Un niño que debe nacer
Por La Pensadora
En el último encuentro del niño por nacer el Padre Dr. Rubén Revello nos “reveló” (valga el humor) un dato que queremos compartirte, no por orientación política sino por curiosidad inherente.
Es sencillo y eficiente pensar que el origen de la civilización se le atribuye a una herramienta de piedra, una rueda o una vasija de cerámica. Sin embargo, cito a la famosa antropóloga Margaret Mead, el primer signo de civilización fue un fémur que había sanado tras romperse.
“Y por que?” Te preguntaras. En la naturaleza, si un animal se rompe una pata, muere. Muere porque no puede escapar de los depredadores. Muere porque no puede buscar comida. Muere porque el mundo natural no espera a ningún integrante.
Para soldar un fémur, se necesitan al menos 45 días de cuidados. Eso en que nos importa? Para que ese fémur volviera a poder cumplir alguna función, alguien tuvo que quedarse. Alguien tuvo que cuidar. Alguien tuvo que compartir comida con alguien que no podía producir. Alguien tuvo que proteger al vulnerable. Entendemos que una comunidad entera decidió frenarse y cuidar a uno de los suyos, no por un simple y genuino cariño (o tal vez si) sino por un entendimiento de la importancia de la vida humana. Ese gesto es, para Margaret Mead, el acta de nacimiento de la civilización.
Y ahí apareció la pregunta que atravesó, entre líneas, toda la conferencia y los oradores respondieron casi al unísono:
Si la civilización empezó cuidando al débil, ¿cómo llegamos a una cultura que deja indefenso al más vulnerable de todos, el niño por nacer?
El debate actual sobre el aborto intenta esconder algo detrás de un lenguaje cuidadosamente diseñado. No se habla de aborto, se habla de “Interrupción Voluntaria del Embarazo” — Suena técnico. Suena médico. Es el “viejo” truco moderno.
"No matas. “Interrumpís”"
Al final funciona porque lograron convencer a la sociedad de que no hay nadie en ese útero, pero la realidad biológica no cambia.
Hay un segundo dato que me hizo sacar la lapicera y tomar nota.
La evolución humana desarrolló una zona del cerebro que cambió completamente nuestra forma de vivir: el neocórtex, ubicada en la corteza que cubre la parte superior y posterior del cráneo.
El neocórtex nos da lenguaje, planificación, empatía, memoria social. Pero sobre todo nos da la capacidad de frenar nuestros impulsos para vivir en sociedad de forma compleja.
Un animal actúa por instinto. El ser humano puede inhibir la violencia, controlar el egoísmo y no seguir su primer instinto. En otras palabras nuestro cerebro evolucionó para que podamos convivir.
Fue un avance social.
Convivir, sin dudas, es reconocer que el otro importa. Por eso las sociedades humanas desarrollaron normas morales básicas que aparecen en todas las culturas: proteger a los niños, cuidar a los enfermos, asistir a los débiles. No es una construcción ideológica ni una búsqueda de limitar tu libertad humana, sino una forma de hacer posible la vida en comunidad.
Para llevarlo al terreno de las ciencias, hoy las revistas científicas más prestigiosas del mundo no publican investigaciones médicas sin la aprobación de un comité de bioética. Por qué? Porque incluso en el ámbito más racional se reconoce que no todo lo que se puede hacer debe hacerse. La ciencia necesita ética.
Una sociedad se define por cómo trata a sus vulnerables. La pregunta es, qué tipo de sociedad queremos ser?
Gracias por leer.
La pensadora