Doctorando en Ciencias Sociales, Universidad Católica del Maule
Matías Eduardo Peña Garay es candidato a doctor en Ciencias Sociales, posee un Magíster en Ciencias Sociales por la Universidad del Bío-Bío. Es Bachiller en Ciencias Básicas, licenciado en psicología por la Universidad del Bío-Bío y docente en la misma casa de estudios.
Ha desempeñado funciones en diversos proyectos ANID-FONDECYT en psicología y sociología ambiental, tanto como tesista, ayudante de investigación y personal técnico. Sus intereses de investigación están vinculados al estudio teórico y metodológico de las representaciones sociales y las dimensiones históricas, psicosociales y políticas del cambio climático y los desastres socio-naturales, particularmente incendios forestales.
Imagen de la portada: SBS-Español, fotografía de Mark Jones para el WGAC, 19 de febrero de 2025.
Desde los comienzos del desarrollo de la vida humana, ésta ha estado vinculada de forma permanente con el medioambiente, siendo inicialmente una relación basada en la dependencia para la satisfacción de necesidades de supervivencia como alimento o abrigo. Con el tiempo, esta relación se transformó a medida que las sociedades desarrollaron tecnologías, nuevas formas de organización y modos de habitar el territorio.
Incendio forestal en la región de Ñuble, Chillán, Chile. C. Fernández, comunicación personal, 30 de septiembre de 2023.
La relación del ser humano con el entorno natural ha constituido la base de la vida social, siendo una relación dinámica, mediada por elementos a ratos contradictorios, donde por un lado, se asume una dependencia de los seres humanos hacia los sistemas naturales y por otro, la capacidad de modificarlos. La explotación de recursos naturales, la urbanización expansiva y las dinámicas de consumo intensivo imponen consecuencias ecológicas sobre territorios que se ven afectados por una diversidad de problemáticas ambientales que transitan desde conflictos socioambientales hasta desastres socio-naturales.
En este marco, resulta esencial comprender el desastre como fenómeno socio-natural, producto de la interacción entre componentes biofísicos y dimensiones sociales, económicas e históricas que construyen riesgos y vulnerabilidades situadas y que por consecuencia posterior, determinan la exposición y la capacidad de respuesta de las comunidades frente a una amenaza en un contexto en particular.
Así, la sociedad humana es parte constitutiva de las problemáticas medioambientales y, en especial, de los desastres socio-naturales. Lo que ayer fue un riesgo, hoy puede no serlo y mañana transformarse en otro. Esto, a partir de la capacidad humana de representar mediante la interacción y las influencias del discurso público, una figura de riesgo y vulnerabilidad.
Para el reconocimiento de la construcción social del riesgo, se asume que existe una mediación permanente entre las interpretaciones individuales y las interpretaciones colectivas. Es así, que las representaciones sociales se configuran como un puente cognitivo interesante entre una manifestación natural y la manera en que los grupos negocian colectivamente percepciones, significados, normas y respuestas ante este evento natural en base a sus conocimientos, creencias y actitudes.
Las representaciones sociales desde sus veredas socio-genéticas y estructurales nos ayudan a poder acceder tanto al contenido emocional y cognitivo de lo que se sabe, lo que se cree y lo que se hace frente a los desastres. Así como también, la comprensión de la estructura y el cómo se ha construido esta representación, cómo ha ido interactuando, fluctuando y cambiando estos constructos sociales cargados de historicidad.
El caso de los incendios forestales tanto en el mundo como en Latinoamérica y en particular Chile, ha levantado alertas variadas. El aumento sostenido tanto en frecuencia como en magnitud y daños de estos desastres ha sido el foco de atención de la sociedad mediante la formulación de políticas, estrategias y planes de gestión del riesgo de desastre específicos para este tipo de desastres.
Variación en la cantidad de focos de incendio detectados en Sudamérica en comparación del año anterior. Statista en base a Instituto Nacional de Pesquisas Espaciais (INPE), 6 de febrero de 2024.
La relación del ser humano con el entorno natural ha constituido la base de la vida social, siendo una relación dinámica, mediada por elementos a ratos contradictorios, donde por un lado, se asume una dependencia de los seres humanos hacia los sistemas naturales y por otro, la capacidad de modificarlos. La explotación de recursos naturales, la urbanización expansiva y las dinámicas de consumo intensivo imponen consecuencias ecológicas sobre territorios que se ven afectados por una diversidad de problemáticas ambientales que transitan desde conflictos socioambientales hasta desastres socio-naturales.
En este marco, resulta esencial comprender el desastre como fenómeno socio-natural, producto de la interacción entre componentes biofísicos y dimensiones sociales, económicas e históricas que construyen riesgos y vulnerabilidades situadas y que por consecuencia posterior, determinan la exposición y la capacidad de respuesta de las comunidades frente a una amenaza en un contexto en particular.
