Crítiques










Aquí hay dos bandos

A propósito de Historia de mi muerte, de Albert Serra

Pere GIMFERRER | 24/01/2014 |  Edición impresa




Vincenç Altaio en Historia de mi muerte.

Naturalmente, Historia de mi muerte, de Albert Serra, no trata de Casanova y Drácula, ni siquiera enteramente del paso de las Luces al Romanticismo, aunque éste es su tema, más que su argumento; pero del mismo modo que el Nosferatu(1922) de Murnau ya trataba, al igual que más tarde su Tabu (1931), de la pugna entre la luz y la tiniebla, según formuló precisamente Jean Douchet, aquí la pugna entre las luces y lo romántico es la pugna entre las zonas del tiempo, del espacio y del color, exactamente igual que en toda obra pictórica. Los temas deHistoria de mi muerte son ante todo el espacio y la duración. En este sentido se encuentra muy cerca, siendo muy distinto, tanto de Carl T. Dreyer como de Manoel de Olivieria. Del portugués podría decirse que es un Dreyer mediterráneo, sobre todo por Palabra y utopía (2000); de Serra en esta película podría decirse en cambio que es un Oliveira centroeuropeo. A diferencia de Dreyer, y a semejanza de Oliveira y de Robert Bresson, los actores no están dirigidos en el sentido habitual; dicen los textos, en parte improvisados, no los declaman. Pero, por otra parte, la peculiar y logradísima entonación del actor principal, Vicenç Altaió, tanto por su elocución como por su fonética originaria, pauta en gran medida todo el relato. Porque es relato y no mera contemplación del tiempo y el espacio con que, ni más ni menos que en Ordet, este tiempo se dilate, de modo totalmente distinto a los de Antonioni, por ejemplo, y se convierta en contemplación de lo fenomenológico.

La película se sostiene sobre todo en la distribución visual de los volúmenes y en su tratamiento plástico, así como en un tempo y un tiempo que son sólo suyos: yo, que leí el primer guion y hasta el segundo, no imaginaba este resultado único, mucho más cercano a Jean-Marie Straub que al Paul Morrisey de Blood for Dracula (1974), ni mucho menos del Morrisey / Warhol de Chelsea Girls (1966), con quien hay interesantes concomitancias en el modo de abordar la temporalidad fílmica. Es dudoso que el grito final de Drácula indique la muerte de Casanova; aunque ambiguo, puede señalar la entrada de Casanova en el mundo vampírico. Jean Douchet ha hablado a propósito de este filme de una “poética de la presencia”, definición que en su momento hubiera podido aplicarse a la última etapa de Fritz Lang, de cuya abstracción no estamos ciertamente aquí muy alejados. Lo que ante todo domina en la pantalla es, por un lado, la impresión de un arte totalmente autónomo, en el sentido baziniano, y por otro lado una plástica que explora al máximo sus posibilidades latentes sobre la base de un tiempo tan contemplativo que, más que significar, es, rasgo propio de toda obra de arte verdaderamente moderna y quizá de toda obra de arte de cualquier época si lo analizamos bien.

Pero al cine le define sobre todo ser, como ya formuló en su momento Eric Rohmer, un “arte del espacio”, y como desde mi adolescencia traté de formular yo complementariamente, un “arte del tiempo”. Volvemos, pues, al punto de partida. Ya, antes de que yo lo hiciera, se relacionó en el año 2008 El cant del cells con Straub, quien además protagonizó personalmente una curiosa presentación de la película mano a mano con Douchet, y también se relacionó con Pasolini, pero solo puede ser el Pasolini en blanco y negro de El evangelio según San Mateo (1964) o de la tan poco recordada hoy La rabbia (1963): lindes últimos de la Modernidad que, como si el arte rizara el rizo, lo son al mismo tiempo de la simplicidad clásica y del estallido de toda la dramaturgia habitual, cercano en esto a cosas tan distintas como Sacro Gra (2013) de Gianfranco Rosi o experiencias recientes de Víctor Erice o de Pedro Costa. Un acto de Bodas de sangre de García Lorca termina diciendo: “Dos bandos. Aquí hay dos bandos”. La mera recepción e irrupción en nuestras pantallas de Historia de mi muerte define cuáles son hoy estos dos bandos con tanta claridad como en su momento tal o cual estreno de Godard o de Rossellini en los cincuenta y sesenta.