ambient@

EDUCACIÓN AMBIENTAL Y TRANSICIÓN ECOLÓGICA

María NovoCátedra UNESCO de Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible UNED

La destrucción ecológica llevada a cabo por los seres humanos nos ha abocado a situaciones en las que es difícil prever y decidir acerca de riesgos, dada la incertidumbre existente sobre algunos de ellos y su evolución, como es el caso del cambio climático. Sin embargo, es en este escenario donde debemos avanzar hacia sociedades sostenibles en el plano socioecológico, con los instrumentos que tenemos a mano. Uno de los más potentes y con mayor capacidad de incidencia en los modos de pensar y de hacer de las personas es la educación ambiental.

Una educación ambiental que, como ha ocurrido a lo largo de la historia de este movimiento, se plantea como un instrumento contextualizado en el escenario que presenta cada momento histórico. El nuestro es el de una transición ecológica no solo necesaria sino imprescindible. Desde ahí, pues, hemos de replantear los procesos educativos, sus objetivos, mensajes y posibilidades de coadyuvar a este tránsito hacia otro modelo de sociedad a todas las escalas: global, nacional y local. Por supuesto huelga decir que también a escala personal, pues finalmente somos las personas las que, con nuestras formas de vivir y nuestras decisiones, impactamos en una u otra dirección sobre el planeta.

Porque la transición ecológica no es solo un cambio de modelos energéticos, como a veces se entiende. Siendo ésta una condición necesaria, no resulta suficiente si, al mismo tiempo, no va acompañada de muchos otros cambios en la configuración de nuestras ciudades, los modelos agrícolas y ganaderos, la forma en que vivimos, ponemos precio a los bienes de la Tierra, planteamos la movilidad… Entre estos cambios, tal vez el más importante sea un cambio de conciencia y de valores, un aprendizaje colectivo sobre formas de vivir, producir y consumir, acordes con la equidad y los límites del planeta. Se trata, en suma, de un cambio civilizatorio que hemos de asumir con la humildad de reconocer que no es posible de un día para otro, pero también con la lucidez de saber que somos la primera generación consciente de nuestro sobrepasamiento de la biocapacidad del planeta y tal vez la última que puede comenzar a mitigarlo e implementar alternativas el problema.

Desde los primeros años de vida hay que enseñar a quienes aprenden a trabajar en equipo. Foto: Álvaro López.

No se trata, por tanto, de que solo se tomen medidas técnicas y económicas para este viraje hacia sociedades sostenibles. Siendo éstas imprescindibles e incluso urgentes, tienen que ir acompañadas de cambios profundos en el imaginario colectivo. Cambios que generen conductas más acordes con una forma de estar en el mundo en la que la naturaleza sea vista no como una reserva de recursos a consumir sino como un ámbito de vida con valor en sí mismo. Recordando, como hace tanto tiempo nos enseñó Leopold, que somos solo compañeros de viaje de las demás criaturas en la aventura de la evolución y que una actitud o una acción son apropiadas cuando contribuyen a mantener la integridad ecológica y un bienestar que no la socave.

Comprender la interdependencia de los seres humanos con todo lo existente es el primer paso para la transición ecológica. Se nos ha olvidado que dependemos de nuestro entorno para vivir. Pero, siendo esa una razón importante, hay otra más profunda que no hemos tenido en cuenta: el valor intrínseco de la vida, más allá de su utilidad. Ambos olvidos deben ahora ser restaurados en el proceso de transición que se plantea ante nosotros como un reto ineludible. Desde la consideración de este escenario, y para actuar como apoyo y refuerzo de los impulsos de cambio que se están tomando desde gobiernos, instituciones y colectivos sociales, la educación ambiental del momento presente debería pivotar, en mi opinión, sobre algunas ideas y objetivos básicos, como los que se exponen a continuación.

