identidad

La crisis de la identidad personal subyace a la crisis del narrador que define a la era moderna. No sabemos quién narra porque no sabemos quién somos. El hombre del medievo, el del Renacimiento, el del Barroco, el de la Ilustración, sabían quiénes eran, remitían su identidad a una cohesionada organización del mundo. (Así, aunque en este caso la remisión operara respecto a un referente ilusorio, don Quijote exclamaba: "Yo sé quien soy." Stephen Gilman, en su libro sobre la Celestina, ha podido estudiar las implicaciones de esta expresión castellana.) En la época contemporánea, el concepto de identidad entra en crisis, crisis que es visible, precisamente, en muchos pasajes de Terra Nostra, como el mencionado ascenso del Señor por la escalera o algunos de sus diálogos con Guzmán. Esta intuición, fundamentalmente terrorífica, esta súbita inseguridad de quien siente que su ser pierde consistencia y se abre al vacío, no había sido expresada en la narrativa en lengua castellana con tanta elocuencia desde los mayores relatos de Borges. Juan Agripa, Polo Febo, el narrador y tantos otros avatares, indiferenciados, se fusionan violentamente en las páginas finales del libro, pero su cópula es aniquilación y revelación a la vez. Viendo lo inefable, se ven a sí mismos, y esta visión los fulmina. Todo es uno, y existe en la angustiosa paralización momentánea del éxtasis.

Radicalidades, Barcelona: Antoni Bosch editor, 1978: 60


Denunciar que el mundo y nuestra identidad son ilusorios o susceptibles de desvanecerse, denunciar que no sabemos qué somos ni quiénes somos –punto de partida a la vez de la crítica radical, de la subversión profunda que Max Ernst opuso a la sociedad contemporánea, y de su lucidez poética de vidente– supone abrir las compuertas del pavor ante lo desconocido mental, que termina por ser [...] incluso lo desconocido físico, la negación de la realidad usualmente percibida. […] Pero al fin vemos –o creemos ver– nuestro rostro: no está en este ámbito, no hay ni rostro ni ámbito, no tenemos rostro porque no tenemos identidad. 

Max Ernst o la disolución de la identidad. Barcelona: Polígrafa, 1977: 26