Desde hace un tiempo, un chico se despierta cada noche con profundos dolores y un pitido ensordecedor, en una habitación de hospital. Hace mucho que no duerme más de cuatro horas seguidas. A su lado, una madre lleva ya muchas noches durmiendo en un sillón incómodo, aferrándose al hijo que creía haber perdido.
Lejos de allí, una chica con más de cien pulseras se ve incapaz de ir a visitar al chico del accidente. Lleva tiempo hospitalizado, con sondas, vendajes y el pelo quemado. Ella no se siente preparada para volver a verlo, no en estas condiciones.
También le cuesta conciliar el sueño al chico con la herida en la ceja. Su amigo lo necesita más que nunca, pero lo ha dejado tirado. Ha preferido mantenerse al margen, aun sabiendo que él nunca lo haría.
Todos tenemos poderes. Eso es lo que chico de la habitación de hospital pretende explicarnos. Algunos poseen un olfato extraordinario, otros pueden ver con detalle en la oscuridad o escuchar a largas distancias, y él puede volverse invisible cuando quiera. O al menos podía, antes del accidente que lo ha desvelado todo y lo ha postrado en una cama de hospital.
Por increíble que pueda sonar, volverse invisible era la única manera que tenía de escapar de los monstruos, los que se esconden detrás de las puertas, debajo de las camas, y se te meten dentro.