su cita con las referencias bibliográficas de rigor.18 Mas son
tan consistentes con el proceder de Castro antes y después de su
conferencia con Alape que encajan tan perfectamente en el rompecabezas
de su política que sería sumamente arriesgado rechazarlas por
falsas. Y, como por otra parte, la integración en el partido es uno de
los elementos esenciales del ser comunista no es creíble que lo fuera
en el período en cuestión. No, no era comunista, Era un consumado
oportunista, dice un autor,19 Era un político hecho y derecho, dice
otro.20 Yo diría que era un caudillo en status nascens, entregado ya a
la planificación de cómo apropiarse del poder del modo más expedito
posible.
EL PORTAAVIONES
Cuando Castro se matriculó en la Universidad de la Habana la
República atravesaba un buen momento. A pesar del desorden y la
corrupción imperantes, marchaba de elección en elección al ritmo
previsto en la carta fundamental vigente. En semejante coyuntura los

21 Ibid., p. 207.
22 Texto en José Duarte Oropesa, Historiología cubana: desde 1944 hasta 1959, Vol. III
(Miami, Fl.: Ediciones Universal, 1974), pp.39-40.

revolucionarios se quedaron sin nada que hacer como no fuera matarse
unos a otros. Castro debe haberse percatado de este lamentable estado
de cosas para un hombre impaciente por llegar como él. Y fue probablemente
por esta razón que estuvo presente cuando Eddy Chibás y
sus seguidores fundaron el Partido del Pueblo Cubano (PPC-Ortodoxo)
el 15 de mayo de 1947 y que optó por la vía electoral al graduarse
de abogado en septiembre de 1950. No porque creyera en las virtudes
de la democracia sino para hacer uso de las oportunidades que brindaba
y obtener un escaño en la Cámara de Representantes. Desde esa
posición privilegiada pudría motivar las masas e interesarlas en sus
planes revolucionarios.21
El PPC fue producto de la negativa de Grau San Martín a apoyar
las aspiraciones presidenciales de Chibás. Vertebrado en el Congreso
por representantes y senadores nunca fue ni quiso ser mas que un
partido de oposición. Es cierto que declaró en su manifiesto de constitución
que era una organización «medularmente revolucionaria»,22
Mas en ningún momento se salió ni quiso salirse de la mecánica
electoral para provocar insurrecciones, y el primero en atenerse a esta
norma fue su jefe, Chibás. Ocurrió, sin embargo, que en el fondo el
inquieto senador tenía mucho de demagogo, y que por ello, sin ser
revolucionario, hablaba como si lo fuera. Con sus peroratas incendiarias
y sus virulentos ataques a los gobernantes de turno atrajo al PPC
un número impresionante de jóvenes, políticamente imberbes, que
todavía creían en el antidemocrático método de la violencia revolucionaria.
Castro, pues, no andaba muy desencaminado al unirse al carro
de Chibás.
Movido por su manía de destacarse se dedicó a cultivar la amistad
de Ortodoxos influyentes y a extender una red de contactos en la
sección juvenil del PPC. Encabezó protestas y huelgas, como lo había
hecho Chibás en sus días de estudiante, y apoyó con toda la fuerza de
su impetuosa personalidad su candidatura presidencial en 1948, acom

23 Ibid. p. 41
24 Szulc., p. 149.

pañándolo en su campaña electoral durante varias semanas, especialmente
en la provincia oriental. Como es sabido, el lidér del PPC fue
derrotado por un amplio margen por Carlos Prio Socarrás, el candidato
Auténtico. Mas aun así Castro permaneció en la Ortodoxia, convencido
de que a la postre la inmensa popularidad de su jefe acabaría por
imponerse. En el ínterin aprovechó cuantas oportunidades se le presentaron
para empinarse como el líder de su generación política. Tanto
empeño puso en esa dirección que, enterado de que en ciertos círculos
del PPC le echaban bola negra por su pasado gangsteril, rompió
públicamente con sus antiguos camaradas, denunciándolos con nombres
y apellidos y especificando en cada caso las botellas que tenían
en la burocracia priista. Naturalmente, después de este tour de force
se vió obligado a exiliarse en Nueva York, donde pasó tres meses.
¿Miró alguna vez para ver si alguien lo seguía cuando se dirigía a la
habitación que ocupaba en un brownstone de la calle 82?
Apenas iniciado en el PPC Castro echó a rodar la especie de que
él era el discípulo predilecto de Chibás. Pero la verdad es que no cayó
bien en la Ortodoxia. Los políticos veteranos fundadores del Partido
desconfiaban de los comecandelas como él, a quienes tenían por
elementos negativos,23 Y en cuanto a Chibás... O lo ignoró –nunca
mencionó su nombre a su hermano Raúl24 –o si lo trató lo mantuvo a
distancia. Un hombre de ideas reformistas como el jefe Ortodoxo, que
era radicalmente anticomunista y que nunca entró en ningún tipo de
pacto con los camaradas no podía mirar con buenos ojos a un mozalbete
que se permitía censurar sus relaciones con terratenientes cubanos,
que daba declaraciones a la prensa exhortando al partido a aceptar
el apoyo electoral del PSP y que aparecía firmando documentos como
el Stockholm Peace Appeal, que Moscú hizo circular por todo el
mundo al estallar la guerra de Corea.
No. Chibás nunca simpatizó con Castro. Si acaso lo toleró. Castro,
por su parte, tampoco simpatizó con Chibás. En un momento dado
podía ser un obstáculo en su ascensión al poder. Mas antes de que
llegara ese momento lo necesitaba, como en la Segunda Guerra Mundial
los kamikazes necesitaban el portaaviones para despegar hacia su
objetivo. Pensó que la pleamar de la popularidad Chibásista lo elevaría
a él también a las alturas congresionales. Por eso se sometió al liderazgo
del adalid –como llamaban a Chibás sus fanáticos– mientras vivió,
y figuró entre los más conspícuos dolientes cuando se privó de la vida
en el trágico desenlace del «último aldabonazo»,
Como era demasiado joven para pretender siquiera llenar el enorme
vacío que dejó Chibás en la política cubana, hizo no obstante todo
lo posible para ensanchar su base electoral, empresa difícil para él,
dada su probada incapacidad para atraer votantes. Tropezó, además,
con la enemiga del profesor universitario Roberto Agramonte, escogido
por el Partido para sustituir a Chibás. Con todo, se las arregló para
obtener la postulación para representante por la provincia de la Habana.
Y estaba en espera de lo que consideraba una segura victoria en las
próximas elecciones cuando en una sola noche –la del 10 de marzo de
1952– Batista hizo dar a la República un salto atrás de diecinueve
años. ¿Lo vió de esa manera Fidel Castro? ¿Lo conceptuó como un
revés para sus planes? ¿O en el fondo se alegró de lo sucedido, porque
le ahorró la fase política de sus proyectos y le permitió lanzarse directamente
a hacer revolución?
EL MONCADA
Cualesquiera que sea la respuesta a estas preguntas lo cierto es que
la acción de Batista despejó el camino de Castro. Pero en honor a la
verdad hay que hacer constar que el general no fue el único responsable.
Si algún político cubano de los de estirpe democrática hubiera
encabezado un movimiento antibatistiano, Castro hubiera tenido que
resignarse a ser cola de león, es decir, unirse al movimiento bajo la
autoridad del líder o seguir esperando una oportunidad favorable. Mas
he aquí que de momento ningún político se atrevió a desafiar al ex
sargento. Unos, los menos dignos, empezaron a mandarle recaditos.
Otros se ubicaron en la oposición, si bien pacíficamente. Y todavía
otros tomaron las de Villadiego, para poder conspirar con mayor

