Antes de comentar la oración, situamos en una mesa un crucifijo o una pequeña cruz y una imagen de María. Puede ser una estampa, una imagen del calendario o escribir en un folio el nombre de María. Ayudaría que no hubiera mucha luz en la sala. También tendremos preparado una vela que utilizaremos al final de la oración.
“Stabat Mater”, estaba la madre, es una clásica oración que describe el dolor de la Virgen María al ver a su hijo colgando en la Cruz. Nosotros hoy queremos acompañar a María y a Jesús al pie de la cruz. Por eso, preside este momento una cruz y una imagen de María. Comenzamos en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo…
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
María permaneció junto a su hijo en sus últimos momentos en Jerusalén. María seguiría todo el proceso. Los gritos, “a Barrabás”, los latigazos, las burlas, la subida al Calvario, la crucifixión… ¿Puede haber un dolor más grande para una madre que ver morir a su hijo en estas circunstancias? ¿Es necesario tanto dolor? ¿Qué significado puede tener todo esto?
«Mujer, ahí tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». En este momento María se convierte en madre de toda la humanidad. Va a mediar para paliar el dolor en el mundo, para permanecer acompañando al pie de tantas cruces como existen hoy. La Iglesia, en palabras del Papa Francisco quiere ser el hospital de campaña donde todos los heridos de nuestro mundo se siente acogidos.
Hay millones de seres humanos clavados en la cruz. El hambre, la incultura, la esclavitud, la injusticia son cruces que oscurecen nuestro mundo. Pero sin quitar ni un ápice a este drama, hay algo que hace que la noche no sea tan oscura, es la presencia de hombres y mujeres junto a las cruces de sus semejantes.
En estos días tan tremendos que estamos viviendo sigue llamando la atención personas que buscan aliviar el dolor, poner un poco de luz, facilitar las cosas, curar las heridas. Son el personal que trabaja en los hospitales, los transportistas, las personas que trabajan en los supermercados…
María es la mujer que entiende de dolor, de saber estar, de silencios llenos de duda e incomprensión, de permanecer en los momentos duros. María ha entendido plenamente qué es amar al estilo de su Hijo Jesús.
Nos está presidiendo la cruz y la imagen de María. La cruz es el símbolo de la entrega total, generosa y desinteresada al mundo. Vamos a presentar a Jesús y a María al pie de la cruz nuestros motivos de oración, llenos a veces de duda, otras veces de incomprensión, también de confianza y esperanza.
Podemos comentarlo en voz alta o dejar un papelito al lado de la imagen de María y del crucifijo.
A continuación, vamos a encender una vela, una pequeña luz en medio de las tinieblas. María sabe de dolor y de miedo, pero también de esperanza y luz.
TARDE DE VIERNES SANTO (Benjamín González Buelta)
Tu vida se veía destruida,
pero tú alcanzabas la plenitud.
Aparecías clavado como un esclavo,
Pero llegabas a toda la libertad.
Habías sido reducido al silencio,
pero eras la palabra
más grande del amor.
La muerte exhibía su victoria,
pero la derrotabas para todos.
El reino parecía desangrarse contigo,
pero lo edificabas
con entrega absoluta.
Creían los jefes
que te habían quitado todo,
pero tú te entregabas
para la vida de todos.
Morías como un
abandonado por el Padre,
pero él te acogía
en un abrazo sin distancias.
Desaparecías
para siempre en el sepulcro,
pero estrenabas
una presencia universal.
¿No es sólo apariencia de fracaso
la muerte del que se entrega a tu designio?
¿No somos más radicalmente libres,
cuando nos abandonamos en tu proyecto?
¿No está más cerca nuestra plenitud,
cuando vamos siendo despojados en tu misterio?
¿No es la alegría tu última palabra,
en medio de las cruces de los justos?
Preguntas a un rey en cruz (José María Rodríguez Olaizola, sj)
¿Qué corona es esa que te adorna,
que por joyas tiene espinas?
¿Qué trono de árbol te tiene clavado?
¿Qué corte te acompaña, poblada
de plañideras y fracasados?
¿Dónde está tu poder?
¿Por qué no hay manto real
que envuelva tu desnudez?
¿Dónde está tu pueblo?
Me corona el dolor de los inocentes.
Me retiene un amor invencible.
Me acompañan los desheredados,
los frágiles, los de corazón justo,
todo aquel que se sabe fuerte en la debilidad.
Mi poder no compra ni pisa,
no mata ni obliga, tan solo ama.
Me viste la dignidad de la justicia
y cubre mi desnudez la misericordia.
Míos son quienes dan sin medida,
quienes miran en torno con ojos limpios,
los que tienen coraje para luchar
y paciencia para esperar.
Y, si me entiendes, vendrás conmigo.
Tu cruz... mi vuelo (Ignacio Iglesias, sj)
En tu cruz, Señor,
sólo hay dos palos,
el que apunta como una flecha al cielo
y el que acuesta tus brazos.
No hay cruz sin ellos
y no hay vuelo.
Sin ellos no hay abrazo
Abrazar y volar.
Ansias del hombre en celo.
Abrazar esta tierra
y llevármela dentro.
Enséñame a ser tu abrazo.
Y tu pecho.
A ser regazo tuyo
y camino hacia Ti
de regreso.
Pero no camino mío,
sino con muchos dentro.
Dime cómo se ama
hasta el extremo.
Y convierte en ave
la cruz que ya llevo.
¡O que me lleva!
porque ya estoy en vuelo.