La gente dice que no entiende la poesía, pero yo no entiendo por qué hay que entenderla. No intentamos comprender el mar o un atardecer, los disfrutamos. Nos dejamos llevar por las palabras, el ritmo, la rima, como con el rumrum de las olas. El corazón tiene razones que la razón no entiende. De aquí, a fin de curso, una poesía cada viernes.
Patricia Benito
Vivimos muy rápido.
Ya no respiramos lento,
ya no nos sentamos frente al mar
sin esta necesidad de decírselo a alguien.
Lo queremos todo ya y aquí,
aunque «Ya y aquí» quiera decir
mal y de perfil.
Nos contamos cosas
a través de pantallas heladas
y temblamos más con una batería baja
que con un susurro en la nuca.
Si nos tropezamos,
agarramos más fuerte el móvil
que la mano del de al lado.
Nos hacemos fotos sin pensar
que el corazón más importante
es el que está tras las pestañas
y no los ojos que hay debajo.
Preferimos mil «Me gusta» en la nube
que un «me gustas» en el ombligo.
Valoramos a la gente
por el ejército que tiene detrás
sin preocuparnos ni un segundo
de los principios de un capitán.
Nos repetimos que dormir solos
no está tan mal,
convencidos, de que las defensas se bajan
mientras lo hacemos.
Como si dejar que alguien entre
no sea lo mejor
que les puede pasar a tus piernas.
Nos traen el desayuno a la cama
y corremos a inmortalizar el momento
en vez de tirarlo todo por los aires
y engancharnos como koalas
al portador.
Tiramos el amor a estornudos, como si
siempre fuese a haber más en la reserva.
Le ponemos barreras tan altas porque de
pequeños nos dijeron que podía con todo.
Y a lo peor pueda saltarlas, pero ¿cómo
quedará lo que consiga pasar?
No nos dejamos tiempo
para echarnos de menos,
y en los abrazos
ya ni cerramos los ojos.
Nos queremos mal.
Y rápido.
Y mal.
Nos conformamos.
Y no, así no.
Yo no.
Ya no.
Antonio Orihuela
Para que no siga creciendo el páramo, aplazarnos.
Para que nazca el asombro de lo sencillo, demorarnos.
Para reconocernos igual a cualquier otro en la lumbre de cada cosa,
dilatarnos.
Para que se extienda el azar verde de todo lo milagroso, retrasarnos.
Rezagarnos, llegar tarde, no llegar.
Quedarnos, errabundos, por las plazas,
pensativos en el espectáculo de las ventanas,
perdidos en las calles como si las miráramos por primera vez.
Entretenernos en las estaciones, prorrogar el verano,
chuparnos como dulce por donde se abre la tarde,
eternizarnos, no cerrar las noches y así, de seguido
no acabar de hacer casi nada,
no valer nada,
no valer para nada.
Estarnos, dejar de ser ellos,
renunciar a ser como ellos,
ni un minuto más ellos,
y cómplices de la nueva superexistencia, vivirnos,
y entonces
empezar el día, correctamente, por el beso de un niño,
los afectos compañeros,
el sentido común,
sobre todo,
empezar el día por el sentido común.
Javier Velaza
El fotón desconoce qué es la luz.
No se lo expliques, no podrá entender
que hay un sutil milagro que transmuta
lo oculto en evidente y que lo ofrenda
como exclusivo don al ojo humano.
Jamás percibirá la iridiscencia
que envuelve de colores su corpúsculo
y baña en catarata portentosa
este universo nítido y fulgente.
El fotón desconoce que es la luz.
Ignora que sin él, sin su minúscula
energía, sin su movimiento
exiguo e impredecible, no habría más
que una sola perpetua noche insomne.
No sabe que él existe solamente
para unirse a congéneres idénticos
y componer con ellos el fulgor
mirífico que es razón de todo.
El fotón desconoce qué es la luz
y también desconoce que es la luz.
No hay nada más terrible y más hermoso:
ser luz y no saberlo, e iluminar sin ver.
Como nosotros, ciegos titilando en la noche.
María Elena Higueruelo
Primer aviso:
Voy a besarte de muchas formas;
más concretamente,
de tantas como me dé tiempo a decirte
hasta que te decidas a callarme.
Voy a besarte en verso,
y voy a besarte en prosa
para hacerte presa
sin prisas
de las comisuras de mi boca.
Voy a besarte en braille, en morse,
y en lengua de signos.
En lenguaje matemático,
que es más lógico, y es lo mío,
y en lenguaje musical,
que es más bello, y es lo tuyo.
Puede que hasta en élfico,
y ya de paso te hago un guiño.
Voy a besarte filosóficamente,
literal, y literariamente.
Voy a besarte en lenguas muertas,
pero mucho más con las vivas;
a lo europeo, a lo esquimal,
y cuidado,
que incluso puede
que te bese a lo escocés
si te despistas.
Que yo no quiero estar contigo para siempre
porque un “para siempre” siempre para.
Quiero estar contigo hasta el fin del mundo,
hasta que la vida diga basta.
Por eso, pienso besarte de todas las maneras
que se me ocurran mientras tanto.
Voy a besarte en todos los idiomas que conozco
y en los que todavía no se han inventado.
Y después de esto no vale decir
que no te he avisado,
así que ya puedes empezar a correr,
que como ves,
ya se me han ocurrido unas cuantas,
y para abrir boca
voy a empezar por la más básica.
He redondeado esquinas
para no encontrar monstruos a la vuelta
y me han atacado por la espalda.
He lamido mi cara cuando lloraba
para recordar el sabor del mar
y solo he sentido escozor en los ojos.
He esperado de brazos cruzados
para abrazarme
y me he dado de bruces contra mi propio cuerpo.
He mentido tanto
que cuando he dicho la verdad
no
me
he
creído.
He huido
con los ojos abiertos
y el pasado me ha alcanzado.
He aceptado
con los ojos cerrados
cofres vacíos
y se me han ensuciado las manos.
He escrito mi vida
y no me he reconocido.
He querido tanto
que me he olvidado.
He olvidado tanto
que me he dejado de querer.
Pero
he muerto tantas veces
que ahora sé resucitar
—la vida es
quien tiene la última palabra—.
He llorado tanto
que se me han hecho los ojos agua
cuando he reído,
y me he besado.
He fallado tantas veces
que ahora sé cómo discernir los aciertos de lo inevitable.
He sido derrotada por mí misma
con dolor y consciencia,
pero la vuelta a casa ha sido tan dulce
que me he dejado ganar
—prefiero mi consuelo
que el aplauso—.
He perdido el rumbo
pero he conocido la vida en el camino.
He caído
pero he visto estrellas en mi descenso
y el desplome ha sido un sueño.
He sangrado,
pero
todas mis espinas
han evolucionado a rosa.
Y ahora
mi vida
huele a flor.
Elvira Sastre
Viejos libros de texto de informática, religión o educación física nos han servido para decorar el mural al estilo de los escritores surrealista. Gracias a los alumnos Samuel, Conchi, María, Candela, Eva que me han ayudado a realizar este mural surrealista.