Aquiles Cristiani

1-¿Cual fue tu primer contacto con la poesía?

Aunque seguramente haya existido otro que no puedo recordar, mi primer contacto con la poesía fue también el primero con la literatura o con “el libro” porque intuyo que entre los siete y los nueve años llamaba libros a la literatura. De lo que no dudo es que mi relación con estos o con aquella se originó con El libro de la Selva de Kipling, con lo cual, la primera palabra que leí, la que inauguró una vida en relación a la lectura, fue poética ya que cada capítulo (o cuento) empieza con unos pocos versos.

Todavía memorizo unas palabras de esa primera lectura: Mang, ese ciego con alas / suelta las bridas de la noche / sueñan las vacas sueños torpes / tiemblan, balan... algo así. Me encantaban esas palabras en bastardilla. Como en aquel momento sigo sin saber qué son “bridas”. Bridas eran a veces unas alas enormes negras y brillantes (porque Mang era el murciélago, ¿o qué ciego alado vuela de noche?), o bridas podían ser, ya que desconocer el significado de una palabras es incluirlos todos, unas cuerdas invisibles que sujetaban el día y que Mang con su vuelo cortaba para abrir en todo su ancho la oscuridad en la selva. Esto lo puedo decir así ahora, claro, pero algo de lo que me constituye dice que esas cuerdas invisibles que se cortaban cada noche, o la emoción de unas cuerdas que se cortaban cada vez que me sentaba a leer, nació en ese momento, entre 1987 y 1989...

Este año releí para un trabajo esta obra de Kipling y me sorprendió que llamara, o contara a los niños, que esas pequeñas poesías eran canciones y que con ellas se expresaba la ley de la selva, los distintos lenguajes de cada pueblo, las palabras de Kaa, la serpiente; las palabras de Tabaqui, el chacal; las canciones de una peña de lobos; una lógica tanto menos mezquina que la humana que podía contemplar incluso la necesidad de matar.      

 

2-¿Qué estilo de escritura te define?

Calculo que un lirismo obsceno. Cuando leo, mejor dicho, las últimas veces que leí mi libro de poemas antes de que fuera a imprenta, me reí. Me reí como si estuviera haciendo una picardía. Mi poesía no me sensibiliza, o no me sume en un estado intimista en el cual expreso mi verdad desnuda, casi lo contrario, me siento pulverizado, suspendido en una enorme cantidad de voces que llegan vaya uno a saber de donde. El lirismo quizá lo pienso como una instancia de enunciación muerta, o me imagino aquel poeta de la lira, todavía con una pata metida en la brujería, en cierta alquimia, en los secretos últimos, en la verdad loca que conecta con un más allá.

Hoy ese más allá lo figuro muerto. O creo que la alternativa para salirse de un más acá irreductible es ingresar en lo que podría llamarse una vida sana, “conectar”, tipo yoga, con alguna espiritualidad física cuyo relato no esté suficientemente bastardeado como para evitar que el pensamiento lo destruya. Y en cuanto a la parte ominosa de ese más allá, calculo fue cooptada por las drogas, la vía chamánica, y ese delirar provocado se me hace como tocar la lira sobre la pista de un karaoke.

Obsceno porque nunca pude dejar de ser una persona vulgar. Me divierte el chiste fácil, la guarangada, la estupidez. Soy de esa clase de personas que cuando tiene que llamar al mozo le dice “jefe”, o al colectivero “maestro” como si así ingresáramos él y yo en un mismo universo amable y cortés. Me sale natural, o me gusta. Es decir, no hay un segundo pensamiento detrás. Por ejemplo, en algún momento salía con una chica muy refinada, íbamos en un taxi y se había armado una buena charla con el chofer. El tipo terminó recitando la letra de un tango de su autoría. Aplaudimos. Bajamos del taxi y caminamos una cuadra hasta el teatro. Pero el taxista pegó la vuelta, chifló, bajó la ventanilla y me pasó un papelito y una lapicera para que le escribiera mi dirección de mail. Quería mandarme las letras para que yo le pusiera música. A mí tanto no me sorprendió que pasara algo así pero la chica estaba muy contenta con este regreso del taxista, o empezó a fantasear fuertemente con ese tango que íbamos a hacer que sería muy muy hermoso y exitoso... ¡porque sería genuino! Hay vida en las palabras, quizá eso me quería decir. Yo ya lo sabía aunque no lo tuviera presente. La obscenidad es una refugio del humanismo; en el fondo nos dice que el cuerpo pude ser bello o no, pero que siempre está caliente.   

 

3- ¿Podes explicarnos el título de tu ultimo  poemario y la esencia del libro?

Estaba a mal traer con el título, que por mucho tiempo fue El pudor olímpico. Me parecía demasiado “poético” si se quiere. A muchas personas de mi círculo íntimo les gustaba pero yo me sentía mal. Cada vez que decía el título me daba vergüenza o por lo menos me generaba un malestar, quizá porque invocaba al posible lector a elevar la mirada hacia el cielo o algo así, y mi lirismo era más Frankenstein, o por lo menos la belleza tenía más que ver con un cuerpo cosido que con la cuestión idílica del bardo clarividente. Entonces una vez vino a casa el escritor Matías Capelli. Creo que ya le tenía los huevos llenos con esta cuestión molesta del título, pero no se me ocurría otro y quedaba poco tiempo para que entregara la versión final del libro. Matías, como siempre, me escuchó hasta que yo me harté o asqueé de dar vueltas y muy fiel a su estilo, cambió de tema y contó que esa mañana había visitado una fábrica por un laburo de redacción (que nada tenía que ver con su trabajo como periodista), una changa por buena plata. Era una fábrica o centro, no sé, donde se medía el desgaste de distintos materiales. Escuchándolo hablar pensé “Roce y desgaste”.

