Vicente Aleixandre

En la más temprana adolescencia, la poesía tuvo para mí un nombre, precisamente el que había tenido para Vicente Aleixandre en su revelación del propio destino poético: el nombre de Rubén Darío. Quien descubre en Rubén la poesía como algo próximo, no sólo como acervo clásico para el deleite o el saber, sino también como expresión muy cercana a lo que vivimos o soñamos, será siempre fiel a Rubén, y aprenderá a leer a sus clásicos como lee a su Rubén. Mas llega un momento en que, inquieto, el adolescente pide algo más o algo distinto. Un libro, un poema, ¿pueden, como quería Rimbaud, transformar la vida? Tenemos tal vez quince o dieciséis años; pensamos que tal vez ha de poder darse. Se transforma, al menos, nuestra propia vida interior: somos otros. Nadie ha sido más hondamente poeta de lo que puede ser uno en aquellas horas adolescentes en las que la poesía no sólo nos conmueve con su belleza transida de absoluto, sino que además parece dictarnos el santo y seña de una insurrección cósmica y moral. Leyendo ­precisamente­ a Rimbaud, o leyendo a Lautréamont, todos hemos sido, en lo profundo de nuestro ser, grandes poetas por breves instantes. La atracción de lo oscuro es simétrica a la atracción de las alturas: la claridad de fray Luis de León o de san Juan de la Cruz halla el otro platillo de su balanza (y el fiel de ella es el instante poético) en las visiones de abismo de Maldoror, en las singladuras alucinantes del barco ebrio. Cúspide y gehena a un tiempo, así se me apareció la poesía, en un horizonte luciferino y reverberador. Era liberadora y era abismal. Reconocí, en su corrosión de lo visible, las revelaciones de lo invisible. Turbadoramente, tres poetas hispánicos ­el Federico García Lorca de Poeta en Nueva York, el J. V. Foix de Les irreals omegues y el Vicente Aleixandre de La destrucción o el amor­ me hablaban de lo que uno de ellos, Foix, ha llamado "lo real poético" ("el real poètic").

Creo no equivocarme al afirmar que fue La destrucción o el amor el primero de tales libros que llegó a mis manos. ¿Cómo olvidar aquella "tristeza" de "una hoja del otoño, dudosa siempre en último término si presentarse como cuchillo", o aquel "pez espada, cuyo cansancio se atribuye ante todo a la imposibilidad de horadar a la sombra", o aquellas "águilas como abismos"? Venía el libro de tierras australes, que eran entonces tierras de libertad y serían luego tierras de dolor; se aureolaba con el prestigio, propiamente mágico, de una lejanía a la vez geográfica y espiritual. Era un libro de otra parte, de otro territorio del espíritu también. Piénsese que lo leía un muchacho solitario en la Barcelona de los años cincuenta. No viví yo, por edad, la acción exaltadora que Sombra del Paraíso ejerció sobre los poetas españoles en 1944; me resulta fácil imaginarla mediante analogía con mi silencioso descubrimiento adolescente de La destrucción o el amor. Una conmonción interna subvertía, casi materialmente, ante los ojos juveniles, el mundo circundante.

Algunos años más tarde ­había yo cumplido ya los diecisiete­ apareció un nuevo libro del poeta: En un vasto dominio. Nos hallábamos, recordémoslo, en un momento azaroso e inceirto de la poesía española. Recientes aún las desapariciones de Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas y Carles Riba, y recentísima la de Luis Cernuda, en crisis y en descrédito ya la llamada "poesía social", y todavía no publicados algunos de los principales libros de madurez de los poetas surgidos en los años cincuenta, adquiría aquella nueva entrega de Vicente Aleixandre el valor de un símbolo, un punto de referencia y una guía: gradus ad Parnassum. ¿Cómo no recordar, precisamente aquí, el poema dedicado en aquel libro a la casa de Lope de Vega, cuya custodia corre a cargo de la Real Academia Española? Máxime si se tiene en cuenta que dicho poema, tan bello y conmovedor, no era en el volumen, en modo alguno, un caso aislado. Tiempo adentro, el verbo del poeta descubría ahí lo intemporal; en el pasado, la luz de lo permanente. El cuerpo, el arte, la Historia: encarnaciones de la palabra, y, en ella, de la intemporalidad que denuncia lo esencial.

