Profundizando más en la gran mentira de los coches eléctricos y analizando su situación desde un punto de vista más crítico y racional.
Los ODS constituyen un llamamiento universal a la acción para poner fin a la pobreza, proteger el planeta y mejorar las vidas y las perspectivas de las personas en todo el mundo. Por la suma importancia del segundo objetivo hoy en día está en boca de todos la palabra “coche eléctrico” debido al plan activo para el desarrollo sostenible en el pleno del Parlamento Europeo, donde se dio el visto bueno para que a partir de 2035 todos los automóviles nuevos que se comercialicen en la UE sean "cero emisiones", lo que en la práctica supondrá la prohibición de comercializar vehículos de combustión, incluidos los de gasolina, diésel e híbridos. Ya que como cita esta ley, los consumos de gasolina medios deben ser inferior a los 2 L/100 km en un motor gasolina y una media inferior a los 1,7 L/100 km en un diésel. Un consumo medio imposible de alcanzar sin una fuerte y seria del coche. Dicho de otro modo, sería tal la inversión para lograrlo que es más rentable proponer un coche eléctrico, ya sea de batería o de pila de combustible de hidrógeno. De momento, no se contempla la prohibición o el veto a nivel europeo de los coches con motores de combustión, pero es algo que sería posible a nivel nacional en cada país.
No obstante, si no nos quedamos en estos datos tan atractivos y profundizamos un poco más, nos percatamos de su baja rentabilidad económica y práctica: El precio medio de un vehículo eléctrico nuevo está rozando los 40.000 euros, y partiendo de la base de que el sueldo promedio en España ronda los 1540 euros mensuales, podemos deducir que la mayoría de ciudadanos no tendrían la capacidad financiera como para adquirir un vehículo de estas características. A esto tenemos que añadir factores como el costo del reemplazo de las baterías, cuya vida útil es de 150.000 km, lo equivalente a unos aproximados ocho años de uso. Otra desventaja es el tiempo de carga, el cual se encuentra entre las 5 y 8 horas para cargarse al completo, esto depende de diferentes factores, unos relacionados con el vehículo y otros con el cargador o punto de recarga.
Además, no debemos olvidar que para su fabricación es necesario el litio. Este es un material para cuya extracción se contamina la tierra, que se vuelve inservible, además del aire y el agua, que se intoxica debido a la mezcla de agua dulce y salada. Sumando la contaminación de las baterías y la alta demanda de coches eléctricos por la agenda 2030, podemos predecir una subida en los niveles de contaminación debido a la fuerte actividad y producción eléctrica de las fábricas para suplir esta elevada petición.
También hay que tener en cuenta la infraestructura que quiere realizar la UE, cuya finalidad es obligar a los Estados miembros a garantizar la instalación de puntos de recarga eléctrica cada 60 kilómetros a lo largo de carreteras del Tran-European Transport Network(TEN-T), que son las principales carreteras del continente. Para que sea viable la sustitución de coches de combustión por coches eléctricos tendríamos que hacer un gran esfuerzo e inversión, además, si tenemos en cuenta el tiempo de recarga y la baja autonomía, estas instalaciones estarían siempre ocupadas, lo cual obligaría a instalar muchos más puntos de recarga, aumentando así de nuevo los gastos planeados.
Aunque el discurso más extendido apoya a los coches eléctricos, este punto de vista no es más que una mera carcasa, que analiza la situación desde un prisma superficial. Este fenómeno también tuvo lugar con los coches diésel, ya que la propaganda política y periodística modifica en muchos casos la opinión de la gente que no se preocupa por investigar profundamente aquello que escucha, de forma que se conforman y corroboran la primera opinión que reciben.
Autores: Lucas del Vado Sanz, Rodrigo Baena García, Josué Arias Fernández, Marcos Guerrero Fernández, Juan José Aguilar Fernández, Mario López González.