Antonio Rafael de 25 la Cova, The Moncada Attack: Birth of the Cuban Revolution
(Columbia, S.C/, The University of South Carolina Press, 2007)passim.
26 Cit. por Szulc, p. 242.

comodidad en el exilio, como lo hicieron, mas con poco fruto. Solamente
dos grupos asumieron una actitud rebelde desde el primer día:
1) los estudiantes de la Universidad de la Habana, los principales
integrantes del efímero complot del Domingo de Resurrección; y 2)
una pequeña facción de la Juventud Ortodoxa. A este nivel y entre
estos elementos Castro sí podía constituirse en cabeza de ratón, desempeñar
la función de comandante en jefe, la posición que siempre
tuvo entre ceja y ceja.
Fue en este contexto que germinó la idea del Moncada. Después
de la exhaustiva investigación publicada hace poco por Antonio de la
Cova25, es mucho lo que se sabe sobre el suceso. Queda todavía, sin
embargo, un poco de tela por donde cortar en lo referente a los verdaderos
designios de Castro al lanzarse a una empresa con tan escasas
probabilidades de éxito. Que tenia clara conciencia de este hecho lo
demuestra la ignorancia en que mantuvo a sus seguidores sobre el
objetivo del asalto hasta muy poco antes de iniciarlo. Y el que después
les mintiera asegurándoles que había soldados comprometidos en el
cuartel que se les unirían tan pronto comenzara el tiroteo ¿Qué motivo
pudo tener, por tanto, para embarcarse en lo que a todas luces era una
operación suicida? «Nosotros no esperábamos», dijo en un discurso
pronunciado en 1966, «derrotar la tiranía de Batista, derrotar sus
ejércitos con nuestro puñado de hombres. Pero sí pensábamos que ese
puñado de hombres podía apoderarse de las armas necesarias para
empezar a armar el pueblo... [y] que la inmensa energía del pueblo sí
seria capaz de derrocar el régimen.26 O sea, que Castro planeaba
apoderarse de las armas existentes en el Moncada –y en el cuartel de
Bayamo, una operación simultánea y paralela– para con ellas generar
un movimiento revolucionario lo suficientemente fuerte para borrar el
batistato de la faz de Cuba.
Pero lo que Castro dijo en 1966 no se compadece con lo que
Castro hizo en 1953. Porque para dar vida al potente movimiento
popular de que habla en el discurso, además de las armas, hacía falta
un largo trabajo preparatorio de las masas, sobre todo en la región
oriental, y el asalto al Moncada tuvo efecto tras sólo tres meses de
labor organizativa y con solo ciento y tantos jóvenes miembros de la
Juventud Ortodoxa, originarios casi todos de la región occidental, Mas
aún: estos jóvenes tendrían que lanzarse contra la segunda fortaleza
militar más poderosa del país. Por otra parte, nada se hizo para difundir
por la radio el mensaje revolucionario de los asaltantes, de tal
manera que los santiagueros, al escuchar el tiroteo en el cuartel,
creyeron que se debía a una riña entre facciones militares. ¿Puede
concebirse descuido semejante tratándose de un líder tan persuadido
del valor de la propaganda como Castro? Y no fue el único y ni siquiera
el peor de los descuidos. Porque cuando los asaltantes intentaron
forzar su entrada al cuartel sólo tenían una idea vaga de donde estaba
situado el arsenal, su objetivo principal, según su jefe.
Castro no aportó nada nuevo a las estrategias revolucionarias
cubanas. Todas las acciones que planeó tienen un precedente en la
historia de Cuba, y el Moncada no fue una excepción. En la época de
Machado Antonio Guiteras atacó el cuartel de la Guardia Rural en San
Luis, Oriente el 28 de abril de 1933, y aunque a la larga fracasó, tuvo
la virtud de poner por las nubes su prestigio revolucionario. Cuatro
meses más tarde fue llamado para ocupar el cargo de Secretario de
Gobernación en el gobierno revolucionario de Grau San Martín. ¿Seria
este inesperado denouement tan consecuente con su obsesión caudillística
lo que movió a Castro a arriesgarse en la aventura del Moncada?
¿Vería en ella el modo de transformarse rápidamente, de la noche a la
mañana, en una figura de dimensiones nacionales, apto para sentarse
en la misma mesa con el ex presidente Prío, Aureliano Sánchez Arango,
«Millo» Ochoa y otros primates de la misma o parecida estatura
y rango?
Probablemente. No es solo que así lo afirmen contemporáneos
bien situados. Hay indicios bastante claros de las verdaderas intenciones
del frustrado asaltante. Veamos: 1) La precipitación con que
preparó y llevó a cabo la operación. Se rumoraba que Prio y sus
aliados planeaban un alzamiento militar en toda la Isla. Si se producía

Un estudio minucioso de 27 l fracaso del Monacada puede verse en de la Cova, pp.117-120.