En cuanto a la esencia... No sé pensar en esos términos. 


4-¿Qué lugar pensás que tiene en nuestro país el discurso de la poesía?

Se puede encarar la pregunta desde distintos puntos de partida. Si pienso la poesía como el lugar que tienen los poetas en nuestra sociedad, diría que es menos influyente que en Chile, por ejemplo. En cierta oportunidad pasé unos cuantos meses en ese país y me fui con la impresión de que el pueblo guarda una relación más profunda y carnal con sus poetas, que son casi cantores de lo que les pasa. Pero es sólo una impresión. En cambio acá se me hace que los poetas son más eruditos o malditos o naïfs o asquerosos y cada cual necesita un círculo que lo proteja de no ser absolutamente nada.

Ahora, si pienso qué lugar tiene la poesía como lenguaje en nuestra sociedad, no puedo hablar de Argentina con exclusividad. La confluencia de dos fenómenos, la llegada de Internet en los 90 y una nueva forma de expresarse por escrito, sin mayúsculas, sin puntos, sin acentos, jugando, sin importar tanto la ortografía, permitió que surgieran miles de vértices. Digamos, vivimos a diario un enorme experimento donde se producen efectos poéticos constantes. Cuando uno chatea, sin ir más lejos, muchas veces pifia una letra y la palabra se convierte en otra cosa, y no es lo mismo que pronunciar mal hablando cara a cara; algunos de esos pifies llevan a constelaciones nuevas de sentido y eso nos permite entablar vínculos desde un nuevo paradigma. No soy pesimista respecto a “las barbaridades que escriben los chicos”, lo contrario. Sin embargo me resulta agobiante la necesidad, casi la obligación que tiene nuestra cultura por expresarse, por mostrar todo lo que se le cruza por la cabeza; ni por casualidad lo vivo como signo de una sociedad que puede opinar libremente sino más bien como síntoma de una sociedad que por un lado busca la igualdad de condiciones pero que se asfixia en el consumo. Así es que expresarse y exhibirse se cruzan gestando en su inmensa mayoría mulas, híbridos tercos que transportan sobre el lomo teras y teras de información virtual diaria que, si se me permite una licencia poética, supuran como pus melosa de una herida infecta.


5- ¿Manejas una idea o intención de corpus poético a la hora de escribir?

Encuentro líneas de sentido que atraviesan distintos poemas pero las descubro cuando ya no tengo nada que cambiar.


6-¿Qué poetas te han influido?

¿Mucho? Cecilia Pavón, a ella le debo todo lo poco que tengo. Ojalá algún día se lo pueda decir personalmente sin forzar un encuentro. No creo que en mis poemas nadie pueda rastrear esas huellas porque no pasa por el estilo, ni por cierto recorte o reconversión de la realidad. Cuando tenía veinte años leí Caramelos de anís. Hasta entonces leía cuentos, novelas, teoría, y la poesía era solamente una suerte de cita obligada: Dante, no entendí nada; Baudelaire en francés, menos; el poema del Mio Cid, en el colegio... En fin, el libro de Pavón fue como una patada en la cabeza. ¡No! Fue como un beso. Le dio vida a la poesía. En ese momento muchas de las personas que me rodeaban tachaban su obra de superficial o como desmedidamente inocente, y yo, muy cagón, decía “de una, de una”, pero por dentro era una chica superficial y no la iba a maltratar porque no me parecía ninguna estúpida.


7-¿Qué lugar le das a la "estética pop" en tu creatividad?

En la música mucha (pero no como estética sino como síntesis), en la poesía no sé. 


8- ¿Cuál fue el último libro de poesía que leíste?

Antología de la lírica medieval francesa (Visor de poesía).


9 -Podrías mencionarnos tres libros que no deberíamos dejar de leer?

Viaje al Río de la Plata de Ulrico Schmidel, alguno que compile cuentos de Maupassant, alguno de los trópicos de Miller o los dos.


10- Unicidad / multiplicidad lírica. ¿Hay muchas poesías, o una sola?

Lo Uno divide más de lo que junta, y la multiplicidad lo comprende inacabadamente todo. Con lo cual es probable que las personas interesadas o sensibles a la poesía por momentos sientan que hay una suerte de canto sordo, hondísimo, que chispea en cada uno de aquellos versos que se experimentaron como poemas para luego volcarse a la sensación contraria, que no hay un canto profundo sino que cada cual encuentra esa voz donde se le canta. Incluso en una forma de mirar en silencio.

 


Aquiles Cristiani nació en junio de 1980. Es escritor y músico. Publicó la novela Silvia (Panico el Panico 2010), Roce y desgaste (Panico el Panico 2013). Como músico grabó teclados en cinco discos. Trabaja como psicólogo y colabora ocasionalmente en revistas y suplementos culturales.
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