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CAPÍTULO 01. – A LA CAPTURA DEL PODER ABSOLUTO. Efrén Córdova. Entre albores y crepúsculos. El contraste de dos hermanos. Augurios inquietantes. Los fusilamientos. Etiología del terror. La actitud del pueblo. El engaño y la tribuna. Elecciones sine die. Eliminación de competidores. a) El ejército. b) La Iglesia Católica. c) La Universidad de La Habana. d) El movimiento sindical. e) El 26 de julio. Consolidación de la dictadura.

CAPÍTULO I
A LA CAPTURA DEL PODER ABSOLUTO
Efrén Córdova
ENTRE ALBORES Y CREPÚSCULOS
.

Una dictadura que se prolonga 50 años es un fenómeno insólito
casi sin precedentes en la historia moderna. Si a ella se añade el reclamo
de una revolución concurrente se sitúa uno frente a un acontecimiento
ciertamente extraordinario. Las dictaduras no tienen por lo
general una duración larga o indefinida; su extensión está delimitada
por la gravedad de la crisis o desorden que se pretende superar y por
la magnitud de los poderes que asisten al dictador. Las revoluciones
son por lo común cambios bruscos de orientación o estructuras que se
llevan a cabo en lapsos relativamente cortos. En Cuba cincuenta años
después de acuñarse el término la expresión poder revolucionario se
sigue empleando en la Constitución reformada en 1992, en la retórica
de los líderes y en la llamada batalla de las ideas.
¿Cómo es posible entonces que en Cuba ambos acaecimientos (la
dictadura y la revolución) hayan durado más de medio siglo? ¿Serían
sus causas tan graves y profundas que así lo determinaron? ¿O se
interpuso en esos procesos un agente excepcional que alteró los términos
de la ocurrencia?
La revolución cubana no fue producto de un clima exacerbado de
agitación social ni de una insurrección obrera ni de un levantamiento
campesino. Tampoco sería plausible atribuir el estallido y duración de
la revolución a una crisis generalizada de escasez y miseria, ni al
pasado republicano a veces matizado de violencia.
Lo que sí hubo en los antecedentes de la revolución fue un infausto
golpe militar dirigido por Fulgencio Batista y ocurrido el 10 de
marzo de 1952. Fue un golpe artero y funesto que rompió el ritmo
constitucional de la república y sumió al país en tinieblas. Siguieron
años de desconcierto, repulsa ciudadana y guerra civil. Se luchó no
sólo en las montañas de Oriente y Las Villas sino también en las
ciudades en las que se organizaron movimientos cívicos de oposición
y resistencia pasiva. Y fue para derrocar a Batista, establecer la democracia,
restaurar la Constitución de 1940 e imponer la honradez administrativa
que se insurgió la ciudadanía y se apoyó a las guerrillas. En
ningún momento se luchó para instaurar un régimen comunista o para
sustituir una dictadura por otra.
Algo imprevisto ocurrió, sin embargo, cuando ya estaba en curso
la revolución. El jefe guerrillero que asumió el poder ignoró los objetivos
de la insurrección, echó por la borda la aspiración democrática del
pueblo y procedió a desviar su rumbo estableciendo en su provecho un
régimen marxista-leninista. He ahí la gran traición de Fidel Castro, la
traición que los cubanos dignos no perdonan y que muchos observadores
americanos y europeos no han querido comprender.
Hubo también otros factores coadyuvantes que explican si no la
ocurrencia sí la prolongación de la dictadura. Cabe citar aquí la insularidad,
el vacío político dejado por Batista, la ayuda de la Unión Soviética
(interesada pero generosa), los errores de la política exterior de
E.U., incluyendo el fatídico fiasco de Playa Girón y la colaboración de
una parte del pueblo. Sin embargo, ninguno de estos factores por sí
solo pudo haber causado la revolución. Hacía falta la presencia de un
agente catalizador que supiera articularlos y aprovecharlos. Ese catalizador
fue un oscuro político de segunda clase convertido en jefe
guerrillero llamado Fidel Castro.
Más adelante se verá cómo de agente catalizador Castro se erigió
pronto en protagonista, Comandante en Jefe y Máximo Líder de una
revolución que llegó a alcanzar dimensiones internacionales. Conviene
así partir de una premisa mayor indiscutible: la revolución cubana es
la revolución de Fidel Castro; la subsiguiente dictadura del proletariado
es en rigor la dictadura de Castro; la república socialista de trabajadores
es el régimen de Castro y su camarilla. Fue él quien la concibió,
él quien marcó su derrotero, él quien estuvo al frente de la gran
confabulación y es él quien la ha encabezado en todas sus etapas. Al
revés de la Unión Soviética que después de Stalin fue gobernada por

Véase Alfred G 5 . Cuzan, Fidel Castro: A Machiavellian Prince en Cuba en Transición.
(Washington, 1999), vol. 9, p. 178.
6 Título de la obra de Carlos Loveira, publicada en 1920.

una suerte de oligarquía, Cuba ha sido regida siempre por un solo
hombre. En 50 años nada ha podido hacerse en contra de su voluntad.
Y eso que empezó en 1959 aún perdura en 2009 dando así lugar a la
dictadura más larga de la historia.
No es pues necesario sumergirse en el remoto ayer de la infortunada
isla para discernir las primicias de la dictadura, esclarecer su origen
y comprender lo que ha estado ocurriendo este último medio siglo.
Karl Marx habla en El 18 Brumario de Luis Bonaparte del tramposo
que vuelca la mesa de juego y es eso precisamente lo que hizo Castro
en Cuba. Sólo que el tramposo resultó también pérfido.5 Bajo su
dirección la dictadura tomó la forma de autocracia de izquierda, una
autocracia que combinaba la dictadura cortada con las viejas tijeras del
caudillismo con la dictadura moderna sustentada por una ideología e
investida de poderes totalitarios.
EL CONTRASTE DE DOS HERMANOS
Aunque Fidel Castro fue el factótum de la revolución conviene
señalar que no estuvo solo en el largo proceso de confabulación,
captura y mantenimiento del poder. A su lado estuvo siempre su
hermano Raúl, el eterno delfín que heredó al final el poder.
Fidel y Raúl Castro nacieron en Birán, un pequeño y remoto
poblado de la antigua provincia de Oriente. No lejos de Birán (a unos
45 kilómetros) está Banes, la tierra natal de Fulgencio Batista. Estos
tres personajes: un sargento taquígrafo, un abogado de secano y con
reputación de pistolero y un «high school drop out» cubren 68 años de
la historia de Cuba. A ese nivel descendió la república de generales y
doctores.