antes que lo del Moncada Castro quedaba al pairo políticamente. No
tenía futuro. 2) La extracción social y el bajo nivel intelectual de los
asaltantes, algunos de los cuales eran analfabetos, casi todos reclutados
por el jefe. No había la menor posibilidad de que ninguno brillara
más que el jefe. 3) La posibilidad de que la operación triunfara en
Bayamo y fracasara en el Moncada, posibilidad muy real, porque la
instalación bayamesa era mucho más débil que la santiaguera. 4)
Castro no era un mambí, de los que profesaban que «morir por la
patria es vivir». Quien cuidaba de su integridad física con tanto celo
tenia que tener un fin ulterior, más alla de una victoria militar que
sabia casi imposible, sorpresa o no sorpresa.27
Con todo, fue la feroz represión que desataron los militares contra
sus atacantes después del alto al fuego lo que convirtió a Castro en un
héroe. Pretendió mantener viva esta impresión mientras estaba en
presidio con la publicación de La historia me absolverá (junio de
1954), un documento que la posteridad ha despojado de interés. Pero
ni aun así pudo crear algo mas que un alboroto pasajero cuando fue
amnistiado en mayo de 1955. Los partidos políticos lo recibieron con
frialdad. En la colina universitaria habían surgido nuevos lideres. Y
hasta había moncadistas, como llamaban a los sobrevivientes del
asalto, que habían desarrollado sus propias ideas sobre el problema
cubano. En sus artículos periodísticos criticó duramente el gobierno;
trató de pulir su imagen de terrorista y putchista –como lo llamaron
los jerarcas comunistas– y se declaró Chibásista hasta la médula. Mas
en Cuba prevalecía un ambiente pacifista, más propicio a la negociación
que a los métodos violentos, y su influencia no pudo extenderse
más allá de un grupúsculo de moncadistas y unos cuantos jóvenes
desencantados con otras organizaciones presuntamente revolucionarias
en que habían participado. Con estos elementos fundó el Movimiento
26 de Julio (M-26-7) el 12 de junio en una modesta casa de la
Habana Vieja.
Unas semanas más tarde, el 7 de julio, dando crédito al rumor de
que los matarifes de Batista lo andaban buscando con intenciones

Justo Carrillo, 28 A Cuba le tocó perder (Miami, Fl.: Ediciones Universal, 1993) p. 52.

aviesas, se embarcó hacia México. Otros fueron, por tanto, los encargados
de vertebrar el movimiento. Un año después había progresado
poco en La Habana y en general en la parte occidental de la Isla,
donde otras organizaciones antibatistianas le tomaron la delantera.. En
las regiones orientales, en cambio, el progreso fue rápido, debido a la
incorporación al M-26-7 de la Acción Revolucionaria Oriental, un
organismo eficiente y perfectamente disciplinado fundado por un
estudiante de Pedagogía de 21 años nombrado Frank País.
Mientras tanto Castro organizaba en Mexico el grupo que eventualmente
invadiría a Cuba con los moncadistas y otros elementos que
allí estaban o iban llegando. Hace años se hacía hincapié en las conversaciones
de Castro con los dirigentes comunistas cubanos; en la
incorporación del Che Guevara a los invasores; o en los chismes
publicados en la prensa habanera sobre los contactos de Castro con
agentes soviéticos. Medio siglo después se ve claro que todo eso tuvo
poco que ver con lo que ocurre hoy en Cuba. Otros actos de Castro son
más relevantes: su violenta oposición a las gestiones conciliatorias de
la Sociedad de Amigos de la República (SAR) –si triunfaban Castro
se quedaba agarrado de la brocha, como el loco del cuento–; su rompimiento
con la Ortodoxia, aunque no con el Chibasismo; su insistencia
en el camino revolucionario como el único posible; su aceptación de
contribuciones económicas de connotados batistianos; y la petición
que le hizo a Justo Carrillo de que le diera a él la alcaldía de La Habana
si tenia éxito la conspiración de «los puros»,28
Hay juicios, afirmaciones y recomendaciones castristas hechas en
este período que también dan mucho que pensar. «En Cuba hacen falta
muchos Robespierres», «Nosotros somos hoy en Cuba los únicos que
sabemos hacia donde vamos», «Condiciones que son indispensables
para la integración de un verdadero movimiento cívico: ideología,
disciplina y jefatura. Las tres son esenciales, pero la jefatura es básica
», Refiriéndose seguramente a posibles rivales por el liderazgo
revolucionario escribió: «Uno de los mayores obstáculos para la
integración [del movimiento] es el exceso de personalismos y ambi

Carlos Franqui, Diario de la 29 revolución cubana (Barcelona: Ediciones R. Torres, 1976),
pp. 94, 99, y 106.
30 Cit. por Aguilar, op. cit.. p. 386.

ciones de grupos y caudillos», Y volcando toda la astucia de su sinuosa
personalidad en un elocuente parrafito aconsejó a sus partidarios:
«Mucha mano izquierda y sonrisas con todo el mundo. Seguir la
misma táctica que se siguió en el juicio [el del Moncada]; defender
nuestros puntos de vista sin levantar ronchas. Habrá tiempo de sobra
después para aplastar a todas las cucarachas»,29
LA SIERRA
Cuando por fin Castro desembarcó en Niquero, en la costa sur de
Oriente, el 2 de diciembre de 1956, poco faltó para que las cucarachas
uniformadas lo aplastaran a él y su pequeña fuerza expedicionaria.
Con el puñado de hombres que le quedó se internó en la Sierra Maestra,
donde deambuló por espacio de semanas, dependiendo para sobrevivir
de lo que le enviaban de las ciudades aledañas. En esos días su
imagen caudillesca palideció. Ni podía darle la cara al ejército de
Batista, poderoso en el papel, ni ponerse a darle órdenes a los guerreros
del «llano», como llamaban a los cuadros del M-26-7 activos en
las ciudades, ni tratar de someter a su autoridad cualquier otra fuerza
política o revolucionaria que pudiera surgir. Castro dejó ver, sin
embargo, aun en esa difícil coyuntura, para todo el que no tuviera su
visión nublada por el wishful thinking, hasta donde llegaban los tentáculos
de sus ambiciones. Bastaba leer en la primera plana del New
York Times el reportaje de Herbert Matthews sobre su visita a la Sierra
(febrero, 1957). O pasarle la vista a sus comentarios sobre el ataque
del Directorio Revolucionario a Palacio (marzo 1957): «Fue un derramamiento
inútil de sangre», dijo con poca generosidad. «Yo estoy
contra el terrorismo y condeno tales procedimientos... aquí en la Sierra
es donde debieron haber venido a luchar»,30 Solamente le faltó agregar:
«Bajo mi mando»,

31 Hugh Thomas, Cuba: The Pursuit of Freedom (New York: Harper & Row, Publishers,
1971), pp. 1040, 1044.
32 Maurice Halperin, The Rise and Decline of Fidel Castro (Berkeley and Los Angeles,
California: University of California Press, 1972), pp. 37-38.
33 Franqui, pp. 415-416.

