Al entender la persona como ser social, singular y trascendente, se reconoce además de lo bio-psicológico, una dimensión espiritual, que requiere atención y desarrollo, puede considerarse como un tipo de inteligencia, incluye la experiencia creyente o religiosa en sus diferentes formas, es vital para el desarrollo humano y le vincula con la trascendencia.
Permite el conocimiento de si, la toma de conciencia del sentido de vida, la búsqueda de su proyecto de vida y favorece el desarrollo armónico de autoestima, autoconocimiento, auto aceptación, autoimagen y a su vez el desarrollo emocional y socioemocional.
Requiere para su fortalecimiento de herramientas apropiadas (p. ej silencio, respiración consiente, meditación, entre otras) y supone la disposición de la persona y el apoyo de quienes están cerca (familia y comunidad educativa).