Véase Efrén Cór 7 dova, Apuntes para una historia de la revolución cubana (Miami: Eagle,
2006), p. 396.
8 José I. Rasco, «Semblanza de Fidel Castro», en Efrén Córdova, Editor, 40 años de
revolución, op. cit., p. 411.

De Fidel Castro se conoce mucho, de Raúl poco. ¿Es él hermano
o medio hermano de Fidel?7 ¿Es cierto que destruyó la ciudad de
Sagua de Tánamo y que luego corrió la especie de que había sido la
aviación de Batista la culpable de la destrucción? ¿Formó él junto a
Ernesto Guevara el ala dura de la revolución? Se sabe que fue siempre
un auxiliar valioso de su hermano y que éste le confiaba la ejecución
de las tareas más aviesas e innobles como fue iniciar en Santiago de
Cuba la ola de sangre que cobró la vida de centenares de cubanos o
matar a sangre fría a supuestos traidores. Relegado Raúl a la sombra
durante largos períodos sólo en los dos últimos años ha podido emanciparse
a medias de su tutor.
Fidel cursó una carrera universitaria y es persona de muchas
lecturas. Raúl es hombre de gramática parda y lecturas mínimas que
estudió sólo tres meses de bachillerato antes de ser expulsado del
colegio de Belén. Fidel es orador de largos discursos, Raúl rehuye
hablar en público y prefiere leer sus alocuciones. Gran maestro en el
juego de las máscaras Fidel ocultó por largo tiempo su identificación
con el comunismo. Raúl era ya a los 20 años miembro de la Juventud
Comunista y muy temprano se declaró admirador de Stalin. Fidel
pertenece a la rama fidelista del marxismo. Según José Ignacio Rasco
es fidelo-comunista y fidelo-oportunista según su conveniencia; el
otro, comunista a secas.
El uno es audaz e impetuoso, el otro es organizado, leal y paciente.
Fidel es ambicioso, engreído y arrogante. Raúl más bien modesto,
opaco y prototípico del personaje de segunda fila. Fidel carece de
amigos y de afectos familiares. Raúl es más gregario y aparenta ser un
hombre de familia. Fidel es fabulador y mitómano; el otro pragmático
y realista.
De Fidel se dice que tiene carisma y fibra de caudillo. De Raúl
nadie se atrevería a atribuirle esos dones. El uno es prepotente, el otro

se sabe minúsculo y secundario. Las ambiciones de Fidel son de
proyección hemisférica y aún global. Lo dijo el 23 de enero de 1959
hablando en la Universidad Central de Venezuela: «Cuba es un escenario
muy pequeño para mis planes; el próximo paso será convertir la
Cordillera de los Andes en otra Sierra Maestra», Las ambiciones de
Raúl son más modestas y en la actualidad se ciñen a mantenerse en el
poder. De no haber ocurrido la revolución Raúl Castro habría sido un
oscuro militante comunista. A ambos les une el resentimiento, la falta
de escrúpulos y una inexorable voluntad política de capturar el poder
y aferrarse al mismo.
AUGURIOS INQUIETANTES
Cuando auroleado por el triunfo de sus guerrillas Castro entra en
La Habana el 8 de enero de 1959 varios rasgos de su vida eran ya
razonablemente conocidos: su indiscutible inteligencia, su irresistible
ambición de poder y su inclinación a vincularse con elementos subversivos.
Muchos sabían también que su pasado inquieto lo había llevado
a vincularse en actos de violencia, incluyendo el «bogotazo» y la
abortada expedición de Cayo Confites.
Otros rasgos de su personalidad que contribuirían a influir en el
destino de Cuba eran de otra parte desconocidos del gran público.
Cabe citar aquí las circunstancias de su nacimiento como hijo bastardo
de un ex soldado español con la criada de la casa, su complejo de
tendencias, traumas y emociones psicopatológicas que ello originó, su
gran vanidad, su absoluta falta de valores éticos y su odio visceral a
los E.U. probablemente heredado de su padre el soldado que luchó
contra la libertad de Cuba y los E.U.
Un simple atisbo a su pasado estudiantil pone de manifiesto la
imagen de un joven ávido de darse a conocer y escalar posiciones. Tan
ardiente era su ambición que no tuvo reparo en relacionarse como
rival o como aliado con grupos tildados de terroristas: el Movimiento
Socialista Revolucionario (MSR) y la Unión Insurreccional Revolucionaria
(UIR) que eran a la sazón rivales. Estas organizaciones que
insistían en llamarse revolucionarias y actuaban a medio camino entre
el crimen y la política eran una especie de excrecencia de la lucha

Véase Antonio de 9 la Cova, The Moncada Attack (Chapel Hill: University of North
Carolina Press, 2007).

contra Machado. Castro, que mantuvo relaciones con la periferia de
estos grupos, irrumpe en los registros de la policía en abril de 1947
cuando a raíz de varios disturbios ocurridos en La Habana es detenido
junto a otros estudiantes. Era la época del llamado gatillo alegre y
Castro sería pronto acusado de participar en tres hechos de sangre: el
asesinato de Manolo Castro, el atentado a Leonel Gómez y el homicidio
del policía universitario Óscar Fernández Caral. Sin embargo, en
ninguno de esos hechos pudo probarse su culpabilidad. Su vida llegó
no obstante a peligrar y fue entonces que, ya graduado, buscó protección
en el Partido del Pueblo Cubano que era por cierto de clara
tendencia anticomunista.
El golpe militar del 10 de marzo de 1952 tronchó su incipiente
carrera política y le brindó en bandeja de plata la oportunidad de
realizar su sueño de ser aquello para lo que tenía vocación y servía: un
revolucionario profesional. Primero fue conspirador y como lo era
contra un gobierno ilegítimo y detestado por el pueblo esa actividad
contribuyó a mejorar su imagen. Aunque no era un político de primera
fila logró persuadir a más de un centenar de cubanos cívicos a que le
acompañaran en el atrevido ataque al Cuartel Moncada en Santiago de
Cuba. Si bien esa acción no duró más de 20 minutos y en ella su
participación careció de perfiles heroicos9, fue ese hecho el que le
catapultó a la ansiada celebridad.
Condenado a 15 años de prisión tuvo un encarcelamiento relativamente
corto (20 meses) y cómodo (familiares de su esposa eran políticos
influyentes en el régimen de Batista). Aparte de tener radio,
teléfono y otros privilegios se le permitió leer lo que quisiera. Sus
libros favoritos eran los escritos por Lenin, Hitler, Marx (leyó 347
páginas de El capital) y Engels (El papel de la violencia en la historia).
Al salir de prisión organizó desde México la acción guerrillera
que comenzó en la Sierra Maestra en diciembre de 1956.
Quien asumió el poder 25 meses después llevaba en sus espaldas
una vida nebulosa y turbulenta que endureció sus viejos resentimien