Como es sabido, Castro no se distinguió por su arrojo durante los
dos años que jugó al escondite con los soldados de Batista en las
anfractuosidades de la Sierra. Ciertamente fue todo, menos un héroe.
Por otra parte, la anormal escasez de bajas31 y la ausencia de daños
significativos a la economía32 demuestran que en Cuba, desde una
perspectiva militar, no hubo una verdadera guerra, y que las «batallas»
de que hablan los cronistas no pasaron de ser escaramuzas magnificadas
más tarde por la propaganda castrista. En lo adelante, pues, podemos
prescindir de hacer referencia a ellas.
Concretémonos a las amenazas al liderazgo de Castro que fueron
surgiendo durante su estancia en el firme del Pico Turquino. La que
emergió en el seno de su propia organización fue mucho más que una
amenaza. Hubo un momento, en los días que siguieron a la fracasada
huelga de abril de 1958, en que el mismo comandante en jefe describió
su posición del modo siguiente: «Figuro como el jefe de este
movimiento, tengo que asumir históricamente la responsabilidad de
las estupideces de los demás, y soy un mierda que no puede decidir
sobre nada. Con el pretexto del caudillismo cada cual trata de hacer
cada vez más lo que le da la gana. No soy ningún estúpido para no
darme cuenta...33. Al dejar constancia de su mal humor, Castro debió
tener presente a hombres como Frank País, quien fuera líder de las
fuerzas que en el llano afrontaban diariamente riesgos superiorísimos
a los que afrontaban los guerrilleros, protegidos por las dificultades
del entorno en que operaban.
Desde que se entrevistó con Castro a poco de su catastrófico
desembarco, País se percató de sus proclividades caudillescas. Siempre
hizo los mayores esfuerzos para aprovisionarlo y enviarle refuerzos.
Pero parejamente trato de orientar al movimiento por el camino
marcado por sus convicciones, mucho más democráticas que las del

Cit. por L 34 ucas Morán Arce, La Revolución Cubana, una versión rebelde (Ponce, P.R.:
Imprenta Universitaria, Inc., Universidad Católica, 1980) p.150.

jefe guerrillero. Se propuso contrapesar o limitar sus poderes. Planeó
establecer un segundo foco guerrillero en el norte de Oriente. Favoreció
la adopción de definiciones políticas y proyecciones programáticas.
Calorizó la constitución de organizaciones independientes, aunque
conectadas con el M-26-7, como las Instituciones Cívicas y el
Movimiento de Resistencia Cívica. Planteó la necesidad de reorganizar
la dirección del M-26-7, con el objeto de bloquear el control
absoluto que Castro pretendía mantener sobre sus acuerdos. Finalmente,
sobre la base de un frente obrero del Movimiento, hasta entonces
inexistente y que intentaba crear, y del cultivo de relaciones amistosas
con otras organizaciones revolucionarias y con figuras prestigiosas de
la política nacional, delineó una nueva estrategia para derrocar a
Batista, centrada en el desencadenamiento de una huelga general. De
ese modo el papel de las guerrillas en el triunfo de la revolución no
sería determinante.
Estas actividades de País no podían significar más que una cosa:
en el seno del M-26-7 había emergido un nuevo líder. Ante amenaza
tan patente Castro reaccionó con presteza. Invitó a su santuario de las
montañas a Raúl Chibás y Felipe Pazos, y allí pergeñaron en poco
tiempo el que se llamó «Manifiesto de la Sierra», Fue un documento
de tono conservador –apto para ser suscrito por el Diario de la Marina,
observaría sarcásticamente más tarde el Che Guevara–34 en el que
se hablaba de democracia, elecciones imparciales, y la creación de un
frente cívico-revolurionario con una estrategia común de lucha, que en
su oportunidad designaría un presidente provisional e implantaría una
serie de reformas que no asustaban a nadie. El documento condenaba
la intervención de una nación en los asuntos internos de otra, pero
distaba mucho de reflejar el pensamiento de Castro. Su objeto no era
dejar constancia de una definición política sino hacer saber a País
indirectamente quien era el líder del M-26-7. Fue publicado el 28 de
junio de 1957. Dos días mas tarde País fue sorprendido y muerto en
Santiago de Cuba por los esbirros de Batista.

