POR QUÉ JESÚS MENDOZA

El padre Jesús Mendoza Negrillo

(por Dionisio Rodríguez Mejías).


Allá por los años sesenta del siglo XX llegó a las Escuelas de la Sagrada Familia el padre Mendoza, jesuita, un modelo de honradez e integridad. Había cursado estudios en Comillas, Salamanca y Londres; pero, a los treinta y seis años, cambió la grandiosidad universitaria por la sencillez de un colegio dedicado a educar a los pobres y a los huérfanos en la ciudad de Úbeda. Sólo tuvo un deseo: ayudar y servir a la gente de su clase, la clase trabajadora. Su padre también fue huérfano, de padre y madre, desde los trece años.

​El padre Mendoza buscó a Cristo en las calles, en los centros de acogida, entre los pobres y los enfermos de la Tierra, pero también en el selecto círculo de empresarios de Acción Social Patronal, porque a Dios se le encuentra en todas partes. Vivió solo, obligado a soportar, en ocasiones, la incomprensión de sus hermanos y superiores, que juzgaban excesiva tanta generosidad. Pocas cosas molestan más, a los que no lo somos, que la rectitud y la honradez del hombre bueno. Luchó sin descanso. Alentado por la fuerza de su fe, amó y sirvió a los demás, sin buscar nada para él. Siempre nos asombró por su estilo y su ejemplo. Se mantuvo firme en sus convicciones y supo disculpar los tejemanejes de los demás. Nunca tuvo cargos de relieve. Si repasáis los álbumes de fotos de la Institución, le encontraréis en un discreto segundo plano. Fue un hombre que huyó de los aplausos y de las glorias mundanas, porque sabía muy bien que el Reino de Dios no es de este mundo.

¿Cuántos hogares humildes visitó? ¿A cuántas familias ayudó a salir adelante? Sólo Dios y él lo saben; pero, tanto en Las Escuelas como en las capas sociales más necesitadas de esta región, somos muchos los que le debemos ayudas puntuales que luego resultaron decisivas. Somos muchos los que nunca olvidaremos su apoyo y su asistencia. De él aprendimos a pensar libremente y a trabajar sin doblar la rodilla. Trabajar para no mendigar; para mantener viva la virtud más apreciada del ser humano: el respeto a uno mismo.

Las Escuelas nacieron del esfuerzo de hombres buenos y sencillos como Jesús Mendoza. Un hombre que amó a los pobres con corazón abierto y solidario. Nadie como él sintió el pesar penetrante de los versos de Neruda:

Ahora pobreza, yo te sigo.

Como fuiste implacable, soy implacable.

Junto a cada pobre me encontrarás cantando,

bajo cada sábana de hospital imposible encontrarás mi canto.

Murió el padre Mendoza. Voló junto al Padre, al que tanto había amado. Las madres solteras, los enfermos, los pobres, los golfillos y los jornaleros del cielo irán tras él en busca de palabras y consuelo. Yo también le quisiera pedir algo: le pediría que nos explicara muy claro, para que todos lo entendiéramos, que el progreso de los pueblos no se consigue predicando la lucha de unos contra otros, sino con la honradez, el trabajo y el esfuerzo solidarios. También le pediría que mandara, a esta tierra, más hombres como él: hombres que acudan a la llamada del amor y de la fraternidad, para protegernos de aquellos que la desoyen y la desprecian.

El padre Mendoza era un enamorado del inglés, y de los idiomas en general y siempre fomentó desde el Centro Universitario su enseñanza y promoción. Este CLM, por tanto, es una expresión, la materialización de uno de sus mayores deseos.