Parenting
Acompañar la Crianza
Acompañar la Crianza
Es de vital importancia saber que la relación entre madre-padre e hijos se caracteriza por ser una relación asimétrica. Como tal implica un orden jerárquico, una verticalidad fundamental y necesaria para el desarrollo armonioso y saludable de un hijo.
Los padres, las madres o los adultos que crían no son pares, de ahí su carácter asimétrico y su condición de desigual. El o los responsables son los que deberán tomar las riendas y posicionarse desde el inicio de la relación en un lugar de guía, de mando, marcando un rumbo. Una especie de faro en el cual el niño o la niña pondrá sus ojos desde el nacimiento.
En un inicio la condición frágil, inacabada e incompleta del recién nacido transformará en vital la posición del adulto, pero será a lo largo de toda la crianza que este adulto deberá, en mayor o menor medida, ocupar esta función. Pero bien, ¿a qué me refiero cuando hablo de esta función?, ¿Cuál sería el rol del adulto posicionado como tal en el vínculo con un niño/niña?
Digamos que desde un comienzo el niño/niña se caracteriza por expresar una necesidad irrefrenable e impostergable en el cumplimiento de sus necesidades y deseos. Como bebé llorará enérgicamente para que se lo alimente si siente hambre, se lo cambie si se siente sucio, se lo abrigue o desabrigue si siente frio o calor o se lo alce si desea sentirse acompañado. Como niño o niña y ya haciendo uso del lenguaje, exigirá que el otro no se interponga en su camino con el fin de llegar a su meta sea como sea. Se enojará ante la presencia de alguien o algo que aparezca como obstáculo e insistirá una y otra vez para cumplir con su objetivo
Ahora bien, será según como el adulto se para frente a estas exigencias como el niño/niña al cumplir, postergar o desactivar su demanda irá regulando o no su condición impulsiva. Será entonces función del entorno familiar primario poner freno a dicha impulsividad funcionando como un dique de contención que lo ayude a regularse.
Los padres, las madres o los adultos que crían, como responsables en el ejercicio de su función de autoridad deberán intervenir tratando de limitar las conductas impulsivas para que un niño/niña comience el proceso de regulación desarrollando, poco a poco, en primera medida el autocontrol y más adelante conductas socialmente aceptadas. Este ejercicio de la autoridad sólo es posible si se cumple y se mantiene la relación jerárquica mencionada anteriormente.
Ahora bien, ¿qué sucede entonces si esta jerarquía no se instala?, ¿qué consecuencias aparecerán si el adulto responsable no aparece? o también, ¿ que devendrá de un niño/niña si la jerarquía se invierte y es él o ella quien mantiene el poder?
Actualmente y de la mano del paradigma de crianza imperante, se observa la dificultad con la que los adultos que crían se encuentran para posicionarse en esta relación jerárquica la cual al desaparecer transforma al adulto y al niño en pares, atentando contra la relación asimétrica tan necesaria. La ausencia parental o la jerarquía invertida no hace más que dejar a un niño solo, privado de los referentes fundamentales que necesita para construir su identidad, su relación con los otros y con el entorno.
Sucede, y esto lo observo a diario en las consultas, que los padres de hoy dudan en demasía acerca de cómo intervenir, no confían en su sentido común ni en su propio criterio, vacilan muchas veces sobre cuestiones muy básicas de crianza buscando las respuestas en Internet las cuales los deja aún más dudosos. Sumado a esto la construcción social actual y aquí me refiero al paradigma vigente, ha puesto al niño en el centro de atención posicionado en un lugar de poder y privilegio, sobrevaluado, venerado y sobredimensionado y al adulto a su alrededor empobrecido, dudoso con pocas certezas y convicciones sobre el ejercicio de su rol. Muy gráfica me resultó la conversación con un adulto mayor quien reflexionaba acerca de que cuando él era niño en la mesa familiar la mejor fruta del frutero era para sus abuelos, las personas mayores de la mesa, en cambio hoy la mejor fruta es para el niño… Este momento llamado “era del niño” , “sociedad paidocéntrica o hijocrática”, ubica al infante en un lugar de mando, de toma de decisiones para el cual no está preparado y lejos de fomentar la independencia, la autonomía y la libertad que sus padres creen, reproduce y recrea hijos desvalidos y tiránicos los cuales presentarán posiblemente dificultades cuando deban salir del grupo familiar primario en el que reinan y deban insertarse en grupos de socialización secundaria, encontrándose con la necesidad de cumplir reglas y normas y entender estructuras de funcionamiento para las cuales no se lo preparó. Respecto a este tema tomo textuales las palabras del Dr. Jaime Barylco quien en su libro Los Hijos y los Límites expresa:
“Padres y maestros se corrieron a un costado para dejar pasar a su majestad el niño, el adolescente, el joven, el mundo nuevo y el mundo de lo nuevo. Y más no hicimos que corrernos, creyendo que de esta manera les dábamos la tan preciada libertad”
El niño como centro también es usado por la publicidad la cual le dirige mensajes directos con el objetivo de que incidan en el consumo de tal o cual producto. Recuerdo una propaganda hace unos años que decía -Decile a tu mamá que se pase a Telecentro-
Los adultos actuales en situación de crianza muchas veces reniegan de sus responsabilidades presentándose ante sus hijos con una gran dificultad para limitar, frustrar o decir no. Estas intervenciones “ingratas” son necesarias y se deberá aceptar y convivir con la incomodidad que ellas generan si queremos asumir una actitud responsable.