35 H, A, l., Fisher, A History of Europe, Vol. I. p. VII, London, 1935.

Este infausto acontecimiento, sobre el que gravita la sombría
sospecha de una delación, despejó casi completamente el camino de
Castro hacia el control total del M-26-7. Coincidentemente, la posibilidad
de que surgiera una conspiración capaz de disputarle la primacía
en el movimiento revolucionario se había ido haciendo cada vez más
remota. En abril de 1956 había fracasado la llamada conspiración de
los oficiales «puros» del ejército. y había corrido igual suerte el ataque
al cuartel Goicuría de Matanzas, llevado a cabo por un grupo de
acción de los Auténticos. Y un poco más adelante, en septiembre del
mismo año, el gobierno había dispuesto con facilidad de la sublevación
de la base naval de Cienfuegos, provocada por una mal organizada
conspiración militar apoyada por varios grupos revolucionarios.
Castro, por consiguiente, debió mucho a «lo contingente e imprevisto
», la única uniformidad perceptible en el desenvolvimiento de los
asuntos humanos, como sentenciara un gran historiador inglés35 Pero
él también contribuyó con su granito de arena. El Manifiesto de la
Sierra había hecho un llamado a la unidad de los opositores de Batista.
El llamado había tenido una acogida favorable, y en octubre siete
grupos oposicionistas constituyeron en Miami una Junta de Liberación
con la finalidad de crear un frente común. Predominaban en ella los
representantes de la vieja política, y el hombre que la controlaba era
el ex presidente Prio. En noviembre lanzó un manifiesto muy parecido
al de la Sierra, y poco después empezó a considerar una lista de nombres
de posibles presidentes provisionales de Cuba, entre los que
descollaba Felipe Pazos. Como el candidato del M-26-7 era el magistrado
Manuel Urrutia Lleó, la Dirección Nacional del movimiento
resolvió consultar a Castro.
Lo que vino de la Sierra (14 de diciembre) fue un brulote en el que
Castro se descubrió parcialmente. Dándose cuenta de que lo que la
Junta pretendía en el fondo era rebajar el M-26-7 a la categoría de los
demás grupos comenzó por desautorizarla, Afirmó que era el producto
de líderes que en el extranjero hacían una revolución imaginaria,
mientras que el M-26-7 hacia en Cuba una revolución real. Y seguida
mente procedió a distorsionar la situación que atravesaba el país,
exagerando sus dificultades, y a glorificar desmesuradamente las
hazañas de las guerrillas. Para ser jefe revolucionario en esas condiciones
había que ir a Cuba a afrontar los riesgos y sacrificios de la
lucha, aseveró, con lo cual dio a entender que, por estar constantemente
expuesto a sus peligros y rigores, él era el único jefe legitimo de la
revolución.
Por tanto, en tal capacidad tenia el derecho de reclamar el poder
para sí. Porque en un país militarizado como Cuba ¿no era acaso
demandar el control del poder exigir que a la caída de la dictadura
fuera el M-26-7 el encargado de mantener el orden público y de
reorganizar los institutos armados? Castro no dijo lo que iba a hacer
una vez posesionado de las instalaciones militares, los rifles y el
material bélico. Hubiera sido demasiado. Pero continuó con la comedia
de la constitución de 1940 y la farsa de las elecciones. Mas como
el M-26-7 había declarado que no quería participar en el gobierno
provisional y, por consiguiente, al menos por un tiempo, tendría que
canalizar su autoridad revolucionaria a través de él, rechazo la candidatura
de Pazos, el cosignatario del Manifiesto de la Sierra, y respaldó
la de Urrutia, quizás porque pensó que era más maleable. Con esto dio
el tiro de gracia a la Junta. Comenzando por los Ortodoxos, todos los
partidos y grupos se fueron separando de ella hasta que expiró. Solamente
el Directorio Revolucionario tuvo algo que decir, pero sus
palabras se perdieron en la inmensidad de los Everglades.
Cuatro meses más tarde tuvo lugar otro evento, esta vez un rotundo
fracaso, pero que paradójicamente consolidó la jefatura total y
absoluta de Castro sobre el M-26-7. Fue la huelga general del 9 de
abril. Básicamente era el proyecto concebido por Frank País, solo que
en aquel momento ni el Movimiento ni sus organizaciones colaterales
estaban preparadas para semejante proyecto. Así se lo hicieron saber
a Castro, su autor, los cuadros urbanos encargados de llevarlo a cabo,
especialmente los de La Habana, donde la represión del régimen era
más intensa y más eficaz. Castro, no obstante, pasó por alto las objeciones
de sus subordinados e insistió en que la huelga se declarara.
Como era de esperarse culminó en un desastre de grandes proporcio

Ramón L 36 . Bonachea y Marta San Martín, The Cuban Insurrection, 1952-1959 (New
Brunswick, New Jersey: Transaction Books, 1974), pp. 198-215.
37 Ibidem., pp. 215-225.

nes, entre otras cosas porque el apoyo de la Sierra que Castro prometió
no se materializó. Por esta razón la huelga, que costó las vidas de
muchos de los guerreros más activos y audaces del llano, ha sido
configurada como una maniobra de Castro para quebrar la espina
dorsal de este sector del Movimiento. No solo porque en cualquier
momento podía surgir otro Frank País, sino porque no podía descartarse
la posibilidad de que a sus espaldas se llegara a un entendimiento
con oficiales desafectos del ejército, lo cual echaría por tierra sus
planes. Esta tesis no ha sido corroborada y tal vez nunca lo sea. Mas
una de las razones de peso para aceptarla es que, si bien el fracaso de
la huelga fue un descalabro para el M-26-7, para Castro fue un éxito
formidable.36
Así quedó confirmado en una reunión que se celebró en un lugar
conocido como Altos de Mompié el 3 de mayo, convocada para
examinar las causas del percance, Mas de acuerdo con los testimonios
de algunos de los presentes aquello no fue un intercambio de ideas y
opiniones sino más bien una especie de juicio, en el que el Che Guevara
–que asistió como invitado– actuó como fiscal y Castro como sumo
pontífice. El fallo, desde luego, fue adverso a los combatientes del
llano. El peso del descrédito por lo ocurrido se hizo caer enteramente
sobre sus hombros, y como consecuencia la sorda desavenencia que
hasta entonces había existido entre ellos y los guerrilleros con motivo
del caudillismo y el militarismo quedo zanjada de una vez por todas.
Los jefes del llano fueron fusilados moralmente y Castro salió de la
reunión convertido en el dirigente único del M-26-7. El heroico llano
le quedo totalmente sometido.37
LA CABEZA DE LOS CUBANOS
Cuando a fines de mes el ejército de Batista empezó a consumir
sus escasas energías en la cacareada ofensiva de verano, Castro era el
líder indiscutido e indiscutible del único contendiente válido de la
dictadura. En el mes de febrero el Directorio Revolucionario había
establecido un foco guerrillero en las montañas villareñas, pero las
pugnas internas lo habían debilitado y se había escindido en facciones
opuestas. El suceso, pues, no mermó en lo mas mínimo el prestigio
revolucionario de Castro, como lo demuestra la firma del llamado
pacto de Caracas el siguiente mes de julio. En su virtud, el M-26-7 y
la mayoría de los grupos opositores de Batista, electorales y revolucionarios,
crearon un gran frente cívico-revolucionario de lucha para
acabar de una vez con el régimen batistiano. Se convino en una estrategia
común para llevar adelante la insurrección armada –que, por
cierto, culminaría en una huelga general– y se acordó que una vez
borrado Batista del mapa de Cuba se instituiría un breve gobierno
provisional con un programa mínimo. El magistrado Urrutia sería el
presidente interino; Castro, pues, salió muy bien parado de la nueva
tentativa unificadora. Su jerarquía revolucionaria fue reconocida a
nivel nacional y, a mayor abundamiento, recibió el apoyo explícito de
los demás grupos, incluyendo el muy sustancial del ex presidente Prio.
Según está escrito en los anales de la revolución, a medida que el
poder de Batista fue decreciendo el de Castro fue creciendo. De ahí
que, sintiéndose cada vez más seguro, empezara a proyectarse fuera
de su cascarón en la Sierra y a ampliar su esfera de acción. Por una
parte, cual Júpiter desde su trono olímpico, fulmino rayos y centellas
contra los que participaran en el simulacro electoral señalado por
Batista para el 3 de noviembre. Por otra, comenzó a sondear algunos
miembros del M-26-7 sobre sus planes para el futuro, obviamente con
el fin de edulcorar su imagen de caudillo. E hizo más Ordenó la
preparación de proyectos de ley sobre diversas materias, entre ellas,
la reforma del agro, y comenzó a ensanchar sus contactos políticos. El
más significativo de estos contactos fue con el PSP. Sus relaciones con
los dirigentes comunistas al parecer no fueron muy fructíferas. Pero
no se opuso a las que establecieron su hermano Raúl en el Segundo
Frente Oriental y Guevara en las Villas, que sí lo fueron.
Esto dio mucho que hablar. La Habana se llenó de rumores,
noticias de segunda o tercera mano y opiniones y dictámenes de los
cognoscenti. Pero en realidad nadie sabía lo que se estaba gestando en

