Siente la magia de mi abrazo

La aventura de vivir en MISIÓN nos invita a sentir la alegría de la FRATERNIDAD

Después de un tiempo donde de golpe se nos privó del contacto, del contagiar emociones y energía con manos y brazos extendidos, es TIEMPO DE RECUPERAR el ABRAZO, esa piel con piel que nos hace sentir seguros, tranquilos, confiados y crea vínculos irrompibles. ¡Los hemos echado tanto de menos! Los abrazos son magia, hacen que desaparezca la tristeza y aceleran los latidos. Hemos aprendido que hay más poder en un abrazo fuerte que en mil palabras significativas.

Hay abrazos que se guardan toda la vida, abrazos sentidos, inolvidables. No podemos olvidar el abrazo de una persona amiga, un abrazo fuerte y contenido, un abrazo de despedida. Hay abrazos de pareja, de amistad, de reencuentros, de cariño, de protocolo; abrazos cortos, largos, apretados, tímidos. Un abrazo es una forma de compartir alegrías, consuelo en el dolor. Un buen abrazo permite refugiarnos en los brazos de otro. ¿Quién no necesita en algún momento de su vida guarecerse entre unos brazos llenos de ternura? Un proverbio dice que necesitamos cuatro abrazos diarios para sobrevivir, ocho para mantenernos y doce para crecer. Puede que alguien se lo tome en plan blandengue, pero los abrazos, sobre todo los abrazos del corazón, no tienen nada de blandengue: tienen mucho de humano y aún de difícil.

Y qué decir de recibir el mejor de los abrazos, un abrazo que te ofrece libertad, que pone en tus manos el mundo, que te llena de amor, de luz, de positividad, de ganas de cuidar y querer a los hermanos y a la tierra, un abrazo que te resetea y transforma; así es la experiencia de recibir un abrazo de Dios, y ese es el regalo que nos ofrece cada nuevo día.

Ese abrazo del Padre nos muestra la manera de ser mejores personas, de vivir desde el amor, el respeto, la tolerancia, la solidaridad. Nos invita a vivir en libertad y justicia, como verdaderos hermanos y hermanas, en sincera FRATERNIDAD.

Y nada hay más humano que sentir, sentir el abrazo de Dios directamente o a través de aquellos que le escuchan y le siguen. “Sentir el abrazo de Dios” diviniza nuestra humanidad (como dice la canción) y nos empodera a ser la mejor versión de nosotros mismos, nos empuja a comunicarnos con los hermanos/as desde el corazón, sintiéndolos prójimos, sintiéndonos familia cercana, próxima, unida, sintiéndonos hermanos y hermanas.

Ese abrazo de un Dios Padre que siempre quiere estar cerca de nosotros, con nosotros, que nos muestra su infinito amor, su inmensa confianza.

Ese abrazo de Dios nos es dado, en ocasiones, a través de su Hijo, Jesús, de María, la Madre de Dios, del Hermano Francisco, de nuestra Madre Francisca. La intensidad en intencionalidad de cada abrazo es diferente, pero su finalidad siempre es la misma, la de lograr que el otro, sienta mi corazón. Sentir el abrazo transformador de Dios nos impulsa hacia la Paz, la solidaridad, la entrega, hacia la vida en comunidad, en fraternidad, nos lanza a por un mundo mejor, nos permite experimentar, vivir, protagonizar momentos de vida en Dios, de vida en Reino; y todo, sin casi darnos cuenta.

Ese abrazo del Padre, cuando te permites el lujo de sentirlo, logra la total transformación, el cambio en nosotros, la magias, genera momentos de plenitud, de encuentro, de seguridad, de confianza, de empatía, de fraternidad, todos ellos preciosos, únicos, que logran sacar lo mejor de cada persona y de nuestra sociedad; momentos que nos hacen mirar hacia lo alto (hacia Dios), hacia los lados (los hermanos y hermanas) y hacia el interior (yo mismo/a). Ahí está la magia, la única y verdadera magia es...

Sentir el amor de Dios, es sentir la magia de su abrazo.