El suicidio educativo argentino: no enseñar a leer y a escribir en primer grado


Por Carmen Álvarez Rivero
Senadora Nacional por Córdoba.  Miembro de Civilitas


La autora sostiene, de manera tan provocadora como vehemente y bien documentada, que la educación primaria y secundaria en Argentina no se encuentra al borde del suicidio, como parecen indicar todos los informes e indicadores al respecto, públicos y privados, nacionales e internacionales.


Por el contrario, y a su juicio, la situación es trágica, pero no suicida en sí misma sino, lo que resulta mucho más grave, peligroso y culpable, el resultado programado y elegido de un auténtico pacto suicida entre la mayoría de los diversos actores (adultos) del proceso formativo, y como suele ocurrirnos en casi todo como nación desde hace décadas, la consecuencia de esta mezcla de desidia, ignorancia y mala voluntad es que terminamos dejando solos, sin futuro y al borde del abismo a los más vulnerables, nuestros niños y adolescentes, a quienes robamos el derecho a aprender a leer y a escribir en primer grado, la primera puerta por donde se les abre un verdadero futuro de crecimiento y desarrollo para todos.


¿Usted pondría con absoluta tranquilidad su frágil corazón en manos de un cirujano cuya tasa de efectividad, públicamente conocida, fuese de tan solo el 22%? ¿O confiaría para invertir y apostar su futuro a un país cuyo “capital humano en proceso de formación” le hable también de otro penoso y escasísimo 22%? Sin embargo, esas mismas son nuestras tristes cifras: hoy solo 22 de cada 100 adolescentes argentinos llegan a los 15 años sin repetir, abandonar o atrasarse, tal y como señala el Índice de Resultados Escolares (IRE) que elabora el Observatorio de Argentinos por la Educación, y con el nivel mínimo esperado en Lengua y Matemática, según las pruebas PISA, el Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos de la OCDE, donde ocupamos el nada honroso y meritorio puesto 66 entre 81 países.


Esta es nuestra gran tragedia educativa, y si entramos en detalle comprendemos mejor su dolorosa magnitud: en Matemáticas el 73% de nuestros alumnos secundarios no alcanzó en las pruebas PISA el nivel mínimo de desempeño, es decir, 3 de cada 4 no lo lograron, y más de la mitad tampoco lo alcanzó en relación con la lectura. Y en Córdoba, mi provincia, que fue un modelo de éxito en el pasado en este ámbito tan estratégico, hoy solo 13 de cada 100 estudiantes terminan la Secundaria con conocimientos básicos en Lengua y Matemáticas. Solo 13.


“En Córdoba, mi provincia, que fue un modelo de éxito en el pasado en este ámbito tan estratégico, hoy solo 13 de cada 100 estudiantes terminan la Secundaria con conocimientos básicos en Lengua y Matemáticas. Solo 13”


Sin embargo, los terribles déficits de nuestra cada vez más empobrecida e irrelevante educación secundaria no se arreglan en la educación secundaria, ni podrán arreglarse nunca en esa misma etapa del proceso educativo, nunca, a pesar de que se lo intenta, sencillamente porque todos ellos son síntomas de la decadencia actual, pero no sus causas, que es a donde hay que dirigirse cuando uno se propone de verdad resolver un problema, a las causas pues, como sabiamente afirmaba Albert Einstein, “no podemos resolver un problema con el mismo nivel de conocimiento que contribuyó a crearlo”.


“Los terribles déficits de nuestra cada vez más empobrecida e irrelevante educación secundaria no se arreglan en la educación secundaria, sencillamente porque todos ellos son síntomas de la decadencia actual, pero no sus causas”


¿Y qué hacer y cuándo hacerlo para superar este escenario educativo tan desesperanzado, tan poco promisorio? La respuesta es muy sencilla, de larga tradición pedagógica, de eficacia segura y sustentada cada vez más en los prodigiosos avances de las neurociencias y la neurolingüística: enseñar a leer y a escribir en primer grado, pues no estamos ante un problema disciplinar o generacional, como tantos denuncian catastróficamente, sino ante una auténtica catástrofe en la alfabetización inicial, el primer paso hacia el aparente suicidio educativo al que nos dirigimos.


Y digo aparente porque la situación es trágica, pero no suicida en sí misma sino, lo que resulta mucho más grave, peligroso y culpable, el resultado de un auténtico pacto suicida entre diversos actores del proceso formativo, muchos de ellos, la mayoría, pero no todos: los gobernantes y quienes en su nombre definen y ejecutan las políticas públicas en educación (sus ministros y secretarios), ¿sindicatos?, facultades universitarias que ofrecen titulaciones vinculadas con el tema, centros de formación del profesorado, directivos escolares, docentes y, en algunos casos, incluso las propias familias, muy a su pesar.