Citado por Tad Szulc, Fidel 10 a Critical Portrait (New York: William Morrow, 1986) p.
483.
11 Luis Ortega, ¡Yo el Che! (Miami, 1973) y Jorge G. Castañeda, Compañero, Vida y
muerte del Che Guevara (New York: Vintage, 1997) p. 186.

tos y le predispuso a la violencia. Y fue ese trasfondo de su personalidad
el que primero emergió en su actuación como gobernante. El
tiempo se encargaría de probar que ese impulso se enlazaba con un
proyecto largamente acariciado.
LOS FUSILAMIENTOS
En la madrugada del 1° de enero de 1959, pocas horas después de
la vergonzosa huida de Batista, Castro puso de manifiesto en su discurso
del parque Céspedes en Santiago las dos grandes notas que
habrían de caracterizar su régimen: el odio a los E.U. a los que acusó
de haber frustrado las guerras de independencia y el castigo implacable
de vencidos y opositores. No habría perdón ni misericordia con
ellos había anunciado cuatro días antes y fue ese mismo primero de
enero que su hermano Raúl fusiló en Santiago de Cuba a las primeras
víctimas del terror revolucionario.
Aunque ninguno de los principales colaboradores de la dictadura
de Batista pudo ser apresado, los hermanos Castro insistieron en
sembrar desde el comienzo las semillas del terror. Fue una orgía de
sangre que se prolongó a lo largo de los primeros meses de la revolución.
El saldo fatídico de los cubanos fusilados en esas primicias
nunca se ha podido establecer de manera exacta pero es probable que
fueran más de 1.000. El propio Castro admitió que 550 batistianos
habían sido sumariamente ejecutados en 195910 y las cifras atribuidas
a Guevara son aún mayores. Entre el 4 de enero de 1959 y el 21 de
noviembre del mismo año, es decir, durante el período en que Guevara
fue jefe militar de La Cabaña, hubo, según Luis Ortega, 1.892 fusilamientos
en los paredones de esa fortaleza.11 Por su parte, el Comandante
del Ejército Rebelde Húber Matos dice en sus Memorias que en
tres o cuatro días de enero más de 200 militares y civiles implicados

Húber Matos, Cómo ll 12 egó la noche. Memorias (Barcelona: Tusquets Editores, 2002) p.
267.
13 Véase Carlos Alberto Montaner. «Los cubanos son pobres y están esclavizados» en
Foreign Policy, febrero-marzo 2007, p. 55.
14 Efrén Córdova, Apuntes para una historia de la dictadura castrista (op. cit.) p. 106.

en hechos criminales fueron fusilados en Santiago de Cuba. 12 Así
empezó a tomar cuerpo una de las notas principales de la revolución
castrista El número aproximado de los fusilados a lo largo de la dictadura
ascendía en 2007 a cerca de 5,700.13
El recuento total de la pérdida de vidas humanas directa o indirectamente
causada por los hermanos Castro ha sido realizado de manera
veraz y fidedigna por Armando Lago y María C. Werlau. La cifra
final (que aparece en un reciente libro del autor) es pavorosa: 106.573
muertos. Es uno de los genocidios más grandes de que se tienen
noticias y fue causado , con la ayuda de su hermano Raúl y de Ernesto
Guevara, por Fidel Castro quien el 26 de julio de 1959 declaraba en la
antigua Plaza Cívica de La Habana: «No queremos que una sola madre
cubana tenga que volver a vestir luto»,14
ETIOLOGÍA DEL TERROR
¿Qué motivos impulsaron a Castro a eliminar físicamente a tantos
cubanos? El Máximo Líder hizo saber al pueblo por ese medio que en
el futuro no habría más poder que el suyo y que había dejado de existir
el Estado de Derecho. Otra razón, probablemente la primordial, tenía
que ver con sus planes de largo alcance. Él quiso mostrar desde el
comienzo hasta donde llegaba su rigor empleando para ello el instrumento
político del terror. Se efectuaron fusilamientos masivos, se
trasmitieron por televisión juicios y ejecuciones, se hizo caso omiso
del principio de la cosa juzgada, se estimuló la delación y se invirtió
la presunción de inocencia.
Más tarde se institucionalizaría el terror consistente en la ejecución
periódica de uno o varios anticastristas con el fin de infundir
sentimientos de temor o peligro en la población. La época de terror
más famosa que fue la de la Revolución Francesa duró unos cuatro

C. Marxy 15 F. Engel, Obras escogidas. (Moscú, Editorial Progreso 1973) Vol. 1, p. 140.
16 F. Engels «El papel de la violencia en la historia» en Idem, Vol. 111, p. 396.
17 V. I. Lenin. Obras escogidas (Moscú: Editorial Progreso, s/f) p. 285.
18 León Trotsky, The History of the Russian Revolution, (New York: Pathfinder, 1980)
part 11, p. 172.