José M. Hernández, ACU: Los 38 primeros cincuenta años (Agrupación Católica Universiraria,
Miami, Fl., 1981), pp. 91-92.

los focos guerrilleros y el Nuncio de Su Santidad resolvió averiguarlo.
Con ese propósito envió a la Sierra a entrevistarse con Castro al Padre
Amando Llorente, de la Compañía de Jesús. Llorente había hecho
buenas migas con él mientras estudiaba en el Colegio de Belén, y no
tuvo dificultad alguna en conseguir que lo recibiera en su guarida. El
9 de diciembre viajó a Bayamo y un par de días más tarde ya estaba
conversando tranquilamente con su antiguo discípulo. El texto del
informe que rindió al Nuncio no se ha divulgado. Algo se ha filtrado,
sin embargo, de lo que allí se habló. Por ejemplo, el siguiente intercambio.
Llorente, que desde su llegada al campamento no ha hecho
más que ver guerrilleros harapientos y mal armados, mirándolos de
soslayo, le pregunta a Castro: «¿Es con esto con lo que piensas vencer?
A lo que Castro responde, sonriendo: «Eso no importa. Lo que
importa es lo que los cubanos tienen en la cabeza. ¡Eso es lo que yo
quiero ganar!»,38
Que no fueron estas palabras ociosas lo demuestra el hecho de que
pocas horas después de haber aterrizado el avión de Batista en Santo
Domingo ya estaba Castro en el Parque Céspedes en Santiago de Cuba
sometiendo a su poder demagógico la multitud allí apiñada. Mirando
bien las cosas era una de las pocas alternativas que tenia. Porque eso
de que Castro derrotó militarmente a Batista no es más que una patraña
inventada para reforzar su imagen de caudillo. Aunque parezca
inverosímil, fue Batista el que perdió, cuando su desmoralizado ejército
se negó a combatir contra unas guerrillas a las que superaba en
número, armamento y recursos de todas clases. Si Castro hubiera
vencido a Batista en el campo de batalla el poder habría caído ipso
facto en sus manos. Ni los generales que se quedaron en Cuba a cargo
del embrollo creado por su jefe habrían montado el sainete del magistrado
Carlos Manuel Piedra, ni el Directorio Revolucionario habría
ocupado el Palacio Presidencial y la Universidad de la Habana, ni el
Segundo Frente Nacional del Escambray habría intentado hacerse
fuerte en ciudades importantes del sur de Las Villas, ni se habrían

39 Cit. por Halperin, p. 24.

quedado miles de soldados bien armados sin saber que hacer en Pinar
del Río, Matanzas y Camagüey.
Es cierto que cuando Batista alzó el vuelo la lucha se había polarizado
en dos centros antagónicos, Batista y Castro, por lo cual, al
desaparecer uno de ellos, toda la atención se fijó en el otro. Batista
había sido el salvador de la patria, el héroe, el hombre. Al menos era
lo que proclamaban las vallas anunciadoras al margen de las avenidas
y carreteras cubanas. Ahora el salvador de la patria, el héroe, el hombre
era Castro. Militaba en su contra, sin embargo, la exigüidad de su
fuerza militar –los hombres que avanzaron sobre La Habana al mando
de Guevara y Camilo Cienfuegos no pasaban de unos cientos. Por su
culpa, además, su Movimiento carecía de programa y en sus filas
reinaba la confusión. Por otra parte, el fervor anti imperialista se había
enfriado en Cuba, y como lo admitió el mismo Castro en un discurso
que pronunció en Venezuela en enero de 1959, ni la crisis económica
ni el hambre habían sido factores en el desenvolvimiento de la lucha.39
En Cuba no había, por tanto, una situación revolucionaria. Lo que el
pueblo quería, desembarazarse de Batista y retornar a la normalidad
constitucional lo había conseguido. Tratar de enardecer las masas
explicándole los objetivos de una revolución social en ese contexto era
contraproducente. Podía ser fatal.
Castro se dispuso, pues, a posesionarse de la mente de los cubanos,
como le había confiado al Padre Llorente, identificándose con sus
ilusiones y poniendo su prestigio revolucionario a su servicio. ¿Creían
que, eliminado el tirano, debía cesar la agitación insurreccional y
restablecerse la paz en el país? Pues ¡adelante con los deseos del
pueblo! Primero, dejar bien claro que tenía derecho a exigir, a demandar.
«Esta guerra», proclamó. «la ha ganado el pueblo», Y después,
convertirse en el intérprete y vocero de las ansias de paz. «¿Armas,
para qué? ¿Para luchar contra quiénes?, hoy que no hay más que
alegría, y que todos los líderes traidores de los sindicatos han quedado
destituidos, cuando todos los derechos de los ciudadanos han quedado
restituidos», Si en el auditorio había alguien a quien le remordía la

