Censura y Dictadura Militar

Política cultural y educativa
El Proceso tuvo una política cultural y educativa en sintonía con su política represiva de "guerra sucia".  Esta política incluyó una estricta censura previa.  El gobierno militar creó un grupo especial encargado de controlar y censurar todo tipo de producción científica, cultural, política o artística.
 
El proceso quema los libros
El 29 de abril de 1976, el Regimiento de Infantería Aerotransportada de La Calera, Córdoba, hizo arder una montaña de libros.  El comunicado oficial decía: "Se incinera esta documentación perniciosa que afecta al intelecto y a nuestra manera de ser cristiana, a fin de que no pueda seguir engañando a la juventud sobre nuestro más tradicional acervo espiritual: "Dios, Patria y Hogar.""
Arden, entre muchas obras, las novelas de Gabriel García Márquez, los poemas de Pablo Neruda y las investigaciones de Osvaldo Bayer.  Desde el Ministerio de Educación y Cultura se pergeña la Operación Claridad: plan de caza de opositores en toda el área cultural.  Además de las desapariciones de artistas, intelectuales, docentes y alumnos, el plan produce despidos masivos e inhabilitaciones para enseñar.
En la ciudad de Rosario grupos militares usurparon la Biblioteca Popular Constancio Vigil.  Ésta, a principios de los años setenta contaba con 55.000 volúmenes en circulación y 15.000 en depósitos.  Ocho miembros de su Comisión Directiva fueron detenidos ilegalmente, y el control de préstamos de libros fue utilizado para investigar a los socios.  Miles de libros fueron quemados.  Pero la quema de libros más grande que realizó la dictadura fue con materiales del Centro Editor de América Latina, que ardieron en un baldío de Sarandí.
 
Actos de censura

El gobierno de la Junta Militar dispuso una serie de procedimientos para «neutralizar el germen subversivo». Estas fueron algunas de las acciones emprendidas:

En 1977, se distribuyó en las escuelas un material gráfico dirigido a los padres con hijos en edad escolar titulado Cómo reconocer la infiltración marxista en las escuelas.  En el mismo año, se prohibió la distribución de relatos infantiles como Un elefante ocupa mucho espacio de Elsa Bornemann, y El nacimiento, los niños y el amor de Agnes Rosentichl por tratarse de "cuentos destinados al público infantil con una finalidad de adoctrinamiento que resulta preparatoria para la tarea de captación ideológica del accionar subversivo."  En 1978, se estableció para profesores y maestros la lectura y comentario obligatorio del folleto Conozcamos a nuestros enemigos.  En ese mismo año, se prohibieron dos obras del pedagogo brasileño Paulo Freire: La educación como práctica de la libertad y Las iglesias, la educación y el proceso de liberación humana en la historia; además de la novela La tía Julia y el escribidor de Mario Vargas Llosa.

En 1980, se censuró la utilización en las escuelas de la Gran enciclopedia del Saber de Editorial Salvat y el Diccionario Salvat, además de los textos de Antoine de Saint- Exupéry, autor, entre otras obras, de El Principito.

Editores, periodistas, escritores, poetas y cantantes, fueron prohibidos.  Entre ellos:

  • Aída Bortnik (escritora)
  • Jorge Romero Brest (artista plástico)
  • Roberto Cossa (dramaturgo y director de teatro)
  • Crist (caricaturista)
  • Julia Elena Ábalos (cantante folklórica)
  • Griselda Gambaro (escritora)
  • Horacio Guaraní (cantautor folklórico)
  • Nacha Guevara (cantante)
  • César Isella (cantautor)
  • Litto Nebbia (cantautor)
  • Pacho O'Donell (escritor)
  • Gian Franco Pagliaro (cantante)
  • Piero (cantautor)
  • Ariel Ramírez (pianista y compositor folklórico)
  • Sergio Renán (cineasta)
  • Mercedes Sosa (cantante folklórica)
  • María Elena Walsh (cantautora y escritora)
  • León Gieco (cantante)
Otros fueron asesinados.  Entre algunos casos paradigmáticos se prohibió la enseñanza de la matemática moderna, o los temas musicales en los que Carlos Gardel era acompañado sólo por guitarras.  Grupos de censores marcaban con una cruz los temas musicales que no podían ser transmitidos por radio.
Las universidades fueron intervenidas, y se envíaron espías con el fin de detectar opositores y detenerlos.  Asimismo, los programas de enseñanza fueron "depurados" de todo contenido considerado contrario a la "cultura occidental y cristiana."
Los periodistas
Los medios de comunicación, tanto en manos privadas como oficiales, estuvieron al servicio de la dictadura. Además de la labor de exaltación del régimen llevada a cabo por los principales medios gráficos de la época (las revistas Somos, Para ti y Gente, los periódicos La Prensa, La Nación, Clarín, La Tarde y La Razón) la afinidad con el gobierno también sirvió a algunos grupos editoriales para hacerse con el control de las empresas rivales, las cuales tenían sus propietarios detenidos, como el caso de la empresa Papel Prensa, que acabó siendo propiedad de Clarín, La Nación y La Razón.
El escritor, periodista y militante montonero Rodolfo Walsh fue secuestrado y asesinado al cumplirse un año del golpe, quien tenía un proyecto de periodismo clandestino donde difundía distintas notas de manera individual, como por ejemplo Carta de un periodista a la Junta Militar.
La Revista Humor fue uno de los pocos ejemplos de periodismo argentino que tuvo una actitud crítica frente al Proceso, aprovechando el humor para hablar de temas que estaban proscriptos por la política cultural del gobierno de facto.
La siguiente nota fue publicada en el suplemento Cultura del diario Clarín, en el año 2006, al cumplirse 30 años del Golpe:
 

