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Liliana Colanzi


Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1981) estudió comunicación en la UPSA y realizó una maestría en la universidad inglesa de Cambridge. Fue periodista de El Deber, El Nuevo Día y Número Uno. Sus relatos se incluyeron en varias antologías del cuento boliviano. Escribe para la revista Americas Quarterly y fue coeditora de Conductas erráticas. Primera antología boliviana de no-ficción (Aguilar, 2009). Editorial El Cuervo publicará este año Vacaciones permanentes su primer libro de cuentos. Uno de ellos puede leerse en la revista Los Noveles


¿Cuál fue el último libro que leíste?

Un libro de cuentos extraordinario: Everything Ravaged, Everything Burned, de Wells Tower.

¿Qué libro te gustaría leer en breve?

Las orejas del lobo, de Antonio Ungar, Camanchaca, de Diego Zuñiga, White Noise, de Don DeLillo, Both Ways is the Way I Want It, de Maile Meloy, Chronic City, de Jonathan Lethem, El fondo del cielo, de Rodrigo Fresán.

¿Descargás música digital?

Hasta el año pasado lo hacía de manera compulsiva, indiscriminada, pero de un tiempo a esta parte me aburren varios de los grupos indie que me recomienda la Rolling Stone, así que he vuelto a  escuchar a los músicos y los grupos que me gustan de antes: The Cure, Lou Reed, Calamaro, Charly García, Radiohead.

¿A quién votaste en las últimas elecciones?

No he votado en toda mi vida. Ni siquiera estoy inscrita en el registro electoral. De no poder zafarme, votaría nulo. 

¿Cuánto tiempo pasás conectada a la web?

No llevo la cuenta. Horas y horas. Capaz que el día que no consiga conectarme a internet desarrolle el síndrome de abstinencia.

¿Qué te resulta satisfactorio?

Estar trabajando siempre en algún proyecto.

¿Qué te irrita?

Los ruidos agudos y persistentes, las personas que ponen fotos de sus hijos en sus perfiles del Facebook, los curas, los políticos, los consejos no solicitados, la prepotencia, el servilismo.

¿Cuál es tu lectura diaria preferida?

Cada tanto vuelvo a leer a autores que me siguen hablando y de los que continúo aprendiendo: Denis Johnson, Natalia Ginzburg, Hemingway, Junot Díaz, Bolaño. Un libro que llevo a todas partes es el poemario Musa en jeans descolorido, de Jorge Campero. 

¿Qué te gusta cocinar?

No me gusta cocinar. Soy terrible en la cocina. Solamente sé preparar un par de platos y los repito hasta el cansancio.

¿Qué te gusta comer?

Churrasco. Empanadas. Helado.

¿Cuál es tu peor defecto?

Muchos. Creo que me aburro pronto de todo.

¿Qué cosas te obsesionan?

El paso del tiempo y lo que hace con una. Los suicidas y los psicópatas. Encontrar el tono y la cadencia de un texto.

¿Qué pensás de las redes sociales digitales?

Son un pacto con el diablo. Por un lado, resulta irresistible espiar la vida de los demás, pero por otro se pierde el control de la propia privacidad.

¿Qué cosas te dan miedo?

La vejez. La enfermedad. Los niños. Las noches en las que no puedo dormir. Convertirme en todo lo que siempre he detestado.

¿Qué cosas te hacen reír?

Los chistes malos.

¿Sobre qué tratan los cuentos de Vacaciones permanentes?

Sobre la familia, el fin de una época, el caos de hacerse adulto. Sobre querer salvarse y terminar cometiendo los mismos errores de los padres. 

¿Qué escritores bolivianos contemporáneos te gustan?

Sebastián Antezana, Rodrigo Hasbún, Maximiliano Barrientos, Anabel Gutiérrez, Wilmer Urrelo, Giovanna Rivero, Edmundo Paz Soldán.

¿Qué es lo mejor de vivir en Santa Cruz?

Aunque ya no vivo en Santa Cruz: el calor de casi todo el año, la vida nocturna, la familia.

¿Y lo peor?

El calor de casi todo el año, la vida nocturna, la familia.

¿Qué historias cuentan los adolescentes en Santa Cruz?

No puedo hablar por la adolescencia de todo el mundo, pero sí por la mía y la de algunos amigos. Supongo que hubo lo habitual: un poco de confusión, algo de vértigo y exceso, la asfixia de vivir en un país donde lo único que sucedía —y sucede— es la política.

¿Afecta en algo a tu escritura haber nacido en un país sin salida al mar?

No. Afecta más haber nacido en un país sin una tradición literaria conocida y con una infraestructura cultural precaria.

¿Cómo surgió la idea de hacer Conductas erráticas, la “Primera antología boliviana de no-ficción” que Aguilar publicó en el 2009?

Surgió de la curiosidad de experimentar entre texto e imágenes, como pretexto para explorar la no ficción y sus límites. Junto con Maximiliano Barrientos, nos interesaba explorar la experiencia, fuera ésta procesada como crónica, memoria o relato autobiográfico. Sugerimos a periodistas y escritores que narraran una historia a partir de una fotografía, y recibimos una buena cantidad de crónicas personales, así como también algunas periodísticas. Bolivia no tiene todavía una tradición de cronistas como la que existe en Perú o México, con revistas como Etiqueta Negra o Gatopardo. Esa orfandad tiene algo positivo: permite una libertad enorme, la posibilidad de experimentar, arriesgarse. Sé que este año va a salir una segunda antología, editada por Fernando Barrientos, y una revista de periodismo narrativo, lo que quizás signifique que la no ficción está ganando espacios en Bolivia.

¿Qué novela falta escribir en Bolivia?

Una al estilo Desgracia, de Coetzee. Es decir, una novela capaz de narrar el desastre colectivo a la vez que cuenta una historia muy personal.

En el 2010 se cumplen doscientos años de independencia en muchos países de América del Sur, ¿cuál sería la mejor forma de festejar este Bicentenario?

Todos los aniversarios son artificiales.

¿Qué te hace feliz?

Descubrir libros o películas que me conmuevan. Que una canción me recuerde sensaciones viejas o recientes. Bailar. Y como a Kerouac, me gusta “la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo”.

 

Marzo. 2010.

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