años. En Cuba el terror comenzó el 1° de enero de 1959 y aún persiste
50 años después. Las ejecuciones , la cárcel, el destierro, los actos de
repudio, las torturas, los allanamientos de morada y los atropellos
serían los medios utilizados para mantenerlo vivo.
Una poderosa influencia subyacente provenía de sus mentores
ocultos. Marx y Engels proclamaron abiertamente que los objetivos
del comunismo sólo podían ser alcanzados derrocando por la violencia
todo el orden social existente. «La violencia, dijo Marx, desempeña un
papel revolucionario básico; es la partera de toda vieja sociedad que
lleva en sus entrañas otra nueva»,15 Engels hizo el panegírico de la
revolución violenta y abogó por la destrucción revolucionaria del
Estado burgués.16 Lenin por su parte postuló que «la sustitución del
Estado burgués por el Estado proletario es imposible sin una revolución
violenta»17 y añadió sin titubeos que los comunistas no habían
renunciado nunca ni podían renunciar al terror. Es probable también
que Castro conociera la observación que Trotsky hizo de la conspiración,
la insurrección y el terror como los tres elementos básicos de la
revolución comunista.18
El futuro dictador hizo suyos esos ardientes pronunciamientos que
se remontan al Manifiesto Comunista de 1848. No comprendió que
esas palabras fueron emitidas en pleno fragor de las luchas sociales de
mediados del siglo XIX, cuando los obreros de la industria, incluyendo
mujeres y niños, eran objeto de una cruel explotación y sus voceros
predicaban la insurrección. Fueron esos abusos los que engendraron
las doctrinas sociales más radicales y explican el recurso a la acción
directa. Que Castro invocara esos conceptos y empleara esos métodos
cien años después, cuando la lucha de clases y el recurso al terror
habían perdido impulso muestra cuan anacrónicas y fuera de lugar
resultaban esas medidas. El Máximo Líder no se había enterado de que
ya en la segunda mitad del siglo XX la hoz y el martillo pertenecían
al museo de antigüedades.
Los fusilamientos de 1959 dejarían una estela imborrable de
terror. Adquirieron una suerte de efecto subliminar que se sentiría a
todo lo largo de la dictadura. Se continuarían además efectuando de
modo recurrente cada vez que el régimen los estimara necesarios. El
terror seguiría siendo un factor esencial de la dictadura. Castro, su
hermano Raúl y Guevara aplicaron sin medias tintas la enseñanza de
Lenin: «La dictadura del proletariado es absolutamente insignificante
si le falta el terror jacobino»,
LA ACTITUD DEL PUEBLO
Cuba vivió durante esos primeros tiempos de la revolución a un
compás frenético; se sucedían las grandes concentraciones, los desfiles,
los ejercicios militares, los discursos, las consignas y la constante
difusión de una espesa retórica revolucionaria. El entorno político se
tornó cada vez más demagógico y también más plagado de confusión
y contradicciones. Y fue en ese contexto que Castro fue ejecutando
opositores, asestando golpes a la propiedad privada y abatiendo las
libertades públicas. Y fue también en esa atmósfera tensa que ocurrieron
dos fenómenos de importancia: se dejó a un lado en la psiquis
colectiva el pasado gangsteril de Castro y se revistió de rasgos heroicos
a la lucha librada contra Batista en la Sierra Maestra y otras áreas
montañosas de Cuba. Esa lucha guerrillera no fue la gran gesta que
debidamente propagandizada dio vida al mito de la Sierra Maestra. El
pequeño grupo de combatientes que desembarcó en Las Coloradas en
diciembre de 1956 y que llegó a constituír una fuerza de cerca de
2,000 hombres en ningún momento tuvo que librar grandes combates
ni se enfrascó en intrépidas hazañas. Dos veces en el curso de los dos
decenios anteriores Batista había destruido el carácter profesional e
idóneo del ejército cubano. Fue primero en 1933 la insurrección de los
sargentos, cabos y soldados la que liquidó a toda una oficialidad
formada en escuelas militares. Y fue después el artero golpe del 10 de
marzo el que acabó con la nueva generación de militares aptos y
restableció la influencia de los antiguos camaradas de Batista. Las
fuerzas armadas que se enfrentaron a Castro eran en verdad una
caricatura de ejército. Batista se esmeró en nombrar jefes incompetentes
para hacer frente a las incipientes guerrillas. No fueron más de
media docena los combates librados y muy pocas las bajas de una y
otra parte no obstante lo cual una parte del pueblo invistió de ribetes
epopéyicos la acción guerrillera.
La prensa extranjera condenó la ola de sangre que siguió al fin de
la guerra pero una gran parte del pueblo prefirió soslayar ese introito
sangriento y optó por aclamar al guerrillero victorioso que se pensaba
iba a rectificar los errores del pasado. El 21 de enero de 1959 cerca de
un millón de cubanos reunidos frente al palacio presidencial respondieron
a la incitación de Castro emitiendo el macabro grito de ¡Paredón!
Ese fue el inicio de una era de violencia que seguiría caracterizando
al régimen de Castro. Primero cayeron los traidores y los presuntos
criminales de guerra, luego los más conspicuos partidarios de Batista
y finalmente cuantos se atrevieran a retar la nueva dictadura. Su
recurso favorito fue el de aplicar la pena de muerte por fusilamiento
a miles de cubanos condenados por tribunales militares, revolucionarios
o populares que no eran ni competentes, ni pertenecientes a un
poder judicial independiente, ni mucho menos imparciales. Se valió
también del Código Penal como instrumento de represión política. Las
enmiendas que fue introduciendo en el código le permitieron crear
nuevos delitos, hacer más rigurosas las sanciones y más expeditivos
los juicios contra los llamados contrarrevolucionarios. Entre el 1° de
enero de 1959 y el 21 de noviembre de 1961 Castro decretó la pena de
muerte con respecto a 28 figuras supuestamente delictivas a las que
denominó delitos contrarrevolucionarios. Jóvenes cristianos que
luchaban contra el materialismo y la irreligiosidad, militantes de
grupos clandestinos que buscaban recuperar la índole democrática de
la revolución, humildes campesinos participantes en la guerra olvidada
del Escambray, sindicalistas decepcionados, mujeres dignas, algunas
incluso embarazadas, e innumerables cubanos anónimos dieron sus
vidas en la desigual lucha contra la dictadura. No hay día del calendaEfrén
rio en que no sea posible conmemorar la ejecución en esa fecha de uno
o varios cubanos. No hay pueblo de la isla que no haya hecho su
contribución a esa interminable vendimia de sangre.
Los primeros meses del régimen de Castro presentan pues un
cuadro de ejecuciones extrajudiciales y de fusilados en juicios sumarios,
amañados y arbitrarios que ninguna circunstancia revolucionaria
o política puede justificar. Castro estrenó su revolución violando el
más preciado de todos los derechos, el derecho a la vida.
EL ENGAÑO Y LA TRIBUNA
Dominar a Cuba el resto de su existencia era su gran objetivo, su
verdadera obsesión. Llevar adelante esa empresa presentaba, no
obstante, serios escollos. Su plan de dominación absoluta giraba
alrededor de la instauración de la dictadura del proletariado y esa
forma de gobierno de igual modo que su sustento ideológico, la doctrina
marxista, no gozaban de popularidad en Cuba. En 1942 cuando
se publicó la lista de afiliaciones de los partidos políticos el partido
comunista figuraba en sexto lugar con 122.183 miembros. En las
últimas elecciones celebradas en 1948 su homólogo el Partido Socialista
Popular (PSP) escasamente alcanzó 142.972 votos, es decir,
aproximadamente un seis por ciento del total de votos emitidos. Se
hacía pues necesario proceder con suma astucia.
Las sospechas y los temores se habían por otra parte intensificado
cuando las primeras medidas adoptadas incluyeron la supresión de la
invocación de Dios de la Constitución, la autorización para que reanudara
su publicación el periódico Hoy órgano oficial del partido comunista
(PSP), el nombramiento del poeta comunista Nicolás Guillén
como Poeta Oficial de la Revolución y muy significativamente la
supresión del Buró de Represión de Actividades Comunistas (BRAC)
cuyo jefe sería asesinado en marzo de 1959.
Superar esos escollos y llevar adelante sus planes requería ante
todo una gran capacidad de persuasión y un uso óptimo de sus dotes
de comunicador. El dictador pronto descubrió que su oratoria vehemente
y fogosa era capaz de mover multitudes. También advirtió que