“La situación es trágica, pero no suicida en sí misma sino, lo que resulta mucho más grave, peligroso y culpable, el resultado de un auténtico pacto suicida entre diversos actores del proceso formativo, lamentablemente la mayoría”


Así, casi todos ellos, movidos por viejas, nostálgicas y en algunos casos hasta rencorosas razones ideológicas, y no por motivaciones genuinamente académicas y apoyo en los actuales avances científicos, los firmantes del pacto suicida siguen defendiendo como eficaz para el primer cuarto del siglo XXI un modelo pedagógico que no lo fue ni tan siquiera en el momento de su seductora formulación, los lejanos años 80 del pasado siglo, y que la mayoría de los países más educativamente avanzados del mundo lo han declarado desde hace bastante tiempo, y para siempre, un estrepitoso fracaso.


“Movidos por viejas, nostálgicas y en algunos casos hasta rencorosas razones ideológicas, y no por motivaciones genuinamente académicas y apoyo en los actuales avances científicos, los firmantes del pacto suicida se han propuesto impedir que nuestros niños aprendan a leer y a escribir en primer grado”



De este modo, se han propuesto suprimir, y tan triste como eficazmente lo están logrando, uno de los logros históricos que durante muchas décadas constituyó una de las principales fuentes de orgullo de nuestro país y que nos hizo ser un modelo en toda América Latina y en el resto del mundo: que nuestros niños aprendan a leer y a escribir en primer grado.


Por eso, si queremos cambiar la historia educativa de la Argentina de una vez y para siempre, debemos empezar por donde corresponde, ese primer grado, y que los responsables de diseñar las políticas educativas, que en nuestro país son los Gobiernos provinciales, se hagan cargo de que el fracaso de la educación secundaria hunde sus profundas raíces en que la educación primaria no logra garantizar lo esencial, en que no aplica la herramienta correcta, ni en el momento oportuno.


“El fracaso de la educación secundaria hunde sus profundas raíces

en que la educación primaria no logra garantizar lo esencial


Por eso, la política pública más transformadora, más equitativa y barata que podemos hacer es enseñar a leer y a escribir en primer grado, e incluso empezando antes, desde el jardín, una propuesta pedagógica rigurosa y de resultados probados en la que vengo trabajando con dos de las mayores expertas a nivel nacional, la Dra. Ana María Borzone y la Magíster Victoria Zorraquín.


“La política pública más transformadora, más equitativa y barata

que podemos hacer es enseñar a leer y a escribir en primer grado


Ya desde el Nivel Inicial tenemos que ser capaces de formar la conciencia fonológica. Y nada de esto es ideología pedagógica. Es neurociencia, es neurolingüística y es, sobre todo, mucho sentido común.


Al aprender a leer y a escribir en primer grado el mundo del niño se hace más grande y fecundo: comprende consignas, avanza en Matemáticas, puede estudiar Ciencias, gana autonomía, mejora su autoestima y su creatividad, ve estimulado su espíritu innovador, reduce el ausentismo y la repitencia y, en consecuencia, llega a la educación secundaria con posibilidades reales de aprender por la sencilla razón de que el cerebro que lee, aprende, y el que no lee, tan solo sobrevive.


“El cerebro que lee, aprende, y el que no lee, tan solo sobrevive”


Ese escasísimo 22% de adolescentes argentinos que cumplen con requisitos mínimos en su proceso educativo nos da cuenta del revés de la trama, que por el otro lado de esas cifras del 22% hay un 78% que no lo logra, y es tan imposible no darse cuenta de lo lejos que vienen las causas, como es inmoral no hacerse cargo al respecto.


“Es tan imposible no darse cuenta de lo lejos que vienen las causas de nuestra tragedia educativa, como es inmoral no hacerse cargo al respecto”


Enseñar a leer y a escribir a tiempo no es una cuestión menor de detalle: es, literalmente, la diferencia entre un futuro abierto para los niños o un futuro sin oportunidades. Si hay voluntad política, y conocimiento experto en el que se apoye, no ideología pedagógica, todavía estamos a tiempo de realizar los cambios que se necesitan si de verdad queremos profunda y radicalmente el destino de un niño, de una familia, de su comunidad y de un país. Ojalá que así sea, y que esta acuciante urgencia silenciosa que hoy nos interpela sin cesar encuentre por fin la mejor de las respuestas.


“Enseñar a leer y a escribir a tiempo no es una cuestión menor

de detalle: es, literalmente, la diferencia entre un futuro abierto

para los niños o un futuro sin oportunidades”