UN CONCEPTO DE EDUCACIÓN/FORMACIÓN A LO LARGO DE TODA LA VIDA

La educación comienza en la infancia, pero no concluye cuando las personas adquieren una preparación profesional y se incorporan al mundo del trabajo. Es mucho más que un proceso de capacitación. Es un proceso de desarrollo de la conciencia, de la responsabilidad con las comunidades que nos acogen y con el entorno. Supone la capacidad de afrontar problemas y resolverlos... Y, como no, incluye el desenvolvimiento de la imaginación y la creatividad, capacidades básicas para dar forma a los modelos de innovación y convertirlos en propuestas operativas.

Estas facultades (y responsabilidades), esta aptitud para anticiparse a los problemas y esbozar medidas correctivas o cambios de rumbo, no es privativa de niños y jóvenes, sino que se extiende a lo largo de toda la vida. Una vida vivida con lucidez es una vida que desarrolla permanentemente el talento de cada persona y grupo humano; supone hacer reales las potencialidades de los individuos, y requiere una alta dosis de curiosidad y humildad que nos sitúen permanentemente como “aprendices” de las claves de una sociedad y un medio ambiente cambiantes, en permanente evolución.

De este modo es como UNESCO ha concebido siempre la educación a lo largo de toda la vida y también cómo ha surgido y evolucionado la educación ambiental. Tratando de movilizar las conciencias para conciliar libertad con responsabilidad. Estimulando los dones potenciales de las personas y los grupos humanos. Creando el sentimiento de interdependencia como forma de estar en el planeta. Fomentando la reflexión y pensamiento crítico, la capacidad de comprensión de problemas complejos… Imaginando y soñando formas de vivir que no supongan la destrucción de nuestro ámbito…

Si asumimos esta visión, pronto comprendemos que nosotros, los adultos, tenemos no solo la tarea de aprender y actualizar constantemente las claves de funcionamiento de la vida natural y social que nos acogen, sino también el desafío de reflexionar acerca de nuestro papel en este entramado ecosocial en el que no podemos eludir una actitud de lucidez y responsabilidad. Es más, nuestro reto formativo es mayor que el de niños y jóvenes, porque, en muchas ocasiones, pasa por “desaprender” criterios y conductas que tenemos incorporados como “normales” y que se han mostrado dañinos para el planeta y la vida comunitaria, al tiempo que nos abrimos al aprendizaje de otros nuevos.

La educación ambiental, en su dimensión de formación de personas adultas, lleva más de cuatro décadas trabajando desde estas premisas. Cursos y Másters universitarios, Seminarios, Asignaturas en la universidad, Conferencias, Experiencias prácticas en Centros Cívicos…, avalan estos planteamientos y nos permiten hablar de su eficacia y eficiencia a la hora de abordar la problemática ambiental#(1).

¿Podremos, pues, los educadores/formadores ambientales hablar desde esta experiencia? El apartado siguiente concreta algo más la respuesta a esta pregunta.


Nota
(1).- Personalmente, he dirigido durante 25 años (1990-2015) un Programa Internacional de Postgrado (Especialista y Máster) en Educación Ambiental y Desarrollo Sostenible, dirigido a profesionales (planificadores, gestores, docentes, políticos, empresarios, sindicalistas…), de dos años de duración, con carácter transdisciplinario. La experiencia, pionera en su género a inicios de los noventa, ha sido muy rica en resultados y me permite recomendar este tipo de procesos como generadores de un cambio de conciencia y comprensión de los problemas y un estimable efecto multiplicador.

CREAR GRUPOS-DIANA PRIORITARIOS

En las universidades deberían incentivarse y potenciarse las propuestas inter y transdisciplinarias para ofrecer procesos de formación orientados a los líderes sociales. Foto: Roberto Muñiz.

Generalmente se ha puesto mucho énfasis en llevar la educación ambiental a las escuelas. Y es un objetivo que hay que seguir cumpliendo, comenzando ya en las escuelas infantiles, cuanto antes. Pero la gravedad de la crisis ambiental que estamos viviendo no nos permite esperar a que los niños o los jóvenes que están en las aulas se conviertan en decisores y tomen protagonismo en la resolución de los problemas. Es cierto que pueden colaborar, de hecho en la enseñanza media y la universidad ya se vive esa militancia por el cambio, algo que resulta saludable. Pero la magnitud del problema y la urgencia de las soluciones es tal que se impone elegir, en estos momentos, unos grupos-diana prioritarios a lo hora de enfatizar e impulsar los procesos de educación, formación y capacitación ambiental.