En los distintos espacios de orientación a padres que mantengo, en relación a su no intervención o mejor dicho a su intervención pasiva, expresan que muchas veces, al poner un límite o decir que no a un pedido infantil, se sienten “autoritarios, represores y sometedores” y por sobre todo una frase que me llamó mucho la atención, que “desencantan a sus hijos”. Con estos argumentos y tratando de alejarse de la impopularidad que el ejercicio del rol materno-paterno muchas veces conlleva, es que intentan de distintas maneras tercerizar la crianza, pretendiendo que sea justamente un tercero, un otro quien aparezca en escena asumiendo el ingrato papel. Es así como intentan o solicitan con sus pedidos, por ejemplo, que sea la escuela quien ponga orden donde ellos no logran hacerlo, esperando intervenciones que no corresponden a la institución escolar sino a la familia. Recuerdo en una oportunidad, en el horario de ingreso a un jardín de infantes en el cual desempeñe durante un período mi trabajo como psicopedagoga, ver llegar a una madre con su pequeña hija de tres años vistiendo un pijama. Al encontrarse con su maestra de sala le pide si por favor puede ella ponerle el uniforme escolar el cual traía en la mano ya que ella no lograba convencerla.
La tercerización de la posición jerárquica y de autoridad se dirige también a otros adultos de los cuales los padres esperan una intervención que los exima de la tarea de ser ellos mismos quienes pongan los límites. Recuerdo un paciente de 6 años al cual acompañé en un interesante proceso terapéutico que, finalizada la sesión en mi consultorio, al reencontrarse con su madre ya en la vereda, apretaba el timbre incesantemente, sin pausa, mientras su madre y yo intercambiábamos unas palabras. La intervención de la madre en esa situación en la cual no correspondía que el niño tocara el timbre se acotaba a decir -Pedro no toques el timbre que a Silvina no le gusta y se va a enojar- mostrando de esta manera la imposibilidad para frenar la conducta de su hijo dejando leer entre líneas que ella no tenía ningún problema con que el niño tocara el timbre, que en todo caso el obstáculo era yo.
Los adultos a cargo de la crianza deben cumplir con su función presentándose ante sus hijos como personas capaces de poner límites, sostenerlos y actuar en consecuencia de su incumplimiento. Por supuesto que primero deben estar convencidos de ello.
Primer paso entonces será la presencia del límite, segundo el sostén y tercero la consecuencia en caso de no cumplimiento. Muchos padres argumentan que hablan y hablan, repiten y nada sucede. Trato de explicarles que su palabra ha perdido valor y que hay que recuperarla. Les muestro también como este esquema de hablar y que nada suceda es obra de ellos mismos producto de un esquema puesto en práctica de hablar en exceso sin conseguir nada a cambio, desgastandose en el intento y resintiendo el vínculo. Cuántas veces se pasa de la reiteración del hablar, al grito y al desborde paterno-materno producto de quien siente la impotencia ante la indiferencia de los hijos. En estos casos es necesario y así lo propongo desandar el camino y explicar a los hijos, por supuesto según la edad, que las reglas, por conveniencia de todos, serán otras acortando la distancia entre la orden, la pauta, el pedido y la espera del cumplimiento. Así se puede explicar que las cosas se dirán una vez, que como segundo paso habrá una repetición y como tercero una consecuencia en caso de incumplimiento. Dentro de este marco todos están informados, nadie quedará sorprendido y se minimizará la tensión generada por desgastes innecesarios. Anticipar a un niño-niña que sucederá es un muy buen ejercicio que le permite tomar conciencia que hay un otro que habla, que esa palabra es valiosa y que está a su alcance cumplir o recibir una consecuencia por no hacerlo.
Los adultos, entonces, deben mostrarse y actuar como personas capaces de controlar tanto las conductas impulsivas de sus hijos como sus transgresiones implementando una visión positiva de la frustración y poniendo límites claros entendiendo que estos lejos de cercenar la libertad, la otorgan. Y si de frustración hablamos, para terminar, elijo las palabras del filósofo español Ricardo Moreno Castillo…
“Cuando el niño sea grande vivirá frustraciones. Perderá algún juicio como abogado, verá morir a algún paciente como médico, será derrotado en alguna elección como político, sufrirá algún fracaso como empresario, recibirá malas críticas como artista, hará esfuerzos sin recompensa como científico, vivirá desilusiones amorosas, atravesará algún problema de salud, será vencido como deportista. No buscará a propósito ninguna de esas frustraciones, nadie las busca, pero según haya sido su educación, se convertirán en situaciones capaces de pulverizar su identidad y llevarlos a oscuros pozos de negación y depresión o las vivirá como episodios más o menos dramáticos que sabrá atravesar, a veces con la cosecha de útiles lecciones.”
La salida de un hijo-hija, niño/niña al mundo dependerá en gran medida de nuestra posición.
Silvina Junquera