Descartes

RENE DESCARTES (1596 - 1650)

Rene Descartes nació el 31 de marzo de 1596 en la antigua La Haye en Touraine (Francia) en el seno de una familia de la baja nobleza francesa. Es criado en ausencia de su madre ya que esta fallece al año de su nacimiento.

Tras formarse en las principales ramas del conocimiento clásico (Filosofía, Teología, Derecho, Música, Griego, Latín, Matemáticas y Cosmología) en el colegio jesuita Henri IV de La Flèche. A a los 18 años comienza sus estudios universitarios de Derecho en la Universidad de Poitiers. Con 22 años, ya licenciado y atraído por la idea de viajar, se alistó en el ejército protestante de Mauricio de Nassau, en el que permaneció hasta los 24 tras participar en la Guerra de los Treinta Años. Los siguientes 9 años los pasaría viajando por diferentes países de Europa como Países Bajos, Alemania, Dinamarca e Italia, donde gracias al contacto con grandes intelectuales contemporáneos, empezaría a cultivar sus teorías científicas y filosóficas.

A los 32 se trasladó a Países Bajos. Allí se dedicaría por completo al estudio de la geometría, la óptica y la lógica, dando luz a sus principales obras, entre las que destaca el «Discurso del Método».

Con una herencia que influyó notablemente en el devenir de la filosofía y la ciencia, Descartes acabaría falleciendo en Estocolmo el 11 de febrero de 1650 a los 53 años de edad.

CONTEXTO FILOSÓFICO Y CULTURAL

El texto que nos ocupa pertenece a la parte cuarta del Discurso del método. Dicha obra apareció en 1637, Descartes contaba ya 41 años, prologando una serie de tratados sobre dióptrica, geometría y meteoros. Escrito en francés, aunque la lengua culta, y de alguna forma oficial de la filosofía, era el latín, expresa con ello la renuncia a la filosofía escolástica además de llegar a mayor número de lectores.

Históricamente, la primera mitad del siglo XVII, en la que se enmarca el texto, será la época del Barroco. Ella verá la desmembración del orden feudal y el surgimiento de un nuevo orden político y económico en Europa. El afianzamiento de Inglaterra y Francia como potencias mundiales tendrá como telón de fondo la caída del Imperio español y el desarrollo económico sin precedentes, propiciado por la actividad comercial, de los Países Bajos. Las monarquías absolutas se consolidan y el conflicto entre la Reforma y la Contrarreforma se vivirá de forma más sangrienta que en el siglo anterior. La Guerra de los Treinta Años (1618-1648), que acabará con la paz de Westfalia, enfrentará por motivos religiosos y políticos prácticamente a todo el continente europeo. La Inquisición perseguirá con fuerza renovada a científicos e intelectuales con el afán de domeñar la incipiente confianza en la razón humana frente al geocentrismo medieval.

En cuanto a la Cultura, la crisis generalizada del ya extinto mundo medieval se plasmará de una forma especial en el arte. La pintura barroca estará caracterizada por el claroscuro, alcanzando en Rubens, Velázquez y El Greco cotas inigualables. Calderón expresa de forma sublime la representación de la vida como sueño y tragedia. Cervantes y Shakespeare pondrán de manifiesto la crisis de la sociedad feudal y Hobbes hará lo propio con la política del medioevo. La arquitectura barroca tratará de ornamentar hasta la inimaginable unos edificios que son herencia directa del gótico medieval. Por otro lado, el desarrollo de la Nueva Ciencia de la mano de Galileo y Pascal ayudará a que la Física matemática se imponga frente al aristotelismo cualitativo y las aportaciones de Kepler en astronomía acabarán por derribar el geocentrismo aristotélico-ptolemaico. F. Bacon y los científicos de la Escuela de Padua (entre ellos Galileo) cimentarán la creencia en la necesidad de dotar a las ciencias de un funcionamiento metódico, testigo este recogido por Descartes a la hora de redactar su Discurso.