19 Tad Szulk, op. cit. p. 180.

los elementos de odio que matizaban sus discursos eran particularmente
eficaces con la plebe. El dictador se fue así desdoblando en tribuno.
Castro tendría la ventaja de tener a su disposición los avanzados
medios de difusión existentes en Cuba y su confianza en la credulidad
de un pueblo ansioso de cambios. Aunque para los cubanos más
educados sus discursos resultaban demasiado largos, tediosos y de
tonos engañosos y agresivos, ese mismo lenguaje encontró en cambio
una gran acogida en las capas bajas y medias de la sociedad.
Se empeñó entonces en utilizar la tribuna para adelantar su proyecto
de revolución. No dejó de asistir a una sola asamblea sindical de
importancia celebrada en los dos primeros años y en todas inflamó de
odio y arengó a los trabajadores; siguió después haciendo un uso
intensivo de la tribuna. Entre 1959 y 1986 pronunció 2.500 discursos,
algunos de los cuales duraron cuatro o cinco horas.19 El que dijo en
el Primer Congreso del PCC duró más de ocho horas y el que pronunció
en la Asamblea General de las Naciones Unidas rompió las marcas
conocidas. El mismo número de discursos se estima pronunció en los
siguientes 20 años para un gran total de cerca de 5.000.
El registro de la oratoria de Castro contenía los más diversos tonos
y él los supo adecuar a la índole de sus audiencias y al momento que
el país vivía. Podía mostrarse modesto («¿Voy bien Camilo?»), agresivo
(«vayan haciendo sus maletas»), mendaz («no hay sitio para el
comunismo en mi revolución»), engañoso («ustedes los empleadores
no tienen nada que temer»), populista («elevaremos el nivel de vida
de los cubanos por encima del de los E.U.»), altanero, («la revolución
invencible no necesita ayuda ni fortalezas»), victimista («el imperio
nos agrede dando ayuda a los elementos contrarrevolucionarios»),
embustero («mi gobierno no es comunista ni capitalista; es humanista
»), falsificador («la democracia es mi ideal»), cínico («no permaneceré
un minuto más en el gobierno cumplida mi misión»), visionario
(«el hombre debe ser preservado de la tiranía impune») y fantasista
(«desecaremos la ciénaga de Zapata crearemos riqueza de los detritos
de murciélagos y convertiremos al pueblo de Cuba en el más próspero
de la tierra»).
Vistas en su conjunto estas variantes de la oratoria de Castro
configuran la imagen de un simulador sagaz. Lo extraño es que haya
habido un gran segmento del pueblo que se decía era muy listo y
perspicaz que creyera tantas utopías y artificios. Tan grande parecía
ser la credulidad de la plebe que cuando el 21 de octubre de 1959 el
ex jefe de la Aviación Pedro Luis Díaz Lanz dejó caer unos volantes
en La Habana, Castro comparó ese hecho con el ataque a Pearl Harbor
y cuando meses más tarde el barco La Coubre, cargado de armas y
municiones, explotó en La Habana y Castró se apresuró a decir que la
CIA había causado la explosión, fueron pocos los que se atrevieron a
negar esa versión y afirmar que había sido la negligencia en la descarga
de las armas la causa de la tragedia.
Lo complejo de la «operación poder indefinido» requería además
ocultar el propósito final de su revolución. Cinco veces en el mes de
enero de 1959 y otras tantas con motivo de su viaje a los E.U. Castro
negó categóricamente que él fuera comunista o que su revolución
tuviera tendencias marxistas. El llamado Máximo Líder dedicó también
buena parte de sus intervenciones a proclamar que su ideología
era humanista y su gobierno provisional. Fingiendo en otras ocasiones
una posición intermedia gustaba repetir que el capitalismo significaba
libertad sin pan y el comunismo pan sin libertad. Fue sólo 27 meses
después de su acceso al poder que anunció el carácter socialista de la
revolución y le tomó cerca de tres años reconocer que era marxista
leninista y que lo sería hasta el último día de su vida. Hasta entonces
una gran parte del pueblo cubano había sido hipnotizada por la retórica
populista, las promesas democráticas, los vaticinios deslumbrantes
y los repartos de beneficios que el nuevo régimen prodigaba.
ELECCIONES SINE DIE
El engaño consistió también en anunciar la celebración de las
elecciones en plazos más o menos perentorios. El 3 de enero de 1959
Fidel Castro afirmó que él no aspiraba a cargo alguno y que era inmune
a las tentaciones de la vanidad y el poder, tras lo cual anunció que

Andrés, 20 Cao Mendiguren, La verdadera República de Cuba. (Miami, Fl: Ediciones
Universal, 2008), p. 825.

las elecciones se harán en el plazo más rápido posible. El 12 de enero
de 1959 ante el Club Rotario lo fijó en 18 meses; tres meses después
en el programa Meet the Press de los E. U. dijo que en ningún caso se
demoraría cuatro años y no fue sino en mayo de 1960 que admitió por
fin que no tenía la menor intención de convocar elecciones. Más tarde
se mofaría de la democracia y del pluripartidismo. Ya en los primeros
días de enero se eliminaron los partidos políticos tradicionales y poco
después se procedió a perseguir organizaciones de nuevo cuño (como
la Triple A y el Directorio) no obstante la participación que ellas
habían tenido en la lucha contra Batista. El barrido de organizaciones
de la sociedad civil se continuó después con la disolución de tres
organizaciones de gran peso en la economía cubana: la Asociación de
Colonos (que contaba con 70.000 miembros), la Asociación de Hacendados
que agrupaba a los dueños de ingenios y la Asociación Nacional
de Industriales.
Mucho antes de que Castro proclamara la existencia de una dictadura
marxista, ya el campo político se había convertido en un gran
páramo en el cual se oía una sola voz y ésta era de mando. No habría
más interlocutores ni disidentes, ni opositores permitidos; los políticos
de antes eran descalificados y lo mismo se hacía con los voceros de las
organizaciones de la sociedad civil.
Su estrategia de largo aliento llegó asimismo a introducir cambios
en la historia y en la cultura cubana anteriores a 1959. Se empeñó para
ello en la tarea de desprestigiar la Cuba republicana y denigrar a sus
figuras más prominentes («No hubo un buen político, no hubo una
persona decente, no hubo un pensador adecuado» gustaba decir).20 A
fin de inculcar su versión del pasado entre las nuevas generaciones se
cambiaron los planes de estudio y se mutilaron los textos de historia.
Se modificaría asimismo el panorama geopolítico elevando a 14 el
número de provincias y a 169 el de los municipios así cómo borrando
de los mapas muchos nombres tradicionales. Alentó al pueblo a que
no bautizaran ni pusieran nombres cristianos a sus hijos. Se apropió