40 Cit. por Aguilar, 392 y sigs.

conciencia por no haber cooperado al triunfo –y era la inmensa mayoría
de la población– su complejo de culpa quedaba instantáneamente
borrado por la magia del orador barbudo. ¿Acaso no había dicho y
repetido que «[su] más firme columna, [su] mejor tropa, la única
tropa... capaz de ganar la guerra [era] el pueblo?.40
Castro comenzó a desplegar esta estrategia en su discurso del
Parque Céspedes en Santiago de Cuba, y continuó machacando sobre
los mismos temas cuando decidió imitar a Máximo Gómez al final de
la guerra del 95 y viajar a La Habana mediante un largo recorrido por
carretera deteniéndose en las ciudades más importantes. En todas
partes se presentó como un dirigente prudente, invariablemente atento
a los deseos del pueblo y preocupado solamente por las posibles
perturbaciones de la paz pública. Y en todas partes fue aclamado por
la ciudadanía. Cuando finalmente llegó a la capital el 8 enero de 1959
venia en la cresta de una ola de popularidad como pocas veces se
había visto en Cuba. Ya no era el líder del M-26-7 ni del movimiento
antibatistiano. Era el líder del pueblo de Cuba. Le bastó hacer acto de
presencia en el campamento de Columbia, subirse a una tribuna y
echar la celebre pieza oratoria de las palomas para que los contritos
cabecillas del Directorio Revolucionario depusieran su actitud y
entregaran las armas que poseían. Y si el magistrado Piedra no se
hubiera ya marchado a su casa lo hubiera hecho en ese mismo momento.
EL PODER
El caudillo, pues, había llegado a su meta. No llegó montado en
un gran caballo blanco como lo hubiera hecho Menocal, que tenia
modales aristocráticos. Llegó montado en un tanque. No se autodesignó
jefe supremo del estado. Y en un país donde todos sus habitantes
se tienen por muy avispados, muchos lo creyeron cuando afirmó
solemnemente que no aspiraba a cargos en el gobierno. Pero, sin
aparentarlo ni decirlo se constituyó en el amo de Cuba. Esto, por
cierto, no pareció preocupar demasiadamente a las masas populares,
que vivían en la tradición del miguelismo, el menocalismo, el machadismo,
el batistianismo, el grausismo y el chibasismo, y que obviamente
seguían dominadas por los sentimientos filocaudillistas. Por el
contrario, ensalzado hasta límites inverosímiles por una campaña
publicitaria que llegó hasta la estupidez de compararlo con Jesucristo,
Castro explotó su popularidad magistralmente. Siguió sin hablar de las
posibles repercusiones sociales de la revuelta antibatistiana. Hizo
promesas a diestro y siniestro, incluso a los militares «honestos» del
ejército del dictador. Y hasta vetó medidas impopulares del presidente
Urrutia, como el puritano decreto que dispuso el cierre de los casinos
de juego autorizados para la promoción del turismo. Fue así elevándose
a alturas inconmensurables, por encima de todos los demás revolucionarios,
y lo que es peor, haciéndose inaccesible a la crítica. Usando
la televisión como vía de comunicación directa con el pueblo, pulverizó
a cuantos tuvieron la mala idea de no pensar como él, y decirlo
públicamente. Una de sus primeras víctimas fue el semanario satírico
Zig Zag, culpable de haber publicado una caricatura excesivamente
burlona de su persona. La más notable fue el presidente Urrutia, a
quien hizo trizas por su declarado anticomunismo, forzándolo a abandonar
la mansión presidencial y buscar asilo en la embajada venezolana.
Este suceso, que sin exageración podría intitularse la defenestración
de Urrutia, ocurrió el 17 de julio, Es sin duda un hito en la
ascensión de Castro al poder absoluto. Por supuesto, no se produjo de
improviso. Fue más bien el término de una cadena de acontecimientos
que tuvo su punto de partida el 16 de febrero, cuando Castro asumió
el cargo de Primer Ministro. Hasta entonces había desempeñado el
papel de mandatario extraoficial de las masas populares. Ahora
determinó ponerlas a su servicio, para lo cual se dedicó a solidificar
su respaldo con medidas concretas. No más bobadas, como la promesa
de que en pocos años el nivel de vida de Cuba sería superior al de
Estados Unidos y Rusia. Infló la burocracia estatal y la nómina de las
fuerzas armadas como en los tiempos dorados en que había dulce para
todos. Y plasmó en preceptos legales algunas de las viejas demandas
revolucionarias. A principios de marzo intervino la compañía de

El pr 41 oceso aparece descrito en detalle en Suarez, pp.43-54.

teléfonos y rebajó las tarifas. El día diez redujo los alquileres en un
cincuenta por ciento. El 9 de abril montó la comedia del levantamiento
de manos. «Levanten las manos», dijo a una multitud, «los que no
estén interesados en elecciones», Y como era de esperarse, todos
levantaron las manos. Poco después, durante el viaje que hizo a Estados
Unidos invitado por la American Society of Newspaper Editors,
declaró a los reporteros en Washington que Cuba no estaría lista para
elecciones antes de cuatro años. Y de vuelta en La Habana el 7 de
mayo, promulgó días más tarde una ley de Reforma Agraria preparada
en secreto en casa del Che Guevara. Como se creyó, como era lógico,
que seria aplicada conforme a su texto y sus beneficiarios eran muchos,
el pueblo halló nuevos motivos para incensar su nuevo
redentor.41
Al arribar a este punto en la trayectoria política de Castro, es casi
imposible no referirse uno a la cuestión de si alguna vez existió la
posibilidad de que el líder eligiera el camino de la democracia para
Cuba. Los que han estudiado desapasionadamente el fenómeno revolucionario
saben bien que en este planteamiento hay implícito un
oxímoron. Porque las revoluciones, cualesquiera que sea su orientación
política, jamás han generado libertades políticas, igualdad y
respeto a los derechos humanos, Ni siquiera puede traerse a colación
la Revolución Americana como excepción, porque los founding
fathers mantuvieron la esclavitud, que no fue abolida en Estados
Unidos hasta mucho después de Inglaterra. Y en Cuba tenemos un
ejemplo destacadísimo: el producto más notorio y más duradero de la
revolución de 1933 no fue la Constitución de 1940, que nunca rigió en
la plenitud de su articulado, sino la dictadura de Batista.
No. Creo que puede asegurarse sin temor a hacer el ridículo que
al «vencedor de Batista» jamás le pasó por la mente la solución democrática.
Lo que abrigaba entre pecho y espalda era algo mucho más
espectacular. Según José Ignacio Rasco se lo confió al Padre Alberto
Castro Rojas, otro de sus grandes amigos belemitas. «Confidencialmente
», le dijo, «a mi Cuba me resulta muy estrecha. Por eso, aunque de

