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Educación: los repetidores son los que mejor aprenden Por Gonzalo Frasca

publicado a la‎(s)‎ 22/3/2013 13:05 por Semanario Voces
 

Pasé todo el fin de semana pasado en Santiago de Chile, encerrado debajo del Palacio de la Moneda. Fue un encierro voluntario en el Centro Cultural subterráneo creado durante el mandato del Presidente Lagos.

Participé en un experimento organizado por el gobierno chileno, un Game Jam, nombre con el que se conoce a una maratón de creación de videojuegos. Durante 48 horas científicos y diseñadores trabajaron juntos, casi sin dormir. El objetivo era crear videojuegos que acerquen a los niños chilenos a los principales desafíos científicos de su país.

Al final del evento, los participantes tenían en sus rostros una mezcla de sueño y orgullo. El orgullo era por haber creado seis videojuegos que, luego de ser pulidos, serán exhibidos, disfrutados (y criticados) por los niños chilenos.

Mi trabajo, junto al de otros consultores internacionales, era guiar a los equipos.  Crear juegos es difícil. Crear juegos educativos lo es aún más. Crear juegos educativos efectivos es todavía más complicado. Complicado y caro. Pero más cara cuesta la ignorancia.

Nadie escribe una gran canción en el primer intento. Lo mismo sucede con los libros, con los videojuegos y especialmente con el material educativo. La clave para aprender es equivocarse y para ello lo fundamental es darse cuenta de los errores.

Por eso, no sería tan grave que los juegos de este primer Game Jam chileno no tuvieran un impacto educativo importante. Lo lograrán en el próximo encuentro o en el siguiente. Pero tarde o temprano, a fuerza de repetir el proceso, el nivel va a mejorar.

Se aprende haciendo y también se aprende matando la arrogancia. Muchos de los participantes éramos académicos, todos con sesudas publicaciones y preciosos doctorados. Pero basta con ver a un niño que no entiende un juego que creamos con toda nuestra teoría y esfuerzo, para aprender que tenemos que volver al pizarrón a mejorarlo, a testearlo y seguir en un proceso que no acaba nunca y que siempre busca mejorar.

Utilizar juegos para educar no es algo nuevo. Es una técnica pedagógica anterior a los videojuegos, a la escritura e incluso a la humanidad misma (los animales aprenden jugando y así lo hacían también nuestros antepasados). Jugando aprendemos cosas muy complejas, como nuestro idioma o cómo convivir en sociedad.

“Vamos a encerrar durante un fin de semana a nuestros mejores científicos junto a nuestros mejores diseñadores” es una premisa valiente. Valiente porque prefiere ver la baja probabilidad de resultados a mediano plazo que la alta probabilidad de fracaso a corto. Quedé impresionado por esa valentía.

Mentí cuando dije que estuve encerrado todo el fin de semana. Me escapé unas horas. Me fui a visitar a un amigo que tiene un nombre raro. Capaz que lo vieron, dio una charla en TEDxMontevideo. Se llama Tiburcio y además de ser empresario y de ser igualito al actor de Iron Man, es una de las cabezas detrás de Makerspace.

Makerspace es un gimnasio para inventores. Es un taller enorme con la última tecnología: impresoras que imprimen objetos 3D, cortadoras laser, computadoras, cartulina, Cascola y otras cosas de ciencia ficción. Su filosofía es simple pero revolucionaria: la gente aprende investigando y ensuciándose las manos.

Makerspace es una empresa privada y se financia de una cuota mensual relativamente alta (unos 100 dólares) pero también beca a miembros y ha recibido ayuda del Estado y de privados.

Aparte de un cursillo sobre seguridad (esencial para que todos salgan con la misma cantidad de dedos con la que entraron) no existe un currículum. Uno va a allí a construir cosas. Y se encuentra con otra gente con ganas de hacer cosas. Aprenden todos juntos, preguntando,  tirándole a embocar, copiando.

Tiburcio predica con la práctica y cuando llegué estaba terminando una preciosa maquinita de Space Invaders, con el gabinete hecho a escala, que funcionaba perfectamente.

Otro miembro creó un sistema para regar y cuidar plantas carnívoras a través Intenet. Unos flacos estaban fabricando un generador a pedal para cargar baterías  hecho con una bicicleta. No les andaba muy bien. Pero mientras usted y yo estamos pensando “eso ya se hizo en Uruguay para cargar ceibalitas”, ellos están todavía en el taller, laburando y aprendiendo, ignorando a los de afuera que, como todos sabemos, somos de palo y de madera.

En el Makerspace había también una docena de liceales. Estaban construyendo su segundo robot para participar en un campeonato mundial en EEUU. El año pasado hicieron uno que tiraba pelotas de básquetbol y embocaba todo el tiempo. Salieron 7os. Ahora hicieron uno que lanza discos. Tiburcio les dijo que no volvieran con menos de un 5to puesto. Se rieron pero sabían que hablaba en serio.

Yo a duras penas puedo embocar una pelota de básquetbol y estos gurises ya van por su segundo robot. Tienen entre 15 y 17 años. Varones y mujeres. Encerrados durante un precioso fin de semana, deslomándose para lograr que su robot sea el mejor del mundo. Probando una y otra vez, repitiendo hasta mejorar.

Acá en Uruguay el Plan Ceibal comenzó experiencias en robótica en los liceos y eso está buenísimo. Pero necesitamos mucho más. Vivimos en un país que tiene una cancha cada diez cuadras, con la esperanza que el nene salga bueno y se vaya para Italia. Ahora que la biblioteca cabe en una ceibalita, necesitamos un país con talleres como el Makerspace en todos los barrios. Para que si el pibe o la piba salen buenos y se tienen que ir, por lo menos que se vayan al MIT.

Pero eso no fue lo que más me sorprendió del Makerspace. Lo más impactante es que estos adolescentes, luego de terminar su proyecto, comenzaron a barrer el taller. Nadie los obligó. Lo hicieron por disciplina, porque el lugar había quedado hecho una mugre. En vez de decir “yo pago, que limpie otro” se hicieron responsables del lugar que tan felices los hace.

La educación está en crisis acá, en Chile y en prácticamente todo el planeta. Solamente hay una cosa segura: haciendo lo mismo de siempre no vamos a salir de este pozo. No es un problema trivial: en un mercado global, el país que eduque mejor va a ser el que mande y el resto pasará a ser, con suerte, telemarketers (el que diga que todo trabajo es digno es porque nunca laburó de telemarketer).

Quería compartir dos ejemplos, arriesgados y esperanzadores, que vi en Chile. He visto muchos otros en otras partes del mundo. Yo sé que hay mucha gente en Uruguay que se esfuerza por mejorar la educación. Pero no es suficiente: podemos y debemos rendir muchísimo más. Tenemos que aprender de una vez por todas a hacernos cargo de nuestros problemas y repetir de año cada vez que sea necesario.

Para no quedarnos trancados en el pasado y sobresalir en el futuro, tenemos que admitir que nuestra educación es insuficiente. Debemos repetir lo que funciona en otros lados, repetir los riesgos, repetir los desafíos, repetir los errores hasta aprender de ellos.

Repetir todas las veces que sea necesario hasta que las cosas mejoren.

 

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