Octavio Paz

Cierto día, en la primera mitad de la década de los sesenta, entré en la librería barcelonesa Ancora y Delfín y compré un libro: Salamandra, de Octavio Paz, editado en México por Joaquín Mortiz. Algún tiempo después, paseando por Barcelona con un joven poeta argentino a quien acababa de conocer, Marcos Ricardo Barnatán, en enero de 1965, nos detuvimos ante el escaparate de la librería del Fondo de Cultura Económica. Había, entre otros, un libro expuesto: Libertad bajo palabra, que reunía la obra poética de Paz escrita entre 1935 y 1958. Entramos y compré el libro; aquella misma noche leí Piedra de sol. Por entonces, yo era un conato de poeta ­cosa que, en rigor, probablemente sigo siendo­ y, además, un poeta casi inédito, incipiente, del todo desconocido, que, a lo sumo, me distinguía de otros aprendices de escritor parecidos a mí por una mayor curiosidad. La obra poética de Octavio Paz fue uno de los focos centrales, uno de los polos mayores de imantación de esta curiosidad. Encontré en ella, inmediatamente, algo que echaba a faltar en la inmediata tradición literaria hispánica: una poesía que enlazase a los fundadores de la modernidad ­un Aleixandre, un Cernuda, un Jorge Guillén, un J. V. Foix­ con una nueva generación ­la mía­ que, tras aquellos fundadores, veía un retroceso estético, un paso atrás ­con unas pocas salvedades individuales­ en la mayor parte de la poesía escrita en la península ibérica después de la guerra civil. Lo que en Paz hallaba no era una ficticia función supletoria, sino algo genuino: era la poesía que, en castellano, debía escribirse tras las experiencias de la generación del 27, y no siempre, en la orilla europea del océano, se escribió. Era, por otro lado, más que esto: en los idiomas o las tradiciones culturales que estaban a mi alcance, aun fuera del ámbito hispánico, la poesía de Paz encarnaba como pocas aquello que, en el momento presente, podía justificar aún la existencia misma de la poesía como género literario. Hablo de una doble justificación: estética y moral. Hablo, pues, de una razón de ser.

Lecturas de Octavio Paz. Barcelona: Editorial Anagrama, 1980: 9-10

 

Cuando publiqué Arde el mar, se lo envié a Octavio Paz. Me contestó desde Nueva Delhi sin conocerme de nada. Me decía que la poesía que por entonces se hacía en España le interesaba muy poco y que, en cambio, mi libro le parecía un retorno a la poesía hispánica que le importaba. Más adelante me añadía que esa poesía española frente a la que yo me alzaba, era cercana a la que se escribía en Europa antes, por ejemplo, de Ezra Pound. Esto tuvo una influencia enorme en mí y está en la base de declaraciones mías que han sido mal valoradas. Porque, aparte de lo anecdótico de lo social o no social, la poesía que se escribía en España en los años cincuenta era anacrónica; era, como decía Octavio, de antes de la primera guerra mundial, mientras que la producida por la generación del 27 era sincrónica con la europea.

Desde un punto de vista distinto, Vicente Aleixandre era también contrario a aquella poesía pedregosa de la posguerra.

 

Víctor García de la Concha, "Entrevista a Pere Gimferrer", Ínsula 44,505 (I/1989): 27