El canon imposible


La publicidad no sólo pretende vender productos. En el camino para enriquecerse crea necesidades que no tenemos además de vender una imagen del cuerpo asociado a la belleza y la normalidad que no se corresponden con los cuerpos reales. Nos dicen cómo deberíamos ser y cuáles son los patrones de la belleza a los que debemos aspirar.

Campaña de Victoria´s Secret, 2014

El consumo de publicidad es masivo y no siempre consciente, pues además de la televisión, intervienen en la creación de un modelo de belleza la música, el cine, las revistas, Internet (búsqueda voluntaria y anuncios espontáneos en pop-up, publicaciones en redes sociales), catálogos de moda, y toda la cartelería que inunda nuestras calles y paisajes.

Esta publicidad que inunda nuestra vida consciente e inconsciente nos muestra cuerpos esbeltos, tonificados y esculturales como sinónimo de felicidad, éxito, salud y por lo tanto, nos indica las medidas de un cuerpo "perfecto".

Las mujeres, desde muy temprana edad, somos receptoras de mensajes continuos sobre la imperfección de nuestro cuerpo y la necesidad imperiosas de solucionar nuestros defectos, no solo con el consumo de infinidad de productos cosméticos o infinitos ejercicios sino incluso a costa de nuestra propia salud. Hablamos de "infinitos" productos, ejercicios, técnicas, trucos o dietas porque este objetivo es inalcanzable. Estamos abocadas a fracasar en este intento de parecernos al modelo de belleza que vende la publicidad. Es la gran mentira en la que caemos principalmente al entrar en la pubertad.

En los últimos años, los hombres están siendo objeto de esta trampa de la publicidad, ya que la industria de la belleza ha encontrado la manera de beneficiarse de los hombres como consumidores de cosmética sin que éstos vean amenazado su tradicional "condición social masculina". La misma sociedad que antes les prohibía acercarse a los productos de cosmética, ahora los anima a usarlos sin que vean amenazada "su virilidad".