Testimonis

Francisco Umbral, “Gimferrer”

El país 21/11/1983

Pére Gimferrer me envía y dedica Fortuny, "una nova y brillantissima dimensió estética de la noveI-la en llengua catalana". El libro ha sido Premi de Novel-la Ramon Llul-83". Si el premio nacional de novela, otorgado por el Ministerio ese, no quisiera quedarse en las poquedades escarpadas del castellano, tendría que ser, este año, para el catalán Gimferrer. Y no por halago fácil al loapismo, sino porque Gimferrer, que cambió de signo, como un Rubén Darío, la poesía peninsular en el 66 -tras él no ha venido nadie-, ahora cambia de signo la novela y, tras tanta novela de la vida -socialrrealismo, costumbrismo- que nos aburren, concibe y concede, al fin, la novela de la cultura, digamos, o sea Fortuny, una novela donde los personajes se llaman Fortuny, Madrazo, Henry James, Sargent Aspern, Browning, Parsifal, Liszt, Cósilina Wagner, D'Annunzio, Eleonora Duse, princesa de Hohenlohe, Goya, Orson Welles, etcétera. Es lo que uno venía buscando desde hace mucho tiempo, y he aquí que Gimferrer ha encontrado la fórmula. ¿Y cómo se hace vivir a todos estos personajes, cómo se logra la novela de la cultura? (No confundir con la novela/ensayo de Huxley, Mann y otros palizas). Mediante el lenguaje, naturalmente. El lenguaje de Gimferrer, lenguaje de poeta, es tan noble y rico que se trasvasa del catalán al castellano, y a la inversa, sin pérdida ni entropía. La literatura sólo vive por el lenguaje -sintaxis, metáfora-, y quien carece de esta capacidad o dimensión estética nunca hará sino catastralismo o algo así.Sólo el poder de la palabra pone en pie el pasado, esto es obvio, y no el dato, y de ahí que Gimferrer haya subordinado, el dato a la palabra (palabra de poeta) en esta novela de la cultura (Planeta). Nos recuerda un poco la cultura novelada de d'Ors -algo muy mediterráneo, pues-, sólo que d'Ors, esteta y sólo esteta, se sentía/creía en la obligación de obtener consecuencias éticas de tanta riqueza como acumulaba, mientras que Gimferrer, nacido en el 45, de melena lacia y gafas desmesuradas, sabe que a la belleza hay que dejarla en belleza, sin llamarla siquiera estética, para que no pierda. Cuando publicó Arde el mar (libro con el cual ha cambiado el lirismo peninsular para siempre, como un Rubén de esa contra/América que es Catalunya), yo estaba en la cama, enfermo durante un año, y había abandonado la crítica de poesía (lo que más me gusta del mundo). Años más tarde, en la redacción de Destino, en Barcelona, Gimferrer me dijo:

-Pero tú no le hiciste crítica a Arde el mar.

(Por entonces, ay, felices sesenta, la crítica poética de uno parece que contaba algo en España). Esta memoria minuciosa demuestra que los poetas son, como Cocteau dijera de Proust, "una inmensa miniatura". Libro dedicado, libro consagrado, poema en prosa, el Fortuny, que nos refuerza en nuestra idea de la novela lírica, ahora mismo, contra toda escritura geodésica o de carácter informativo (la novela lírico/histórica, más bien, desinforma de los temas que trata, y esto se encuentra en D'Annunzio y Valle). Si la poesía peninsular cambió de signo, mediados los sesenta, gracias a un catalán, Gimferrer, agotado el socialrrealismo, la novela vuelve a cambiar y encuentra su fórmula gracias al mismo catalán (este hombre se va haciendo monumental) con su Fortuny. Libro que responde a las "huidas de la Historia", como las e ama o, que son comunes a todas las mocedades del fin de siglo. Descubren la cultura (pasatismo) como el paraíso perdido en que estar a gusto. El pasado es un presente a salvo. Catalunya, hoy, manifiesta su entidad -como pasa siempre-, antes que por- los políticos, por los poetas. Antes que por Pujol, por Gimferrer.