En cuanto al contexto filosófico, el Discurso del método surge como solución al escepticismo renacentista que se extendía de la mano de M. de la Montaigne y P. Charron. Para estos pensadores el hombre no tiene ninguna posibilidad de alcanzar alguna verdad absoluta. La duda es planteada por este movimiento como motor del conocimiento ya que todo es relativo, dudar de lo que se presente como absoluto hará que el conocimiento no se estanque. Estos principios son recogidos por Descartes en su Discurso pero la duda cartesiana será metódica, no escéptica. Junto a esta corriente que se desarrolla principalmente en Francia, aparece en Inglaterra el germen de la filosofía empirista. De la mano de Hobbes, con quién Descartes tendrá una relación intelectual aunque no un acuerdo en sus planteamientos filosóficos, y, posteriormente, de Locke, surgirá la corriente que va a contraponer al racionalismo cartesiano; el Empirismo. Por otro lado, la ya prácticamente en ruinas, filosofía escolástica tiene a uno de sus últimos representantes en el español F. Suárez y, aunque la influencia de dicha corriente es prácticamente nula en la época, cabe citarla como el referente filosófico contra el que Descartes Reacciona. Como hemos comentado antes, Descartes va a convertirse en militante de la Nueva Ciencia y, ya en 1618, tras el encuentro del pensador y amistad con el matemático holandés Isaac Beeckman, es claro que la física matemática y sus métodos van a convertirse en el referente filosófico de Descartes.

LA FILOSOFÍA CARTESIANA

Podemos cifrar en dos las motivaciones principales que impulsaron a Descartes (1596-1650) en su quehacer intelectual: los temas científicos, matemáticos, físicos y fisiológicos y los temas filosóficos desarrollados en su Método, Meditaciones y Principios de filosofía. El porqué de la inclusión filosófica en el mundo de la ciencia o, viceversa, la inclusión científica en la filosofía, es asunto que trataremos a continuación.

Descartes concibe, ante todo, el mundo como una encarnación de la geometría. El descubrimiento de la geometría analítica le va a permitir unir espacio y cantidad, curvas y ecuaciones en el marco de las coordenadas que llevan su nombre. Con ello Descartes acierta a explicar con precisión las razones de algunos fenómenos. Se puede calcular y predecir, el universo es matematizable y el límite equivale a una gran máquina de la que se podría trazar el diagrama de funcionamiento. Esto es; la materia se identifica con la extensión y como tal, es matematizable (cuantificable)

Este mecanismo, la concepción puramente extensiva de la física, ganará muchos adeptos por su sencillez, precisión y facilidad de visualización. De esta forma, este hijo tardío del Renacimiento que será la Nueva Ciencia, comienza a instaurar su dominio y criterio único con inusitada rapidez. En una época en la que los viejos y los nuevos esquemas aun conviven de una forma un tanto trágica en algunos aspectos (luchas religiosas) la física impone su ley de una forma inexorable. La certeza matemática dotaba de una seguridad a la física que la filosofía no poseía en dicho momento. El método matemático, que se había instalado con fuerza en las ciencias físicas, dotaba de una integridad al sistema científico que hacía parecer que éste era el único objeto de conocimiento que quedaba libre de trabas. Ni Dios había resistido el poder del escepticismo renacentista y la razón daba ya cuentas de un funcionamiento objetivo y universal del mundo. Las verdades de la geometría avalaban la verdad en la representación del mundo.

Pero el campo filosófico, como ya he mencionado, aparece deshilado, controvertido, incierto... Recordemos que las “verdades eternas” se han convertido ya en “viejas mentiras” y que tanto en el terreno del espíritu como en el de la moral no hay una guía segura en la que aposentar una nueva filosofía para un nuevo tiempo. Así pues, Descartes se preguntará que posee aquello que profesa una unidad y criterio único (la ciencia) frente al desorden filosófico imperante: método.

El método matemático procede deductivamente y mediante ideas claras y distintas. Ello dota a las ciencias de un carácter que no posee la filosofía luego, la solución queda patente ya en la formulación del problema: tratar a la filosofía con un método análogo al de las ciencias, a fin de conferir a aquella un rango epistemológico unánime al de la matemática.