enseguida de la figura de Martí y lo proclamó autor intelectual del
ataque al cuartel de Moncada y de su propia revolución. Emitió sellos
de correos que ponían a Martí al lado de Lenin y asoció su nombre al
de Marx y Engels en el preámbulo de la Constitución. Si, el mismo
Martí que advirtió que bajo el marxismo los trabajadores pasarían a
ser esclavos del Estado. Prefirió silenciar la abrogación de la Enmienda
Platt en 1934 y difundió la especie de ser los E. U. un país ultraracista
que se ensañaba con los negros. Elevó a grandes figuras de la
historia a personajes de segunda fila como Julio Antonio Mella y
Carlos Baliño y procuró que en todo momento se ensalzara su propia
figura a la que se le describía como un nuevo Mesías. La revolución
creaba su propia mitología y ésta era tan efectiva que pronto se iniciaría
el desfile de celebridades de la izquierda que visitaban Cuba:
Waldo Frank, Carleton Beals, C. Wrigh Mills, Alfredo Palacios, Jean
Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Sukarno, Janio Quadros, Herbert
Mathews, Joseph Murray, K.S. Karol, Jacobo Arbenz, Regis Debray,
Gabriel García Márquez, François Sagan.
ELIMINACIÓN DE COMPETIDORES
La táctica del engaño fue útil para consolidar su régimen y proceder
a la introducción gradual del sistema comunista. Acompañada de
otras medidas de inmediata y favorable acogida como el aumento de
salarios y pensiones, la reforma agraria y la recuperación de bienes
malversados, la campaña populista ofreció óptimos resultados. Por las
calles y en los hogares se oían las voces de los que una y otra vez
decían «si Fidel es comunista que me pongan en la lista»,
Sin embargo, la política del engaño podía también a mediano
plazo generar decepción o dar vida a una reacción adversa. Aun
fortalecida por una elaborada construcción ideológica la dictadura de
largo plazo sólo podía sobrevivir añadiendo otros elementos a la gran
estrategia. En su concepción absolutista del poder era inconcebible
que tuviera que compartirlo con otras personas o entidades. En su gran
astucia Castro sabía que su plan de gobierno vitalicio requería la
temprana desaparición de las otras fuerzas oficiales y no gubernamentales
que más de medio siglo de vida republicana habían ido creando.

Esos centros de poder podían generar movimientos de oposición; era
pues necesario identificarlos y destruirlos aprovechando su crédito
inicial de popularidad.
a) EL EJÉRCITO
El primero de ellos era obviamente el poder militar, es decir, el
cuasi intacto ejército que se había rendido a sus guerrillas. Tres militares
de alta graduación habían sobrevivido a la vergonzosa huida de
Batista y su camarilla: el coronel José M. Rego Rubido último jefe
militar de la provinvia de Oriente elevado a jefe del ejército, el general
Eulogio Cantillo que junto al magistrado Carlos M. Piedra había
tratado de constituir una Junta Provisional de Gobierno en La Habana
y el coronel Ramón Barquín quien recién salido de la prisión representaba
el ala más decorosa del ejército. A los tres Castro les malogró sus
intenciones disponiendo la inmediata ocupación de los dos más poderosos
campamentos militares, Columbia y La Cabaña. Consumó su
rápida acción enviando al extranjero a Rego Rubido y marginando la
actuación de los otros personajes. Selló el amago de golpe de Estado
convirtiendo en escuela el campamento de Columbia, foco tradicional
de conspiraciones.
Aunque pronunció en su primer discurso la famosa frase ¿Armas
para qué? y afirmó varias veces que su régimen no necesitaba fuerzas
armadas, lo cierto es que armó milicias y constituyó un nuevo ejército
formado con antiguos guerrilleros, revolucionarios profesionales y
simpatizantes de nuevo cuño al tiempo que pasaba a retiro 1.200
militares diciendo que su régimen no los necesitaba. Eso lo afirmó
quien llegaría a convertir al Ejército de Cuba en el más poderoso de
América Latina capaz de librar 15 años de guerras en África y de tener
tropas especiales operando en los más diversos parajes del mundo. A
su lado se irían creando el Servicio Militar Obligatorio, las Milicias de
Tropas Territoriales, los Guarda Fronteras, las Tropas Especiales, las
Asociaciones de Combatientes, las organizaciones vinculadas a la
militarización del trabajo y las Brigadas de Respuesta Rápida.
Un Estado que se anunciaba inclinado a las movilizaciones y
propenso al conflicto necesitaba apoyarse en pujantes fuerzas militares

C. Marx, «Las luchas de clases en Francia21 », en Obras escogidas, op. cit., Tomo I, p.
204.
22 Hugh Thomas, Georges A. Fauriol y Juan Carlos Weiss, La revolución cubana 25 años
después (Boulder, Colorado: Praeger, 1984), p. 131.