En junio de 1965 se inició mi correspondencia regular con Vicente Aleixandre, que había de prolongarse hasta el verano de 1983. Sinónimo de amistad para quienes tuvimos la fortuna de ser sus amigos, Vicente Aleixandre fue sumamente generoso, no ya de su tiempo, no ya de sus saber y consejo, sino de su energía intelectual y sus reservas afectivas. En esas no menos de 650 cuartillas manuscritas de puño y letra de Vicente, asisto, admirado, paso a paso, a la proyección e irradiación del poeta sobre la inmadura persona y la obra incipiente de quien, oscuro en aquellos años de mocedad, le escribía, y tal suceso no se limita al simple magisterio literario, ni, en él, a las generalidades principales; por el contrario, concierne también paternalmente, a las vicisitudes de la vida diaria, en esa áspera edad juvenil en la que exaltaciones, dichas y contratiempos parecen revestidos de una intensidad insoslayable, arrasadora incluso; y, en lo tocante a la escritura, cada poema, cada verso, incluso cada palablra, si a mano venía, eran objeto de atención, de glosa, constituían materia de opinión argumentada. Vicente Aleixandre no vivió una sola vida, sino muchas: la suya propia, y, además, tanto la literaria como la personal de cada uno de sus numerosos amigos y discípulos próximos.

"El poeta es el hombre," dijo Vicente Aleixandre en su discurso de recepción en la Real Academia Española, al tomar posesión del sillón en que me ha tocado el muy excesivo honor de sucederle. Vicente Aleixandre, autor de los poemas, y Vicente, amigo, eran, para quienes con él tratábamos, inseparables como la imagen en el espejo lo es del objeto reflejado. Y, con todo, cada cual ­el poeta y el hombre­ tenía entidad propia: ¿alguien dirá que son, en realidad de verdad, la misma cosa el reflejo y lo reflejado, lo que está ante el espejo y la imagen que el espejo nos depara? No desconocía Vicente esta segunda vida paralela, regida por leyes propias, del autor de los textos, del hablante poético; creación del hombre, sí, pero no el hombre mismo en su corriente elocución. Incluso había, si se me apura, un tercer Vicente: el autor, no ya de los breves billetes o tarjetones, estrictamente comunicativos, sino de las cartas minuciosas y demoradas.

 

Perfil de Vicente Aleixandre. Madrid: Real Academia Española, 1985: 10-12

 

 

Todos los poetas, al cabo, tal vez sean el mismo poeta. El recinto, con todo, era mágico: pronto supe dónde solía sentarse Federico García Lorca, y dónde Luis Cernuda, y dónde Pablo Neruda. La voz de Vicente, expresiva, tan pronto salmodiaba recuerdos como se volvía enérgicamente hacia el acontecer actual: inigualable amigo de sus amigos, en la conversación tenía un lugar para todos. Por todos preguntaba; de todos hablaba; por todos vivía y en todos se reconocía. Supe pronto cuán verdad era, y no fórmula de retórico recibo, aquel título suyo: "El poeta canta por todos". (Curioso que nadie haya acertado a relacionarlo con aquella afirmación enigmática de Ducasse, cuando quiso dejar de llamarse Lautréamont: "La poesía debe ser hecha por todos. No por uno". Está fuera de duda que Vicente, lector de Lautréamont y fascinado por su misterio, conoció este texto y reflexionó acerca de su posible sentido, pues lo que en él se enuncia es ni más ni menos que una de las claves de bóveda de la lírica moderna, a la que, cada uno a su modo, todos los poetas procuramos ajustar la modulación de la propia voz.)

 

Perfil de Vicente Aleixandre. Madrid: Real Academia Española, 1985: 18

 

 

No es sólo ante nuestros contemporáneos ante quienes debemos responder, ni tampoco ante una descarnada e ingrávida abstracción de posteridad, no: se nos juzgará según la medida en que hayamos tenido en cuenta que sucedemos ineluctablemente a Valera, a Azorín, a Vicente Aleixandre. El pasado de la literatura es nuestra posteridad: el juez más estrico, y el más justo tambiéen. Habló Vicente del viejo en un poema, y lo comparó a Moisés. El viejo, en la intención de Vicente, era cualquier hombre: él mismo. Abría Moisés el paso hacia un territorio futuro, hacia "lo que verán los otros", y cumplía así su destino en el arenal sediento, vislumbraba el último sentido de su existencia. Pues no hay, no puede haber, en el ministerio de la palabra, solución de continuidad. Con motivo de la muerte de Juan Ramón Jiménez escribió Vicente Aleixandre: "Un eslabón acaba de quebrarse, diríamos. Pero no: el eslabón está ahí: lo que se ha roto es la mano perecedera, la carne que lo forjó". Y además, añadía: "La desaparición de un poeta cumplido está llena de armonía y parece tan solemne, necesaria y fecunda como la diaria puesta del sol". Con efecto: a Morsamor sucede Doña Inés, a Doña Inés sucede Diálogos del conocimiento. La literatura se sucede a sí misma. No sólo yo, sino todos nosotros ­pues, recordémoslo, "el poeta canta por todos"­ sucedemos hoy a Vicente Aleixandre.

 

Perfil de Vicente Aleixandre. Madrid: Real Academia Española, 1985: 23-24