EL MÉTODO

La tarea a emprender como se ha anunciado será la de dotar de un “método” general al quehacer filosófico. Método que deberá estar apoyado en el método geométrico pero con la finalidad de arrojar luz sobre los problemas que poseen un trasfondo moral o mental. Deberá poseer las características de ser claro y evidente así como lo es el método matemático, esto es, no debe ser un modo enciclopedista del quehacer filosófico, sino una serie de principios a partir de los cuales pueda derivarse una práctica guiada por la capacidad de discernimiento de lo verdadero y lo falso. Para Descartes todos los hombres poseen una “capacidad” estructural, la razón. Ésta no es más que la cualidad de distinguir la verdad del error y de juzgar bien. El método deberá conferir un modus operandi correcto en la aplicación de nuestra razón en el conocimiento de las cosas. Por ello, el método no puede basarse, como en el caso de Aristóteles, en una búsqueda de consideraciones lógicas que nos hagan deducir consecuencias (lógica) sino que debe ir dirigido a encontrar la verdad misma. El título mismo del Discurso del método nos aclara en cierta manera sus intenciones: para conducir bien la razón y encontrar la verdad en las ciencias. Así, este pequeño opúsculo introductorio a tres tratados sobre Dióptrica, meteoros y geometría se va a convertir para Descartes en la guía principal que debe vigilar el buen desarrollo de la tarea científica en general y de la filosofía en particular.

Las reglas del mismo se reducen a cuatro:

1. EVIDENCIA: No admitir jamas como verdadera cosa alguna sin conocer con evidencia que lo era; es decir, evitar cuidadosamente la precipitación y la prevención, y no comprender en mis juicios mas que lo que se presentase a mi espíritu tan clara y distintamente que no tuviese motivo alguno de ponerlo en duda.

2. ANÁLISIS: Dividir cada una de las dificultades que examinase en tantas partes como fuese posible, y cuantas requiriese su mejor solución.

3. SÍNTESIS: Conducir ordenadamente mis pensamientos, comenzando por los objetos más simples y más fáciles de conocer, para ir ascendiendo poco a poco, como por grados, hasta el conocimiento de los más compuestos; y suponiendo un orden aun entre aquellos que no se preceden naturalmente unos a otros.

4. COMPROBACIONES: Hacer en todo enumeraciones tan completas, y revisiones tan generales, que estuviera seguro de no olvidar nada.

La aparente simplicidad del método responde al deseo mismo del propio Descartes: el método ha de ser fácil y sencillo de seguir. Sin embargo, encierra numerosas cuestiones que deben ser examinadas más despacio:

a) Descartes se inspira en el método de “resolución y composición” de la escuela de Padua, método en el que también se inspira Galileo. No obstante, no se hace en el modelo cartesiano alusión alguna al experimento. Ello da muestras de la predilección del filósofo francés por un procedimiento intelectual, conceptual, racional, antes que experimental. Se une así al procedimiento euclidiano de demostración deductiva a partir de una serie de principios simples y evidentes (definiciones y axiomas)

b) Primera regla. El método presupone una confianza plena en la razón, esta es infalible. Sin embargo, la precipitación, las pasiones... la pueden hacer fracasar. Por ello, la primera regla que anuncia tomar sólo como verdadero lo evidente. La evidencia, intuición intelectual clara y distinta, introduce un nuevo concepto de verdad. La adecuatio (adecuación) medieval que hacía pivotar la verdad en la concordancia de la realidad con el pensamiento hacía apoyar la verdad en las cosas tanto como en el pensamiento. Para Descartes la verdad es algo “inmanente” al espíritu, es una propiedad de las ideas en sí mismas.

c) Segunda y tercera reglas. El procedimiento para alcanzar la verdad es expuesto en ellas. Una vez en posesión de las evidencias se procederá por medio de un proceso de análisis-síntesis ordenado deductivamente. En este proceso se ha de llegar a la forma más simple posible de los objetos de estudio para después recomponer sintéticamente la cuestión. Aquí entra en juego uno de los conceptos más importantes en la filosofía cartesiana, el de naturaleza simple. La extensión y el pensamiento serán para el pensador francés las dos naturalezas simples más importantes. Ellas, como todo principio claro y evidente son ideas innatas, esto es, verdades que están de alguna manera en nuestra alma. No se trata de ideas que estén en lamente de un niño al nacer, sino que surgen a “una mente atenta” con ocasión de determinadas experiencias. Como vemos, las reminiscencias agustinianas son palpables en estos aspectos.

d) Cuarta regla. Las frecuentes comprobaciones que Descartes exige hacer para el buen desarrollo de su método tiene como fin el poder poseer cierta “evidencia intuitiva” del conjunto del mismo.