y paramilitares. Una tras otra fueron así apareciendo desde el comienzo
las organizaciones de masas. Lo había leído en Marx: «Allí donde
se trata de una transformación completa de la organización social
tienen que intervenir directamente las masas21 «Dotadas de una fuerte
disciplina las organizaciones de masas creadas por Castro servirían
para solidificar sus fuerzas y ahogar cualquier manifestación de protesta.
En 1988 el presupuesto del Estado dedicaba un 18 por ciento de
los recursos del país a gastos militares y un 21 por ciento a «otras
actividades», frase que probablemente incluía expendios de la Seguridad
del Estado, pagos a grupos paramilitares y fomento de la subversión
en otros países.
Al decir de Hugh Thomas Cuba se había convertido en un gran
campo armado22 dirigido por jefes formados en las academias militares
soviéticas.
b) LA IGLESIA CATÓLICA
Casi simultáneamente con la desaparición de la amenaza militar
ocurrieron las primeras señales de agresión a las iglesias católica y
evangélica. Aunque en Cuba el sentimiento religioso había sido más
bien limitado y superficial, los últimos años habían sido testigos de un
fortalecimiento de la Iglesia Católica que había sido incluso dotada de
una investidura cardelanicia. Quien se imaginaba a sí mismo como
dueño absoluto de la acción y el pensamiento del pueblo, no podía
aceptar preeminencia alguna de orden material o espiritual. Alentó así
tempranas medidas que incluían la supresión de la invocación de Dios,
la anulación de los títulos de la principal universidad católica de Cuba,
la eliminación de los colegios religiosos y el fomento solapado del
sincretismo y del materialismo científico.
Castro perdió las elecciones para la presidencia de la Asociación 23 de Estudiantes de
Derecho que era el paso previo para la postulación en la F E U. Esa fue la única elección en
que ha participado en toda su vida.
Esas medidas fueron acompañadas por agresiones de otra índole.
Grupos aleccionados al efecto atacaron iglesias en los primeros años
insultando sacerdotes y llegando en algunos casos a la confrontación
física con los feligreses que asistían a los oficios. El 8 de agosto de
1960 el Episcopado en pleno presidido por el Cardenal Arteaga emitió
una pastoral denunciando el creciente avance del comunismo y quejándose
de la destrucción de todas las obras sociales, caritativas,
educacionales y apostólicas de la Iglesia y de tratar de desorganizarla
por dentro al enviar a la cárcel, con los más variados pretextos, a los
obispos y sacerdotes más celosos y activos.
Finiquitadas fueron también asociaciones seglares como los
Caballeros Católicos, los Caballeros de Colón, la Juventud Católica y
la Agrupación Católica Universitaria. Todo ello encontraría su máxima
expresión con la expulsión de un obispo y 131 sacerdotes en 1962
y la consagración del materialismo científico en la Constitución de
1976.
c) LA UNIVERSIDAD DE LA HABANA
De inmediato la atención del régimen se volcó hacia la bicentenaria
Universidad de La Habana, otro potencial núcleo de rebeldía.
Fueron en efecto los estudiantes de esa universidad los que dieron al
traste con la dictadura de Machado en 1933 y fue desde entonces la
Federación Estudiantil Universitaria una de las voces de protesta
social que con más frecuencia se dejaba oír. Castro lo sabía pues él
mismo había acariciado esperanzas de presidirla23. Ahora, antes de que
la universidad obstaculizara su camino al absolutismo, Castro decidió
abolir su autonomía y suprimir la libertad de cátedra.
El régimen se aprovechó de un minúsculo incidente ocurrido en
la Escuela de Ingeniería para violar la autonomía universitaria y
ocupar la universidad. Castro movilizó varios activistas estudiantiles
que eran adictos al régimen para provocar la revuelta y reclamar la
depuración académica, el fin de la autonomía universitaria y la reforma
de los planes de estudio en consonancia con la filosofía castrocomunista.
Varios estudiantes que eran oficiales del Ejército Rebelde
como Rolando Cubela, Ángel Quevedo y Juan Nuiry participaron
activamente en la formulación de denuncias frívolas y la promoción
del desorden. Luego, a medida que los claustros de las 14 facultades
protestaban de la violación de la autonomía y la pérdida de la libertad
de cátedra el régimen fue incoando expedientes disciplinarios contra
quienes se oponían a la infamia. Ya a mediados de julio de 1959
funcionaba a toda marcha la artimaña revolucionaria que pondría
término a 280 años de enseñanza superior. Profesores que habían
ganado sus cátedras por concurso- oposición fueron injustamente
despedidos y sustituidos por simpatizantes de Castro. El 11 de agosto
presentaron su renuncia la inmensa mayoría de los profesores de
Derecho, Ciencias Comerciales, Ingeniería, Ciencias Sociales y Medicina.
Al final era otro bastión de la República el que caía en el torbellino
de la revolución.
d) EL MOVIMIENTO SINDICAL
Antes aún de asegurarse el control de la universidad, ya Castro
había puesto sus ojos en el movimiento obrero. Él sabía que dominar
ese movimiento constituía un reto mayor; en 1959 la CTC contaba con
más de 1.300.000 afiliados y era una de las mejor organizadas en AL
con su gama de sindicatos de empresa, sindicatos de oficios, federaciones
de industria y una fuerte central sindical. El régimen confiaba,
no obstante, en el hecho de haber sido por varios años la tendencia
comunista la fuerza dominante en el movimiento obrero, con gran
ascendencia sobre todo en las tres federaciones clave del azúcar, el
tabaco y los puertos. Los comunistas no habían prestado gran ayuda
en la lucha contra Batista, pero aprovechaban ahora la gran conmoción
revolucionaria para asomar rostros y pretensiones.
Fue así que con la mayor confianza el gobierno convocó en abril
y mayo de 1959 a elecciones sindicales dirigidas a renovar todos los
mandos. Sorpresivamente los resultados fueron adversos a los candidatos
comunistas que obtuvieron alrededor de un diez por ciento de

Véase Efrén Córdova, 24 Castro and the Cuban Labor Movement (Lanham, MD: University
Press of America, 1987), p. 157.