La formación de estos grupos específicos tiene un gran interés precisamente por su efecto multiplicador. Necesitamos que todos los políticos, planificadores, gestores o comunicadores, comprendan el mensaje de la transición ecológica porque ellos pueden aplicarlo de inmediato a la toma de decisiones o difundirlo de forma que su expansión alcance a gran parte de la ciudadanía.

En este sentido, tienen especial significación y valor los procesos orientados a los planificadores y gestores de lo público, los empresarios y gestores privados, las mujeres como grandes tomadoras de decisiones y, cómo no, los trabajadores de los distintos medios de comunicación. Los primeros, porque pueden realizar cambios reales y rápidos en el ámbito global, nacional y local, todos ellos necesarios para una actuación sinérgica que facilite el tránsito hacia la sostenibilidad en el menor tiempo posible. Los empresarios y gestores privados porque tienen en sus manos recursos económicos y sociales de enorme valor y, si reorientan convenientemente la forma de utilizarlos, son un puntal básico para el cambio. Las mujeres porque, aparte de nuestra cualificación profesional en ámbitos estratégicos, tenemos una gran experiencia en el mundo de los cuidados. Una experiencia que va a ser necesario transmitir y potenciar entre la ciudadanía para que alcance no solo a los cuidados entre humanos sino a la aventura de cuidar la naturaleza respetando sus límites y sus ritmos.

Y he dejado para el final a los comunicadores porque, si algún grupo es fundamental, ellos sin duda están entre los esenciales. Necesitamos que cada persona que tiene la potencialidad de llegar a la gente a través de los medios difunda no sólo la problemática socioecológica y sus efectos (que también) sino la posibilidad de ser felices viviendo mejor con otras pautas de producción y consumo menos agresivas. Necesitamos mensajes claros y reiterativos al respecto y, junto a ellos, ejemplos que permitan comprender que hay vida más allá del consumo desaforado al que nos impulsan los estímulos sociales. Porque las actitudes y respuestas de la ciudadanía son claves para el cambio civilizatorio que la humanidad tiene ante sí. Un cambio a todas las escalas y en el menor tiempo posible.

Necesitamos miles de Seminarios, Cursos, Programas de Reciclaje, que alcancen tanto a los concejales de un humilde pueblo de pocos habitantes como a quienes se sientan en los órganos de decisión de alcance nacional o dirigen un programa de radio o televisión. Todos ellos tienen sin duda una sólida formación en sus respectivos campos de trabajo, pero no siempre se han detenido a conocer en profundidad la situación ecológica del planeta y el modo en el que la humanidad está destruyendo su propio hábitat. La transición ecológica no se hará sin su colaboración y complicidad, sin el ejemplo y el efecto multiplicador de sus mensajes.

No hay que partir de cero ni inventarse todas las estrategias. Felizmente, hoy son miles, millones, las personas, instituciones y colectivos sociales que están trabajando en esta dirección, cambiando la forma de gestionar lo público y lo privado, mostrando ejemplos de cuidados verdaderamente encomiables y expandiendo en los medios los mensajes necesarios para un cambio. Ellos y ellas son guías o faros que iluminan el camino y nos demuestran que cambiar es posible. Y, lo más importante, que el cambio no necesariamente significa renuncia o sacrificio. Que cambiar hacia otras formas de vida puede ser liberador, nos puede regalar bienes tan necesarios y escasos como el tiempo, la recuperación de la convivencialidad y la vida familiar, el sentimiento de estar colaborando a un presente y un futuro mejores para nuestros hijos…


CON MIEDO NO SE APRENDE

El papel de esos grupos-diana como primera instancia a formar estriba en la posibilidad (y probabilidad) de que ellos, con sus distintas capacidades y ejemplos, puedan “contagiar” un cambio de valores y actitudes al imaginario colectivo. Porque no haremos un cambio civilizatorio si no contamos con la colaboración de todos y cada uno de los actores sociales: amas de casa, personas que trabajan por cuenta ajena, pensionistas, docentes, profesionales, funcionarios, empresarios…

