La segunda ronda del programa empezaba en cinco minutos y ahí estaba yo, muerto de miedo, miedo al fracaso; miedo a la decepción de mamá, de mis compañeros. Todos estaban seguros de que iba a ganar. Aún no habían eliminado a nadie pero estaba seguro de que yo sería el primero.
-FRANNN! -una voz agitada me llamó y me tocó la espalda, se me hacía familiar- Sherlock, la descubrí -dijo Arturo, agitado -es la chica de las trencitas.
-¿Qué trencitas? ¿qué chica? ¿qué descubriste?. Más vale que sea importante porque me pueden descalificar si me ven con vos -dije, en los camarines.
-¿Te acordás que te dije que un señor mayor estaba dándole respuestas a alguien pero no sabía a quién? -dijo, radiante y feliz por el descubrimiento.
-Sí…. -respondí curioso.
-Bueno, volví a ver el programa en la tele y la caché. Es la chica de las trencitas.
-¿Rosaura? esa chica apenas puede hablar ¿No estarás especulando?
-Como dice Sherlock Holmes, “yo nunca hago suposiciones, es un hábito repugnante que destruye la facultad de razonar”.
-¿No estabas harto de mis citas?
-Sí. Pero no importa. ¡Vamos! -ambos corrimos a derrotarla.