Parecía un adolescente enamorado; con mariposas revoloteando en el estómago: era una clara señal de que la idea de un «amor de libro» que tanto me había metido en la cabeza, estuviese desapareciendo de mi vida, para abrirle paso a un amor real; con miles de defectos, pero amor hasta los talones; había cambiado el cabello rubio, por negro; los ojos verdes o azules por castaños y la fantasía por momentos verdaderos.
Ahora escribía cartas que enviaría a esa chica de anteojos y de gran corazón; y no para mi cuaderno de notas de las que el polvo se adueñaría con el tiempo.
El recuerdo de un amor insípido, de aquel infierno sin salida en el que estuve sumergido, es lo único que me queda entre las manos. A lo mejor fue la ceguera de tus falsas caricias y muestras de cariño lo que me llevo al borde del abismo, donde estuve cerca de caer al vacío, de no haber sido por la última bofetada que lograste asestarme en el alma que se desmoronaba lentamente.
Para nadie es una secreto que ya no te pienso como antes, pero que aún guardo de ti los mejores recuerdos para sonreír cuando lo necesito y tener así esas pequeñas pinceladas de felicidad que, muy sobradamente, le hace falta a mi vida.
El ataque es reciente; la sangre aún sale a borbotones de ese corte limpio con el que han separado la cabeza del resto del cuerpo sin ningún desgarro u otro rasguño en alguna otra parte de este. Es una escena perturbadora para cualquiera que lo viera excepto para él. Sabe que ya están cerca. Han venido por él.