30 AÑOS DE LA NOCHE MAS LARGA - CULTURA: PERSECUCION DE INTELECTUALES
Listas negras y escritores desaparecidos

Tras el golpe, la literatura cargó con sus muertos: Walsh, Paco Urondo, Conti. Otros escritores daban cursos escondidos. Hubo pequeñas heroicidades, pero el miedo dejó su marca.


 Por Vicente Muleiro.


La gestualidad esperpéntica del videlismo no debe llamar a confusión. Si aquel gobierno dictatorial, por medio de un pelotón del Ejército, irrumpía en la Feria del Libro para secuestrar el manual para estudiantes de ingeniería Cuba electrolítica no sólo es cuestión de arrojar hoy otra tardía carcajada.


Los censores —orgánicos, minuciosos— sabían muy bien aquello que debían combatir: la cultura tal como se había manifestado desde la segunda postguerra hasta los primeros 70, la creatividad ligada a la ambición de religar ética y estética, el sueño de que una subjetividad podría conmoverse ante un proyecto participativo, el afán de poner a danzar las bodas entre sentimiento e intelecto.


El golpe tuvo tan claro aquello que debía aniquilar que ahí nomás hizo sus indiscriminadas listas negras donde anotó a Atahualpa Yupanqui, a Litto Nebbia y a Luis Alberto Spinetta. Tuvo tan claro aquello que debía combatir que ahí nomás persiguió y remató a un escritor y periodista, Rodolfo Walsh, que en el primer aniversario del golpe, el 24 de marzo de 1977, con la moral invencible de los datos duros, escribió su insoslayable Carta a la Junta. Es imposible, entonces, hablar de una actitud unívoca. El almuerzo que Videla mantuvo el 19 de mayo de 1976 con los escritores Ernesto Sabato, Jorge Luis Borges, Horacio Ratti y el padre Leonardo Castellani, donde sólo los dos últimos preguntaron por colegas desaparecidos, no representó a un campo intelectual sembrado de muertos y heridos.


Otra Walsh, María Elena, el 16 de agosto de 1979, tanteaba la neblina al quejarse amargamente del aislamiento y el paternalismo cerril del videlismo, pero para decir aquello tuvo que conceder: "Que las autoridades hayan librado una dura guerra contra la subversión y procuren mantener la paz social son hechos unánimemente reconocidos", escribió.


La cultura que supervivía en el país guardaba, después del golpe, como condición de existencia, su invisibilidad, con cursos, talleres que daban, entre otros, Juan José Sebreli, Juan Carlos Martini Real, Ricardo Piglia, Beatriz Sarlo, quienes espiaban por las rendijas de sus departamentos, para comprobar, antes de que llegaran los alumnos, que no hubiera algún fisgón apuntando desde la vereda. La cultura, en los primeros años de dictadura, estuvo amordazada para interceder en la vida nacional y, como contrapartida, construyó espacios "micro".


Tras el golpe la literatura cargó con sus muertos (Walsh, Francisco Urondo, Haroldo Conti, Roberto Santoro, entre otros 83) y emprendió su trayectoria susurrada: nacieron las revista Punto de Vista y El Ornitorrinco. El quehacer sobrevivió en los sótanos, con una fuerza suficiente como para invalidar las discusiones en torno de la cultura del exilio y la que se podía hacer aquí. En un ámbito underground la poesía armó su espacio con las revistas Xul, Ultimo Reino, La Danza del ratón, el grupo El Ladrillo, y el bar La Peluquería de San Telmo. Más presencia, como consecuencia de la propia brutalidad dictatorial, consiguió, en 1981, el ciclo Teatro Abierto. Una bomba incendiaria en su sede el Teatro de El Picadero, le entregó una publicidad inusitada y un éxito completo en el teatro Tabarís. Para entonces ya había lectores que buscaban en las elipsis de la novela Respiración artificial de Ricardo Piglia una lectura sobre el poder estatal-policial. Los mensajes sonaron más explícitos en el estreno de la obra La malasangre de Griselda Gambaro, en 1982, que suscitó la reacción de grupos de derecha.


En la Argentina de la dictadura la cultura no fue un puntal de la resistencia. Visto desde este presente más bien parece un espejo de las derrotas, contradicciones, renuncias y pequeñas heroicidades que generó la aplanadora militar. Pero ese silencio mortuorio y plano, derramado desde el poder, no tuvo tampoco en la cultura el exacto reflejo buscado. 






 

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