los votos. También fueron desfavorables al PSP los resultados de las
elecciones para elegir delegados al X Congreso de la CTC que se
celebró en noviembre de ese año. La gran mayoría de los delegados se
mostró en favor de elegir un comité ejecutivo independiente pero
Castro se empeñó en incluir comunistas en dicho comité. Dos veces
compareció ante la Asamblea General y la segunda vez, a la que
acudió armado, fue abucheado por los delegados.24
Herido en su orgullo el Máximo Líder dispuso se efectuase una
depuración de supuestos elementos afines a la antigua dirigencia
sindical. En realidad llevó a cabo una purga de cuantos delegados se
habían significado en su contra. En seis meses, utilizando procedimientos
espurios y asambleas fraudulentas, el Máximo Líder consiguió
la expulsión de cientos de líderes sindicales contrarios al comunismo.
En lo adelante dejaría de existir el sindicato como organización
independiente dedicada a la defensa de los intereses de sus miembros
y se convertiría en organización de masas sujeta a la dirección de
Castro y encargada de diseminar la doctrina marxista, imponer la
disciplina y procurar que cada empresa o colectivo de trabajadores
cumpliera sus metas de producción. Bajo Castro la Central de Trabajadores
sería un órgano más bien irrelevante cuyos dirigentes serían
designados, o destituidos al gusto del dictador.
e) EL 26 DE JULIO
No se detuvo tampoco ahí el proceso de eliminación de competidores
o posibles fuentes de oposición. Para sorpresa de muchos el
nuevo líder se dedicó desde temprano a socavar al movimiento mismo
que lo había llevado al poder. En el Movimiento 26 de Julio latía una
innata repulsa a los dictadores y un compromiso con la democracia
que no convenía a sus planes. ¿Cómo podía él seguir ejecutando
opositores, colectivizando empresas, centralizando poderes y posponiendo
elecciones estando al frente de un movimiento que abogaba por
prontos comicios, amplias libertades y el respeto a las instituciones
democráticas? Fueron así cayendo uno tras otro los ministros que
formaban parte del M-26-7 y descarriándose de plano los postulados
principales de ese mismo movimiento. De una forma u otra fueron
también desapareciendo a lo largo de 1959 grandes figuras de la lucha
contra Batista que podían hacerle sombra: En su lugar fueron emergiendo
políticos más o menos conocidos que tenían secretos vínculos
con el plan totalitario. ¿Quién sabía que el designado Presidente en
sustitución de Urrutia, Osvaldo López Dorticós, había sido secretario
del Presidente del PSP Juan Marinello? ¿Quién había oído hablar del
oscuro abogado de provincia Augusto Martínez Sánchez a quien se le
designó Primer Ministro interino en abril de 1959?
En su empeño de monopolizar el poder a toda costa Castro tramó
a seguidas la desaparición del Directorio Revolucionario, aniquiló en
1962 a los más avezados líderes de la vieja guardia del comunismo
cubano y en 1968 completó su obra liquidando a la llamada microfacción
comunista. Quedó siempre envuelta en el misterio la desaparición
física de quien a veces lo eclipsaba, el popular Camilo Cienfuegos y
dio por último la medida de su falta de escrúpulos y capacidad para la
intriga la manera como se desprendió de Ernesto Guevara. Y fue así,
dejando en el camino jirones de infamia, como Castro consolidó su
poder y se erigió en gran líder de la izquierda latinoamericana.
Dos años después del triunfo de las guerrillas tanto el 26 de julio
como las otras organizaciones que habían luchado contra Batista eran
una sombra. A finales de 1961 eran reemplazadas por las Organizaciones
Revolucionarias Integradas (ORI). En el juego de fachadas previsto
la ORI cedió el paso en 1965 al Partido Unido de la Revolución
Socialista, el cual once años más tarde fue a su vez sustituido por el
Partido Comunista de Cuba. Así, en forma taimada se sacralizó el
Partido Único que es consubtancial a la implantación del comunismo.
Los cuatro nombres distintos (PSP, ORI, PURS y PCC) eran en realidad
una variedad de rótulos que servían al mismo propósito y facilitaban
la captura del poder.
CONSOLIDACIÓN DE LA DICTADURA
En cuestión de meses las medidas antes mencionadas habían
consolidado el poder político de los hermanos Castro. La forma de
ejercer ese poder y las estrategias del futuro se diseñarían primero en
las reuniones secretas del gobierno oculto que tenían lugar en la
antigua residencia del senador Agustín Cruz, en el pueblo de Cojímar.
El propósito de retener indefinidamente, es decir en forma vitalicia
y de manera absoluta el poder ya obtenido requería unas últimas
medidas cautelares. En el verano de 1960 se crearon los Comités de
Defensa de la Revolución, encargados de transmitir consignas y
vigilar las actividades de los vecinos de cada localidad o manzana. Los
CDR se ocuparían también de pequeñas tareas de asistencia social
incluyendo las campañas de vacunación, pero su misión principal ha
sido siempre la de acusar o delatar elementos antisociales o desafectos
al régimen. En 1986 cubrían el 80% de la población urbana.
Luego, en junio de 1961 Castro dispuso la constitución en el
Ministerio del Interior del Departamento de Seguridad del Estado al
que se confiaron funciones de espionaje, inteligencia y contrainteligencia
al estilo de las que ejercían la KGB soviética y la Stassi de
Alemania del Este. La SE de Castro es un organismo ubicuo y omnímodo
que cubre todas las actividades del pueblo, utiliza las más
modernas técnicas de represión y se encarga de velar por el orden
interior y realizar labores de espionaje en el exterior. El Estado totalitario
y unipartidista adoptaba también las formas de un Estado Policíaco
dotado de mil ojos e investido de amplias facultades. El guerrillero
que había derribado una dictadura había creado otra mucho más
represiva e implacable.
Su hegemonía pronto se extendió también al campo del pensamiento
y la libertad de opinión. Una vez más iba a proceder aquí a
contrapelo de sus palabras. El 8 de mayo de 1959 había dicho: «Todos
los cubanos de un partido u otro serán siempre respetados. La libertad
de pensar, la libertad de reunión, la libertad de creer son libertades
sagradas de nuestra revolución». Siete meses más tarde era la propia
dirigencia revolucionaria la que instaba a los empleados de los periódicos
que publicaban artículos contrarios al régimen a que añadieran

F. Engels. «Principios del c 25 omunismo» en Obras escogidas (Moscú: Editorial Progreso,
s.f.) vol I. p.91.

coletillas críticas y amenazantes. Y poco después, en el otoño de 1960,
Castro confiscó todos los periódicos, revistas y casas editoriales. A
partir de esa fecha ningún medio de difusión independiente ha podido
publicarse en Cuba. La prensa que existe se limita a los órganos
oficiales del PCC, de la Unión de Jóvenes Comunistas y de la oficialista
Central de Trabajadores de Cuba. Es una prensa monocorde,
servil y cuajada de exageraciones y falsedades que está sujeta además
a la estricta censura del Departamento de Orientación Revolucionaria
del PCC.
Y fue de esa manera, a remolque del terror, el engaño y la precoz
eliminación de sus adversarios, como Castro fue sentando las bases de
la que habría de ser la dictadura más larga de la historia de América.
El 16 de abril de 1961 el Máximo Líder le puso nombre a lo que había
estado haciendo desde el principio. Podía jactarse de haber realizado
una revolución socialista a pesar de la inexistencia de «las condiciones
objetivas» de que tanto hablara Marx. Su revolución puso también en
entredicho la afirmación de Engels: «No se pueden hacer las revoluciones
premeditada y arbitrariamente25«, Esa ausencia de prerequisitos
contribuye a su vez a explicar el fiasco mayúsculo de un sistema que
Castro ha tratado de imponer a la fuerza, de manera antinatural,
antihistórica e incluso antimarxista.

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