Quién fuí


Nací en Santa Fe -Argentina-, una ciudad que desoye a sus ríos excepto cuando gritan.

En “las orillas de la lejana patria”, en el agridulce sur del sur, mientras olfateaba mis raíces en los retazos de la Europa de entreguerras, unos pocos me apodaron “Gaviota”.

Comencé a nacer cuando tuve 27 años. A mi concepción la iniciaron mis padres durante un lejano invierno argentino y la acabé yo misma en una cama de hospital, con un libro en las manos y ciertos secretos soplando desde mi boca.

Para preparar mi nacimiento, dancé, escribí y reviví personajes sobre unos cuadernos de tapa dura que algunos nombraban con el término “escenario”.


La Ilustre Academia aún discute infructuosamente sobre qué fue causa y qué consecuencia en mis dos acciones más relevantes: nacer y recordar. Sin embargo, hace tres años, un artista científico fue capaz de demostrar que, en tanto mujer narrante, fuí tallada en madera de barco y alimentada con susurros, besos y ditirambos. Gracias a esta verdad, se puede explicar que actualmente destine mi tiempo a conjurar relatos y a predecir delicadas estrellas fugaces.

En España muchas veces soy “la argentina”, pero ya no afilio a más patria que a la saga que hilvana con mis recuerdos y zurzo con la ilusión de identidad que me da la ficción del espejo.


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