Había un hombre llamado Rob. Él soñaba con su amante pero, de repente, su amante estaba ahí.
-¿Por dónde entraste, mi amor? –preguntó Rob.
Todas las puertas y las ventanas estaban cerradas.
-No soy el amor, soy la Muerte que Dios te envía.
-¡Por favor, Muerte, por favor!- dijo el hombre –¡Déjenme vivir un día más!
-Un día no te puedo conceder pero sí una hora.
Rob se vistió y se calzó lo más rápido posible. Se fue al palacio al ver a su amante. Tocó la puerta y ella atendió:
-¿Qué haces aquí? –preguntó.
-Déjame entrar –dije.
-Pero si no puedes pasar. Mi padre no está fuera y mi madre no está dormida. No puedes entrar –respondió ella.
Entonces, la muchacha le dijo que subiera por la torre con unas sogas. Él hizo lo que ella sugirió. Estaba subiendo cuando apareció la Muerte.
-Ya se cumplió tu tiempo –dijo.
Y de esa manera, Rob cayó al suelo. Muerto.