Poética

Empecé a escribir poesía de un modo más o menos deliberado y consciente ­antes hubo tanteos infantiles­ a los trece años, es decir, en el momento de mi más grave crisis de adolescencia. Mi precoz dedicación a la lectura proviene quizá de mis meses de convalencencia de una enfermedad de la infancia, a los ocho años, y ya a partir de entonces destacaría en los ejercicios de composición y se aplaudiría mi feliz memoria y conocimiento de los clásicos ­a los que luego, naturalmente, me ha sido preciso redescubrir. Recuerdo unos Ejercicios Espirituales, impuestos por el colegio religioso en qu estudié el bachillerato, a los que acudí ­tendría yo catorce años­, con un libro de Kafka, que, descubierto por el Padre Visitador, no dejó de causar, más que escándalo, estupefacción si bien el libro se reputó disolvente y en último término vinieron a decirme que eso estaba bien para mí pero que no lo prestara a mis compañeros. Mi timidez y mi desfase del mundo exterior contribuyeron a encerrarme de tal modo en la esfera del arte que puedo decir que hasta mis veinte años no vivía para otra cosa, y todavía es éste mi último refugio cuando los asuntos van mal y vuelvo a convertirme en el adolescente acosado e inseguro de entonces. Aunque leía muchísimo ­en un tiempo, ocho horas diarias­, la cosa cambió un poco a partir de los diecisiete años, época en que empecé a tratar a otros jeunes Turcs, presentes lo más en esta antología y uno de ellos ­Francisco Ferres Lerín­ desaparecido luego misteriosamente, hasta hace muy poco. A esta edad escribí un libro de poemas ­en realidad, un solo extenso poema­, titulado Malienus, que permanece inédito. Estaba escrito en alejandrinos blancos, sin puntuación, presidido por la obsesión del ritmo, las imágenes, el poder sugestivo de un lenguaje extremadamente barroco y muy influido por Saint-John Perse. Era, por lo demás, escritura automática. Descubrí entonces también el jazz y empezaron a perfilarse mis gustos cinematográficos. Se inició mi gran época de pasión por el cine, y casi exclusivamente por el cine americano, pues yo era lector asiduo de "Cahiers du cinéma." Mi desinterés por la literatura imperante entonces en España era completo, así como mi falta de respeto por las escalas de valor establecidas: a mí me gustaba la poesía modernista, la novela erótica de 1900, los folletines, etc.; es decir que era, como tantos otros, practicante del camp "avant la lettre". Mis poetas preferidos eran, en España, los del 27, a quienes debo mucho, y fuera de ellas, además de Perse, Eliot y sobre todo Pound. Posteriormente descubrí el siglo XVII español y los elegíacos latinos. En prosa (yo, de hecho, he leído siempre más novela que poesía), Faulkner, Proust y Henry James. Siempre me sentí deudor del surrealismo. Todo ello (estas lecturas, esta pasión por el cine, estos gustos estéticos) no era un aspecto de mi vida, sino toda mi vida; no había otra cosa en mi vida que esto. Ya hacia los diecinueve años el interés por el cine llegó a ser tal (coincidiendo con el final de mi aislamiento del mundo exterior) que relegué mis poemas al olvido y los que de tarde en tarde escribía ni se me ocurría pensar en publicarlos. No sin reluctancia, se los mandé a Vicente Aleixandre tras habérmelos pedido él repetidamente, movido aún no sé muy bien por qué razones; él me convenció de que debía publicarlos, y no es éste el lugar de extenderme sobre cómo este estímulo y la amistad que le acompañaba favorecieron mi vocación y centraron mi inestable personalidad. No era yo muy consciente de hasta qué punto mi poesía y mi actitud personal ante el arte diferían de las comunes hasta el momento en España; es más, se oponían a ellas. Todavía hacia esta época, o inmediatamente antes, es decir, en mis diecinueve años, se sitúa mi descubrimiento de Octavio Paz, que ha tenido en mí una gran influencia no sólo como poeta sino también como teórico (o mejor: como actitud ante el arte) así como a nivel personal. Posteriormente, mi puntual asistencia a los coloquios generacionales y la lectura entre sorprendida, irónica, alarmada y truinfal de diversos textos me han dado la vaga idea ­como cuando uno recuerda borrosamente a un personaje que conoció de pasada hace tiempo y reconoce en él a alguna celebridad de incógnito­ de que todas estas cosas, y otras que me callo en gracia a la brevedad, configuraban algo que en algún modo difería de lo que venía siendo la literatura española en años anteriores y que, lejos de tratarse de un simple suceso personal mío, yo participaba a mi manera en un fenómeno más amplio.

Suelo escribir escuchando jazz, o bien la radio, y ésta indiscriminadamente, o casi. Tengo casi siempre presente alguna referencia cinematográfica, aunque luego muchas veces no llega a al lector, pues su función era simplemente la de ayudarme a mí. Me gusta la palabra bella y el viejo y querido utillaje retórico. Suelo proceder por elipsis; es decir, que de una primera redacción más extensa de mis poemas elimino los nexos de asociación de ideas. Éste, y el rítmico, son los criterios que principalmente guían mis supresiones. Incorporo al texto, con un sentido distinto, cualquier cita o referencia que se me aparezca como naturalmente sugerida.

Por lo demás, a la poesía en la que actualmente trabajo ­mi primer libro en catalán, titulado provisionalmente Els miralls­ no le son quizás plenamente aplicables algunas características que podían parecer inamovibles en mi obra anterior. Cabe esperar que ello suponga un progreso.

José M. Castellet, Nueve Novísimos. Barcelona: Barral Editores, 1970: 155-158












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