formación

Mi formación se basaba sobre todo en la generación del 27 y en poesía extranjera (Pound, Eliot, Perse...) y no pensaba ni poco ni mucho en que aquello tuviera o no que ver con lo en poesía se estaba haciendo a mi alrededor. Por otro lado, aunque leía mucho, lo que mayormente me interesaba entonces era el cine, y escribía estos poemas como un tránsfugo o intruso en la literatura sin especial designio de publicarlos. Fue principalmente Vicente Aleixandre, que los conoció en verano del 65, quien venció mis dudas, resistencia y temores sobre la conveniencia, utilidad o necesidad de su publicación. La relativa repercusión que alcanzaría luego el libro (y no me refiero a las polémicas más o menos provincianas que pudiera suscitar en ciertos círculos literarios, sino al interés que por él mostraron personas cuya opinión me importaba) me sorprendió bastante y acumuló sobre mi ánimo, quieras que no, un sentimiento de responsabilidad hacia el futuro. Intenté entonces (Arde el mar era, en algunos aspectos, casi escritura automática) una poesía más controlada y reflexiva, más cercana también a lo usual entre nosotros. Pasé al extremo opuesto con una serie de largos poemas experimentales. Ambas tentativas, que quizá consiguieron resultados parciales de algún interés dentro de sus límites, no me parecieron en conjunto justificar su publicación, salvo alguna muestra fragmentaria que adelanté aquí y allá. Este período cubre desde enero del 66 a julio del 67, en que inicié la redacción de La muerte en Beverly Hills. Este libro­el más lenta y cuidadosamente elaborado de los que he escrito, pese a su brevedad­es en realidad un solo poema, y como tal lo sentí mientras lo iba escribiendo. Principalmente, era un esfuerzo por liberarme deArde el mar e incorporar a mi generación. Es mi libro más triste, en la sensibilidad, narrando a través de ellos ­como yo mismo a veces creo de los gustos de ricos o culturales­ una historia íntima. (Que el mundo elegido fuera el cine americano de los años dorados y que este mundo estuviera de moda no fue sino una coincidencia que prueba, como mucho, que no estoy tan distante como yo mismo a veces creo de los gustos de mi generación). Es mi libro más triste, en la medida en que su tema es la nostalgia y la indefensa necesidad de amor. Desde otro ángulo, puede verse también como un juego de múltiples máscaras o espejos, es decir, como un libro irónico. No creo que una interpretación excluya a la otra: se complementan.

La tendencia a una ruptura, esta vez ya consciente (en Arde el mar fue sobre todo indeliberada) con la poesía dominante en España presidió aún más Extraña fruta, escrito entre enero y junio de 1968 y que debía ser (más de treinta poemas) el más extenso de mis libros. Su experimentalismo era quizá demasiado arriesgado o excesiva mi timidez: finalmente, no me resolví a rescatar sino algunos poemas ­los que me parecía más logrados­ que el lector encontrará en la tercera sección de este libro. He añadido algunos poemas posteriores, que cierran el volumen. Ya hablé de mis influencias iniciales, a las que hay que añadir las de Aleixandre y Octavio Paz (igulamente decisivas luego en el plano personal), así como la de Lautréamont, Lorca y Wallace Stevens. Y también, como he dicho en otra parte, influencias no pertenecientes al ámbito de la poesía: novela policial, cine americano de los años treinta y cuarenta.

Poemas. 1963-1969. Madrid: Visor, 1979: 12-13