Un contagio de valores y actitudes que –hay que advertirlo pronto- no puede estar basado en el miedo. Éste es un principio más que comprobado en educación: con miedo no se aprende. Es necesario actuar estimulando la lucidez (ayudar a comprender la magnitud del problema) combinada con la ilusión (la posibilidad de “estrenar” poco a poco formas de vida que no secuestren nuestro tiempo, que nos permitan ser más felices con menos cosas materiales, que reconduzcan con sensatez nuestras formas de consumir, viajar, comer, usar los recursos naturales…). Nos va en ello, en esta combinación, el éxito de nuestros programas y estrategias educativas. La educación ambiental ha de ser, en este sentido, una gran generadora de lo que Paulo Freire llamó “el inédito viable”: modelos de vida que están por explorar pero que son realizables en el corto, medio y largo plazo.

Si sabemos actuar así, desactivaremos muchas actitudes de gente que, ante el tamaño del problema, asume consciente o inconscientemente la máxima de “sálvese quien pueda” y decide ponerse a vivir quemando etapas. No son una minoría, más bien se diría que esta es (seguramente sin conciencia de que esa actitud nos lleva al abismo) una forma de estar en el mundo más que frecuente, impulsada incluso por algunos dirigentes políticos que la estimulan imprudentemente.

SIN COOPERACIÓN NADA ES POSIBLE


Y aquí enlazo con la necesidad de educar, formar y capacitar ambientalmente sobre el valor y la necesidad ineludible de la cooperación. Nuestras prácticas educativas han pivotado en muchos casos sobre la competitividad y ya es hora de que comprendamos que la transición ecológica solo podrá tener éxito si todos cooperamos, si cada quien comprende su papel en el entramado social y ecológico y lo asume desde el espíritu de colaborar en el bien común.

Los fenómenos de simbiosis son un ejemplo de lo que podrían ser nuestras escuelas y universidades si cambiásemos el enfoque en ese sentido. Foto: Álvaro López.

Tenemos ante nosotros un cambio civilizatorio de enorme magnitud. Un cambio hacia el que hemos de transitar cogidos de las manos, conscientes de la potencialidad que tienen los colectivos humanos cuando asumen en conjunto proyectos, ideas y prioridades. Rediseñar nuestras formas de vida no es algo que pueda hacerse desde arriba, si queremos mantener el carácter democrático de nuestras sociedades. Los políticos necesitan la complicidad de las gentes para esta transición. Y las gentes tienen, tenemos, la potencialidad de ir haciendo que emerjan desde abajo esas nuevas formas de vivir, producir y consumir, que pueden hacer nuestras vidas más sostenibles y seguramente más felices. Ambas fuerzas deben actuar sinérgicamente, con influencias recíprocas, desde una conciencia colectiva que ilumine los comportamientos individuales y grupales en la dirección adecuada.

En la educación ambiental podemos (y debemos) recordar que la vida avanzó y evolucionó gracias a la cooperación. Las bacterias estuvieron 2000 millones de años solas y fue el momento en que una arquea y una espiroqueta comenzaron a cooperar el que desencadenó el proceso evolutivo que nos ha traído hasta aquí. Es cierto que en la naturaleza existe competencia, pero competir aisladamente es poco productivo. Incluso para competir es preciso antes cooperar, crear equipos, trabajar en grupos coordinados… Generalmente la vida progresa allí donde los individuos de una especie cooperan entre sí o con otros diferentes. Los fenómenos de simbiosis son un ejemplo de lo que podrían ser nuestras escuelas y universidades si cambiásemos el enfoque en ese sentido.

También para salir de los atolladeros, las crisis, los riesgos imprevistos, hace falta cooperación, la evidencia lo demuestra. Nuestros procesos educativos tienen que mejorar en ese sentido, y también los programas televisivos, los mensajes de los medios, tan basados muchas veces en lo contrario.