La exposición y posterior aplicación del método supuso un gran avance para Descartes. Fruto de su aplicación a las matemáticas fue el desarrollo de la geometría analítica y ello impulsa a nuestro pensador a aplicarlo a todas las ciencias. Advierte así que es por la filosofía por donde debería comenzar ya que es de donde toman las demás ciencias sus principios demostrativos. Pero Descartes no comienza inmediatamente, su temprana edad, tal como nos anuncia en el Discurso, le hace posponer dicha tarea para cuando hubiera “desarraigado del espíritu todas las malas opiniones que había recibido antes de esta época, reuniendo muchas experiencias que fuesen luego materia de los razonamientos, y ejercitándose constantemente en el método”. Pero mientras está a la búsqueda se debe plantear una “moral provisional”, ya que la definitiva sólo podrá ser obtenida como fruto de su sistema filosófico.


LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Como hemos observado, la moral provisional con la que Descartes emprende su camino no es más que una serie de máximas con escaso rigor filosófico. Según él nos había comentado, la filosofía debe estar fundada en ideas claras y distintas. El procedimiento elegido por Descartes será el de la duda: dudar de todo para ver si algún contenido resiste como un resto indudable y cierto.

Así, la duda es utilizada por el pensador francés “tan solo para buscar la verdad”: dudar de todo es un procedimiento metodológico para encontrar una verdad indubitable. No es una postura escéptica, sino que muy al contrario, supone una postura mental que parte de la confianza en alcanzar la verdad. Por ello su duda es una duda metódica.

Dicho criterio de duda se aplica así a todas las creencias, especialmente a aquellas que parecen más sólidas y evidentes. Es posible en primer lugar, dudar de la información que me llega a través de los sentidos. Está claro que estos la fuente de error más común entre los hombres. También es posible dudar de mis razonamientos, ya que a veces me equivoco aun en las más sencillas operaciones. Pero ello implica dudar igualmente de la matemática, geometría incluida. En un principio las certezas matemáticas están avaladas por Dios (no olvidemos que estamos ante una concepción “geométrica” de Dios) Dios no permitiría que me engañase pero, podría haber un “genio maligno”, un diosecillo engañador que hiciese que mis razonamientos matemáticos fuesen erróneos. Podemos también en tercer lugar dudar de la existencia del mundo que nos rodea. ¿Cómo saber que mi vida no es más que un sueño y que cuando sueño, estoy en el mundo? Nada parece pues resistirse a la duda, no parece haber ningún contenido mental digno de crédito. Así, de los dos tipos de ideas analizadas por Descartes, las adventicias y las facticias (ficticias o factitivas según traducción) ninguna parece presentarse como una evidencia.

EL COGITO

Pero, de pronto, del interior mismo del acto de dudar, surge un resto indubitable, algo que resiste toda duda: estoy dudando. Lo único que resiste a la duda es la duda misma, el acto de dudar. Al dudar “yo” dudo, pongo algo en el proceso que no está implicado en él mismo. Así, Descartes concluirá que “pienso, luego existo”, siendo este el primer principio evidente de la filosofía.

Hemos de reseñar que es el acto de pensar (“cogitatio”) lo que marca la existencia del sujeto, no la duda. Para Descartes cualquier acto mental, dudar, entender... es pensamiento. Todo pensamiento goza del carácter evidente de la duda, el contenido de los pensamientos, pero el pensamiento mismo es indubitable. Estamos ante una intuición, no una deducción. Si así fuera podría haber lugar para el error. Llega así nuestro pensador a fundamentar la existencia del sujeto, al menos en tanto ente pensante. En este “pienso luego existo” se intuye la existencia del yo, existencia que necesita obligatoriamente aparecer como una substancia. Se fundamenta así el concepto sobre el que descansará la vuelta al mundo de un sujeto, por el momento, encerrado en su pensamiento.