42 Véase el artículo de Rasco cit. ut supra.
43 Franqui, p. 471.

hecho mando, como líder de la revolución, todavía no he querido
aceptar ninguna responsabilidad de gobierno –hablaba en enero de
1959–. Mi aspiración suprema es poder sentarme a gobernar el mundo
entero, en una misma mesa con el americano, el ruso y el chino. Yo,
como representante del bloque de las naciones iberoamericanas»,42
Este era, desde luego, el lenguaje de un caudillo. (Recuérdese aquí
lo de convertir los Andes en otra Sierra Maestra). Un hombre con
semejante apetito de poder no podía aceptar las limitaciones a su
autoridad, los contrapesos y el espíritu critico inherente a la democracia,
y mucho menos el encuadramiento cronológico de su poder que
supone el constitucionalismo. Como tampoco podía aceptar, a pesar
de sus tendencias izquierdizantes y de su deslavazado marxismoleninismo,
la camisa de fuerza implícita en la institucionalización del
socialismo en Cuba. A Castro no le bastaba con mandar. Necesitaba
una formula ideológica para de algún modo legitimar un poder absoluto,
y el marxismo-leninismo con su invariable encarnación en un líder
de esa catadura se la ofreció. Estaba de moda después de la Segunda
Guerra Mundial, cuando se convirtió en la linea programática de los
lideres que emergieron en el Tercer Mundo. Pocos se mostraron
interesados en la ardua tarea de construir una sociedad comunista, solo
posible a largo plazo. Pero todos sabían que una dictadura podía
establecerse en «horas veinticuatro», como Lope de Vega escribía sus
comedias. A Castro la fórmula totalitaria debe haberle parecido sumamente
atractiva. La puso en práctica en cinco meses.
En su caso, ademas, proclamarse adicto a la formula facilitaba la
solución del problema geopolítico, planteado por la inconveniente
inmediatez del Coloso del Norte. No solo porque Castro, quien al
parecer no temía el ridículo, pensara en librar contra los norteamericanos
«una guerra mucho más grande» que la que le había «ganado» a
Batista43 –Castro, claramente, no había leído ciertos versos de Robert
Frost– sino porque desde temprano el Coloso le había hecho sentir el

44 Suarez, pp. 70-72.
45 Samuel Farber,The Origins of the Cuban Revolution, Reconsidered (Chapel Hill: The
University of North Carolina Press, 2006), pp. 169-170.

peso de su musculatura. En junio de 1959, propulsado por sus delirantes
aspiraciones continentales, auspició una invasión de la República
Dominicana que termino en una masacre de los invasores a manos de
Trujillo. Este desastre creó una serie de complicaciones a Cuba,
algunas reales y otras imaginarias, motivo por el cual el gobierno
cubano, creyendo o pretendiendo creer que estaba en peligro, quiso
comprar armas para distribuirlas entre la milicia que estaba organizando.
Fue en esta coyuntura que el Coloso, ademas de negarse a venderle
armas a Cuba, presionó a los gobiernos europeos para que tampoco se
las vendieran.44
Fue en este momento que en el horizonte castrista se destacó la
Unión Soviética como una posible fuente de abastecimiento de armas,
refractaria a la influencia estadounidense. Que el marxismo-leninismo
podía ser útil en más de un sentido estaba claro. Pero ¿estarían dispuestos
los bolcheviques a desafiar al Coloso en su traspatio del
hemisferio occidental? De nuevo entró en juego en la historia de Cuba
«lo contingente y lo imprevisto», De nuevo, a favor de Castro. En los
tiempos que corrían existía la impresión bastante generalizada de que
el Kremlin podía medirse de igual a igual con la Casa Blanca en lo
relativo al poder mundial. Más aun: el conflicto sino-sovietico, cada
vez más virulento, y la diseminación del policentrismo en el universo
comunista daba margen para pensar, no sólo que Moscú se interesaría
en una isla tan pequeña y lejana como Cuba, sino que Cuba podría
disfrutar de cierta autonomía en sus relaciones con el centro del poderío
comunista, del cual, según podia preverse, dependería para subsistir
en el futuro.45 Tras una demora ocasionada por problemas internos
cubanos las negociaciones dieron comienzo, y al parecer marcharon
viento en popa, porque al poco tiempo, mediados de diciembre, se
personó en La Habana el funcionario soviético Alexander Alexayev.
quien se acreditó como corresponsal de la agencia Tass. Coincidentemente
la Exposición Soviética fue trasladada de México a La Habana,
donde fue albergada en el edificio del Museo de Bellas Artes, frente
al Palacio Presidencial.
Al soplar, pues, los primeros nortes de la temporada invernal de
1959-1960 el caudillaje de Castro estaba ya políticamente configurado.
A partir del puntapié que propino a Urrutia su poder personal se
había ido consolidando progresivamente. Había creado el Instituto
Nacional de la Reforma Agraria, un estado dentro del estado, controlado
enteramente por él y sus paniaguados. Había sometido a su autoridad
la FEU y la CTC, y en el sector militar había «sacudido la mata»,
como entonces se decía, y habia purgado los elementos indóciles. Sus
tentáculos habían empezado ya a estrangular la economía, y para
aterrorizar a los inconformes ahí estaban los tribunales revolucionarios,
restablecidos después de un respiro concedido a los pelotones de
fusilamiento meses atrás. Ahora, en medio de una luna de miel un
tanto artificial con los camaradas del patio, había asegurado prácticamente
el patrocinio de la Unión Soviética. Quedaba así resumida su
supremacía en tres logros fundamentales:
1) conquista y afianzamiento de su poder personal;
2) transformación de la revuelta antibatistiana en revolución social;
3) y protección contra la agresión del Coloso (hoy en gran medida a
cargo de la comunidad internacional).
Solamente así se explica satisfactoriamente que en Cuba aparezca
detendando el poder un partido que esencialmente se parece más a los
Liberales de José Miguel y a los Conservadores de Menocal que a una
organización política de tipo leninista. O que en Cuba subsista el
comunismo después de haber desaparecido en Moscú y en la Europa
Oriental. Lo que ha habido en Cuba durante los últimos cincuenta años
es un régimen comunista, mas un régimen comunista hecho a la
medida de Castro, es decir, un régimen castrista. Este régimen no
desaparecerá hasta que Castro desaparezca. Pero en cuanto esto ocurra
se derrumbará irremisiblemente. No habrá castrismo sin Fidel Castro.


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