Cooperar merece la pena. Cooperar es compartir recursos no solo físicos sino intangibles. Es dedicar tiempo y cuidados a la naturaleza y a quienes –cerca o lejos- necesitan nuestra ayuda. Y es una fuente de satisfacción personal. Pero hay que estimular esa actitud desde los primeros años de vida, enseñar a quienes aprenden a trabajar en equipo, a debatir temas colectivamente respetando las ideas diferentes, a ser creativos pensando y discurriendo en grupo.

IMAGINACIÓN Y CREATIVIDAD, CLAVES PARA LA TRANSICIÓN ECOLÓGICA

Ante los desafíos presentes y futuros que plantean los problemas ambientales, necesitamos un plus de imaginación y creatividad que nos ayude a soñar y poner en práctica esta transición hacia otros modelos y formas de vida. Nadie puede diseñarlos por nosotros. Cada ser humano, en cada rincón, ha de colaborar, en la medida de sus posibilidades, en la construcción de un mundo sostenible ecológica y socialmente. En este sentido, es necesario que las enseñanzas artísticas tomen más protagonismo en la educación ambiental y la educación en general. Que los estudiantes de ingeniería tengan posibilidades de conocer y practicar esa mirada lateral que proporciona el arte. Que los procesos educativos estimulen en los médicos la capacidad poética, la mirada abarcadora de los artistas. Que los economistas incluyan la creatividad y los sueños en sus currículos. Que la ciencia, en suma, dialogue con el arte para poner en juego todas las potencialidades del ser humano: la empatía junto al rigor; la emotividad al tiempo que la razón; el descubrimiento de los invisibles junto a la mirada sobre lo visible… Cada vez que una persona o un colectivo se ponen a transitar en esta dirección, no solo aparecen ideas nuevas y soluciones inéditas para los problemas, sino que se eleva considerablemente el grado de satisfacción y bienestar psíquico de los participantes. Somos parte de una vida generosa y creativa y, como tales, podemos participar en la aventura de imaginar una transición ecológica amable para la naturaleza y para nosotros si ponemos en juego esas dimensiones.

Recuerdo ahora la anécdota que relata Federico Mayor Zaragoza, cuando uno de sus maestros le enseñó que ser científico es “ver lo que todos ven y pensar lo que nadie ha pensado”. Y me vienen a la mente las enseñanzas de nuestra gran filósofa y poeta María Zambrano cuando hablaba de la necesidad de una “razón poética”. ¿Por qué no poner en juego todas las potencialidades de quienes aprenden? La capacidad de imaginar, de crear lo nuevo, comienza en la infancia y no se agota nunca. Jóvenes y mayores tenemos que contribuir a que no se seque en nuestras sociedades secuestrada por la falta de tiempo o la escasez de oportunidades para soñar que proporcionan los sistemas educativos en general.

Hay loables excepciones, desde luego. Escuelas, institutos, universidades, ONG, familias, en los que estos aspectos se cuidan y se potencian. Es mirando hacia ellos como podemos vislumbrar una transición ecológica que sea también un esfuerzo colectivo de creatividad, que ofrezca una educación estimulante, que ponga el énfasis más en los procesos que en los productos. Porque es ahí, en los procesos, donde se esconde la llave de la capacidad para soñar e imaginar mundos posibles.

CAMBIAR EL NIVEL DE CONCIENCIA

Necesitamos que cada persona que tiene la potencialidad de llegar a la gente a través de los medios difunda no sólo la problemática socioecológica y sus efectos (que también) sino la posibilidad de ser felices viviendo mejor con otras pautas de producción y consumo menos agresivas.


Decía Einstein que ningún problema se resuelve desde el mismo nivel de conciencia en el que se ha creado. Esta idea creo que sigue siendo válida en el momento presente. No se trata solo de impulsar cambios tecnológicos, procesos de planificación distintos, economías que contemplen la variable ecológica…, sino de arropar todas esas medidas con un cambio en la conciencia de las gentes que nazca de una convicción profunda, de una ética social y ecológica que sirva de soporte a la transición que tenemos ante nosotros.