TEORÍA DE LA SUBSTANCIA

La construcción racional del mundo.

Substancia y “res” (cosa) son términos sinónimos en la filosofía cartesiana. Esto nos indica ya algo de suprema importancia; la substancia es lo concreto existente. Lo propio de una substancia es existir, pero no de cualquier forma, sino que es una existencia completa, esto es, no necesita de nada más para existir. Así, al modo de los geómetras, Descartes no fundamenta más allá de la mera definición sus nociones. La substancia es definida por él como: “Aquello que existe de tal manera que no tiene necesidad sino de sí misma para existir”. (Principios I, 51)

A cada substancia hace Descartes corresponder un atributo, este es la esencia misma de la substancia, aquello con lo que se identifica y que la define. Cada tipo de substancia pose un solo atributo y las diversas formas en como está dispuesto son llamadas por descartes modos. Substancia, modo y atributo son pues los tres conceptos básicos sobre los que Descartes edificará el mundo.

Va a distinguir dos tipos de substancia:

- Substancia infinita: Dios. Queda demostrada su existencia en Descartes a través de la reformulación del argumento ontológico. Dios será, aquel ser mayor que pueda ser pensado. Con ello le hace corresponder como atributo la infinitud y como modos las perfecciones, incluyendo en ellas la existencia. (Recordemos que además es substancia)

- Substancias finitas: alma y cuerpos. El alma será la “res pensante” y los cuerpos la “res extensa”. El atributo de una será el pensamiento y el de la otra la extensión. Notemos sin embargo que se hace depender su existencia del ser necesario, Dios. De ahí, que para no caer en contradicciones no podemos aplicar la definición de substancia de forma estricta mas que a Dios, o entender con Descartes que hay dos tipos de substancias diferentes y las únicas que sólo necesitan de Dios y de sí mismas son las enunciadas.

La substancia infinita.

El hecho de que yo pueda dudar de todo cuanto a primera vista se me muestra demuestra mi libertad, pero también mi imperfección. Descartes descubre que en su alma se aloja la idea de perfección. Dicha idea no puede ni haber sido construida por mí (idea facticia), ya que soy imperfecto, ni haber venido de fuera (idea adventicia) ya que en el mundo nada hay perfecto. Tiene pues que ser una idea que de algún modo se aloje en mí, de forma innata, puesta en mí por un ser superior realmente perfecto y todopoderoso; este ser no es otro que Dios. Demuestra así Descartes la existencia de Dios por la vía racional, a partir de una idea, de ahí a “construir el mundo” hay ya un paso muy pequeño.

Dios además garantiza con total seguridad el criterio de evidencia. Su infinita bondad nunca permitiría que me engañara ni que un genio maligno enturbiara mi entendimiento. Todo aquello que aparezca en mí como una evidencia será cierto gracias a la bondad de Dios y, la existencia del mundo tiene igualmente la garantía de que el creador otorga existencia al mismo.

Las substancias finitas.

El alma, que es pensamiento, queda demostrada como existente gracias al recurso de la “ficción mental”. Puedo fingir que no tengo cuerpo, que no dependo del espacio, que no soy más que un ser pensante pero no puedo fingir que no pienso. Mi esencia por tanto está constituida por el hecho de pensar.

El cuerpo, cualquier cuerpo, no es sino extensión. Sus modos, figura y movimiento, son por tanto las cualidades llamadas por Galileo “primarias” las que dominan el panorama cartesiano. La realidad queda reducida a su aspecto cuantificable y geométrico. La unión en el hombre entre alma y cuerpo tiene en Descartes difíciles soluciones. Mientras en algunos lugares nos habla de un atributo único del hombre, del alma, el pensamiento, en otras nos establece vínculos entre ambos. La glándula pineal será el medio que establecerá Descartes como nexo de unión entre las difícilmente comunicables substancias.