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Igualdad en la diferencia

DIGNIDAD HUMANA

Es evidente que todos los seres humanos somos diferentes. El sexo, la edad, la raza, la religión, la nacionalidad, la profesión, el nivel educativo  y económico, son algunas de las características que nos distinguen a unos de otros. Sin embargo, por encima de cualquier diferencia, todas las personas somos iguales en nuestra naturaleza humana; esto significa que todos somos libres, pensamos, amamos, creamos, nos relacionamos y construimos nuestro propio destino. Estas capacidades y características nos diferencian del resto de las criaturas de la naturaleza y, por lo tanto, transforman la existencia de los seres humanos en algo especial. Por el solo hecho de ser personas somos merecedores (dignos) de gozar de esas características, que conforman, entonces, la dignidad humana. En la actualidad la dignidad humana es la base sobre la que se construyen la justicia y el derecho; o sea, que sólo por pertenecer a la especie humana, nos corresponde gozar de ciertos derechos y somos merecedores de justicia.

La noción de dignidad humana estuvo siempre presente en la historia de los distintos pueblos. No obstante, el alcance de su significado(es decir, qué se consideraba digno en los humanos) fue variando a través del tiempo y según las culturas.

Asimismo, la dignidad humana no es un atributo que cada individuo tenga por sí solo, independientemente de los demás. Los seres humanos somos seres sociales, ya que vivimos en comunidad. La vida en sociedad nos convierte en personas y, como tales, debemos entablar con los demás una relación de igualdad.

¿Qué ocurre cuando un ser humano no crece  con otros seres humanos?

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No obstante, sabemos por experiencia que la convivencia suele ser difícil y presenta numerosos conflictos. Las sociedades asisten con frecuencia a conflictos entre sus miembros que van desde las guerras hasta las persecuciones políticas, religiosas o raciales pasando por el sexismo. Muchos de estos conflictos se producen sobre la base de una actitud de discriminación, que se genera cuando se utilizan las diferencias existentes entre las personas para afirmar la superioridad de unas sobre otras.

En la actualidad, aunque se ha legislado al respecto e incluso se han establecido acuerdos internacionales, la discriminación es una práctica habitual en la mayoría de los países. Muchas veces los conflictos se inician cuando ciertos grupos, sin tomar en cuenta que todos los seres humanos son iguales, privilegian algunas señas de identidad-la lengua, el color de piel, la religión-como fundamento para justificar la inferioridad de otros grupos a quienes degradan, dando lugar a fenómenos  de discriminación, una grave ofensa contra la dignidad humana.

La discriminación origina situaciones de desigualdad económica, política, social y cultural. Muchas veces, estas desigualdades suelen incorporarse e instalarse de tal manera en el funcionamiento social, que creemos que están fundadas   en motivos “naturales”, cuando, en realidad, obedecen a pautas culturales. Por ejemplo, durante mucho tiempo, se creyó que las tareas “naturales de la mujer eran las relacionadas con sus roles de madre y ama de casa, y se consideraba  que no podía realizar ninguna otra tarea. En la actualidad, en la mayoría de los países del mundo se entiende que la vinculación de la mujer con las tareas del hogar es una cuestión cultural, no natural. Esta concepción trae muchas veces consecuencias beneficiosas para las mujeres, por ejemplo, la distribución  más equitativa de las labores domesticas entre los integrantes de las familias y una mejor inserción en el mercado de trabajo.

Uno de los desafíos de las sociedades actuales es construir comunidades basadas en la igualdad de todos sus integrantes. Por encima de las leyes nacionales e internacionales, existe una exigencia moral que lleva a respetar a cada ser humano con sus derechos y sus deberes y a facilitarle todo cuanto se le debe como individuo responsable de su propio destino.



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