Necesitamos dejar de vernos como dueños y dominadores de la naturaleza. En palabras de Habermas, alcanzar una mirada fraternal que nos permita recomponer las prioridades, los ritmos y los vínculos con los que operamos sobre los bienes de la Tierra. Pero, como el propio Habermas viene advirtiendo desde hace tiempo, esa mirada solo será posible si, al mismo tiempo, recomponemos la mirada ante la parte doliente de la humanidad aplicando el principio de equidad a nuestras acciones individuales y colectivas.

Esto nos lleva a hablar de solidaridad con todo lo vivo y el soporte que mantiene a la vida. Una solidaridad que afecta no solo al momento presente, sino a la deuda que tenemos con las generaciones futuras de dejarles un legado que no sea un planeta esquilmado por la codicia, el derroche de unos pocos y la desigualdad.

En esta dirección, un nuevo paradigma se abre paso. Y la educación ambiental ha tenido históricamente mucho que ver en su avance, porque lo lleva potenciando más de cuatro décadas. Gira en torno a una ecoética que restaure las relaciones entre los seres humanos y el planeta en torno a tres ideas fundamentales: la naturaleza como un ámbito de vida a respetar y cuidar; las interdependencias entre el mundo físico y el mundo humano; y el desarrollo de los valores éticos y de los cuidados. Esos tres conceptos presentan en sí mismos una gran potencialidad cuando se manejan al unísono. Si lográsemos incorporar a la conciencia de las gentes esta forma de pensar y actuar, la transición estaría asegurada. Es, por tanto, tarea de la educación ambiental, orientar los procesos en este sentido, tanto cuando se trata de procesos formales como informales, en la escuela y en la familia, en la universidad y en el mundo asociativo, en la empresa y en la administración…

Claro que no es sencillo. Supone aceptar que nos movemos en un entorno de interacciones y, a quienes vivimos en los sectores privilegiados del planeta, nos compromete a asumir que nuestras formas de vida son bienes posicionales que se producen a costa de la destrucción del medio ambiente y, en muchos casos de la pobreza y miseria, en otras zonas del mundo. Eso obliga a usar los bienes de la Tierra y los recursos públicos y privados de otra manera.

En cuanto a la naturaleza, esa evidencia se infiltra en las conciencias para recordarnos que compartimos destino con todas las especies vivas del planeta. Pero, de inmediato, esta constatación plantea un conflicto ético que no todo el mundo está dispuesto a asumir. El reto de la educación ambiental es manejar esta idea con sabiduría para que, poco a poco, se vaya convirtiendo en un referente ético de las personas y los grupos sociales. Un referente que, por cierto, está en las culturas originarias y pervive en muchas culturas rurales de nuestro entorno, si bien hoy día contaminado y amenazado por las ideas económicas que van en otra dirección.

¿Y qué decir de los cuidados? Somos seres de cuidados, sin ellos no saldríamos adelante en las primeras etapas de la vida. Los necesitamos siempre, pero nos cuesta ofrecerlos como algo gratuito, siempre poniéndoles precio o convirtiéndolos en mercancía. El mundo femenino tiene mucho que mostrar al resto de la sociedad sobre el altruismo del arte de cuidar. Porque es un arte, en efecto. Implica a la parte racional y a la parte emotiva y sentimental al unísono. Cuidar es un aprendizaje que no termina nunca. También es un aprendizaje aceptar los cuidados cuando se necesitan…

TRABAJAR SOBRE CONFLICTOS. APRENDER A NEGOCIAR

Vienen tiempos en los que habremos de abordar (ya están ocurriendo) situaciones difíciles derivadas de los problemas ambientales. Kirivati y Tubalu son pequeñas islas que nos están mostrando el drama de comunidades que se quedan sin territorio por la subida del nivel del mar. Un problema que amenaza a las ciudades costeras y a las zonas bajas inundables del planeta. Al mismo tiempo, la frecuencia y el impacto de fenómenos como las sequías e inundaciones, nos confronta con la necesidad de resolver, en tiempos cortos, situaciones problemáticas que afectan al ámbito de vida de las gentes de aquí y de allá. Por no hablar de otros daños sobrevenidos para los cuales es necesario tomar decisiones actuando con urgencia y efectividad.