Así, la sociedad humana es parte constitutiva de las problemáticas medioambientales y, en especial, de los desastres socio-naturales. Lo que ayer fue un riesgo, hoy puede no serlo y mañana transformarse en otro. Esto, a partir de la capacidad humana de representar mediante la interacción y las influencias del discurso público, una figura de riesgo y vulnerabilidad.
Para el reconocimiento de la construcción social del riesgo, se asume que existe una mediación permanente entre las interpretaciones individuales y las interpretaciones colectivas. Es así, que las representaciones sociales se configuran como un puente cognitivo interesante entre una manifestación natural y la manera en que los grupos negocian colectivamente percepciones, significados, normas y respuestas ante este evento natural en base a sus conocimientos, creencias y actitudes.
Las representaciones sociales desde sus veredas socio-genéticas y estructurales nos ayudan a poder acceder tanto al contenido emocional y cognitivo de lo que se sabe, lo que se cree y lo que se hace frente a los desastres. Así como también, la comprensión de la estructura y el cómo se ha construido esta representación, cómo ha ido interactuando, fluctuando y cambiando estos constructos sociales cargados de historicidad.
El caso de los incendios forestales tanto en el mundo como en Latinoamérica y en particular Chile, ha levantado alertas variadas. El aumento sostenido tanto en frecuencia como en magnitud y daños de estos desastres ha sido el foco de atención de la sociedad mediante la formulación de políticas, estrategias y planes de gestión del riesgo de desastre específicos para este tipo de desastres.
Como se menciona anteriormente, los desastres son multidimensionales, y los incendios forestales no son la excepción. La complejidad que los rodea se logra digerir de mejor manera a través de la idea de régimen del fuego concebida como un patrón o conjunto de características espaciales y temporales del fuego, tales como frecuencia, intensidad, extensión y periodicidad suscitados en un ecosistema particular y determinado por factores medioambientales y humanos.
En esa línea, ha existido una constante transformación en los regímenes del fuego desde las primeras interacciones de la humanidad con el fuego hasta la actualidad, donde se ha transitado en su representación y por ende sus responsables, usos, riesgos entre otros. En los últimos diez años, se han podido evidenciar cambios importantes en los patrones del fuego, en particular a partir del contacto con combustibles vegetales, presentando una estrecha relación con el aumento en la aparición y afectación de incendios forestales en Chile.
A partir de lo anterior, podemos plantear que el régimen del fuego y el riesgo de incendio forestal se constituyen como una construcción socio-ecológica que varía a lo largo del tiempo y según el contexto. Así, la noción de fuego se comprende como un sistema de significados que varía con las transformaciones históricas y culturales
Un ejemplo relevante son las quemas culturales, rurales o indígenas, prácticas ancestrales utilizadas para la apertura de suelos agrícolas, la renovación de pastizales o el control de plagas, que en muchos casos han cumplido funciones de manejo ecosistémico, sostenimiento de modos de vida locales y control de combustible forestal, actividad que hoy es mal vista, limitada, penada, poco estudiada y por ende someramente transmitida. Estas prácticas han configurado regímenes particulares donde la recurrencia y la intensidad del fuego se integran en el equilibrio de los ecosistemas sin representar un riesgo. Sin embargo, con la expansión de los modelos forestales extractivos, las políticas de supresión del fuego, la transformación de los paisajes y el cambio climático, dichos regímenes se han visto alterados en la actualidad, generando escenarios de incendios más frecuentes y severos.
Quema controlada para la regulación de biomasa combustible. SBS-Español, fotografía de Mark Jones para el WGAC, 19 de febrero de 2025.
Las representaciones sociales del régimen del fuego, operan como constructos simbólicos que moldean desde el reconocimiento del riesgo hasta la activación de respuestas como las quemas rurales. Así, las representaciones de este régimen, se comprenden cómo sistemas de significados que expresan la relación que los individuos y los grupos mantienen a través del tiempo con el fuego, permitiendo acceder a las subjetividades que dan forma a la construcción sociocultural y a la historicidad del riesgo de incendio forestal.
A partir de lo anterior, es que centro mis intereses en el abordaje del régimen del fuego para la comprensión del riesgo de incendios forestales desde el lente de las representaciones sociales, intencionando la comprensión de discursos, prácticas y transformaciones representacionales frente al fuego, planteando como supuesto, la idea de contribuir a que la gestión de incendios forestales evolucione de la respuesta por excelencia top-down vinculada a la supresión reactiva, hacia un modelo bottom-up adaptado, articulado, participativo y situado que permita la integración de representaciones sobre los desastres en las deliberaciones de la política pública y en la planificación de medidas para la gestión del riesgo de incendios forestales.
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