Carta del president executiu— Maig 2026
Carta del president executiu— Maig 2026
Vivimos tiempos extraños
Tiempos en los que el ruido parece haberse convertido en el paisaje habitual de nuestras vidas. Nos despertamos cada mañana y, casi sin darnos cuenta, entramos en una rueda constante de titulares que hablan de violencia, enfrentamiento, miedo, desigualdad o incertidumbre. Todo sucede muy rápido. Demasiado rápido. El mundo parece haberse acostumbrado a convivir con la crispación permanente y, a veces, incluso da la sensación de que la esperanza ha quedado relegada a un segundo plano, como si creer en las personas fuese un ejercicio ingenuo reservado para unos pocos.
Y, sin embargo, en medio de todo ese contexto, existen lugares donde sucede exactamente lo contrario.
Lugares donde todavía hay personas que no han renunciado a nada. Personas que decidieron hace tiempo que su conocimiento, su experiencia profesional y su manera de entender la vida debían servir para mucho más que desarrollar una carrera o cumplir con una responsabilidad laboral. Personas que entendieron que acompañar, escuchar, sostener y generar oportunidades también es una forma de transformar el mundo.
Eso es, probablemente, lo que más admiro después de más de veinte años vinculado a la Associació Educativa Itaca.
Porque cuando uno entra en Itaca no encuentra únicamente proyectos educativos o sociales. Lo que encuentra es una manera de mirar a las personas y de entender los barrios desde la dignidad, la cercanía y la convicción profunda de que nadie debería quedar atrapado por las circunstancias que le han tocado vivir.
Y eso no ocurre por casualidad.
Sucede porque detrás hay un equipo humano extraordinario formado por profesionales que, incluso en los momentos más difíciles, han decidido no dejarse arrastrar por el pesimismo ni por la resignación. Personas que cada día siguen entrando en un aula, en una actividad, en una reunión familiar o en una conversación complicada con la voluntad intacta de generar confianza, oportunidades y futuro allí donde demasiadas veces solo llegan prejuicios o indiferencia.
A veces pienso que eso es exactamente “militar en la esperanza”.
No desde una idea romántica o ingenua de la realidad, sino desde algo mucho más profundo y exigente: la decisión consciente de no abandonar nunca a las personas. La decisión de seguir creyendo en un niño incluso cuando todo a su alrededor parece decirle que no llegará lejos. La decisión de acompañar a un adolescente cuando la frustración, la rabia o el miedo ocupan demasiado espacio en su vida. La decisión de sostener a familias que llevan demasiado tiempo luchando solas.
Militar en la esperanza significa entender que el miedo no puede tener siempre la última palabra.
Y quizá por eso emociona tanto observar el trabajo silencioso que realizan tantas personas en Itaca. Porque mientras fuera el mundo parece premiar el individualismo, aquí siguen existiendo profesionales capaces de dedicar su energía, su talento y una parte enorme de su vida a construir comunidad, vínculos y oportunidades reales para los demás.
No siempre es fácil.
Hay cansancio. Hay frustraciones. Hay días donde las dificultades parecen multiplicarse y donde la sensación de impotencia aparece inevitablemente. Pero incluso en esos momentos, hay algo que permanece intacto: la convicción de que vale la pena seguir.
Y esa convicción es profundamente transformadora.
Durante todos estos años, junto a nuestra Directora General, hemos intentado preservar precisamente eso. Mucho más que una organización o una estructura. Hemos intentado cuidar una idea. Una manera de hacer y de estar. Una cultura basada en la proximidad, en el compromiso y en la creencia profunda de que las personas necesitan sentirse miradas, escuchadas y acompañadas para poder desplegar todo su potencial.
Porque las grandes transformaciones sociales rara vez empiezan con grandes discursos.
Normalmente, empiezan con alguien que escucha.
Con alguien que acompaña.
Con alguien que no se marcha.
Con alguien que decide creer en otra persona antes incluso de que esa persona vuelva a creer en sí misma.
Y eso es exactamente lo que sucede cada día en Itaca.
Por eso, cuando tantas veces se habla del miedo como motor de nuestro tiempo, creo que también es importante reivindicar a quienes trabajan cada día para cambiarlo de bando. A quienes siguen defendiendo la esperanza, no desde las palabras vacías, sino desde el compromiso cotidiano, desde la presencia constante y desde la voluntad inquebrantable de generar oportunidades allí donde más se necesitan.
Porque mientras existan personas capaces de dedicar su vida a cuidar de los demás, a construir comunidad y a sostener la dignidad humana incluso en los contextos más difíciles, seguirá habiendo motivos para creer en el futuro.
Y eso, hoy más que nunca, merece ser defendido.
Felipe Campos i Rubio
President Executiu | Associació Educativa Itaca