¿Qué conviene enseñar, entonces? En todos los casos, y a todos nos niveles, mi opinión es que se impone trabajar en dos direcciones: Por un lado, impulsando las técnicas de diálogo, negociación y cooperación en los estudiantes y en la ciudadanía. Hoy más que nunca esas técnicas, apoyadas en valores y actitudes, pueden impulsar la transición ecológica en la dirección adecuada.

Por otro lado, sabemos que algunos sistemas, por efecto del cambio climático, pueden sufrir cambios abruptos, pero no sabemos a ciencia cierta ni dónde ni cuándo. De modo que es necesario que los procesos de educación, formación y capacitación “entrenen” a las personas para que sepan captar de forma rápida situaciones de emergencia, organizar recursos, vislumbrar soluciones y saber implementarlas. Este “entrenamiento” es, creo, una de las tareas en las que la educación ambiental debería poner el énfasis en los tiempos presentes.


ALGUNAS IDEAS PARA CONCLUIR: EL VALOR DE LA PROSPECTIVA

La transición ecológica que estamos iniciando es el primer paso de un cambio civilizatorio que podemos hacer a tiempo si tomamos las decisiones adecuadas. El cambio climático es un claro ejemplo de la necesidad de no demorarse y ser audaces en las alternativas y las estrategias, con el fin de no llegar a situaciones de muy difícil manejo y control. En este contexto, un esfuerzo de prospectiva es absolutamente necesario. Hemos mirado demasiado hacia atrás, queriendo convencernos de que las cosas van a ser como han sido siempre. Pero estamos aproximándonos a umbrales que, si sobrepasamos, producirán cambios cualitativos (no simples añadidos cuantitativos), daños abruptos en ocasiones irreversibles y serios problemas para la vida humana sobre el planeta.

Es hora de mirar hacia delante. De reconocer que podemos ser felices viviendo de otra manera. De asomarnos a un futuro que está por construir. Una transición ecológica pacífica, acordada entre las naciones y los pueblos, puede ser un ejercicio de inteligencia y lucidez de la especie humana. En su génesis y su gestión tiene mucho que ver y hacer la educación ambiental, no solo en el campo formal, sino, como he comentado, en el ámbito del conocimiento, la conciencia y el compromiso de quienes toman decisiones a todas las escalas.

Este es un reto para las universidades, donde deberían incentivarse y potenciarse las propuestas inter y transdisciplinarias para ofrecer procesos de formación orientados a los líderes sociales. Existen algunas experiencias que avalan esto que afirmo y han demostrado que, cuando se movilizan los recursos universitarios en esta dirección, los resultados son excelentes. Pero no solo es tarea de las universidades contribuir a la transición ecológica. Necesitamos que todos los recursos educativos y formativos de la sociedad se movilicen en esta dirección. Nos va en ello el buen vivir de nuestros hijos y nuestros nietos.

La educación ambiental puede operar así como un potente instrumento para esta transición hacia sociedades sostenibles. Un instrumento que llene de poesía y de arte las propuestas, para que vivir mejor con menos sea una máxima atractiva y estimulante, una forma de ir avanzando en la reapropiación de recursos ahora secuestrados, como el tiempo y la convivencialidad, la contemplación y el disfrute de lo pequeño, la serenidad y la sobriedad en el uso de los bienes propios y comunes…

Caminemos, pues, en ese proceso de transición, dialogando y cooperando entre nosotros y con la naturaleza. Hagámoslo convencidos de que el proceso nos irá dando indicaciones de por dónde avanzar. Pero, sobre todo, hagámoslo con ilusión y esperanza, señas de identidad de la educación ambiental. Soñar el futuro es el primer paso para construirlo. Transformar esos sueños en realidad es un requerimiento imprescindible.

Termino con unas palabras de la jurista francesa Mireille Delmas-Marty que pueden iluminar estas ideas:

El arte de caminar, a grandes zancadas o a pequeños pasos, solo tiene sentido si la dirección de la marcha no es algo que se sufre, sino que se elige.